Esta historia se cuenta por primera vez y tiene como protagonista al jugador más grande de todos los tiempos y a un grupo de tucumanos que fueron a visitarlo a Cuba. Boliche, abrazos, baile al ritmo de El Potro Rodrigo y un regalo especial de Diego. Una noche larga e inolvidable.
Maradona junto a dos tucumanos en Cuba.
La noche caliente y húmeda de la Habana se siente en las pieles que exudan los beneficios de la canilla libre al ritmo de la salsa. Alguien se abre camino hacia el centro de la pista de baile, pasa entre los cuerpos apiñados como Moisés ante el Mar Rojo. El hombre avanza con la seguridad y prepotencia de quien se sabe grande entre los grandes, aunque su breve talla parece desmentir la inmensidad del aura que lo rodea. Se hace lugar a fuerza de breves empujones hasta el epicentro de la fiesta, ahí donde, una vez más, las luces parecen buscarlo, siempre a él, en medio de la multitud. Codo a codo, un grupo de tucumanos da rienda al frenesí y alguien mira por sobre el hombro con el afán de tirar la bronca. “Y este quién se cree”, dice o piensa sin decir, pero alguien advierte las tres moles que rodean al hombrecito. Y otro advierte, extasiado, casi en shock, quien es y quien se cree el petiso que acaba de copar la pista, las luces y las miradas de quienes han viajado casi 5900 kilómetros para vivir esa noche y esta historia:
- Boludo, es el Diego.
Entonces no lo saben, pero horas y litros de champagne después, cuando cierren las puertas del boliche y la pista sea sólo de ellos, bailarán cuarteto, se abrazarán, se sacarán una foto con Diego Armando Maradona y uno recibirá una ofrenda invaluable de manos del astro. No lo saben entonces, pero acaso lo presienten: será una noche inolvidable.
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Todo se remonta a los tiempos en que Maradona jugó con la diez de San Martín de Tucumán en la temporada 2000/2001 del Nacional B. No Diego, claro, sino su sobrino, Daniel López Maradona. El mediocampista tuvo un paso tan fugaz como intrascendente por el Santo en el que cosechó apenas dos goles en quince partidos. Quienes lo vieron en La Ciudadela recuerdan que tenía cierto aire del genio del futbol mundial; ese porte relajado de crack con los hombros tirados para atrás y el abdomen orgullosamente en proa, pero muy poco de su talento. La cuestión es que fue el jugador quién intercedió ante su tío para que recibiera a la comitiva de cuatro tucumanos que viajaron en septiembre del 2000 a Cuba. Apenas el avión llegó a la isla, los entusiastas comprovincianos fueron directo desde el aeropuerto hasta el centro de salud La Pradera con la intención de conocer al Diez y sacarse una foto con él. Recién una vez cumplido ese ritual, iban a empezar sus vacaciones. Pero ese día Diego estaba ocupado concediendo entrevistas a los medios argentinos que habían viajado a Cuba para anunciar la inminente publicación de su libro autobiográfico “Yo soy el Diego de la gente”. Fue su representante, Guillermo Coppola, quien se hizo presente en la puerta de ese inmenso complejo para excusar al ídolo y recibir de los tucumanos la camiseta de San Martín que le habían llevado de regalo. Antes de despedirlos, les tiró un dato: vayan a la noche a este boliche, Diego va a estar ahí.
Allá fueron, pero Diego no estaba. La noche avanzaba y nada. A eso de las dos de la mañana, la barra libre de diez dólares, la música y el baile mitigaban la inminente decepción. Era entonces o nunca, sabían que al otro día Maradona viajaba a la Argentina para la presentación de su libro. Cuando ya creían que el sueño se escapaba, la marea humana se abrió para darle paso al ídolo junto a sus tres guardaespaldas titánicos, dos cubanos y un argentino. “Me acuerdo que estábamos en el boliche y los tucumanos estaban frustrados porque no lo habían conocido a Diego. En un momento, veo y me doy cuenta que estábamos espalda con espalda con Maradona. ‘Boludo, date vuelta, mirá quién está’, les dije. Se quedaron paralizados, no sabían qué hacer”, rememora Ximena Rionegro, una neuquina que había compartido el avión con ellos y se había sumado al grupo. Instantes después del avistaje, alguien atinó a decirle a uno de los hombres que acompañaban al astro: “Avisale que somos tucumanos y que vinimos a verlo”.
Minutos después, el mismo guardaespaldas los invitó a acercarse hasta el sillón donde estaba Maradona. La bienvenida fue afectuosa y con un abrazo para cada uno. Los cuatro tucumanos y la neuquina no podían creerlo. Estaban ahí compartiendo la noche cubana y una sucesión de brindis con Diego. Para muchos, haberlo visto en una cancha de fútbol fue como haber tocado el cielo con las manos. Pero el Maradona hedonista, voluptuoso de placeres y nocturnidad, no es menos fascinante que aquél de los goles a los ingleses. El Maradona mundano, rítmico y festivo también fue puro exceso y derroche de carisma. Quienes estuvieron con él aquella noche así lo confirman. “La verdad que en ese momento no tenía un gran aprecio por él. Lo admiraba como futbolista, pero no terminaba de entender que los tucumanos estuvieran tan desesperados por conocerlo. Esa noche fue tan amable, nos habló re bien, le puso toda la onda… fue algo re lindo. Nos agradeció el cariño y me pareció divino. Desde ese día cambié la visión que tenía de él. La verdad que tenía un carisma espectacular… era un buen tipo. Esa fue una experiencia espectacular”, recuerda Ximena.
La neuquina que hoy tiene 47 años fue la encargada de ir a buscar la cámara de fotos – de las antiguas, con rollo- del guardarropa donde estaba guardada su cartera para volver corriendo a la pista. En la imagen que inmortaliza el momento aparecen los tucumanos, un turista italiano que no quiso perder la ocasión de retratarse con el Diez y ella. La toma, que se repitió en dos ocasiones, fue registrada por Carlos Ferro Viera, el asistente del ex capitán del seleccionado sindicado por muchos como una especie de José López Rega del maradonismo. La noche y el recuerdo parecían perfectos, pero no se terminaría ahí.
A las cuatro de la mañana, como en una especie de analogía con los tiempos de veda alperovichista, todos se fueron y cerraron las puertas del boliche. Adentro, donde la música seguía sonando, quedaron Maradona, sus asistentes y el contingente que contaba con la venia del Diez. En ese momento de mayor intimidad con el ídolo, Sebastián Pellegrini, uno de los tucumanos, descubrió en su bolsillo un compact con las canciones de El Potro Rodrigo y se lo mostró a Diego. Ahí fue que la deidad del fútbol, como en sus mejores días de capitán del seleccionado, tomó la batuta y le pidió al DJ que pusiera el álbum del cordobés. Antes, le hizo una advertencia:
- Que suene todo, menos La Mano de Dios.
La noche siguió con todos bailando en ronda al ritmo del cuarteto. El CD se danzó completo -menos el tema que Rodrigo le dedicó a Maradona- y con Diego haciendo uso de su consabida destreza para mantener en equilibrio la copa de champagne en la frente; una de sus magias traspoladas del campo de juego a las pistas de baile.
Instantes antes de la dilatada despedida, Sebastián se la jugó y fue por un souvenir de aquel momento que ya no olvidaría jamás. Se acercó hasta donde estaba Diego y le pidió uno de los aros que engalanaban sus orejas. El ídolo asintió como quien accede a cambiar la camiseta después de un partido y el tucumano, ahí nomás, infló el pecho y se colocó el arito de brillantes. Dos días después, en la playa, una ola le arrebató esa presea maradoniana. Todavía se lamenta. De todas maneras, quién le quita lo bailado con el Diego.
Al día siguiente, los tucumanos revelaron el rollo y se hicieron remeras con esa imagen. Antes, resistieron estoicamente los embates de Máximo, el italiano que se volvía a su país y no quería hacerlo sin su foto con Maradona. Ofreció 100, 200 y hasta 300 dólares por el rollo de la cámara de Ximena, pero no hubo caso. Tiempo después, le enviaron por correo desde Tucumán la foto junto a unos vinos y aceitunas.
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Aquella caliente y húmeda noche cubana, acaso otra noche más para la desmesura de un hombre totémico que vivió tantas noches similares en tantas vidas distintas, todavía perdura, indeleble, en el tiempo. Sin embargo, esta historia no había sido nunca contada, persistía como la reliquia más preciada del acervo de mitologías personales en las memorias de sus protagonistas. Muchos pensamientos el hombre se lleva a la tumba, escribió alguna vez Rodolfo Walsh, pero no será esté el caso ahora que Ximena la cuenta y Sebastián la confirma. Tiene sus motivos el tucumano: “¿Sabés por qué no lo cuento? Cuando la contás, no te creen. Porque nadie va a creer, esa es la verdad, que venga Maradona y te abrace, que haya estado en el mismo boliche bailando con vos casi cinco horas. No te lo creen, compadre, entonces ni lo cuento porque los vagos te gastan… Los vagos no creen, ni uno lo cree… ¡A la mierda he estado con Diego Maradona!”.