María Coronel supo que era María Coronel cuando tuvo la foto en sus manos. Aquel hombre inmortalizado en blanco y negro, flaco, descalzo, en cuero y malla, con el pelo revuelto. María vio los ojos de ese hombre y, como un efecto espejo, se vio a sí misma. Ese día su vida cambió para siempre.
Faltan dos minutos para las 9.30. Hace frío, mucho frío, en este rincón del mundo. María Coronel, La Negra, ya está instalada en una de las mesas del bar El Molino. La acompañan un café con leche y tortillas. María tiene horarios muy ajustados, trabaja y estudia; pero le entusiasma hablar de su papá. El Día del Padre es un buena oportunidad para recordar a ese hombre que casi no conoció y del cual no tiene recuerdos concretos, pero que extraña todos los días.
Pasaron 45 años y 3 meses de aquel 29 de septiembre de 1976. María tenía un año y medio cuando un desmesurado operativo militar rodeó la casa de calle Corro 105 y abrió fuego contra los ocupantes: cinco integrantes de la dirección nacional de la organización Montoneros. Uno de los caídos era José Carlos Coronel, el padre de María y Lucía (4 meses).
Aunque ya estaba desvinculada de la organización, María Crisitina Bustos, la mamá de María, fue secuestrada por un grupo de tareas el 14 de marzo de 1977. Fue torturada y asesinada en la ESMA.
A partir de allí, María y su hermana comenzaron una vida repartida entre la casa de sus abuelos paternos en Ledesma y la de su familia materna en Tucumán. Aunque eran apenas dos niñas, las respuestas sobre sus orígenes llegaron temprano.
“Mi abuela contaba que ese día (cuando asesinaron a Coronel) mi viejo me quería llevar a esa casa, porque estaba la hija de Vicky Walsh (hija de Rodolfo Walsh). Él tenía la idea de que esa era su vida y que esa iba a ser nuestra vida, y que nosotras teníamos que estar en esa historia. Lo que me cuentan es que fui la que más vínculo tuve con mi viejo, salí mucho con él”, recuerda.
En ningún momento de la entrevista María sostiene un relato líneal. La historia que relata avanza y retrocede cuando la sorprende un recuerdo, que siempre tiene como protagonista a su abuela. Le resulta inevitable cortar algunas frases o interrumpir el relato para hacer alusiones a su abuela paterna. Y no es casualidad: fue ella la que tomó las riendas de esa familia que se volvía a construir y le dio, a ella y su hermana, un temprano baño de realidad.
“La primera familia con la que vivimos fue la paterna, que son mis abuelos. Con ellos vivimos en Ledesma, Jujuy. Mi abuela Gringa era Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Ella era la que tenía más conciencia de la historia de militancia de mis viejos, y también la habían preparado para esas cuestiones que podían pasar”.
Gracias a su abuela paterna, María pudo construir un vínculo con su padre, al que prácticamente no conoció y del que no tiene recuerdos. “Mi abuela de Ledesma nos hablaba mucho de mi viejo, por eso lo tenemos muy presente en nuestras vidas. En sus relatos estaba incluida la historia de militancia de mis viejos. No sólo nos contaban las anécdotas lindas, estaba también esa otra historia. Y fue ella la me explicó la diferencia entre asesinado y desaparecido. Mi papá está enterrado en Tucumán, mi abuela fue la única familiar del grupo que estaba en esa casa que viajó a buscar el cuerpo”.
Todavía sin entender demasiado qué le había pasado a su papá, María se desconcertaba ante los llamados de su abuela, que la trataba de “negrito”. Mi abuela me decía negrito. De hecho, mis amigos me dicen negro. Para mi abuela, yo era igual a mi papá. Yo no entendía mucho por qué me decía así, y era porque tenía esa ligazón. Después de grande me pasó de relacionarme con mi viejo dese el aspecto físico”.
Sin embargo, lo que ligaba a María con su papá no era sólo el increíble parecido físico. La poesía, una de las pasiones de José Carlos, apareció un día, de repente, en la vida de María y se convirtió en un puente de conexión con la historia de su padre. “Yo empecé a escribir poemas cuando era chica. Después me enteré, porque mi abuela nunca me contó, que mi viejo era poeta. Cuando me enteré yo dejé de escribir por muchos años. No sé cómo explicarlo, pero sentía que las palabras eran de él”.
“Mi abuela siempre nos contaba cosas hermosas de mi viejo, que tenían que ver con la entrega y la solidaridad, entonces de grande sentís que nunca vas a estar a la altura de las expectativas, que nuca vas a ser como ellos. A mí me pasó con la poesía y también con la militancia. Yo me preguntaba qué podía hacer para homenajearlo. Durante mucho tiempo tuve esas sensaciones ambivalentes. Con mi vieja tuve siempre una relación de amor sin ambivalencias, y con mi viejo fue una cosa de amor odio”.
El 29 de septiembre de 1996, cuando se cumplieron 20 años del asesinato de Coronel, María volvió a escribir. Y, para homenajear a su padre, le dedicó un poema; una declaración de amor, una reafirmación de la admiración que sentía por él:
Me dijeron que tengo tus mismos ojos
y entendí que quiero aprender a mirar como vos…
Ese día, María sintió que empezaba su propio camino de militancia. “En un punto fue como poder empezar mi militancia desde la de él, pero sabiendo que era la mía”.
María no recuerda en qué momento y cómo les explicó su abuela lo que había sucedido con sus padres, pero tiene bien claro que, de alguna forma, lo sabía. “Nunca tuve la necesidad de preguntar qué pasó con mi viejo por la abuela que tenía. Íbamos a las marchas con ella los jueves y en esas marchas nos encontrábamos con chicos de nuestra edad que marchaban con sus abuelas. Yo no terminaba de entender, pero me daba vergüenza preguntar, porque además no sabíamos que había que preguntar”, recuerda.
Tras la muerte de su abuelo paterno en 1984, María y su hermana se mudaron a Tucumán con su familia materna. María tenía entonces 9 años.
Cuando María atravesaba la etapa más conflictiva del vínculo con su padre ya era una joven de 18 años. Y ya había comenzado la infame década del 90: Menem, el neoliberalismo y Bussi en Tucumán. Esos años conflictivos, que fluctuaban entre el momento personal que atravesaba María y la situación política y social del país, coincidieron con sus inicios en la militancia en la organización HIJOS.
“El grupo comenzó a juntarse en 1993. En ese entonces se llamaba Grupos de Hijos de Afectados Directos por la Represión Política. Nosotras teníamos 17 y 18 años, y participamos de la primera actividad que era armar un video con un mensaje para nuestros padres, fue a finales de 1993. La consigna de ese video era ‘si pudieses ver a tus viejos, ¿qué les dirías?’ y mi respuesta fue ‘no les diría nada, no me darían ganas de hablar con ellos’. En ese momento yo estaba muy enojada pensando en que sus decisiones nos llevaron a situaciones complejas. No la pasamos bien”.
Más tarde, con la conformación de HIJOS, María encontró el espacio desde el cual reconciliarse con su padre y comenzar la reconstrucción del vínculo. “¿Viste la película Matrix? Ahí se ve lo de las realidades paralelas: la real y la inventada. A mí me pasaba con la fotografía. Yo tengo fascinación con las fotos. Yo siento que eso me ataba a mi historia. Hasta que no tenés que reconstruir tu historia de la nada, no entendés todas las dimensiones que hay dentro de la construcción de la identidad. No es tan fácil”.
Sin embargo, la etapa de amor/odio con su padre, confiesa María, fue la menos duró. Terapia y militancia de por medio, pudo procesar las decisiones de su padre y cambiar el foco.
“Cuando uno analiza la decisión de tomar las armas, yo aprendí que uno no puede analizar la historia desde su pupo, sino que las decisiones se deben analizar dentro de un contexto particular. Y la realidad es que mis viejos ya habían pasado por otras dictaduras. Mi viejo ya había estado preso y había sido torturado. Yo respeto muchísimo la elección de mi viejo, admiro su decisión de intervenir en un contexto en el que no había posibilidades de acción y participación sobre nada. Mi militancia me permitió entender que mi viejo lo hizo con una entrega y una búsqueda que va más allá de vos mismo. Yo entendí que la decisión de mi viejo tuvo que ver con nosotras, pero me gusta pensar que también tuvo que ver con los hijos de otras personas, y eso me llena de orgullo”.
“Cuando era chica me dolía mucho pensar en cómo hubiese sido un encuentro con él, porque eso te marca más el vacío. Pero ahora me imagino mucho con mi viejo, comiendo un asado, tomando un vino, charlando de política. Con mi hermana tenemos un ritual: cuando tenemos un mal día agarramos el libro de poemas de mi viejo, lo abrimos en cualquier lugar y es como si nos hablase a través de sus poemas. Es como una sensación de lazo permanente. Es como que nos dejó escrito todo lo que no nos pudo decir”.