El WhatsApp fue enviado cuando faltaban unos minutos para que llegara a su casa de barrio UTA. Cumpleaños, persecución en el puente del Gómez Pardo y un llamado. Tenía 16 años.
Lucas tenía 16 años.
Un aire demasiado fresco para una noche casi de verano le recorrió la espalda a Verónica González: “Era el viernes 23 de noviembre, hace dos años. Cuando Lucas se fue, un airecito fresco corrió y me dejó con una sensación rara”.
Ese viernes, Lucas, de 16 años, le había estando mostrando a su mamá Verónica videos del Free Fire, haciéndole escuchar audios de los amigos de la Técnica de Lomas que lo cargaban, todo alrededor de la mesa de la familia en el barrio UTA.
“Esa noche habíamos comido hamburguesas. Mi hijo vivía con la sonrisa en la cara. Siempre estaba atento al otro. Y le gustaba juntarse con los amigos. Esa noche tenía un cumpleaños en Lomas. Y mientras comíamos planificábamos su propio cumpleaños, el 23 de diciembre”.
“Mirá, mamá, que tengo un montón de amigos nuevos y vamos a ser muchos”, le dijo Lucas a Verónica, quien le respondió que no había problemas: “Esta semana voy a comprar las hamburguesas para ya tenerlas en el freezer, vos quedate tranquilo y cuidate mucho”.
Como si no combinaba la ropa, no salía, Lucas demoró unos minutos ante el espejo, le dio un beso a su mamá y salió en la moto, con el casco puesto, al cumpleaños. Sin sobresaltos ni excesos, el último mensaje de WhatsApp de Lucas a Verónica fue a las 6 de la mañana del ya sabádo 24 de noviembre de 2018: “Ya voy, mamá”.
“Cuando recibí el mensaje me quedé tranquila. Estaba bien. Lo esperaba para tomar unos mates. Él siempre esperaba que se hiciera un poco de día, pero para volver más seguro. Yo estaba esperándolo mientras preparaba las cosas del desayuno y preparaba la última clase antes de rendir el final de Farmacia. Pero el teléfono volvió a sonar”, se quiebra Verónica González por primera vez durante el diálogo con el diario el tucumano.
Lucas Bono nunca llegó a su casa: “Me dijeron que había chocado contra un poste de señalización en el puente del Gómez Pardo. Una con el dolor de madre no ata ningún cabo, pero a los días empecé a investigar las cosas que habían pasado ese día. Una señora que manejaba un Prisma blanco me llamó: ‘Su hijo Lucas ha tenido un accidente’. Después, en unas llamadas anónimas me dijeron que lo venían persiguiendo para robarle. Que lo perseguían dos motos: tres chicos en una y dos en otra. Cuando uno saca un arma, Lucas se desestabiliza para mirar atrás y choca con el casco puesto”.
“La mujer pasaba en un auto. No sé si tendría que ver o no, o sin querer lo ha rozado. Lo que me llama la atención es que el de la guardia urbana ha dejado que la mujer agarre el celular de mi hijo: ella me ha llamado y sabía el nombre de mi hijo. La mujer nunca quiso hablar conmigo. Vive en la entrada del barrio. Y cuando ha llevado a hacer la pericia del auto lo hizo a la noche. Después lo vendió al auto. No sé si es coincidencia o no, si lo chocó o no mientras lo perseguían”
Durante tres meses, Verónica González no salió de su casa. No podía. Hasta que un día habló con Santiago Villegas, el papá de Valentín, quien le dio fuerzas para buscar Justicia: “Con mucho sacrificio, la lucha constante es ir a Tribunales, pero uno no sabe qué hacer. El intendente Noguera me ofreció ayuda para saber que pasó, pero sus intermediarios nunca la concretaron. Me di cuenta que muchos van soltando tu mano. Mi único día de descanso en la semana es para tomar el colectivo y en el 131 voy con mi mamá a Tribunales. Se demoran mucho en darte respuestas”.
Ya de vuelta al trabajo en la caja de una farmacia, Verónica es esa madre que ha perdido un hijo de la manera más brutal y que pese a todo recibe el ticket, cobra, da el vuelto, sonríe y sigue con el próximo cliente: “Atiendo la caja. Soy muy responsable con el trabajo. Trato de no mandarme errores. No vendemos caramelos sino medicamentos y hay que estar atentos. Volví a trabajar porque mi jefa, quien siempre estuvo, me recomendó que iba a ayudarme a despejar al menos por unas horas todo lo que vivo”.
Luego de ser mamá de Lucas, Verónica se había prometido no volver a tener otro hijo: “Pero llegó una nueva bendición a nuestra casa. Se llama Juan Lucas. Tiene los mismos ojos y las mismas manitos. Me da tristeza saber que pese a él nunca más voy a volver a ser feliz. Que nunca más voy a volver a ser la misma. Que sí te saca una sonrisa el bebé. O que sí sonreís de vez en cuando. Pero la sonrisa es una careta que sacás al final del día. Y eso también lo sé”.