HISTORIAS DE ACÁ

Cuerdas que dan vida: la increíble historia que marcó a Molina

Es el tucumano que desde hace 50 años arregla mucho más que los relojes de las personas que pasan por su lugar en el mundo: la calle Córdoba al 400. La clienta que lloró en sus brazos, el cliente que casi pierde el trabajo y una anécdota para atesorar por los tiempos de los tiempos.

13 May 2020 - 16:25

Molina, el tucumano que le da cuerda al mundo.

Se abre la puerta del lugar donde trabaja Molina y se abren las puertas de ese mundo al que le da cuerda desde hace 50 años. Es un lugar con vista a la calle Córdoba al 400 por donde miles de tucumanos y tucumanas pasan todos los días. Un cartel pintado a mano puesto en la vereda indica que efectivamente ahí adentro se arreglan relojes. Lo que no cuenta el cartel, lo que no puede contar el cartel, es qué pasa cuando se entra a ese mundo y se cierra la puerta dejando la ciudad afuera.

“Una vez vino una señora y le veo el reloj que me trae. Estaba destrozado. Era casi imposible de arreglar. Era más fácil tirarlo que verlo. Era un reloj pulsera deportivo y me dice: ‘¿Usted puede resolver esto?’ Le digo que sí. Cuento con los elementos para resolverlo como podría haber sido cualquier reloj. Lo que a veces yo no mido ni puedo saber cuál es la historia que hay detrás de ese reloj que me traen”, explica Molina mientras baja el volumen de la radio anclada en LV7 para continuar la historia sobre qué pasó con ese reloj.

“La mujer deja el reloj y unos días después vuelve para retirarlo. La sorpresa en mi trabajo muchas veces es ese momento: cuando vienen a buscarlo. Esta mujer que le cuento viene a buscarlo y lo ve al reloj todo reconstruido. Me había llamado la atención del reloj el óxido que tenía y lo dañado de la esfera donde están los números. Todo eso le reconstruyo llevando la misma línea sin alterar nada. Cuando viene a buscarlo y lo mira, lo ve funcionando y estalla en llanto”, relata Molina el momento que siguió cuando le acerca un vaso de agua y le pide que se siente en el único banquito del salón.

“Le digo a la señora: ‘¿Qué le pasa?’. Se abraza a mí. Empieza a demostrarme qué había detrás de ese reloj. Le pido que se calme y cuando se tranquilia, ella me dice: ‘Lo veo funcionar y no lo puedo creer’. El reloj era de su hijo, uno de los chicos del colegio Montserrat que falleció en aquella avalancha en Perú. Cuando vio el reloj reconstruido, claro, lo asoció a su hijo. Yo no podía saber eso cuando me había dejado el reloj. Mire usted lo que representa un reloj. Es mucho más que una máquina, ¿no? Son cosas que me pasan cuando un hijo me trae el reloj de su padre: lo arreglo y le doy cuerda. Veo esa parte humana de mi trabajo. Va mucho más allá de una simple máquina, de un simple reloj. Se emociona la persona que me trae el reloj y, de algún modo, me hace sentir que le doy vida a esa persona que ya no está”.

El silencio que sigue a la primera historia de las miles que tiene Molina permite dar un largo suspiro: hay que estar sentado junto a este hombre para comprobar que, paradójicamente, el tiempo se detiene cuando habla. No solo las voces de LV7 se callan sino que por un momento, un pequeño momento de nuestras vidas, toda la sinfonía de la banda sonora que musicaliza Tucumán también se detiene. Es Molina quien mágicamente logra que el taxista apurado por recuperar el tiempo perdido de la cuarentena deje de apurar el tránsito de Córdoba y 25 con su bocina. Es Molina quien parece dejar la batuta por un rato, abrir las dos manos y dejar todo suspendido en el aire para contar lo que sigue.

“Un reloj es mucho más que un reloj. Es el tiempo de las personas. Soy un amante del tiempo. Así como es mi trabajo, así lo estructuro todo. Yo sé que a tal hora tengo que estar acá, a tal hora allá, Me pasa cuando trabajo con estos grandes relojes de pared que me llegan. Tienen que estar bien sincronizados: la exactitud y el horario de la campana tiene que sonar justo. Me mimeticé con mi trabajo. Mi mundo funciona como las máquinas: tac, tac”.


Si el engranaje del ser humano tiene como motor al corazón, el latido en sí mismo es una unidad de tiempo. Molina cree que las palabras se pronuncian por una razón que el tiempo a veces no comprende y cuando las escucha sonríe y señala lo que lo acompaña todos los días hasta que su dueño lo retire: un reloj alemán de pared antiquísimo. Cuando se lo señalo, Molina baja el volumen de la radio, abre las manos como un director de orquesta que pide pausa, el tiempo literalmente se detiene, por un instante nadie toca las bocinas de la calle Córdoba en el regreso más bullicioso de la cuarentena, todo por un momento se calla y señalando el movimiento pendular de las campanas dice: “Justo que usted lo ha descubierto lo va a notar más que nunca. Justo está descubierto para que lo vea. Mire: va a observar el golpe y dígame si no es como el ritmo cardíaco. Escuche”.

Efectivamente, detrás del cuerpo de cristal y el cofre de roble, se mecen las balanzas de bronce y bombean los segundos: “Es un reloj de 150 años. Es alemán. Hay que sacar todo: pieza por pieza. A veces hay desgaste y se los rectifica a los engranajes, se los hace hacer de vuelta, como en los autos. Hay un desgaste natural en las platinas que es donde van asentados todos los engranajes. Con la fuerza de la cuerda y el paso de los años va produciendo ese desgaste, pero por suerte todo puede hacerse. Lo malo de este tiempo es que ya no hay gente que haga estos trabajos. Quedamos pocos. Yo tengo toda una vida puesta en esto: empecé a los 11 años y ya llevo 50 años trabajando con los relojes. Y le diría que tengo el mismo amor, el mismo entusiasmo y la misma visión que cuando empecé”.

Es una visión que transita por los últimos años de este hombre sabio de silencios y rituales sin tiempo: “Soy un hombre de tradiciones y tengo fama de rutinario. Soy como esos caballos con anteojeras que sigue el rumbo y no se sale de eso. Soy de la vieja escuela, de la vieja tradición. Siempre he sido de levantarme temprano, prolijo en las tareas y más en esto que se necesita ser minucioso, ser sereno”.

La pausa en las palabras de Molina nos lleva a su infancia, donde aprendió el oficio de contemplar: "Nací en Villa Alem. Mis padres vinieron del campo y se instalaron acá hasta su muerte. De Leales eran. Mi padre era un formador de su propio destino. Era un artesano de ley: hacía lo que le pedían. Desde un carro hasta un bracero. Herrar los animales, amoldar las herraduras y sus vestimentas. He crecido viéndole las manos y su prolijidad. Me quedo corto cuando digo que era un artesano. Mi padre era un ebanista”.

"Mi labor está a punto de finalizar. Los grandes ya han fallecido y los nuevos se han volcado a la parte de las computadoras y los celulares. Acá hubo tipos magníficos: el señor Castillo, quien tenía una norma que no la he visto en otros. Él trabajaba de noche: comenzaba a las ocho de la noche y terminaba antes de que empiece el día. Cuando le pregunté una vez por qué, me dijo: ‘Porque la noche es la que me brinda toda la bohemia que merece esta máquina’. Mire usted qué gran sabiduría”, señala mientras mira el reloj alemán de nuevo y se pone de pie: como todo, la charla también va llegando a su final, pero antes no puede dejar al margen a su gran mentor.

“Hay otro señor que de muy temprana edad me enseñó todo, fue mi gran mentor. ‘Mirá, sos un niño todavía y tenés un camino muy largo por delante. Te voy a sugerir con todo el rigor algo que puede ser duro y cruel’. Y ahora que estoy en mis últimos años de este trabajo puedo decir que me ha acompañado toda la vida. Me dijo: ‘Acá tenés dos caminos: o lo amás o lo dejás. No hay términos medios. Estás a tiempo de todo. Si lo vas a amar, dale toda la prolijidad del mundo. No interesa lo que te paguen sino lo que vos le vas a poner a esa máquina. Eso te va a servir para siempre’. Ese señor era de apellido Frías, aún vive: Manuel Frías”.

Que los tiempos han cambiado o que la vida es corta, considera Molina, son solamente alguna de las frases que forman parte de La Farsa de la Vida, como titula Molina a este pasaje de la entrevista. A la farsa se le suma el engaño que a veces esconde ese reloj que le da cuerda al mundo: “Otra anécdota que me ha pasado es lo que le ha pasado a un hombre: uno desesperado. Viene agitado con el reloj en la mano con ganas de tirarlo: '¡Me han echado tres días por este reloj! ¡Tomá, te lo dejo, hacé lo que tenés que hacer, pero no quiero perder tres días más! ¿Podés creer que me levantaba y lo veía y decía: ‘Ah, voy a seguir durmiendo’. Vuelvo a ver la hora y de nuevo digo: ‘Ah, voy a seguir durmiendo'?' Cuando se quiso dar cuenta de que el reloj le andaba mal eran las 10 de la mañana. Trabajaba en un ingenio, tenía que activar máquinas, todo el ingenio parado por el reloj que no andaba. Tenía de esos relojes de antes, estaban construidos para que no se rompan nunca. Lo suspendieron tres días, lo arregló al reloj y nunca más faltó”.

Molina, el señor de los tiempos, ahora sí apaga la radio y da por terminada la entrevista, más de una hora de su valioso tiempo. Un amigo lo espera en la puerta para ir a tomar un café y hablar de la vida, de la cuarentena, de las cosas que pasan, y de su otra gran pasión: el cine, la trilogía de El Padrino, toda la filmografía de Coppola, toda la obra de Scorsese, de Spielberg, de Clint Eastwood y una película que ama como pocas: "El curioso caso de Benjamin Button, me encanta. La veo siempre que puedo. Me gusta cómo transmite el tiempo y cómo se sincroniza la parte romántica con el tiempo que al protagonista se le acaba”.

Cuando sale de su local, Molina enfila con dirección a Laprida y dobla con destino a calle San Martín. Bernasconi o algún bar notable será su destino cuando se terminen los tiempos del café para llevar y volvamos a revolver el mundo con una cuchara. Mientras camina, hay una alegría que siente en la esquina de Laprida y San Martín: el reloj de Hacienda, que funciona gracias a sus manos. Pero hay otros quietos que le duelen en el alma como el reloj del Correo en 25 y Córdoba, el de la Ítalo-Argentina, en 24 y 9 de Julio o el reloj floral del parque 9 de Julio.


“Es un dolor para mí ver un reloj quieto. Como ver una persona con parálisis o con una invalidez. Las personas que han puesto esos relojes, por cuestiones políticas o quienes no se ocupan, no andan. Duele y duele mucho. Me viene esa angustia, ese dolor. El descuido. El reloj del Correo se puede arreglar. Tampoco anda el de la Ítalo, que es otro engranaje y tampoco anda. Como el reloj del parque que alguna vez funcionó. Está expuesto por el aire, las hojas que caen. Hay que hacer una cápsula para que funcione bien. Ni hablar de la lluvia o los chicos. No pueden estar expuestas las agujas. Pero nunca hicieron un presupuesto para eso. Ese reloj del Parque es una pena porque hay solamente dos relojes florales en el mundo: el del Parque 9 de Julio y otro en Barcelona. Solamente hay dos en el planeta. Los engranajes sólo los tiene un señor en Brasil. La última vez tuvo que intervenir el arzobispo. Yo puedo arreglarlo, pero tiene que ser un proyecto serio del Gobierno", se ofrece Molina, quien deja la última reflexión antes del sorbo al cortado con azúcar que toma todos los días.

“Abrir un reloj es lo más bello que se puede imaginar. Uno se siente un médico que está haciendo un trabajo exquisito. Inclusive aprendo mucho y hasta uso las herramientas de los médicos. Esto se llama una brusela, una pinza ideal para tomar las partecitas de cada reloj con una precisión quirúrgica. Es tanta la concentración de lo que hay que hacer que tengo varios amigos que llegan a la noche para el café, que también tiene que ver con el tiempo en otra área. Ese amigo venía a la noche, ya sabía el horario del cierre, y nos íbamos a hablar. Una vez mi hermano vino y me esperó mientras terminaba un trabajo. Se quedó observándome en silencio y me dijo: ‘¿Sabés hace cuánto tiempo que estás así? Media hora con tanta concentración. Es como si te perdés. Como si te hubieras ido del universo’".



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