La que usó una gloria del club, la que recuerda un título, la más fachera o la más extraña. Tres coleccionistas de camisetas de fútbol muestran sus placares y cuentan sobre su pasión. Del Deca, del Santo y más.
Matías y su gran pasión por las camisetas del Santo.
Billy Matheus me contesta el teléfono solo por llamadas de WhatsApp cuando el viento decide calmarse y lo deja tener un poco de señal. Llegué a él por el boca a boca de varios coleccionistas decanos. Según dicen, Billy tiene una de las colecciones más valiosas de camisetas del club de 25 de Mayo y Chile. Por suerte el día está soleado, ya no hay viento y Billy puede tener señal wifi para entrevistarlo. Está en medio de la puna salto jujeña. Su trabajo en la Aduna lo obliga a pasar gran parte de sus días a 4050 metros sobre el nivel del mar, en el Paso Fronterizo de Sico, entre Salta y Bolivia. Esto significa estar lejos de su familia en Salta Capital, pero también lejos del club de sus amores.
Es una de las largas horas de la siesta en la puna y el silencio es total en el destacamento fronterizo. El coleccionista de 52 años me cuenta emocionado cómo fue que comenzó a coleccionar, todo se remonta a su infancia: creció a pocas cuadras del Monumental de 25 de Mayo. La cercanía y el acompañamiento de su abuelo, quien lo llevaba a la cancha, hicieron que en sus primeros años siempre pida una camiseta o algo de Atlético para su cumpleaños y otras fechas especiales como navidad. Cuando se dio cuenta, un día las contó y sumó 17 camisetas. En ese momento, aún adolescente, comenzó a tomar más en serio el tema del coleccionismo. En la actualidad y tras muchos años, Billy aún conserva aquellas camisetas y en total suman 170.
“Pasaron los años y mi trabajo me obligó a radicarme en Salta, lo cual significaba no poder ir siempre a la cancha”, cuenta Billy. Cada tanto viaja, pero hubo muchos partidos en los que no pudo estar. Lejos del club de sus amores, su fanatismo por las camisetas fue la forma de seguir cerca del decano, la forma de sostener ese amor, ahora impulsado por las telas celestes y blancas, la historia y el arte de saber esperar aquella camiseta que le falta, alguna que no todavía pudo conseguir.
En su bolso cuando se va al destacamento nunca falta algo de Atlético, por suerte las redes sociales ayudaron mucho a que esté conectado con otros hinchas y sepa todo sobre los jugadores. Los avances tecnológicos llevaron a que un coleccionista pueda conectarse en cualquier momento desde el medio de la puna árida y fría con otros como él, personas que tienen el gusto por coleccionar objetos de fútbol. Facebook fue un aliado clave, allí encontró muchas de las camisetas de su colección. Hay una comunidad grande y muchos venden o cambian casacas a través de distintos grupos. Sobre la más valiosa de su colección, cuenta que una tarde se sorprendió por un mensaje de un coleccionista de Estudiantes de la Plata. Le decía que tenía una camiseta que a él le haría falta. La emoción de Billy fue en aumento tras verificar que la camiseta que le ofrecían era realmente original: “Cuando me mandaron fotos, me puse en contacto con Silvio Navas, historiador y jefe de prensa de Atlético, que me confirmó que esa camiseta no sólo era original, sino que había sido usada por un jugador que luego pasó a formar parte de Independiente”. Hoy en día esa camiseta, que en su momento costó más de 250 dólares, es la más valiosa de su colección. No es para menos, se trata de una casaca usada por la gloria decana Víctor Palomba en el año 1975.
Otro secreto y clave de todo coleccionista es contactar a los utileros de los clubes. “Muchas veces, conseguimos las camisetas gracias a los utileros que tienen acceso directo a los jugadores. Yo tengo camisetas que tienen una mancha de césped, propio del día del partido y cuando ves las fotos de ese jugador ese día está la misma mancha”, cuenta Billy, que además deja en claro que existen dos tipos de camisetas: por un lado, las que se pueden conseguir o comprar en las tiendas oficiales y negocios. Y por otro, las llamadas de utilería que sólo se consiguen a través de los jugadores, utileros u otros coleccionistas que las tengan. Éstas son las utilizadas por los futbolistas en los partidos oficiales y suelen tener mucho más valor que otras, incluso que las autografiadas. “Es muy lindo tener una camiseta que haya sido usada, yo tengo una del Laucha Luchetti que tiene una mancha particular” relata Billy desde el Paso de Sico, un paso a veces elegido para transportar drogas hasta Chile, donde su precio aumenta más de un 200 por ciento. Algunos turistas argentinos también son los que deciden cruzar por ahí a Chile, pero debido a la pandemia el transito quedó reducido unicamente al trasporte de cargas.
Otra de las camisetas preferidas de Billy es una celeste y blanca que Damián Musto usó en su primer partido de Atlético en primera división contra San Lorenzo en el 2009. Es una blanca lisa con el número 14 que guarda la mística de aquel primer partido.
Dentro del coleccionismo de camisetas, existen algunos mitos que él se encarga de esclarecer. Respecto a las marcas que vistieron al decano, cuenta: “Me ha pasado que dicen que Atlético nunca usó una camiseta Adidas. Pero es un error, Atlético si se vistió con Adidas. Si bien no tenían un contrato de exclusividad, sí usaron camisetas Adidas. Lo que pasaba era que los utileros viajaban a Buenos Aires y compraban juegos de camisetas de distintas marcas: unas Topper, otras Sportlandia, Adidas y así iban vistiendo al equipo”. Además de coleccionista, Billy es un apasionado por la historia, guarda junto a sus camisetas las fotos del equipo en la cancha con cada una de las casacas de su colección.
Sus relatos siempre se acompañan con fotos que tiene ordenadas y a mano en su celular. Repasa las camisetas y con ellas las historias impregnadas en sus distintas tramas. Para él, lo importante son los colores, pero sobre todo las historias. Como la mítica Zeus del año 86 sin mangas que parece una musculosa cortada. Y que los dirigidos por Luis Sosa usaron cuando levantaron la copa del torneo del interior logrando el ascenso a la segunda división. En ese partido por el campeonato y tras el pitazo final, un jugador decano salió corriendo hasta la tribuna y arrojó la camiseta. Los hinchas enloquecidos tironearon tanto del regalo que la camiseta quedó dividida en tres partes: las dos mangas y el torso. Billy logró conseguir la parte más grande y en la actualidad integra su colección.
Así como su abuelo le inculcó el amor por los colores celeste y blanco, Billy le transmitió la pasión por Atlético a su hijo Alex. Cuando pueden, viajan para ver los partidos y se las ingenian para seguir al club. Otro encuentro que aprovechan es cuando el decano hace su pretemporada en Salta. El coleccionista y su hijo siempre esperan al plantel, compartiendo con ellos asados en su casa. El amor de Billy le discute a aquellos que dicen que el amor a distancia no existe.
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El auge de las camisetas como productos de consumo masivo ha ido en aumento desde hace unas décadas. En ese contexto, una camiseta pasó a ser mucho más que una prenda para practicar fútbol. Los diseños, las modificaciones, los distintos tipos de telas e incluso sus costos las posicionan como objetos preciados que tienen cada día más adeptos. Una camiseta de la temporada en juego puede costar entre cuatro mil y nueve mil pesos. Una histórica y coleccionable, en cambio, se cotiza desde los quince mil en adelante. El valor radica en el tiempo transcurrido: cuanto más vieja, más valor. Siempre que mantenga un buen grado de conservación.
De cualquier forma, el coleccionismo de camisetas es una de las tantas formas que tiene el amor. Hay en esta actividad algo de la fascinación que se remonta a la infancia, cuando tener la nueva camiseta del club de los amores de uno era la mayor alegría. La sorpresa de conseguir la camiseta formaba parte de un ciclo de ilusiones que se renovaba cuando salían nuevas camisetas de la próxima temporada o se fabricaba una edición especial.
Billy, Matías y Facundo son tres tucumanos que han hecho del coleccionismo no sólo un hobby, sino un estilo de vida. Cada uno con una colección distinta, día a día repasan sus casacas y sueñan con adquirir aquella inconseguible. Aunque saben que, siempre, van a querer más.
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El partido de San Martín ya comenzó. Matías “Pipa” González está parado en la popular de la calle Pellegrini. Los hinchas siguen con sus cabezas el movimiento de la pelota que va de aquí para allá. Parecen esos perritos que en los 2000 se colocaban sobre los tableros de los autos. Algunos hinchas se comen las uñas, otros mueven la pierna con repetición de rito. Parecen una orquesta que sigue los pelotazos de área a área. Pipa es el único que desentona, él no ve el campo de juego, mira a la tribuna y va a contramano de todos. Se esfuerza por identificar entre las miles de camisetas rojas y blancas si hay alguna que él no tenga. Una tarea complicada porque, desde el noventa en adelante, las tiene casi a todas. Si divisa alguna, espera al entretiempo: “Lo encaro al que la tenga y le pregunto si la vende. Por lo general, si son camisetas históricas, me dicen que no están a la venta, pero de vez en cuando alguien me responde ¿Cuánto ofrecés? Ahí arranca una negociación que puede durar días, semanas o incluso meses”, cuenta el fanático de San Martín. Muchas veces le piden varias camisetas a cambio de una sola, llegó a dar cuatro por una difícil de conseguir.
Matías es estudiante de Educación Física y desde hace varios años trabaja como árbitro en diferentes torneos de futbol cinco, pero, sobre todo, le gusta definirse como hincha, socio y coleccionista de camisetas de San Martín.
Su madre se enoja cuando lo ve aparecer con una nueva adquisición. “Es que no puedo no tener una camiseta; muchas veces, me contactan y me dicen tengo una que creo que no la tenés. No me importa si llueve, yo salgo en la moto en ese mismo momento para verla en persona”, comenta el coleccionista. En total, la colección de Pipa supera el millón de pesos, si sumamos el valor de las noventa camisetas que tiene.
Al fanatismo por San Martín se lo infundió su padre cuando lo llevó a la Ciudadela con sólo siete años; desde ese momento nunca dejó de ir a la cancha. Fue por esa época que Pipa recibió como regalo su primera camiseta: una Lotto con bastones rojos del 94. Los colores y sentir la tela lo cautivaron de inmediato.
Con el tiempo, sobre todo cuando comenzó a ganar plata por su trabajo, fue adquiriendo más ejemplares. “En mi colección tengo todo tipo de camisetas, algunas son momentos de gloria como una KDY negra de la temporada 2016 que se usó en los octavos de final del Argentino A”, recuerda. De utilería también se destacan una amarilla flúo que vistió el “Ratón” Ibáñez en el año 2006. Pero sin lugar a dudas, dos de las más valiosas de su colección son la Topper usada en el 92 por el “Capo” Humberto Noriega y una bordó mangas largas que usó el mismísimo Mario “Cococho” Jiménez.
Algo que le gusta destacar a Pipa es su amor incondicional por el club. En el año 2003 San Martín militó La Liga Tucumana, tiempos en los que usó la marca AGA Deportes de Salta. Él cuenta con las cinco de los distintos colores, algo que para él trasciende todo precio.
Hubo temporadas en las que Pipa iba a la cancha vistiendo alguna camiseta de la colección, pero sufría mucho por temor a que se la quemen o le derramen alguna bebida, sobre todo Fernet, que según él es una de las peores cosas que le pueden pasar a una casaca. Igualmente, si usa alguna, la manda a lavar inmediatamente a la única tintorería a la que confía sus joyas. Queda en Barrio Norte y solo ahí se permite dejarlas. El lavado parecería ser más efectivo que las manos nobles de su madre en la pileta del lavadero. Esto, que podría verse como una ofensa, Pipa prefiere pensarlo como calidad de centrifugado. La escena entrando con sus camisetas a la tintorería que tiene en sus paredes cuadros con posters de Atlético es casi de ficción.
Quizá por querer cuidarlas tanto es que desde hace unos años optó por ir uniformado a la cancha. Primero con un overol a rayas rojas y blancas, hasta que por cuestiones de peso lo cambió por un traje que se hizo a medida y que vistió para los festejos por el aniversario del club.
Cuando San Martín juega de local, él sale de su casa con tiempo. Le gusta llegar tranquilo y sin apuros; va con su novia. En el improvisado estacionamiento para motos frente a la cancha, se cambia y se coloca el traje. Cuando sale se escuchan saludos, algunos se quieren sacar una foto con él. Pipa va lento y se detiene ante los saludos, a su novia no le gusta demorar tanto, pero no hay caso, él quiere saludar a todos. De reojo mira y sueña con encontrar alguna camiseta que todavía le falte.
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Facundo Valero es estudiante de locución y movilero del noticiero de CCC. Tiene 23 años y es un apasionado de las camisetas de fútbol. Entre nota y nota, siempre chequea su celular para estar al tanto de las nuevas que se lanzan al mercado, hay muchos blogs y páginas especializadas sobre el tema. Siente locura por las que se diseñan con un motivo particular y, sobre todo, las que salen como ediciones especiales. A diferencia de Billy y Matías, Facundo sólo colecciona camisetas compradas en negocios oficiales, incluso guarda las etiquetas en un bote sobre la mesa de luz. Tiene libros y se informa sobre los diseños. Si se hiciera un campeonato provincial especializado en camisetas del mundo, Facundo lo ganaría.
Casacas de todos los colores están colgadas con una bolsa individual en el placard que comparte con su hermano. Todo parece adquirir un sentido especial y ser un arte en sí mismo cuando habla de los detalles en la confección o de las telas. En su celular tiene anotada y clasificada su colección según las marcas: si son titulares o alternativas, el año y a qué liga o selección pertenece. En su block de notas, cada día repasa su inventario, utiliza emojis con las banderas de cada país. También escribe quién la manufacturó. Sus 89 camisetas se reparten entre 14 marcas distintas. “Me gustan las que son exóticas, cuanto más lejos de Tucumán y con más particularidades, más me fascinan”, explica sobre sus criterios para elegirlas.
El coleccionista parece recopilar mundos y épocas en el placard. Una de sus favoritas es la Puma alternativa de la selección italiana que usaron en el 2020 y es toda verde: “Cuando se la lanzó, se la nombró como el Kit del Renacimiento. La particularidad de que sea verde entera es que Italia solo había usado ese color en 1954 en un partido contra Argentina. Tiene una trama nunca antes vista que remite al arte del Renacimiento, dando a entender como un renacer de época para la selección. Además, los detalles del escudo en dorado la hacen única y para mí una de las camisetas más lindas de mi colección”.
Su amor por las camisetas se remonta a un mito iniciático: un día, su padre le regaló la camiseta titular de Boca del año 2000. Facundo había crecido y usaba la que hasta ese momento había sido la camiseta de su padre. Para él, es la más valiosa y con la que comenzó todo. Con el tiempo fue consiguiendo más y armando de a poco su colección. “No se trata de tener una camiseta por sumar a la lista, se trata que tenga algo especial”, comenta Facundo.
Mientras recorre con sus manos las camisetas, dice: “A ésta no la tiene nadie, incluso me animaría a decir que soy el único de Argentina que la tiene”. Saca de su bolsa una camiseta roja y azul. Es del FC Tokio y me cuenta que se la compró en una tienda de allá y se la mandaron desde Japón hasta su casa por encomienda, que la camiseta recorrió 18 mil kilómetros y que ahora la tiene en su pieza de Yerba Buena.
Además de Boca, club del que más ejemplares posee (incluso una firmada por Martín Palermo), tiene una debilidad por el Sttugart de Alemania, que ocupa el segundo puesto de clubes con más camisetas en su colección. Esto se debe a su amistad con Jannis, a quien conoció en un intercambio cuando fue a estudiar idiomas y lo hizo hincha del club de la ciudad alemana: “En la actualidad, intercambiamos camisetas. Yo le mando de Boca y el del Stturgat. Obvio, éstas tienen un valor sentimental muy importante para mí”, afirma y me muestra la bandera gigante que también se la mandaron desde Alemania y cuelga arriba de su cama.
Para mostrar sus camisetas Facundo utiliza mucho Tik Tok, en su perfil realiza videos con desafíos y las exhibe. Cada día cuenta con más seguidores y su contenido es exclusivamente dedicado a las casacas. Sueña con seguir sumando mundos en su placard. “Algunos dicen: bueno llego a cien y paro. Pero siempre está el deseo de tener más”.
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Una especie de nostalgia y deseo parecen cruzarse en el arte del coleccionismo. Un objeto tan vapuleado como una camiseta de fútbol pasa de los agarrones, escupitajos y ramiadas a posar en una bolsa que la protege contra las inclemencias del paso de los años. El amor por los objetos demuestra que no es la tela, no es quién la usó, tampoco los colores. Que lo importante son las historias y que el amor por una camiseta es la excusa perfecta para el lugar de encuentro con un padre, un abuelo, un amigo o uno mismo.