45 AÑOS / NUNCA MÁS

Antes del final: El Caballo Rondoletto, presente

Fue uno de los grandes defensores del fútbol tucumano y transpiró las camisetas de Central Córdoba y de San Martín con orgullo. Luego abrió su propia imprenta hasta que una siesta un operativo ilegal lo secuestró junto a su familia. El relato de Marta, su primera hija.

24 Mar 2021 - 15:57

El Caballo Rondoletto.

A una cuadra del Instituto Lillo, Marta Rondoletto recuerda que salía de la mano de su padre y desde abajo veía cómo ese hombre alto saludaba a todo el mundo en el Mercado del Abasto. El Caballo Rondoletto había colgado los botines hace unos años después de raspar rival y transpirar las camisetas de Central Córdoba y San Martín al punto de convertirse en ídolo, en una figura pública, dueño de una vida que literalmente se apagó junto al fuego.

“Él fue jugador mientras fue soltero. En los 40. Yo soy del 48. Mi viejo se casa en el 47. Jugó hasta el 45. En su último período jugó en San Martín. Pero donde jugó siempre fue en Central Córdoba, cuando Central Córdoba era un club grande, sólido, destacado por fútbol, básquet y natación. Ni Atlético tenía la importancia que tenía Central Córdoba en ese momento”, le cuenta Marta al diario el tucumano, sentada ya en Café 25.

Marta, emblema de la Memoria, de la Verdad, de la Justicia, de las causas justas, de la denuncia, de la marcha que hoy encabeza en Salta y Santa Fe, necesita agua para apagar tanto fuego. Por eso le pide una botella de agua al mozo: no importa si es del caño, gasificada, mineral, natural, fría. Agua. Y la necesita ya porque viene de hablar en una charla abierta al lado de la Casa Histórica y en el diario La Gaceta y ahora con el tucumano y así la vida, Marta.

“A mi viejo le decían El Caballo Rondoletto. Salíamos con mi papá por el Mercado del Abasto, vivíamos a una cuadra del Lillo, la casa paterna, ahicito de San Martín, por la San Lorenzo. Todavía estaba el tranvía. Salíamos con mi viejo. Nos llevaba a hacer las compras y todo giraba alrededor de su vida futbolística. Todo el mundo lo conocía. Todo el mundo lo paraba. Aunque ya no jugaba, yo con 9 años, recuerdo que seguía siendo reconocido por todas partes. Además, al igual que mi abuelo materno, era imprentero. Y en la imprenta La Raza jugaba El Caballo Rondoletto, trabajaba El Caballo Rondoletto”.

“Mi viejo era muy reconocido. Era muy respetado. Tenía una buena relación con el club Central Córdoba. Era socio de ahí, siempre hemos ido a la pileta. Y San Martín ha sido un período muy corto. Caballo porque era defensor, alto, no muy corpulento, bello, ojos celestes, cara limpia, sin barba, firme, pero no que gritara y sí bastante estricto, típico de la época. Un tipo popular, respetado y con afecto”, insiste Marta, en una semana donde su celular de tapa de cuero rosa no para de sonar: los actos que culminan este 24 de marzo le han demandado todo el mes de una lucha que desde que el 2 de noviembre de 1976 no descansa, como un caballo con orejeras y una meta fija y clara que debe alcanzar como sea, cueste lo que cueste, tal como jugaba, tal como vivía su viejo.

“De las cuestiones futbolísticas recuerdo haberlas visto a través de recortes de La Gaceta. Él tenía esos recortes en carpetas, muchas publicaciones. De eso no me queda nada. Los milicos se llevaron todo. Fotos casi no tengo. He ido reconstruyendo esto que te cuento porque algunos parientes me las dieron ahora. Esto que te cuento son recuerdos. Además del Caballo, le decían El Nene: El Nene Rondoletto. El Nene era el jugador del fútbol, y durante su paso por San Martín se lo quisieron llevar a jugar a Buenos Aires, pero no se fue porque se casó”.

Quien sí se iría a Buenos Aires fue Marta después de que los militares le reventaran la casa en el barrio Horco Molle: “Fueron a buscarnos primero en el barrio Horco Molle en el 76 con mi marido y mi hija de 2 meses. Por esas cosas del destino no nos encontraron y decidimos no volver nunca más a esa casa. Como acostumbraban, llegaron a las 2 de la mañana y robaron todo: heladera, lavarropa, cama, cocina, lo que no se llevaron fue la biblioteca y un baúl que todavía tengo con libros de periodismo. Esto fue en de mayo del 76. Aprovechando septiembre de ese año, el día de San Miguel, nos fuimos a Las Termas, y en un Citröen nos fuimos a Buenos Aires: fue la última vez que vi a mi familia”.

“Mi viejo nunca tuvo militancia, en el sentido que nosotros le damos. Venimos de una familia de imprenteros. Mi viejo seguía el legado. De hecho cuando los milicos llegaron a la casa, mi viejo estaba laburando en la imprenta que ya funcionaba en la casa, donde hacía trabajos más chicos. La excusa para llevárselo éramos nosotros, sus hijos. Nosotros tres con mis hermanos éramos militantes activos: mi hermano iba a la Tecnológica, mi hermana manejaba la Unidad Básica de Filosofía y Letras, y yo también estaba en Filosofía”, relata Marta.

“Mi viejo no la veía ni cuadrada, tenía un solo referente: Gelsi. ¿Y Gelsi qué era? La Maternidad, El Cadillal y no mucho más. ¿Y dónde vivíamos nosotros? Pleno Ciudadela. ¿De quién fue históricamente Ciudadela? De los radicales. Mi vieja era más Democracia Cristiana, pero no había sobremesa de política ni mucho menos. Mi viejo era un laburante nato. Entraba a laburar a tal hora, tenía una meta, cumplía, tenía voluntad, entró como cadete, tenía objetivos y le daba, como un caballo, sí, como un caballo”, dice y se queda balbuceando en voz alta Marta Rondoletto, la primera periodista que ejerció como periodista en serio, en lugar de sacar fotos a las clases altas tomando el agua mineral en cuestión en los valles tucumanos durante el verano que se las trae y merece la contratapa de Sociales.

“Los secuestran el 2 de noviembre del 76 a los cinco: mi viejo, mi vieja, mi hermana, mi hermano, y a su mujer, mi cuñada, embarazada de 4 meses. Se los llevan de la casa, ahí en San Lorenzo 1666, a las 2 de la tarde. Mi viejo estaba laburando en la imprenta. Entraron por la persiana, por la puerta de la imprenta, le preguntaron quién es el dueño, dijo ‘Yo’, le reventaron la cabeza contra la pared, y de ahí se lo llevaron para adentro de la casa”.

“Habían rodeado todo, entraron por la puerta de atrás y por la parte alta donde vivía mi hermano. Los separan a los hombres para un lado y a las mujeres para el otro. ‘¡Qué están haciendo! ¡Adónde nos llevan! ¡Adónde nos llevan!’, grita mi vieja. Cuando mi hermano quiere defenderla, lo reventaron a golpes. Los pusieron a los hombres en un auto y a las mujeres en otro. Todas las calles cortaron, usaron esos espacios para vigilarlos, los tuvieron amenazados a los vecinos, y el operativo debe haber durado 40 minutos. Todo se relató en el juicio”, agrega Rondoletto, quien bebe el último sorbo de agua, saca un cuaderno de tapa blanda Gloria, anota algo con lapicera para no olvidarlo, pide que la llamen en una hora y concluye la historia de su padre, el final de su viejo, el del Caballo Rondoletto, un futbolista tucumano, alumno del Tulio, nacido frente a la Quinta, después en los adoquines del Lillo, popular en cada esquina, laburante, firme hasta el tiro del final:

“Yo creo que mi viejo debe haber sido el más dañado de todos. Él vivía en su casa, en su trabajo, con sus plantas, yendo los domingos a la cancha, y estaba tan feliz con su primera nieta y tan feliz porque mi cuñada estaba embarazada. Yo no sé si alguna vez mi viejo habrá terminado de entender lo que les pasó. No es el caso de mi vieja: tengo testimonios de que mi vieja se enfrentaba a los gendarmes cuando traían a las chicas al arsenal (Miguel de Azcuénaga) porque las traían hechas pomada, y la imagino a mi madre tratando de curarlas, aunque parezca imposible”.

“De mi viejo, hay una versión dada por dos gendarmes en la Justicia: lo sacaron a mi viejo y a mi hermano, los llevaron caminando a un descampado, lo pusieron al borde de una fosa, y les dispararon. Según esta versión, mi hermano murió en el acto, no mi papá: el hijo de puta que comandaba esa jugada le dijo que le tiraran ramas y ruedas de autos, que a mi viejo le cayó una de esas ruedas en el pecho. Uno de los gendarmes le dijo: ‘¿Lo ultimamos?’ Le respondió el gendarme: 'No, que quede como está'. Y a continuación le echaron gasolina y fuego, gasolina y fuego, así, hasta el final”.

Marta Rondoletto.

El Caballo con la camiseta de Central Córdoba y pañuelo blanco en la cabeza.

* Todos los familiares de Marta Rondoletto, incluido su padre, fueron hallados en el Pozo de Vargas.


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