Locutor de radio y centrofoward goleador, pintaba para crack cuando un aneurisma le truncó la carrera. Zurita sobrevivió para contar cómo de verdad es el camino hacia el más allá y desmentir a Víctor Sueiro. El retrato de su sobrino y la última confesión que le hizo.
Zurita, un crack de la vida que burló la muerte.
“Ese es mi tío” dije sin pensarlo demasiado. El bullicio en el auto de Ojito pal sur se detuvo un instante y alguien preguntó: “¿qué decí?”. Teníamos entre nueve y diez años. Éramos cinco estudiantes de la escuela Ciudadela amontonados en los asientos de atrás. Ojito iba en los de adelante con su papá. Fin de semana de por medio, este nos llevaba al parque 9 de Julio a hacer un partido. “¿Quién es tu tío?”, insistió Ojito con la pelota en las manos. Él siempre la llevaba y decía que era la original del mundial de Estados Unidos. A todos nos reventaba lo agrandado que podía ser, pero yo no le puse Ojito pal sur ni se lo decía. Creo que el autor fue Prado y por eso no lo invitaban a los partidos en el parque. Además, ¿qué podía cargar yo con mis anteojos culoisifón cubriéndome la cara como una máscara futurista? “Nada, creo que lo vi pasar” mentí y el bullicio se reanudó el resto del viaje.
Mentí y te pido perdón por haberte negado. Vos no estabas pasando por la calle ese día, tío Zurita, estabas en la radio que puso el papá de Ojito, resonando con esa voz de locutor impostada, diciendo alguna de tus frases, “FM argentina, la más argentina de las radios”, “canciones de una época que hemos vivido y que jamás se irá al olvido” y presentando tus temas de Los Iracundos, El Club del Clan o Los Wawancó. La banda sonora de mi infancia está marcada por esas canciones que pasabas por distintas FMs pequeñas, de barrio. Tanto es así que me es más fácil recitar de memoria “Puerto Montt” que mis letras favoritas de Charly y Los Redondos.
Los gatitos y elefantes avanzaban despacio como zombis de cerámica hasta arrojarse contra el piso y estallar en pedazos. Mi mamá, tu hermana, la señorita Tedy, maestra de la escuela Ciudadela, todos los 11 de septiembre recibía incontables de esos regalitos que ordenaba en los estantes del modular como quien acomoda a un condenado a muerte. Vos, con tus enormes parlantes a todo volumen, eras el verdugo. El fondo de casa, donde tenías tu pieza y tus equipos, era de hecho una continuación de tus programas: repasabas los temas, armabas listas en libretas manchadas con mate que pude volver a revisar, pasabas horas etiquetando casetes y practicabas frases y presentaciones imaginarias que yo con diez años tenía que calificar como si fuera un jurado de un reality show. Tenías esa capacidad de narrador de crear un marco para que la ficción emergiera. Traspasar la puerta que daba a la galería donde estabas con tu micrófono era ingresar a otra dimensión; una dimensión diseñada por vos, con tus reglas. En algunas intervenciones públicas repetí que mi mito de origen como escritor se sintetiza en mi imagen, a los diez años, inventando historias con muñecos que Juan, mi hermano de cinco, seguía atento como si fuera su dibujito favorito. Ese relato es cierto, pero lo que no dice es que yo, de alguna manera, estaba haciendo con Juan lo que vos hacías conmigo. De hecho, recuerdo poner la tele en mute y relatar partidos imitando a Araujo o algún otro y vos entrometiéndote haciendo de comentarista, completando la puesta en escena.
Además de la música, esa era tu otra pasión: el fútbol. Un fútbol también pretérito donde pronunciabas las posiciones en un inglés tucumanizado: centroforward, wing, fullback, centro half o centrojás. Por eso me encantaba ver los programas de archivo que conducían Fabri o Bonadeo esperando encontrar algún resto de esos espectáculos perdidos. A vos no te gustaba que los mirara porque, lo entiendo hoy, revelaba tu artificio. Preferías contarme del petiso Pérez, el delantero de San Martín que rompió todos los récords de goles en una sola temporada y que si no fuera por una lesión hubiera llegado a los mil. De un jugador de Floresta con un brazo cortito que sacaba todas las pelotas aéreas de chilena. Y de Zurita, el centroforward de Central Norte o Central Córdoba, que aparecía en el aire como un fantasma para hacer siempre un gol de cabeza. Por tu parecido con la forma de jugar de este último es que desde chico te quedó el apodo. Según el DNI eras José Antonio Donadio, pero todo el mundo te decía Zurita. Vos también eras nueve, goleador, livianito y cabeceador. En un fútbol muy lejano al actual, superprofesional y mercantilizado, decías que habías llegado a jugar en primera. Mi viejo se acuerda que decías que fuiste suplente del Lobo Sosa en Central Córdoba. Pero pasó lo del aneurisma y tuviste que colgar los botines. Tenías diecinueve años, plena dictadura de Onganía. Vos me decías que justo te ibas a Buenos Aires para probarte en Lanús cuando tuviste el ataque. Mi mamá recuerda que pediste vacaciones en la imprenta en la que trabajabas e ibas a rendir para ingresar en la Escuela Mecánica de la Armada, pero quizás también sea cierto lo de la prueba en el granate. Lo concreto es que no pudo ser porque antes te moriste y reviviste como un Robocop.
“Clínicamente muerto” enfatizabas al contar lo que te pasó. Y me hacías tocar las cicatrices en tu cabeza para certificar la autenticidad del relato. Mi mano recorrió varias veces esa superficie volcánica que cubrían tus pelos finitos, de Beatle, donde incluso te dejaron un pequeño agujero luego de la operación para que la herida drenara. Por los procedimientos médicos de la época, finales de los 60, te abrieron literalmente la cabeza y te colocaron una plaqueta de metal. Eras una especie de cyborg al que le daban poco tiempo de vida. No entendían cómo hiciste para sobrevivir. Lo curioso es que lo hiciste por más de cuarenta y ocho años donde no te cansaste de polemizar con Víctor Sueiro.
-No existe lo del túnel, es mentira- decías con la autoridad que te daba el cráter que nos hacías tocar en tu cabeza.
Tu versión del pasaje al más allá tenía más la forma de una road movie que del juego de sombras y luces del periodista porteño. En tu relato un montón de almas caminaban por una ruta semidesierta mientras veían que unos pocos se trasladaban en auto. Por alguna razón, que nunca llegabas a explicar, estabas seguro de que los que viajaban en vehículos iban al infierno. Como si ese último privilegio anticipara la condena. Vos, por supuesto, ibas a pie junto a un vecino, Don Pedro, con el que conversabas contento por no ir solo. Apenas “despertaste”, varios días después del coma, preguntaste por Don Pedro, con la necesidad de tener ese detalle que le daba el verosímil a tu historia: efectivamente había muerto.
-¿Estaba o no estaba muerto Don Pedro?- preguntabas años después, saboreando tu victoria, cuando repasabas tu viaje inconcluso por esa ruta fantasmal. Mi mamá no tenía más remedio que admitirlo. Tu prueba era válida y te certificaba como un renacido.
Sin embargo, en este regreso a nuestro mundo de simples mortales, ya no eras solo Zurita, eras El Rengo Zurita. Perdiste la motricidad en tu pierna y mano izquierda. Tanto es así que yo no tengo ninguna imagen tuya –ni siquiera en fotos- que dé cuenta de ese goleador al que hacía referencia el apodo que te rebautizó. Siempre que te acerqué una pelota notaba los enormes esfuerzos que hacías para patearla sin caerte. Incluso tu temible cabezazo era una práctica desaconsejada debido a las placas que tenías adentro. Pero, como el acaso imaginario jugador de Floresta manco o con un brazo corto, con humor encontrabas una ventaja de tu limitación:
-Lo que pasa es que antes que me pase esto -decías señalándote la cabeza- yo era muy de ir derecho al arco y tatita Dios quiso que amague un poco más. Ahora vivo amagando.
Igual tengo que decir que había una forma un tanto molesta en la que canalizabas tu frustración: eras el contra a la enésima potencia. Yo me reía y lo entendía como una cábala, pero a mi viejo lo sacabas de quicio. En un asado previo a un clásico todo terminó en un duelo de espadas. Vos estabas, como siempre, afirmando que San Martín no tenía ninguna chance de ganar. Mi papá, que estaba preparando el fuego, me dijo en tono cómplice:
-No te digo que este es de Ateletico y antes era de Central Norte.
Vos, con la velocidad máxima de tu caminata zigzagueante, te metiste en la cocina y reapareciste armado con una escoba.
-Qué le decí vo al chico que soy decano yo- gritaste antes de lanzar tu primera estocada.
Mi papá la detuvo con el palo que usaba para mover las brasas. En el patio los perros de la casa ladraban alrededor de los contendientes. Yo estaba en el medio de ambos con un ataque de risa que luego devino en llanto, en un transcurrir emocional que pasó de querer que siga el combate infinitamente a que gane uno o el otro y al final, cuando mi mamá se metió a separar, a que se termine. Al día de hoy un placer culposo que tengo son las películas o series de samuráis o caballeros que se baten en duelos a muerte. Ninguna pelea de Kurosawa o de Games of thrones estuvo cerca de producirme la tensión de ese choque de armas un domingo de mi infancia. De esas maderas llenas de cenizas que se cruzaban por mí.
Todo el tiempo remarcabas que eras mi padrino y yo tu sobrino favorito. Nunca tuviste hijos y me repetías que yo era como uno para vos. Como mi mamá también tendía a sobreprotegerte, para mí vos eras una especie de hermano mayor, que te promete que te va a comprar cosas, pero sabés que no es cierto. Recuerdo que me regalaste figuritas, algún equipo de esos muñequitos de torta con los que me gustaba jugar, la camiseta trucha del Nápoli de Maradona, un sobretodo y una boina “de poeta” ya de grande. Además, desde la adolescencia me pedías que te enseñara cosas que aprendía en la escuela. Con la excusa de que querías terminar la secundaria en el turno noche del Colegio Nacional, pasaba tardes explicándote polinomios o the present progresive tense. Ahí aprovechabas y me mostrabas tus listas de temas escritas con esa letra jeroglífica que aprendí a descifrar en ese momento y que ahora, que reviso tus papeles, me parece inexpugnable. ¿Cuánto hay de continuidad y cuánto de pérdida entre ese adolescente que podía señalarte una subordinada en un ejercicio y este adulto que escribe sobre vos y que apenas intuye nombres de grupos musicales en esas listas que, quizás, antes sabía de memoria? Primero que nada, faltás vos, el cuerpo detrás de esa huella de escritura en la libreta que reviso.
Faltás hace más de cinco años. Moriste un 30 de mayo de 2016 después de varios intentos fallidos. Tuviste alrededor de cuatro ataques en el lapso de tres años. Al menos dos veces acompañé a mi mamá a elegir la ropa que llevaríamos al sanatorio porque, según los médicos, no pasarías la noche. Pero las pasabas. Te convertiste en un habitué de esa ruta al más allá que conociste en tu visita fundacional cuando tenías solo diecinueve años. Un viajero experto que se mueve con soltura por ese camino lleno de almas de a pie y motorizadas. El problema para nosotros era verte cada vez más en ese entrelugar: ni aquí ni allá. Ya no volvías del todo casi nunca. Me daba mucha pena hablarte y saber que vos no me reconocías o me confundías con tu papá o tu hermano. Tu deterioro físico fue brutal. Perdiste la más mínima autonomía. Mi mamá te ponía tu música para que te acompañara sin saber si ese cuerpo que estaba ahí se correspondía con el sujeto que armó esos listados con tanta fascinación. Yo me sentaba al lado de tu cama y te hablaba de esas canciones de Leo Dan o de Sánchez-Pérez-Toledo, esa delantera de San Martín que recitabas como un verso de Homero, pero no tenía respuestas, solo silencio.
Sin embargo, había momentos en los que volvías. Cada vez más breves. Uno de los que más recuerdo fue en el Sanatorio Regional, en uno de los últimos ataques antes de que decidieras terminar ese recorrido al que le habías amagado tantas veces. Estabas en la guardia en una habitación compartida con un hombre que llegó por su diabetes. En un momento yo me quedé solo con vos cuidándote.
-Blas, acércate -me dijiste y me sobresalté.
Rápidamente me di cuenta que no me confundías con tu papá muerto, mi abuelo, que se llamaba como yo. Con la cabeza, me indicaste que me querías decir algo al oído. Murmurando, me contaste que tu compañero de habitación había traído un bolso lleno de plata que había escondido debajo de sus almohadas.
-Ese seguro quiere viajar en auto -te dije en tono cómplice.
Vos te reíste como hacía mucho no te escuchaba reír, me dijiste algo que no llegué a entender y, entre lágrimas, me diste un beso.