Nació en octubre, a los tres meses le comunicaron a su mamá Eliana una noticia durísima, pero lo más difícil iba a llegar durante la internación. Una historia que emociona.
Felipe, 5 meses, todo un luchador.
Felipe nació el 9 de octubre del año pasado en un Tucumán sacudido como nunca por los picos de la pandemia, pero como una bendición para la ferviente creyente familia. Luego de los primeros tres meses sin problemas de salud, comenzó el calvario: “Fuimos a vacunarlo al Caps, empezó a comer menos, le hicieron una placa en el Avellaneda, y el médico vio que su hígado y su bazo estaban muy grandes para el tamaño del bebé”.
A Felipe lo derivan al Hospital de Niños donde la madre y el padre reciben la primera noticia que solo una madre y un padre pueden llegar a intentar poner en palabras si es que eso es posible y si es que eso algún diccionario lo contempla: una bomba, las esquirlas, el silencio, la desolación: “Le diagnostican leucemia mieloide aguda, grave. Y en el Hospital de Niños no había tratamiento”, relata Eliana, la mamá del bebé.
“Afortunadamente, al avión sanitario lo conseguimos a los dos días. Era urgente. Y no podíamos esperar más tiempo el traslado. En este sentido, no nos podemos quejar. Se trata de una leucemia que le afecta toda la pancita. Y al terminar la primera parte de la quimio, Felipe tuvo su primera recaída: no podía respirar y deciden entubarlo. Tenían que dormirlo y estuvo en coma inducido, dormido durante 36 días”.
Es en este momento del diálogo con el tucumano que viene la segunda bomba, el segundo silencio de la charla, la pausa obligada. Porque una cosa es que el lector o la lectora lea lo que está diciendo sobre su bebé, y otra cosa es que Eliana trate de contar qué sintió cuando la doctora, ya en el Hospital Garrahan, le dijo: “Tenemos que dormirlo”.
“No hay muchas palabras: las primeras dos semanas, cuando estuvo haciendo quimio, me iba en llanto. Le pedía a Dios que me ayudara a estar de pie. Hay una capillita donde rezar. Hice una cartita como pude. Los médicos te dan unos stickers con el nombre del bebé, pero cuando me dijeron que lo tenían que inducir en coma, me desplomé. Y durante tres semanas, no empeoró pero tampoco mejoró”.
Felipe, nuestro valiente bebé tucumano de 9 kilos y cinco meses del barrio Obispo Piedrabuena, respiraba con la ayuda de una máscara, pero le costaba hasta que lo reemplazaron por una canulita y su cuadro empezó a mejorar: “A los 36 días de estar dormido, abrió los ojos. Y yo rompí en llanto. Todo el tiempo había estado con él, pero ahora podía levantarlo. Volver a tenerlo en mis brazos. Durante más de un mes le hablaba, le cantaba. Solamente lo dejaba para irme a bañar y volvía a alzarlo”.
El miedo de la mamá era que, después de 1 mes y 6 días, Felipe no la reconociera: “Le costaba a Felipe abrir los ojos. Estaba con la sedación. Miraba para los costados hasta que me miró y me sonrió. Se alimenta por una sonda nasogástrica y, si bien está mejor, el tratamiento es largo. Luego de las primeras ocho sesiones del primer bloque, se le hizo una punción y se comprobó que el cáncer está detenido”.
Durante este tiempo, la sonrisa natural de Felipe ha conquistado a las enfermeras y a la oncóloga del Garrahan que lo ha bautizado “El Favorito”. “Es bastante comprador. Recién se empezaba a chupar las manos y el primer día que le quitaron la máscara ya le sonreía y dejaba que le hiciera upa. La foto de la nota es la primera sonrisa del bebé. Así está todo el tiempo que lo hacen jugar o le hablan. Cuando sea grande, a los 7 añitos, le contaré cómo ha luchado por su vida, toda la gente que ha rezado por él, cómo una mamá de Yerba Buena que no lo conoce, por ejemplo, ha hecho una rifa, o cómo los tucumanos nos ayudan con los gastos para paliar la situación. Ya abrió los ojos. Ahora esperamos volver a Tucumán lo más pronto posible”.
Felipe esta mañana: ya pesa 9 kilos.
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