Homenajean al gran autor tucumano con la publicación de una novela inédita. El emotivo recuerdo de su persona y de su obra: “Eduardo era un seductor, seducía con la palabra”.
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Supo retratar con la agudeza de su pluma esas cicatrices históricas que aún no han terminado de cicatrizar en la provincia. Eduardo Rosenzvaig es recordado como uno de los mayores escritores que dio Tucumán. A diez años de su partida física, la editorial local La Papa publica su novela inédita “Río de gelatina”. El reencuentro con la obra del autor será este viernes 22 de octubre a partir de las 19.30 en el MUNT (San Martín 1545) cuando Gloria Lísé, Martín Aguierrez y Pablo Donzelli presenten su última novela.
Rosenzvaig fue un escritor prolífico y multifacético que se desempeñó como historiador, docente, ensayista, cuentista y novelista. Fue galardonado dos veces con el premio Casa de las Américas, además de otros premios prestigiosos como el Jorge Sábato, Luis Berenguer de novela y Miguel de Unamuno de cuentos. El autor tucumano de obras fundamentales como "El sexo del azúcar" y "La oruga y el pizarrón" falleció en octubre de 2011 a los 60 años de edad. Su figura y su obra continúan por siempre vivos en el recuerdo. Tres miradas para acercase a Eduardo Rosenzvaig.
Estudiaba todo y de todo aprendía (Por Gloria Figueroa)
Podría decir de él que fue y es un prolífico escritor tucumano que con mucha osadía se refirió a temas candentes y urticantes para la tucumanía conservadora y olvidadiza, pero eso ya lo sabemos, basta leer su obra, Lola Mora desnuda en su “Espalda de la libertad” o Isauro Arancibia en “La Oruga sobre el Pizarrón”, en donde retrata la genocida dictadura militar. Yo tuve la oportunidad de conocer al amigo, profesor, escritor, militante y ser humano, generoso con sus saberes, que compartía sin mezquindad; aquel que valoraba la producción del más humilde ser que conocía y le hacía ver cuán valioso era su aporte para sus investigaciones.
Eduardito el que disfrutaba de un buen vino tinto y unas empanadas, aunque no sabía mucho de vino. El que estaba comprometido en la lucha de los trabajadores de la educación, yo desde ATEP y él por los universitarios. Eduardo era un seductor, seducía con la palabra, enseñaba y hacía razonar en aquellos memorables cursos de Historia de Tucumán en donde nos hacía deconstruir conceptos arcaicos, provenientes de textos de historia mentirosos y de Billiken. Su alumnado, por lo general señoras mayores lo idolatraban, despertaba al conocimiento verdadero y él con su humilde sabiduría reconocía cada aporte efusivamente y ello permitía mayor participación.
Recuerdo que terminado el curso de Historia de Tucumán realizamos un viaje de estudio, llegando hasta Iruya, pasando por Tafí del Valle, Cafayate, Salta y regresando por todos los pueblos mágicos del norte. Dormíamos en el suelo de un aula en una escuela de Iruya, en carpas en Tilcara, en un camping en Cachi, pasando frío, comiendo guisos y sopas que preparábamos. Eduardo a la par de todo el grupo no aceptaba tratos privilegiados, era uno más. Era el que hacía el fuego cuando hacía mucho frío para que nos pudiéramos calentar o calentar el agua para el mate cocido. En Cachi compramos damajuanas de vino patero y llegaron guitarras del lugar. La música y el vino nos hizo bailar carnavalitos y todo ritmo que salía de esas guitarras. Eduardo también bailó con todos y bebió. Terminamos todos con té de hojas de coca para componernos.
Ese ser humano, Eduardo Rosenzvaig, estudiaba todo y de todo aprendía, conocía a los seres humanos que lo rodeaban y se dejaba conocer. Nunca se mostró superior a nadie, disfrutaba con y como todos. También le dolía la injusticia, por ello su activa militancia. Hay mucho más para contar de Eduardito, pero creo que esta breve reseña resume lo que fue como ser humano, escritor, militante y profesor. Sin dudas, habrá fisuras en su vida, como las que encontrábamos en aquellos históricos personajes que nos permitió conocer. No creo que sea lo más importante, todos tenemos, sin dudas, pequeñas o grandes mezquindades, pero en el recuerdo siempre nos queda lo mejor de las personas que conocimos y formaron parte de nuestras vidas. Queda su obra, sus hijos, sus amores y desamores.
Eduardo, intacto en la memoria (Por Rubén Pereyra)
La palabra de Eduardo Rosenzvaig fue más contundente que quinientos kilos de dinamita en la investigación histórica de Tucumán. Profesor en el departamento de Artes de Aguilares venida la democracia, nos invitó a sus alumnos a revolver los escombros y la ceniza aún caliente de lo que había sido la historia reciente del sur provincial. Profesor de historia, no comenzamos por Babilonia, sino tanteando montañas de ceniza de libros contables y documentos escritos, en vastos salones, chalets y túneles semi cerrados y destruidos por los militares de lo que fue el ingenio más grande y moderno de Sudamérica. ¡Comenzamos historia por Santa Ana! Allí sentimos el aullido del perro familiar aún en la memoria de los viejos pobladores; colonia tras colonia buscamos testimonios, anécdotas, documentos, objetos que aún brillaban en esas cabezas como el filo del cuchillo recién afilado y a la luz de la luna "punteando caña".
La ostentación de la calle céntrica del pueblo regada con champán francés al finalizar la cosecha recordada como cuando desde ese pueblo se definía con Hilleret el presidente de la República, o cuando llegó Roosevelt.... Cómo una especie de viaje al fondo de la semilla desde donde salió la novela "El Sexo del Azúcar", "Santa Ana, modelo de una crisis y crisis de un modelo", entre otros libros de Eduardo Rosenzvaig. Luego dejamos de ser sus alumnos y nos sumergimos en la voragine del sueño de ser artistas, pero una tarde, de esas tardes de Aguilares con vapor de feria y perfumes de azahares, en el salón de pintura alguien dijo: "hoy regresa Rosenzvaig". Nos contó ese compañero que por publicar "Tucuman, jardín de excluidos" en el gobierno en democracia de Domingo Bussi recibía amenazas de muerte, por lo que por un mes no salió de su casa y, cuando decidió salir, nosotros no lo esperamos como antes en el aula, sino en la parada del colectivo, así cada lunes por dieciocho años.
Aunque teníamos aprobada la materia fuimos por casi dos décadas sus alumnos. Quizás no queríamos ser su escudo, quizás queríamos salvarnos nosotros mismos con esa clase que nos traía cada lunes la palabra maravillosa en el sur del sur, que era Aguilares. Quizás lo necesitábamos a Eduardo porque con él trastocábamos los nortes y como él escribió podíamos viajar a cualquier parte del mundo con solo poner el dedo en el mapa. "Allí creé las amistades más fuertes", escribió él, y yo tuve ese honor. Luego se sucedieron cincuenta libros más, premios como dos veces el "Casa de las Américas", entre otros nacionales e internacionales, viajes, risas, muchas. Como aquella última chimenea del ingenio que en 1977 los militares de la última dictadura militar le colocaron media tonelada de trotyl y, luego de la explosión, permaneció de pie porque tenía un doble anillado de ladrillos y aunque estuvieron las cámaras solo cayó cuando nadie la vio, en la espesura de la noche, para quedar intacta en la memoria, para quedar, Eduardo, intacto en la memoria.
Un gemido que todavía duele. Río de gelatina (Por Martín Aguierrez)
“La ruda vegetación del ser humano, cuando se pone loca, no acaricia como terciopelo”, dice Eduardo Rosenzvaig en uno de sus tantos libros. Y en esa frase se condensa la propuesta de la novela inédita Río de gelatina que publica La Papa en su colección Ecos. La escritura vuelve a dos obsesiones de Rosenzvaig: el universo ecológico gran Chaco y el pasado como un hilo que por momentos se tensa, se ovilla, se dobla o se rompe. Volver quizás sea el verbo en el que insiste Eduardo como una forma de habitar el presente con los restos de lo que fue: regresar a las últimas décadas del siglo XIX y al proceso de constitución del estado argentino; revolver la ruda vegetación del ser humano cuando se enfrenta a la naturaleza y ella le muestra su cara hostil; revisitar la barbarie que conlleva toda civilización y los momentos en que deviene maquinaria de guerra, instrumento de disciplinamiento, un sollozo continuo aplastado por los ideales de progreso y modernidad.
En esta novela no hay terciopelos, sino una marcha de barro hacia el corazón del llanto. Abrimos el texto e iniciamos un camino insomne hacia los gemidos. Algo se contrae y se distiende debajo de las superficies. Un estertor agonizante guía a un grupo de soldados encabezados por el coronel Luis Jorge Fontana hacia una travesía inusitada por el gran Chaco. Lo único que quieren es calmar ese llanto, silenciar la nota monocorde que se instaló en sus cabezas. Descubrir su origen. Como si emularan los viajes del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, este pequeño ejército se pone en marcha tras un objetivo descabellado. En el medio, la selva se revela y rebela. Muestra su desborde ante la ciencia, su desencaje frente a los parámetros del conocimiento estandarizado según lo europeo. La selva se mete en los museos, en las oficinas y humedece los informes, los libros, los cuadros, todo lo perfora. Es una incomodidad que ingresa al oído de Fontana; se adentra en los oídos del siglo XXI y nos deja ver la fragilidad de nuestra especie, el carozo del daño, el vidrio con el rompimos por años el lazo con los otros (humanos y no humanos). Corregida y reescrita durante diez años, esta novela viene del pasado y golpea con fuerza este duro presente.
Siempre me llamó la atención el epígrafe con el que Eduardo abre El sexo del azúcar. Allí, bucea en la boca de Alfonso X y resignifica los bordes de la palabra Estoria. Su libro es una novela estórica; una frontera; una ciencia que se acerca al mismo tiempo a la vida, a la narración popular y a la imaginación. La novela inédita Río de gelatina da continuidad a esa operación de buceo: se trata de un merodeo en el archivo del siglo XIX para escribir la Estoria de un sonido, contar el cuento de un gemido profundo que desestabiliza a los personajes y a los lectores. Porque la gelatina que allí circula trae al presente la consistencia pesada de un ecocidio, el rumor devastador de una violencia sobre el gran Chaco y sus múltiples comunidades. La Estoria de un eco que no llegó a tomar forma de relato porque las guerras del XIX en pos de la nación la estrangularon poco a poco.
Todo eso reverbera en Río de Gelatina. Un archivo móvil. Una lija que traspasa los papeles y todavía duele.