HISTORIAS DE ACÁ

La Mariana, la rusa del balcón más famoso de Tucumán que por fin cumplirá su sueño

Una noche sin querer queriendo salió a tocar desde su actual lugar en el lugar en el mundo en la Salta al 600 y llevó alivio, llanto y alegría en las horas más difíciles de este calvario que ha bajado un decibel pero que se prepara para cumplir un año. VIDEO

12 Mar 2021 - 19:21

Mariannna, La Mariana.

Marianna se escribe con doble nn: Marianna. No lleva el artículo de la fama ni de la tucumanidad. Aunque Marianna es famosa y es rusa, ya es de acá: La Mariana. Así como apenas es un detalle, nunca, jamás, digan lo que quieran, canten lo que se les cante, la cuenten como la quieran contar, una artista será capaz de imaginar, en este caso, lo que aquella niña de la nieve de apenas cinco años bajo la sombra de una pequeña radio era capaz de proyectar hoy: es aquella niña que captaba la única señal de la radio pública rusa con cuentos infantiles narrados con violines y voces de noches blancas la que casi cuarenta años después es esta mujer que está aquí sentada en un sillón de dos cuerpos en un departamento de San Miguel de Tucumán: Marianna Kazakova, la Mariana.

Los ojos siberianos de Marianna son los mismos, claro, algunos verbos en castellano todavía cuestan, siempre, pero cuando llega el ramo de flores blancas en manos de su compañero y amor Miguel Camel Nacul, la sonrisa es la misma de la juventud: entre la timidez, el rubor y las ganas de estamparle un beso cual Eva o Cristina en el balcón, más vale, con música de violín, qué más, suena de fondo entre las obras arte de Ernesto Dumit y Aurelio Salas el instrumento que Marianna tuvo entre sus blancas manos luego de aprenderse de memoria las transmisiones radiales en su casa de Piatigorsk, el pueblo que la vio nacer en el 72, una pasión de cuerdas y callos en las palmas que la llevó a una prueba y al dictamen del jurado: “La niña tiene talento”.

Pero el violín no solo es una cuestión de talento para Marianna Capitana: “El violín se asemeja a la voz humana. La voz humana es el instrumento perfecto. La voz tiene algo que no tiene el violín: un mensaje concreto, subjetivo, pero concreto. Además de la melodía, consta de muchos recursos emocionales como la respiración, el llanto, la risa, sentimientos que con el violín no podemos hacer en concreto, pero sí tiene algo que hablábamos con Quique Yance durante el ensayo de cara al concierto del domingo: no haremos que la gente nos acompañe en nuestro sueño, nosotros acompañaremos a que la gente sueñe, a acompañar recuerdos que tuvieron y a los que nunca tuvieron, también. Esa es la idea”.

Para ingresar a la casa de Marianna, uno debe quitarse los zapatos: “Es una costumbre de mi pueblo”, dice. Pero en los tiempos que corren, ya en medias de algodón, mientras se meten los pies inmunizados de alcohol en gel en crocs, todo se parece más a la Argentina de la pandemia que está por cumplir un año el próximo 19 de marzo y que tuvo sus balcones en distintas ciudades del mundo, pero que en un rincón de Tucumán se dio  el gusto, el placer, el bálsamo, el respiro, la bocanada de aire, la luz cuando toda era sombra, el acorde cuando todo era silencio, de Marianna en el balcón de la calle Salta al 600, capaz, literalmente, de alegrar el día a una ventana, a un alma en pena, a un niño del frente como Luciano que cumplía años, a la Patria, al Himno Nacional Argentino.


“Tenía 7 años la primera vez que tuve un violín entre las manos. Me hicieron pruebas de oído y me dijeron que era apta. Hay una tradición por la música clásica en mi país. Nadie de mis parientes eran músicos. Mi padrastro es pintor. Mi mamá es doctora. Provengo de una familia bastante humilde, hemos cambiado muchas veces de lugar, mis discos de vinilo eran cuentos infantiles, la radio era una cajita pequeña, ahora me doy cuenta qué bueno eran los programas del gobierno que daban, y había un horario en especial que daban música clásica y explicaban las obras. Durante toda esa hora yo estaba parada bajo la radio en la oscuridad en el corredor y me aprendía mi obra favorita: ‘Introducción y rondó caprichoso de Saint-Saëns’”.

Aún cuando sonríe Marianna, pese al taladro de otro edificio que se levanta bajo el húmedo clima tucumano hasta la pausa del apretado, todo en ella parece, aún cuando no lo sea, a nostalgia: cuesta no imaginarla allá, como ya tampoco cuesta no imaginarla acá. Aún cuando el violín sea capaz de trazar un océano, por algo se ha enamorado de Piazolla a quien interpretará el domingo.

¿Cuáles son las fibras del alma capaces de tocarnos Marianna como promete el domingo en el glorioso teatro San Martín? “Muchas veces he visto gente llorar. Yo misma he llorado. También las he visto alzarse con tanta euforia y bailar. El violín es un instrumento sumamente emotivo. No hay instrumentos como el violín con tanta carga emotiva”.

Uno de los desafíos, quizás, que le espera a Marianna el domingo en el teatro será cerrar los ojos y, en lugar de luces y palcos, será sentir, si es que es posible y solamente si es que a ella le interesa, lo que ha sido capaz de lograr cuando ha tocado a escenario improvisado abierto durante las noches de marzo, abril, mayo, junio, julio y agosto de la pandemia, cuando de vez en cuando los vecinos esperaban su violín.

“La primera vez que me animé fue, en realidad, durante una tarde. Con Miguel, mi esposo, siempre hablamos que la música es para compartir. No para encerrarse y tocar. Estaba ensayando en mi habitación, salí y seguí tocando en el balcón, pero con cierta timidez porque el violín se escucha, hasta que de repente escuché unos aplausos”.

“Tímidamente toqué un par de obras más y seguí. Y ya esa noche le dije: ‘Miguel, quiero salir, saquemos el amplificador y toquemos algo’. Eran las once de la noche. Era la primera vez. Y fue una sensación increíble. No vivo hace mucho en este edificio y ni siquiera conocía a los vecinos: de pronto, al frente, la gente comenzó a salir de los balcones, a gritar, y luego de otro edificio, y de otro, y a gritar, y de otro, y sentí una calidez única: un lugar frío y desconocido para mí se había convertido en algo cálido y conocido para mí”, dice Marianna, con doble nn, quien nació en la actual Rusia, cuna de la Sputnik, mi amor, y vive en Tucumán.

Hasta aquí, todo demasiado correcto. Cuando Marianna creyó que todo quedaría en la chica que tocaba de vez en cuando en el balcón, en La Rusa, en La Mariana, fue que afloró, cuándo no, la popular, la que de alguna manera, a través del portero o de alguien, consiguió su celular, y esealguien le mandó un mensaje, alguien la integró a un grupo de WhatsApp, alguien la hizo parte de consorcios desconocidos, alguien efectivamente le dijo que cumplía años el Luciano, que le dedicara una canción, y entonces Marianna ya pasó a ser del Pueblo y nos deleitó.

“No sé de verdad cómo hicieron pero empezaron a llegar los mensajes. Son hermosos. Yo no hablo muy fuerte. Pero Miguel, mi esposo, en plena pandemia, gritó: ‘¡Aquí va el cumpleaños para Luciano! ¡Feliz cumple, Luciano! ¡Que seas muy feliz!’ Y me hacían juegos de luces los padres y los vecinos con los flashes de luces con los celulares y me aplaudían desde todos los balcones y me pedían canciones y yo ya no entendía tanto amor”.

Cuando el virus empezó a bajarle un decibel, Marianna empezó a salir a la calle como todos y todas. Eso sí: nunca, jamás, sin quitarse, nunca, jamás, el barbijo. Pese a ello, con lo difícil que es identificar hasta a una amiga, a ella sí la reconocían: en un kiosco, en un comercio, en la esquina, los dueños y las doñas con la primera dosis en el brazo y el canal clavado en TN la reconocían: “Me miran y me dicen: ¡Vos sos la violinista del balcón. ¿no?’”

“Hay sala casi llena el domingo, quedan algunos lugares, volvemos a tocar en dos meses, me gustaría un show al aire libre en las plazas, que se difundiera más la música clásica, fijate que cuando salí al balcón, la gente la disfrutaba, no te digo una hora, pero sí mezclar con zamba, chacarera, tango, folklore, la música argentina o rusa no necesita de la palabra: tiene su propio lenguaje. Ya ves: aquí estoy, aquí estamos”.










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