Su cuerpo conoce los estragos del Covid y de la polio que la atacó cuando era una niña. Su devoción a la Virgen del Valle y la sucesión de milagros que le salvaron la vida.
Anita, la protagonista del milagro
Es agosto de 2020 y el olor a Azahares impregna la provincia de Tucumán. Son las 8:45, Ana Escobar, la tía Anita, se dispone a levantarse de la cama. Su cuerpo delgado se incorpora de a poco, usa la mano derecha, ese lado derecho del cuerpo que tanto le ha costado reponer, en la mesita de luz. La mano izquierda se posa en la cama y con ella hace fuerza para levantarse. Le invade la sensación de que esa mañana todo cuesta un poco más. Una vez de pie camina, a pasos cortos y certeros, hacia el baño. Moja sus manos en agua y peina su cabello corto y castaño, moja sus manos en agua y se las lleva a la cara. Apenas unos pasos más y se encuentra en el patio en búsqueda de ese aroma de agosto tucumano que tanto ama. No lo siente.
En la cocina su hermana pone la pava y la tía Anita se dispone a preparar el mate. Susana le hace un chiste y la tía Anita acompaña la carcajada con sus ojos, cada vez que la risa la invade, sus ojos grandes y marrones se achinan. Hay una dulzura particular que la acompaña en cada gesto. Las hermanas Escobar dan comienzo a la hora del desayuno. La tía Anita muerde una galletita de agua y le resulta desabrida. Le unta mermelada de frutilla casera hecha por su hermana Susana. Sus papilas gustativas no sienten nada. La tía Anita entre confusa y preocupada siembra la sospecha. Es de noche y en la casa de la tía Anita está toda la familia reunida para festejar su cumpleaños. 65 años pasaron desde ese agosto de 1955 cuando su madre paria a quien luego tuvo el epíteto de “La Guerrera''.
El cumpleaños de Anita transcurre con una ausencia, su sobrina no ha llegado y un mensaje confirma su sospecha: “Tía perdón, soy contacto estrecho por Covid, estoy aislada”. Anita se mira el brazo y recuerda. Todo su cuerpo recuerda. Todo su cuerpo es memoria.
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Es junio de 1955 y en la ciudad de Buenos Aires la Plaza de Mayo es bombardeada por la Marina. 308 civiles mueren de forma sorpresiva y violenta en lo que sería la antesala de la autollamada “Revolución Libertadora”, el tercero de los seis golpes cívico- militares de la Argentina.
Mientras el país estalla ante “La Fusiladora”, Anita abre por primera vez los ojos al mundo. Ocho meses después de su nacimiento, es sometida al aislamiento obligatorio junto a su madre en un pabellón del Hospital del Niño Jesús en la capital tucumana: nadie puede salir y nadie puede entrar.
A 21 kilómetros de distancia, su papá y su hermana, apenas dos años mayor, aguardan noticias entre el miedo y la total incertidumbre. Tres familias vecinas sufren lo mismo. En esa larga y ancha cuadra llamada Rivadavia, ubicada en San Isidro de Lules, tres padres de familia se miran y comprenden la angustia del otro. A 21 kilómetros de distancia, en un pabellón de hospital, cientos de madres se miran, miran a sus hijos, y le piden distintos deseos a su deidad más cercana. “Mi mamá me contaba que una señora lloraba y le pedía a la virgen que se la lleve a su hijita, mi mamá le pregunta por qué, y la señora le contesta que quedaría con secuelas. Mi mamá le dice que ella le pedía a la virgen que me sane, como sea, pero que me sane para que nos podamos ir de ahí”, recuerda Anita.
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Los primeros meses del 2020, cuando todo era aún incierto, la tía Anita pensaba en las pandemias. Son las mismas, pensaba: hombres vestidos de blanco limpian con químicos las calles, hay aislamientos, temor y contagios masivos: “Era lo mismo, lo que veía yo en la tele, y decía por qué, Dios, será que ha vuelto esto.”
Ocho meses después, Anita piensa en su sobrina encerrada en su cuarto mientras toda la familia se dispone a cantarle el cumpleaños. Ella sabe que el siguiente encierro es el de ella. Otra vez, después de 65 años, su cuerpo aloja una enfermedad nueva y altamente contagiosa.
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Poliomielitis. Ese fue el diagnóstico implacable que recibió Anita bebé después de experimentar vómitos, fiebre y debilitamiento muscular. Poliomielitis: diagnóstico que recibieron miles de infantes en los distintos focos de brotes epidémicos que hubo en la Argentina y el mundo. Poliomielitis: enfermedad endémica que causó caos y terror en las madres y los padres de niños menores de cinco años.
El poliovirus existe y circula desde épocas prehistóricas, las primeras referencias aparecen en un grabado de una estela funeraria del antiguo Egipto. Sin embargo, no fue sino hasta la última década del siglo XIX que se registra el comienzo de la epidemia en países escandinavos y en los Estados Unidos. En la primera mitad del siglo XX la polio ya era una realidad y un temor en las familias argentinas, pero no fue sino hasta después del golpe militar que los contagios se dispararon en dimensiones nunca antes vistas en el país: de 435 casos en el 55 a 6.496 en el 56. Las escuelas permanecieron cerradas como medida sanitaria para frenar el brote. Las familias, para prevenir, preparaban collares con bolsitas de alcanfor o vahos con agua de eucalipto mientras esperaban el milagro. El poliovirus es altamente contagioso, destruye las células nerviosas en la médula espinal pudiendo causar atrofia y parálisis muscular. En algunos casos, la muerte.
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Después de darle un baño a su bebé, Ángela la alimentaba con la leche de su pecho. Anita vomitó, no una, sino muchas veces, mientras se desvanecía en los brazos de su madre. Luego apareció la fiebre. Su madre buscó ayuda médica. La respuesta inmediata fue parálisis. Casi en paralelo llegó la internación y el aislamiento, en un abrir y cerrar de ojos Anita se encontraba alojada en un pulmotor: una estructura cilíndrica de acero enorme que suple la función de los músculos afectados y permite al paciente respirar.
Ángela no podía, y se negaba, a aceptar la realidad. Desesperada y después de invocar incontables noches a la Virgen del Valle, tomó la decisión de secuestrar a su hija y escapar del hospital. No pudo. La policía la descubrió y fue sometida a un interrogatorio. Ángela visualizó al médico y lo llamó a gritos. Necesitaba hacerle el pedido y la promesa más urgente y necesaria de su vida. Implorando, Ángela le pide llevarse a su bebé con la promesa de devolverla, sin falta, todos los días al hospital. El doctor accede, pero le advierte que ante un rebrote o ante la muerte de su hija, ella iría presa. “Sí doctor, yo le voy a firmar, pero mi hija no se va a morir”, juró.
Ángela tenía la certeza absoluta de que a Anita la esperaba una vida larga. La que describe como un encanto de persona se le apareció. Era la Virgen del Valle. Se había metido en sus sueños para llevarle la calma, la confianza y la receta que necesitaba: “no llore porque Anita va a vivir, va a caminar, pero yo te voy a decir con que la vas a bañar.” Acto seguido, la Virgen le reveló el nombre de tres yuyos y la temperatura exacta que tenía que tener el agua.
Muchos baños después, el milagro se produjo. Tres años tenía Anita la mañana en que sorprendió a su madre mientras lavaba la ropa con el grito de “Mamá, camino”.
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Las tres familias de la cuadra respiraban aliviadas. Atrás había quedado la angustia que les generaba la posibilidad de perder a sus hijos por una enfermedad sin cura. El padre de Anita les decía, con algo de orgullo, “conejillos de indias”, y es que, apenas arribaron las primeras vacunas de la polio, en 1956, el mismo año del peor brote en la historia argentina, fueron inculcados. La generosidad de Jonas Salk y Albert Sabin de no patentar sus vacunas contra la poliomielitis permitió el acceso de millones de infantes de todo el mundo a la inculcación.
Algunos pocos años después, mientras transcurrían sus infancias, un médico visitaba la calle Rivadavia para hacer controles a los niños que quedaron con secuelas. Mientras el doctor se encontraba en la casa del frente, con su vecino, le preguntó por Anita: “¿Y qué sabes de la niñita Escobar?”. “Ella camina, Doctor”, le contestó su vecino.
Anita caminó los apenas diez pasos que separaban sus casas y se presentó, de pie, ante el médico. No lo podía creer.
“¿Y cómo no voy a creer en la virgen?”, me dice Anita, mientras recuerda la admiración que generaba su recuperación.
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Pizzas, empanadas, sanguchitos de miga, cervezas, gaseosas y una gran torta de chocolate. La charla se hace bullicio hasta quedar en segundo plano en la mente de la tía Anita. Piensa en su sobrina. Piensa en la nueva pandemia que la atraviesa. Piensa en el nuevo virus que aloja. Y tiene miedo. No por ella, sus padres siempre le enseñaron a no tenerle miedo a las enfermedades. Miedo por su hermana, por su sobrina, por su familia entera. Una voz interrumpe sus pensamientos. “Tía Anita, pedí los tres deseos”, le dice un sobrino nieto mientras prende con el encendedor la velita. Anita cierra los ojos y la convoca. Convoca a la Virgen del Valle para implorar por la salud de su familia. La convoca y le hace, nuevamente, un pedido y una promesa.
Meses atrás, en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio, la tía Anita había sufrido una caída que la tiró abajo: temía no poder volver a caminar. Anemia, casi desnutrición y una profunda tristeza la invadieron. Su fe no cesó, le pedía mucho a la virgen que por favor la haga caminar de nuevo: contra todo pronóstico a los tres meses de la caída, caminó.
La casa donde vive la tía Anita con su hermana y su familia es la misma donde nacieron y se criaron. Supieron hacer de ese amplio terreno un hogar, muchos hogares. Es la misma casa donde cumplen, todos juntos, el aislamiento por coronavirus. Después de la perdida de gusto y olfato de Anita se hizo presenta la fiebre y el dolor de cuerpo en ella, en su hermana y en su cuñado. La devoción por la Virgen del Valle tampoco cesó en esta oportunidad. Juntos le pidieron por la salud de la familia entera. La tía Anita tiene problemas en los riñones, su hermana tiene hipertensión, ambas son mayores de 60 años, la preocupación aumenta junto a la fiebre. Los días pasaron y mientras la carga viral mermaba sus cuerpos se reponían. Los 14 días pasaron en oración, medicación y la compañía familiar en aislamiento.
45 años atrás, cuando apenas tenía 20 años, cumplió su primera promesa. Su madre le había dejado crecer largo, muy largo, el pelo; a promesa de que, cuando cumpliera 20 años, irían juntas caminando a Reducción y le entregarían el pelo en ofrenda a la Virgen.
45 años después, gran parte de su familia aguarda el momento de tomar viaje hacia Catamarca para cumplirle nuevamente a la Virgen del Valle.
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Es agosto de 1973 y Anita cumple 18 años. La vuelta del peronismo es un hecho y Juan Domingo Perón es electo por tercera vez presidente de la nación. 17 años después del brote más fuerte de poliomielitis, la enfermedad está muy cerca de ser erradicada en la Argentina.
Manuel, el padre de Anita, es trabajador en una fábrica. Para cobrar el salario de Anita necesita un certificado de escolarización. Anita había quedado con secuelas en la parte derecha de su cuerpo, su brazo se encontraba inmovilizado. La discriminación abunda en los pasillos y aulas de las escuelas. Sus padres deciden contratar maestras particulares para que pueda recibir educación en su casa. Solo una vez al mes Anita paseaba por el establecimiento educativo para tener el certificado de escolarización. Terminó la escuela en el nocturno y al secundario ya no fue.
El salario que cobra Manuel por su hija llega a su fin. Un compañero de trabajo le comenta lo que él, y muchos, desconocían: “Andate hasta el hospital Padilla que la vea un médico y te de un certificado así cobra la pensión por incapacidad”. Su padre no dudó y llevó a Anita al hospital. Un montón de jóvenes adultos como ella se encontraban en un pabellón donde hacían rehabilitaciones. Un médico se acercó y su madre lo reconoció al instante: era el mismo que la había atendido en el Hospital de Niños. “Ahí lo conocí yo, al médico, él no podía creer que yo estuviera caminando”, recuerda. En una de esas visitas al hospital decidió operarse el brazo. Con la protección de la Virgen del Valle mediante, la operación fue un éxito y Anita pudo mover por primera vez su brazo derecho.
Su hermana Susana fue su apoyo incondicional y su compañía en cada operación, cada visita al médico, cada salida de adolescentes. La complicidad y el amor de hermanas las mantuvieron siempre unidas. Susana se casó y para Anita se vino un mundo nuevo. Se convirtió en la tía más querida. Años después, sus tres sobrinas le multiplicaron la familia y hoy los nietos de su hermana son también los suyos.
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Es agosto de 2021, el olor a Azahares nos envuelve mientras sentimos todo el sabor de la menta granizada. Anita cumple 66 años y mientras charlamos sobre todos los agostos de su vida entran de uno en uno sus sobrinos a saludarla. Anita los abraza, los besa, se emociona y me reitera: “como no voy a creer en la virgen hija, si soy una bendecida.”