Me reconocía la voz. Sabía a qué hora entraba a mi casa. Me describía la ropa que llevaba puesta, si era el uniforme del colegio con pollera o si llevaba el de educación física. Estamos rodeadas de potenciales sociópatas como el Joe Goldberg de la serie de Netflix.
Foto ilustrativa de https://lamenteesmaravillosa.com/
You me interpela; me genera cierta incomodidad. Imagino que le sucederá lo mismo a muchas personas. La serie de Netflix tiene de protagonista al personaje de Joe Goldberg, un sociópata carismático que se enamora de sus víctimas y las conquista luego de estudiarlas detenidamente, conocer sus movimientos, gustos, expectativas y prever sus actitudes. Una vez que inician un vínculo, Goldberg “hace todo por protegerlas”, incluso asesinar a las personas que les generan algún malestar o con quienes tienen discusiones. Spoiler alert: el daño que genera no queda ahí. Oportunamente, las mujeres que Goldberg se propone cuidar, descubren que él tortura y mata a personas de sus entornos y, en un intento de garantizar su impunidad, ellas mismas son asesinadas. You pone sobre la mesa los riesgos de la exposición que tenemos en las redes sociales y el amor patológico, la manipulación emocional, la obsesión, el acoso. You me interpela, digo, pero no desde la potencia (indiscutible) del guion o la incertidumbre de saber qué sigue en el próximo episodio. Me interpela desde la experiencia, de ahí la incomodidad. Sin que hayan llegado a cometer asesinatos, en mi vida me he cruzado con más de un Joe Goldberg. Una amiga me dijo, hace poco, que estoy viva de casualidad. Elijo creer que mucho de lo que sentí en esas circunstancias fue una exageración de mi mente adolescente y no que hayan sido el instinto de supervivencia o la casualidad los que me permitieron llegar hasta aquí, aunque les estoy siempre agradecida. Una nunca sabe.
Como en la serie, el primer Joe Goldberg que recuerdo conocía todos mis movimientos. Fue en los últimos años del secundario cuando mis padres sobreprotectores (con motivos, ahora veo) accedieron a que volviera sola del colegio. Tomaba el colectivo que me dejaba a una cuadra y caminaba por el pasaje que desemboca justo en la puerta de la casa de mis viejos. No importaba la hora en la que yo llegaba, todas las tardes, junto con el último giro de la llave de la puerta de entrada, sonaba el teléfono fijo y a mí me recorría un escalofrío.
Si otra persona que no fuera yo contestaba la llamada, del otro lado cortaban la comunicación. Volvía a sonar el teléfono. Y así hasta que yo contestaba. Me reconocía la voz, sabía a qué hora exacta entraba a mi casa. Me describía la ropa que llevaba puesta, si era el uniforme del colegio con pollera o si llevaba el de educación física. Comentaba sobre cómo me quedaba. Me decía ¿halagos? sobre mi voz “de ángel”.
Quien me hablaba tenía una voz que yo nunca pude reconocer, nunca supe quién era. Mi silencio en el teléfono mientras él hablaba era la única reacción posible que podía sostener ante el miedo. Tenía las manos frías durante todo el tiempo que duraba esa llamada. Todas las tardes. Yo seguía contestando tratando de descubrir quién era. Él nunca me contestaba esa pregunta.
La tarde en la que me dijo que me esperaba en una camioneta en la puerta de mi casa con un regalo para mí, le conté a mi mamá. Ella intentó tranquilizarme diciendo que seguro era alguien que me hacía una broma. Le dije que no creía que fuera eso. Volvió a sonar el teléfono. Me pedía que salga, que no tenga miedo. Corté. Sonó de nuevo. Me decía que, si yo quería, él no me llamaría más. Esa vez, hablé. Le pedí que no me llamara más. Me dijo que si esa era mi decisión, que desaparecería para siempre. Temblando, enfaticé el pedido: “Por favor, no me llamés”. No volvió a aparecer. Creo.
Joe Goldberg, el protagonista de la serie You.
El segundo Joe Goldberg fue todavía más intenso. Comenzamos a chatear cuando yo tenía unos 14 años, por algún canal de chat del programa pirateador por excelencia de esos tiempos, el Ares que, más que la música que buscabas, te llenaba de virus la PC y de un montón de contenido etiquetado polémicamente.
Este tenía un nombre: Alejandro. Tan incomprobable como su edad y dirección. Busqué en las páginas blancas su apellido y no existía. En los primeros años de este milenio, Google todavía no tenía todas las respuestas y una de las mayores fuentes de información sobre las personas era la guía de teléfonos. Encontré el registro de alguien con un apellido parecido en una dirección cercana a la que me había dicho, pero era el nombre de una mujer. Me dijo que era su hermana. Parecía real. Chateamos en los canales del Ares hasta que nos pasamos las direcciones de mail para chatear por Messenger. Su mail era muy difícil, así que él me agregó. No tenía foto de perfil ni usaba ninguna red social de ese entonces: ni Facebook, ni MySpace, ni Fotolog, ni Metroflog. Imposible de rastrear.
Seguimos en contacto virtual por mucho tiempo; años. En algún momento me comenzó a escribir al celular, aunque yo no le había dado mi número. Nunca me dijo de dónde lo consiguió. Él “tenía métodos”. De los SMS con límites de caracteres (no existía el WhatsApp y cada mensaje de texto se cobraba) a las llamadas no hubo mucho trecho. Cualquier persona con poca paciencia hacía ese salto sin pensarlo demasiado. Imagino que en todo ese tiempo le fui dando información de mi vida. A otros datos ya los sabía sin que yo nunca se los dijera. Eso encendió una alarma en mí. Fui muy cuidadosa de seguir dándole información.
Me escribía siempre. Hacía un resumen de sus días al que titulaba “Bitácora del capitán” y, con lenguaje náutico, describía situaciones y pensamientos. Me fascinaba su mente cauta, controladora. Trataba de entender cómo funcionaba su cabeza, pero siempre él estaba dos pasos más adelante, adivinando lo que yo estaba tratando de averiguar, dándome las respuestas que todavía yo no sabía que estaba buscando. Me había sacado la ficha y podía anticipar cosas que yo todavía no había pensado.
Este Joe Goldberg se parecía más al personaje. Me decía que yo merecía lo mejor y que él estaba dispuesto a asegurarse de que lo obtendría. Tenía métodos. Me decía que nadie como yo había logrado ponerle límites a su megalomanía autodiagnosticada. Era consciente de su capacidad de manipulación. Me recomendaba formarme en defensa personal y Krav Maga (me dijo que era una práctica marcial judía) porque “él no podía cuidarme todo el tiempo” y yo “tenía que aprender a evitar situaciones peligrosas”. Me dijo que sabía a qué me exponía, pero que no podía decirme porque yo tenía que aprender a darme cuenta oportunamente. Me dio a entender que él me cuidaba. Pienso que me observaba de cerca.
Me mandaba regalos por mi cumpleaños que llegaban a la casa de mi abuela porque no tenía mi dirección, pero sí mi apellido y, como no es muy común en Tucumán, no había mucho margen de error si enviaba un cadete a preguntar por mí. Una caja enorme con chocolates. Y una zampoña (ese instrumento de viento con cañitas que se usa en la música andina), porque sabía que me gustan. Una mermelada de sauco traída de Bariloche y bombones. Con dos anillos. De distintos tamaños porque no sabía cuál me quedaría bien. En ese último regalo había una carta escrita a mano: “Me dijiste que te gusta la mermelada de sauco, no tomes esto como un regalo, sino como un encargo. De todos modos, me lo cobraré cuando venda tus órganos en el mercado negro. Firma: Batman”. Jugaba con mi miedo. Y Batman fue su nombre asignado cuando actualizaba a mis amigas más cercanas acerca de sus movimientos.
Cuando comenzó a hablarme de sus planes a futuro -en los que me incluía-, con casa con galería y perro, comencé a exigirle pruebas de vida. Nunca lo había visto y era imposible de stalkear, me había dado un nombre falso y, probablemente, todo lo que sabía de él también lo era. Sabía, según su descripción, que era colorado y que tenía rulos. Me desesperaba pensar que quizás lo conocía o lo cruzaba cotidianamente, aunque también pensaba que no era común ver colorados con rulos y que me iba a llamar la atención encontrar a alguien así. Él sabía exactamente cómo era mi pelo, mi altura, el color de mis ojos. En un carnaval conocí a alguien con esas características y, con mis amigas, hicimos un operativo para averiguar si él era Batman. Pero no. Mientras Batman me contestaba los mensajes, el colorado de rulos de la carpa vecina no tocaba el celular.
A este Joe Goldberg le dije que no volvería a hablar con él si no aparecía en persona. Me dijo que eso arruinaría todos sus planes, que no era el momento. Primero, debía asegurarse de que “la vocecita” en mi cabeza bajara la guardia, que yo dejara de tener miedo. Dejé de contestarle. Intentó comunicarse, infructuosamente, por muchos medios hasta que, al fin, accedió a mostrarse.
Lo cité en casa de mis padres y me aseguré de que hubiera gente en el momento del encuentro. Probablemente, me envió un mensaje de texto para avisarme que estaba en la puerta. Abrí con mucho miedo. No cerré la puerta detrás de mí ni tampoco lo invité a pasar. No era colorado, pero sí tenía muchos rulos. Era más bajo que yo y no recuerdo nada más de él. Ni su voz, ni ningún rastro de su cara. No sé si volví a verlo.
Traía una bolsa con otro regalo para mí. Le dije que no recibiría más regalos, que sólo quería saber si él era real. No sé de qué hablamos. Caminamos hasta la esquina y volvimos a la puerta de mi casa. Él no hablaba mucho. Yo tampoco. Después de un rato, se despidió. Intentó darme la bolsa con el regalo nuevamente y, ante mi negativa, reaccionó ofendido, dijo algo entre dientes y dejó la bolsa en la puerta de mi casa. Murmuró algo como “lo compré pensando en vos y lo traje hasta aquí, no me lo voy a llevar, déjalo ahí si querés, que alguien lo encuentre.” Y se fue.
En la bolsa encontré el mejor regalo que recibí hasta ahora. Tres libros: la colección completa de cuentos de Julio Cortázar. No llegué a conocerlo, pero él a mí sí. Me mandó un mensaje más tarde, ese mismo día: “Sos mucho más hermosa de lo que creía, pero este no era el momento.” Le agradecí el regalo y le dije que si no volvería a aparecer en persona, que desaparezca por completo. Mi intención era conocerlo, pero como se conocen las personas reales. Me escribió un último mensaje culpando a mi vocecita y a mi ansiedad por haber arruinado los planes: “Bitácora del capitán, episodio final: No hay bitácora sin capitán, y no hay capitán sin Mar”. No volví a saber de él, aunque todavía me genera mucha curiosidad. No sé qué fue real de todo lo que me dijo en todo ese tiempo. Pero vocecita y yo nos autopreservamos.
El tercer Joe Goldberg fue un amigo. Un amigo que se presentó a mi casa, en donde siempre nos juntábamos. Me escribió después de haberse alejado sin dar muchas explicaciones y tras una escena de golpes con otro amigo que, me contaron, sucedió mientras yo celebraba haberme recibido. Me dijo que estaba empezando un proyecto laboral y que necesitaba de mi ayuda, que estaba cerca de mi casa, en el taxi que manejaba, y preguntaba si podía dedicarle un tiempo. Siempre que esté a mi alcance, intento colaborar con la gente que quiero, así que lo recibí en mi casa después de comprar una cerveza para compartir.
Me dijo que su proyecto de vida me incluía y que estaba ahí en ese momento para convencerme de que deberíamos estar juntos y de que eso era lo mejor para ambos, pero que él entendía si yo no sentía lo mismo. Me enumeró momentos en los que pensó que yo podría haber estado demostrando interés en él pero que, automáticamente, se convencía de que no era posible. Me recriminó un histeriqueo inexistente.
Después de explicarme su “proyecto” que implicaba aparentar cosas que no eran reales, mentir para conseguir resultados, que al final eran nobles, pero que no alcanzaban para justificar los medios, le dije que no cuente conmigo. Me proponía formar parte de una estafa. Le sugerí que busque otras formas de llegar al mismo fin. Me dijo que yo no entendía y que a toda esa idea se la había propuesto en una aparición el mismísimo Gauchito Gil, de quien él es fiel devoto. Nunca fui muy creyente, no entiendo esos mensajes, pero al escucharlo se activaron mis sensores de peligro.
Me dijo que, aunque yo no acepte que estemos juntos, debería acompañarlo en su proyecto, registrando cada paso con una cámara de video que me llevó ese día. La escena final de su película autobiográfica del camino a la fama ya estaba guionada: un brindis con champagne en un yate, junto a todos los que alguna vez fuimos su grupo de amigos.
Mi incredulidad se traducía en risas nerviosas, mientras esperaba un desenlace en el que me dijera que todo era una joda. No fue así. Mis risas lo pusieron nervioso. Ante mi doble negativa -de comenzar una relación y de participar en su bien planificada estafa-, comenzó a ponerse violento. Permanecí sentada en la silla de mi comedor, donde estábamos, disimulando mi miedo con una cara de póker que no sé cómo pude mantener. Se levantó de donde estaba, se acercó mucho y, de pie, mirándome fijamente, con su torso inclinado sobre mí, comenzó a gritarme que él no estaba loco, que yo no lo entendía, que nadie lo entendía. Sosteniéndole la mirada, desde mi posición, veía su cara desencajada que se iba poniendo cada vez más roja. Escuchaba sus gritos, cada vez más fuertes, y sentía cómo se iba formando un nudo gigante en mi panza. Planeaba formas de escapar o de defenderme. Sentí por primera vez la inevitabilidad de la tragedia inminente. Pensé que, si me movía, él iba a golpearme o peor, que esa escena terminaría en todas las formas posibles de abuso sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Pensé que la resignación me salvaría, al menos, la vida. Pensé también que, si gritaba, nadie me escucharía. Me quedé quieta.
Ante mi inmovilidad, comenzó a calmarse. Cuando se alejó de mí, me levanté de la silla y caminé lento hasta la puerta pensando en no hacer ningún movimiento brusco. La abrí mientras él me pedía disculpas, llorando. Lo invité a retirarse de mi casa y no volver nunca más. Salió entre más llantos y disculpas. Apenas cruzó la puerta, puse todas las llaves y candados y pasadores que tenía. Siempre me pareció que mi papá exageraba cuando me instaló todos esos artilugios, pero desde ese momento supe cuán necesarios son. Respiré aliviada, por un momento. Llamé a mis amigos, se ofrecieron a ir a pasar la noche en mi casa. No accedí.
Al día siguiente le conté a mi mamá. Me dijo que esté alerta, que así como el Gauchito Gil le dio ideas para hacer ese proyecto, podría volver a aparecerse y recalcar mis negativas. Y podría darle nuevas ideas para vengarse porque yo había arruinado sus planes.
En varias oportunidades, un taxi aparecía estacionado en la puerta de mi casa. Nunca supe si era él ni me detuve a averiguarlo. Desde la esquina en la que me bajaba del colectivo, al ver el taxi, emprendía el camino hasta la casa de mis padres. Me quedaba a dormir ahí, evitaba volver a mi casa. La sensación de seguridad y tranquilidad que había conseguido luego de mudarme de la casa paterna y haber construido mi propio espacio comenzó a desvanecerse. Imaginaba escenarios en los que entraba gente con intención de atacarme por la puerta principal, por la puerta de atrás, por la ventana, y planificaba mis formas de escape en cada situación. Esa sensación persistió hasta que me mudé de esa casa. Al llegar a donde vivo ahora, también estudié formas de escape por si algún malintencionado entra por los diferentes accesos, debidamente asegurados por mi papá con candados y pasadores y llaves.
A principios de los 2000 no se hablaba de grooming, el delito en el cual un adulto se contacta con un niño, niña o adolescente a través de medios virtuales con la intención de engañarlo y conseguir beneficios, ya sean sexuales, materiales o de otro tipo. Generalmente, los llamados groomers operan con perfiles falsos y, obteniendo información a través de las redes sociales de sus víctimas, las contactan y simulan empatía, comprensión, afinidad, hasta generar encuentros reales, que pueden derivar en delitos asociados como la trata de personas, la extorsión o secuestros. Por entonces, tampoco éramos muy conscientes de los riesgos a los que estamos expuestos al dar información en las redes, aunque sí había secuestros y femicidios, con más o menos prensa. Pero eran casos que les suceden a otras personas, en otros lugares.
Estamos todo el tiempo expuestos a los riesgos que implica el uso de las tecnologías y dispositivos, plataformas y redes. Google, Facebook e Instagram son fuentes casi inagotables de datos nuestros. Estamos a un click en un buscador y una mínima pericia de conocer todos los movimientos, gustos, intereses, entorno social, consumos y actividades de cualquier persona. Podemos predecir sus reacciones, actitudes y acciones. Tenemos, por lo tanto, la posibilidad de usar esos datos a favor o en perjuicio de quien deseemos. Y también pueden hacerlo con nosotros.
Solemos creer que lo peor que nos puede pasar en una salida es que nos roben el celular y subimos confiadas a taxis o a vehículos de personas que creemos conocer. Nos autojuzgamos como paranoicas si hacemos preguntas o exageradas si pedimos a las amigas que quedan solas en el trayecto que nos avisen cuando lleguen a sus casas.
Aprendimos a no caminar solas por las calles cuando oscurece, a mirar constantemente hacia atrás para corroborar que nadie nos siga y a mandar a alguna amiga toda la información que tenemos de alguien que estamos por conocer. Nos reímos cuando decimos que es ella la que tiene que empezar la búsqueda si no mandamos el mensaje tranquilizador o si no volvemos. Aprendimos a no encontrarnos con gente de la que no tenemos ninguna referencia. Nos quejamos de la endogamia, que nos impide conocer personas ajenas a nuestro círculo más cercano, pero que, aunque no garantiza seguridad, algo de tranquilidad brinda. Creamos redes de protección que, a veces, no son suficientes.
Vocecita, paranoia, exageración, alerta excesiva, ¿casualidad?, miedo. Que nunca falten las formas de autopreservación. O mejor, que dejen de ser necesarias. Pero vivimos en este mundo, en esta era. Y creo que la mejor forma de prevención es la información. Saber cómo operan, tener las banderitas rojas a mano, contarles lo que nos está pasando a quienes nos rodean, tener números de emergencia, acordar códigos que nos saquen de situaciones de riesgo, saber cuándo salir de esos vínculos. Respetar nuestra intuición y, preferentemente, pecar de exageradas antes que quedarnos a ver a qué nos estamos exponiendo. Cuidar a nuestras amigas. Cuidarnos.
Parece ficción, pero mientras escribía esta nota, la comentaba con amigas y casi todas tenían anécdotas para aportar. Y quizás sea que, con pedacitos de estos relatos, la guionista ha creado a ese Joe Goldberg que vemos en la pantalla, que nos parece tan irreal, pero que circula en los mismos espacios en los que nos movemos todos los días.