Olga Flores fue alma, vida y corazón de Santa Ana: barrió escuelas, fue empleada doméstica de las familias ricas del ingenio y abrió su propio almacén donde todo el pueblo vio a Argentina campeón del mundo. Pero lo que pasó en su último adiós no tiene nombre.
Doña Olga, que en paz descanse.
Olga Flores vivió toda la vida en el ex lote 4 de Santa Ana, hoy barrio Luján, tierra de trabajadores de la zafra como su esposo, por entonces ya chofer de la comuna, mientras ella trabajaba como empleada doméstica de las familias pudientes del ingenio: “Les cocinaba, les lavaba las sábanas, eran los tiempos de esplendor del ingenio”.
Mientras trabajaba, Olga amarrocaba pesos, los enrollaba y los guardaba en los colchones de pluma con resortes, en los respaldos huecos de la cama matrimonial o el pingüino de cerámica para ocasiones especiales. Cualquier lugar era un buen escondite hasta que un buen día, Olga anunció que abría su propio almacén: “Ahí se hizo muy conocida en la colonia a tal efecto que hasta el día de hoy se la recuerda”.
“Mi mamá fue la primera que puso una tele en Santa Ana: un Noblex blanco y negro donde vimos el Mundial 78 que andaba a batería. Venían de todo el pueblo y de las colonia 5 y 7 a ver a la Argentina campeón. Todavía no había alumbrado público. Mi abuelo conectaba la batería del jeep a la tele y, además, del Mundial, veíamos Tarzán, Combate, todo en Canal 10, el único que llegaba aquí”.
Quien habla este martes a la tarde con el tucumano es Cristian Toledo, el hijo de doña Olga, quien vuelve como si fuera hoy a aquellos días donde su mamá se las ingenió y puso bancos en el almacén y empezó a hacer menús para las maestras y la directora de la escuela 287, donde unos años atrás barría las veredas, y luego, siempre en la colonia 4, se convertiría en la presidenta de la cooperadora mientras Cristian ya era uno de los alumnos con el delantal de punta en blanco.
Pero detrás del delantal atado a la cintura donde Olga se limpiaba las manos, de la canilla abierta, de la radio encendida, de las nubes de harina, de los manteles de hule, del Noblex en blanco y negro, de los goles de Kempes y Luque, de las noches más oscuras y de los cierres de los ingenios tucumanos, después de todo eso, el tiempo pasó y doña Olga cayó enferma: “Tenía quistes en los ovarios, estuvo mucho tiempo internada, ya no nos reconocía”.
“En el almacén, a mucha gente le fiaba. Yo le decía: ‘Mamá, mirá la libreta. Ella me decía: ‘¿Qué les voy a ir a cobrar?’ Ya venía en un deterioro progresivo, no nos reconocía. Repetía mucho las cosas. Nos decía otro nombres. Ya no era la misma. No se quería alimentar. Todo ya era por sonda. Mi mamá era de la gente de antes: se la bancaba, no quería ir a los hospitales, se curaban solos, escondía el dolor, quizás le dolía, pero no decía nada”.
El dolor se terminó para doña Olga el último sábado a las 6 de la mañana. Como no podía ser de otra manera, Santa Ana lloraba a una hija pródiga con una lluvia tenue y un día gris. Lo que nunca imaginaría ni Cristian ni sus hermanos es que el duelo por la partida de su amada madre iba a transitar de la siguiente manera: “Cuando mi mamá fallece, la empresa nos entrega el cuerpo a las 8.30 de la mañana. Su último deseo era irse de esta vida en su casa, no en una sala velatoria”.
“Cuando llegó el servicio, nos indicaron que por protocolo el sepelio podía durar hasta las tres de la tarde. El sábado lloviznaba mucho. Mi hermano Diego se dirigió al cementerio local para adecuar el lugar donde íbamos a dejar a mi mamá, un mausoleo de la familia. Desde mi casa hasta el cementerio hay tres kilómetros: mi hermano los hace en una camioneta Duster, pero en ir y volver se demoran más de la cuenta. Cuando llegan desde el cementerio a la casa, tenían barro en la camioneta hasta el techo, en toda la ropa y me dicen: ‘¿Sabés lo que es el camino? ¿Sabés lo que es que la camioneta se hunda y no poder avanzar?’ La camioneta bailaba, se movía para todos lados. Era tal el barro que hasta tierra colorada se veía. Ningún vehículo se animaba a pasar”.
“Fue ahí que nos empezamos a afligir: ¿cómo íbamos a hacer para llevar a mi mamá al cementerio? Fue ahí que un vecino nos dijo que un colectivo que llegaba gente en un acompañamiento se quedó a mitad de camino, y que una empresa de sepelio los dejó en el medio de la villa. Empezamos a preocuparnos, pero la solución nos tenía que dar la empresa. Mi mamá Olga siempre nos decía orgullosa: ‘Tengo una de las mejores obras sociales: desde hace 20 años pago el servicio de sepelio del Subsidio de Salud’”.
“Sin embargo, el servicio llegó hasta mi casa, pararon el furgón, se bajó el chofer, el acompañante, se pusieron a charlar, vieron el camino y nos dijeron; ‘Nosotros llegamos hasta acá’. ¿Y hasta el cementerio? ¿Cómo la llevábamos? Estuve haciendo los cálculos de lo que pagó mi mamá durante 20 años y son como 5 millones de pesos. Les dije, en medio del dolor por la pérdida de mi mamá, en medio de todo lo que estaba viviendo, tratando de pensar: ‘¿Y por qué no va en aquella camioneta que es más patona?’ Pero no hubo caso”, relata Cristian.
En en el velorio, un vecino que trabaja en la comuna de Santa Ana, fue a buscar un tractor y un carro helvético: “Abandonados por la empresa, todos sabíamos que cuando llegáramos al cementerio nos iban a dejar ahí. Aún así, nos subimos al carro con el cajón de mi mamá. Imaginen llevar a su madre al último lugar para despedirla en paz, bajo la lluvia, en ese camino, de esa forma, después de lo que nos dijeron: "Ni mi mamá ni nadie en su velorio se merece lo que nos hicieron pasar".
¿Qué pasó cuando llegaron al cementerio? “Acá hay una tradición de años: no dejan que los familiares lidien con el ataúd. Los vecinos no nos dejaron, ellos se encargaron de subir el cajón al furgón. Entre los vecinos nos emocionaban, bajo el agua, se gritaban: ‘¡Ustedes suban al carro! ¡Vos agarrá de ahí!’ Hasta gente que no conocíamos nos ayudó a que podamos llevar a mi mamá al cementerio”.
“Ahora: eso es por un lado, el otro es el estado del camino. Yo era chico, hace 21 años, y mi abuelo ya se quejaba del camino de tierra. Insisto: son tres kilómetros. Yo iba en el tractor con él mientras mi abuelo regaba el camino por la polvareda. Mientras la gente se queja por el calor y pide que llueva, a nosotros nos condena la lluvia: no podemos salir, esa es la realidad. Esto es un abandono de años, ni de esta gestión actual (el delegado comunal actual por segunda gestión consecutiva es Diego Reales) sino de mucho antes”.
“Son 600 metros de tierra hasta la ruta 337 y 3 kilómetros hasta el cementerio. Ni siquiera pedimos que pavimenten. De última que pongan arena. Encima estamos rodeados. No sé si es que no hay ideas o qué. Yo soy agrónomo: al costado de la ruta hay soja y caña de azúcar y están muy pegados al camino: los canales de riego apuntan al camino, es decir, que cuando llueve, esos canales se saturan y esa agua sale al camino de tierra y el camino de tierra se inunda todavía más. Y en el medio, nosotros tratando de llevar a mi mamá a descansar en paz. Eso: tratando de que mi mamá descanse en paz”.