En las calles tucumanas hay un personaje que causa sorpresa y estupor a bordo de su moto cuando pasa protegido por un casco que algunas veces puede ser de perro, otras de rana o de Minion. El rostro y la historia detrás de la visera espejada: “Está bueno porque rompés los esquemas de la gente”. Fotos y videos.
- ¿Querés que me haga famoso?
Le preguntó en tono jocoso Juan Ignacio Garagnani a una amiga justo después de ver el casco con ojos fascinados de niño que descubre un nuevo juguete. Corría el año 2014 y estaban en la Expo Moto de Gualeguaychú, ciudad signada por la alegría y extravagancia carnavalera. El casco no es un casco cualquiera, sino que simula el tierno rostro de un perro de peluche con sus orejas grandotas a los costados y ojitos pequeños y vidriosos de muñeco. Acaso, una invitación al disfraz, al juego y a la caricia fácil. En ese momento, el marinero no sabía que, poco más de un año después, el amor lo hizo recalar en esta ciudad sin puerto. Su desembarco fue con su moto y con ese casco que desde entonces causa admiración en nuestra diversa fauna vial. Muchos le piden una foto. Muchos otros se preguntan: ¿Quién es y qué hace acá? Esta nota intenta develar la incógnita.
Es mediodía y en la esquina de Guatemala y pasaje Sorol no hay misterio. Sin el casco, el muchacho de 37 años oriundo de la localidad bonaerense de San Miguel es más Bruno Díaz que Batman, más Tony Stark que Iron Man, más Fabián Alberto Gómez que Piñón Fijo. Ahora es, simplemente, Juan. Siempre lo es, pero cuando sale a recorrer las calles de la ciudad con su moto y el casco recubierto de peluche su figura queda encubierta por cierto halo de secreto. “Vos me ves con el casco y, si me conocés, decís: ese es Juan porque soy el único que anda llueva, truene, haga calor o frío, con el casco. Alguno te puede decir: ¡mirá el boludo ese! Pero a mí eso me importa nada. Así como hay uno que te dice eso, otros te dicen: ¿Che me puedo sacar una foto con vos?”, cuenta nuestro motociclista enmascarado.
¿Qué hay entonces detrás del peluche y la visera espejada? Ni más ni menos que un fanático de las motos que se instaló en nuestra provincia después de conocer a su novia, la tucumana María Soledad Flores, en 2015 en una carrera del Moto GP en Termas de Río Hondo. Su pasión por las dos ruedas arrancó en 2009 cuando compró su primera moto: una modesta Motomel Fusion 110 centímetros cúbicos. A la que siguieron una Keller 250, una Hyosung 250, una Hyosung 650 y la Suzuki GSX-R1000 amarilla con la que suele moverse por la ciudad ante las miradas atónitas de quienes suelen preguntarse: ¿Quién es el loco este? Aunque también puede vérselo en una Zanella Mod 150: “Te tiene que gustar la onda de las motos. Yo voy a todos lados con el casco de perro, ya lo tengo integrado y si te dicen algo o se ríen qué sé yo… si es de mala manera, me da lo mismo, yo me divierto”.
Como toda actividad, la del motociclismo tampoco está exenta de internas y de grietas: Entre los fanáticos de las motos pisteras y los de las choperas, entre motos chicas y grandes, entre motos japonesas y motos chinas y coreanas. Juan lo vivió en carne propia, por eso, lejos de esa filosofía que excluye, apunta a reunir a todos los que comparten la misma devoción por las dos ruedas: “El pibe que tiene una Honda CG y la usa para laburar, viaja con esa. A mí no me importa que moto tenés, el tema es que puedas salir a tomar un café y cagarte de risa con otros. Y si no tenés moto, como me pasaba a mí, bueno, algún día vas a llegar. A mí me ha pasado de estar en grupos de motos grandes y ha pasado que ha muerto gente por eso de que la mía tira más, yo pico más y así se cagaron muriendo porque corrían picadas. No se trata de eso. A mí me gustan tanto las motos grandes como las motos chicas”. El bonaerense comenzó a volverse reconocido entre los grupos de motociclistas tras formar el Hyosung Raider Club que reúne a más de sesenta fanáticos de la marca. Pero si algo lo distingue en los distintos eventos y reuniones de motos son sus particulares cascos cubiertos de peluche. No sólo el de perro, sino también uno de rana y otro de Minion.
“Con el casco de perro me ponía a la par de unas señoras que iban serias con cara de orto y me miraban y se cagaban de risa. Creo que está bueno porque rompés los esquemas que tiene la gente. Mi preferido es el del perro porque fue el primero y el que más llama la atención. Hasta 220 lo puse una vez y se la banca, no se despeina”, comenta el motociclista que confiesa que el peluche en el casco tiene sus ventajas y desventajas: “En invierno te abriga la cabeza y en verano te la cocina, pero tenés que estar preparado y bancarte la que venga”.
Así como la presencia del perro y de la rana de peluche vuelven más ameno el caótico tránsito citadino, hay otras especies menos amigables en el ecosistema vial: los famosos y nunca bien ponderados zorros, apelativo con que se conoce por acá a los inspectores viales. Según confiesa, hasta ahora no lo han parado ni le han objetado la excentricidad de los cascos recubiertos de peluche: “No hay una ley que te prohíba usarlo así. Además, no dificulta en nada la visión del casco. El visor está todo espejado para que vos puedas ver tranquilamente”. Ya sea como perro, gato, rana o caballo; de animales o personajes de ficción, con o sin peluche, el casco por aquí muchas veces parece una especie en extinción: “Acá siento que no hay mucha conciencia, noto que no le dan pelota. Es como que la motito 110 está integrada a la vida cotidiana y vos decís ah qué lindo el casco en el codo ¿Y si te caés?”.
“Lo que me ha pasado el otro día fue ver a tres en una moto y la señora tenía a un bebé recién nacido. Iba con el caso en una mano, el bebé en la otra y con una hoja de carpeta tapándole el sol a la criatura y vos decís: ¿Me estás cargando? Por ejemplo, en la moto yo no uso barbijo y veo que acá se ponen el barbijo, pero no se ponen el casco y decís: tranquilo que el barbijo te va a aguantar el bombazo que te vas a dar, si te lo llegás a dar. Hay cosas que no entendés”, se explaya Juan acerca de las vicisitudes cotidianas de nuestro tránsito.
Antes de recalar en nuestra provincia, Juan Ignacio se ganaba la vida como cocinero embarcado, es decir, como el encargado de la cocina de los barcos pesqueros que salen de Puerto Deseado en busca de calamares o langostinos. Según explica, aunque bien remunerado, es un trabajo intenso que puede extenderse por 40 días en el mar: “No es fácil el laburo, tenés que cocinar para 30 personas y cada uno tiene su estilo de vida y su manera hablar, por ahí son prepotentes, no son bebés de pecho. Tenés que hacer pan si no hay, estás todo el día lavando, preparando cosas para el otro día. De cocinero no tenés mucho descanso, lo mismo el que está en las máquinas… así es la vida arriba del agua”.
En diciembre del año pasado arrancó con Parada Gourmet, su emprendimiento gastronómico. Ahora aspira a que el lugar se convierta en lugar de reunión de los fanáticos de las motos en la provincia: “Vas conociendo mucha gente de la misma onda. Estaría bueno armar un punto de encuentro para la gente de las motos acá en el bar”. Según confiesa, sólo el amor lo mantiene amarrado a estas tierras: “De Tucumán me gusta el paisaje, pero la verdad es que no me gusta. Me da la posibilidad de tener el negocio, pero estoy acá por mi novia. Me iría a vivir a Mar del Plata, el mar me llama. No me quejo, siempre estoy buscando qué puedo hacer para sentirme a gusto acá”.
Arriba de su moto, con casco de perro, de rana o de Minión, bajo su identidad secreta de motociclista enmascarado, Juan se ha convertido en un personaje pintoresco sobre ruedas. Ahora que ni su fama ni su historia son un misterio, va por más: “El casco que siempre me gustó, pero está muy caro para comprarlo, es el de Depredador. Espero tenerlo algún día”.
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