Luego de varios a meses, sentarse en una butaca para disfrutar del teatro independiente tucumano es una experiencia singular y recomendable. En esta nota, impresiones personales sobre la escena pospandemia y los desafíos por delante.
"Elena amanece sola", en el Orestes Caviglia.
El fin de semana que pasó tuve el valor –porque el deseo siempre estuvo– de ver teatro, de acercarme a una sala y compartir el encuentro, con ese actor o actriz que convoca con toda su energía al espectador. Volví entonces de la mano de dos propuestas de teatro independiente que, con mucho esfuerzo y más inteligencia, se las ingenian para renacer y crear en un contexto aún incierto. La nueva “normalidad” que nos va legando esta pandemia deja inevitablemente huellas en los espectáculos y nos interpela con singulares desplazamientos poéticos.
“Elena amanece sola”, a cargo de Alejandra Páez Salas, es un monólogo escrito y dirigido por Fabrizio Origlio, que estrenó el fin de semana, en la sala Orestes Caviglia. La propuesta despliega el itinerario de una decisión, que busca pensarse por fuera de las imposiciones y los mandatos (laborales, afectivos, genéricos) e inaugurar un espacio de libertad. Esta libertad será identificada constantemente con la poesía. Elena afronta el viaje (interior y exterior) recuperando la voz de varias poetas latinoamericanas (Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini) y recorre por este camino una diversidad de estados: desesperación, ruptura, erotismo. Todo este periplo, sostenido con humor y ritmo, parece condensarse en la imagen potente y enigmática de Alejandra Pizarnik: “y qué es lo que vas a decir/ voy a decir solamente algo/ y qué es lo que vas a hacer/ voy a ocultarme en el lenguaje”.
El domingo fue el turno de “Noche de Carnaval” en El Atelier, un espectáculo de narración y música, producto de un trabajo de creación colectiva en el que participan Araceli García, Noelia Vilca, Mario Ramírez, Alejandro Aguirre, Juan Soria e Ignacio Hael. A cielo abierto, con el público dispuesto en pequeños grupos y alrededor de una mesita de bar, el montaje adopta una dinámica cercana al cafe-concert, con sus cuadros escénicos, narrativos o musicales relativamente independientes, pero dotados de un sentido de unidad alrededor del tema: el carnaval. Los actores-músicos cuentan relatos de diverso tono (jocosos, burlescos, nostálgicos), que se apoyan en un evocador paisaje de sonidos o se cruzan con el espíritu de las canciones y el clima festivo de lo popular, a través de la cumbia o el folclore. En medio de esta sucesión narrativa-musical, irrumpe el juego de una pareja joven que, burlando las prohibiciones familiares, despliega su propia historia carnavalesca.
“Elena amanece sola” y “Noche de carnaval” son dos expresiones de un teatro que lleva las marcas de su contexto de producción; son formas de hacer y resistir que proyectan temporadas breves (2 o 3 funciones), reducen el elenco al mínimo (una sola actriz) o, cuando la propuesta reúne a más artistas, ponen al actor a narrar en soledad, mientras el resto guarda relativa distancia. Esta vuelta del teatro se aleja deliberadamente de las formas dramáticas usuales, basadas en el discurrir del diálogo y la interacción de personajes, y apela a una escena sustentada en la narración o el lirismo. Finalmente, estos espectáculos exhiben la huella de un encuentro largamente deseado: no ignoran ni por un instante al espectador, sino que lo miran, lo convocan y lo recuperan en sus respectivos mundos poéticos.
El autor es Licenciado en Letras y becario del CONICET, marco en el que desarrolla su tesis doctoral sobre la dramaturgia de Tucumán. Como actor, ha participado en puestas escénicas con grupos independientes y oficiales de la provincia.