HISTORIAS DE PANDEMIA

“Salen chicas llorando”: fiesta todos los días hasta las 10 de la mañana y terror en la avenida Colón

Carla habla esta noche con el diario el tucumano y tiene que alejarse del dormitorio: ya arrancaron los vecinos este martes como cada noche de la semana. Qué pasa adentro de esa casa y qué le dijeron cuando llamó a reclamar.

18 Ago 2020 - 22:05

Las fiestas clandestinas pululan en la Argentina de cuarentena.

Carla habla con el el tucumano esta noche y tiene que alejarse de su cuarto: los cuadros que cuelgan de su pared empiezan a temblar: “Ya arrancaron”, confirma apenas pasadas las nueve de la noche. “Te juro que no puedo más: desde que empezó la cuarentena que en el barrio nadie duerme”.


Carla vive al lado de una propiedad con dos puertas negras: una es una verdulería y la otra conduce al pasillo largo largo largo donde, denuncia, de lunes a lunes le meten duro y parejo los vecinos: “Eran dos hermanos y ahora sólo queda uno que dice que es DJ. Supuestamente estamos en cuarentena, pero hoy, ya martes, no pararon hasta las 10 de la mañana”.


“De las dos puertas negras, en una funciona la verdulería: el verdulero alquila ahí. Abre la verdulería a la mañana, cierra al mediodía, vuelve a abrir a la tarde y cierra antes de que lleguen los otros. Por la puerta negra empiezan a desfilar. Conduce al infierno mismo. Y la fiesta de ellos da a mi casa. Vivo con mi abuela y mi bisabuela de 92 años. Por suerte no escucha muy bien, y mi abuela ya ni se queja. Pero mi papá sale todas las mañanas a cortarles la luz y mi mamá toma Lexotanil para dormir”, explica Carla.


“Arrancan tranquilos, se escucha el bullicio de la música, y a las 3 arrancan con todo, como si fuera un boliche: gritan, se escucha gente llorando. Es una casa marrón, con franjas naranjas. Todas las casas de la cuadra tienen número, menos esa. El pasaje se llama Lucía Aráoz de López, en la avenida Colón al 1400, donde hay un Tatito, casi Güemes”, detalla la mujer, quien se prepara para contar la peor parte.


“Llamé al 113 para denunciar: vinieron dos motos, como la casa no tenía número, se fueron. Los que hacen la fiesta sienten algún ruido, cortan la música, quedan todos en silencio, esperan que se vayan, y vuelven. En mi cuarto retumba todo. El lunes eran las 8 de la mañana y no podía pegar un ojo, gritaban: al principio había mujeres, después sólo varones”, narra Carla sin saber si reír o llorar.


“Cuando empezó la cuarentena, empecé a llamar a todos los números que daba el Gobierno. Pero lo peor de todo fue el 911: todos me respondían re bien, pero nunca mandaban un móvil. Llamaba siete veces a la noche hasta que la última vez me atendió una mujer. No me insultó, pero me dijo que ya había varias denuncias de esa cuadra, que ya deje de llamar. Le dije: ‘Llamamos porque nunca vienen’”.


Los padres de Carla salen a trabajar como todos los días a la mañana temprano: “El panorama es tremendo: todo lo que puede entrar a la fiesta, entra. Salen chicas llorando. Hay gente peleándose. Yo no soy la única que denunció. Son fiestas clandestinas todos los días. Yo rindo el lunes, ayudo a mi mamá en su trabajo, pero así no se puede. La última vez que mi papá le reclamó en la cara, le dijeron: ‘Sumate a la fiesta’. Mi papá no les dijo más nada. Veía cómo se llevaban a una chica inconsciente en la moto”.

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