Conocé su historia: desde muy chiquito, Miguel Álvarez, un vendedor de yuyitos naturales cortados del mismo cerro, recorre la villa turística ofreciendo hierbas, con un inconfundible casco siempre a cuestas. Todos los tafinistos y tafinistas lo conocen. Por $80, cambiás su jornada.
Don Miguel y un atado de "Arcayuyo"
Si alguna vez vas por Tafí del Valle, es muy probable que en la zona de la villa te cruces con don Miguel, que amablemente te ofrecerá sus yuyitos naturales, cosechados en la misma pradera de nuestros valles calchaquíes. “Muña muña para el amor, arcayuyo es para el estómago, es digestivo, y para riñones y para el hígado. La peperina también, para digerir y para el mate”, recita el tafinisto.
A primera vista, es imposible no reconocer a Miguel Alfredo Álvarez en medio del paisaje: lleva siempre un gran casco de bicicleta, que no se quita jamás. ¿El motivo? Epilepsia. “A veces me agarra aunque tomo las pastillas. Una me toca cuando canta el gallo temprano, la otra a la tarde, y la otra a la noche, antes de dormir”, le cuenta a eltucumano.
La historia del vendedor de muña muña que todo tafinisto y tafinista conoce es similar a la de muchas personas con discapacidad, que (injustamente) buscan el sustento a través de las ventas callejeras y de la solidaridad de la gente. Desde muy pequeño, este hombre recorre toda la villa de Tafí en invierno y en verano, ofreciendo sus atados de yuyitos a los turistas y locales, aunque confiesa que por el frío, le gusta más el verano: “Ahora no hay muña, para el verano y para La Pasión de Cristo (semana santa) ya tengo y se vende a la gente”.
Un pequeño detalle que este personaje tan simbólico del valle no quería dejar pasar, es que algunos de los gastronómicos más antiguos de la zona son los que lo reciben en sus comedores y le invitan desde el desayuno hasta la cena: “Yo como en el centro, en El Portal y en Popey, y también en el Rancho de Félix. Tomo el café con leche en el Luna Huana (hotel). A veces como al mediodía en el Rancho (de Félix), me da sueño y me voy a la casa a dormir hasta las cuatro o hasta las cinco, y ahí bajo de nuevo”, nos confiesa.
Un episodio traumático es recurrente además, en el relato que intenta esbozar don Álvarez: hace un tiempo fue asaltado. “A mi me hablaron para hacer un piso. Hice todo el trabajo, y cuando tenía mi mochila llena de dinero me asaltaron. Esos que me robaron tienen más que yo, tienen gallinas y todo en su casa”, repite el tucumano, volviendo recurrentemente a este episodio mientras charlamos, evocando un acto tan cruel como el hecho de que desde que es un niño, trabaja.
Si este fin de semana tenés la suerte de subir hasta los valles, tal vez tomando un helado o mirando alguna artesanía local, don Miguel te ofrezca sus ataditos de hierbas silvestres. Solamente por “uno de cincuenta y tres de diez (como dice él)” podés acceder a ayudar con su emprendimiento, el cual es parte de su sustento personal y familiar, además de ser ya una costumbre en su día a día desde que era un niño pequeño. ¿Lo conocés?