La vergüenza de la primera vez, el tabú de la masturbación femenina y el goce más allá de la penetración. Las representaciones del sexo como disputa de sentidos en un relato en primerísima persona.
La performance que inauguró el posporno. Foto: https://serhistorico.net/
Eran las cuatro de la mañana de un jueves, tirada en el sillón de mi casa con las piernas arriba y la cabeza casi en el suelo. El celular en la mano y el sexting con mí, entonces, ya ex. Una relación de cinco años interminables en un vaivén de idas y vueltas. Yo pensaba que lo que nos unía (o no nos separaba) era el buen sexo. Estaba equivocada. En el whatsappeo hot de esa madrugada algo se quebró y un montón de indicios tuvieron, por fin, sentido: no concebíamos al sexo de la misma manera. Para él era pura penetración, un mete y saque constante. Para mí, todo lo contrario, el sexo es mucho más que la genitalidad y la penetración, que, ni es lo primordial ni tampoco indispensable. En ese choque irreconciliable de representaciones entendí por qué con él, que había sido mi “primera vez” y habíamos mantenido un número incontable de encuentros sexuales a lo largo de varios años, jamás había tenido un orgasmo. Lo que me unía, en realidad, no era más que pura comodidad. Esa fue la última vez que hablamos.
Vuelvo a los inicios de nuestros primeros encuentros, cuando yo todavía era una estudiante adolescente de colegio católico. Vuelvo a esas primeras veces donde la tensión entre el deseo y el mandato se hacían presentes. Me gustaba que me toquen, apoyen, froten, besen por entero, pero no podía permitir que nadie me penetre, ese era el límite. Ser penetrada significaba, para mí, ser una puta. Ser una puta significaba perder valor. Perder valor significaba que nadie me quiera, que nunca nadie más en la vida me quiera. Ser penetrada significaba perder la “virginidad” y con ella lo sagrado que me elevaba arriba de toda moral.
Me llevó algunos años empezar a cuestionar el concepto de “virgen”, esa idea de que el valor se pierde por la rotura de un himen. Recuerdo las charlas con mis compañeras del colegio y el terror que nos recorría al pensar que, quizá, por accidente hayamos perdido la virginidad andando en bici a los nueve años y ahora cómo nuestra pareja nos iba a creer que era verdad que nunca habíamos estado con nadie.
Por aquellos años, los mitos en torno a las prácticas sexuales se iban colectivizando en el pasillo del colegio: que te tiene que acabar afuera así no quedás embarazada, que si al preservativo lo saca de la billetera se rompe, que si acabó muy rápido es porque anda con otra, que miremos la cantidad de semen porque eso también nos advertirá si nos engaña, que la pastilla del día después es abortiva, que los anticonceptivos te dejan estéril, entre un sinfín de mitos más. La falta de ESI (Educación Sexual Integral) era evidente. Ni en el colegio ni en la familia, sobre sexualidad nos educábamos entre nosotras. Siempre había una más experimentada que hacía de conferencista mientras todas las demás, con nuestro jumper gris y el moño blanco en la cabeza, la escuchábamos con hambre y sed de conocimiento. Yo, por mi parte, buceaba constantemente en internet. Siempre terminaba en Yahoo Respuestas leyendo las opiniones generadas por la misma pregunta que yo tenía y que alguien más ya había hecho.
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Las representaciones sobre “La primera vez” están atravesadas por el dolor, el miedo y la vergüenza. ¿Por qué? ¿Por qué esta experiencia está asociada a un hecho traumático? Si pensamos en las concepciones del sexo y las prácticas sexuales hegemónicas podemos llegar a una posible respuesta. La pregunta de qué es el sexo me despertó un multiverso de posibilidades que desconocía y que, en definitiva, hubieran hecho de mi vida sexual una experiencia mucho más placentera.
La penetración como bandera está directamente relacionada a las representaciones que el porno mainstream hace del sexo y los estereotipos de género: primeros planos donde los genitales son protagonistas; mujeres delgadas, rubias, de pechos grandes y multiorgásmicas; hombres viriles, musculosos y siempre erectos. Pero, ¿A que nos referimos cuando hablamos de porno mainstream? Básicamente, a la pornografía de producción industrial y distribución masiva que se gestó en los años 80 del siglo pasado a partir de la proliferación del video y del VHS hogareño. Esta industria millonaria tiene como precedente a la famosa (y polémica) película “Garganta Profunda” de Gerard Damiano, film que tuvo un gran éxito en las salas de cine comercial. La actriz principal de esta película Linda Lovelace, terminó denunciando que, lo que los espectadores de la película vieron fue una violación. Pese a esto, la película es de las más influyentes y taquilleras de la industria cinematográfica.
¿Es esta la única forma de llevar a cabo prácticas sexuales? ¿Por qué pensamos que sobre sexo ya está todo dicho y solo hay que dejarse llevar? ¿Por qué asumimos que el otro sabe cómo y de qué manera darnos placer? ¿Por qué asumimos que a todxs nos gusta lo mismo por igual?
Compartimos mayoritariamente las mismas representaciones sexuales, los mismos prejuicios, los mismos mitos. Y el precio a pagar es alto: vivir una vida sexual anorgasmica. Recuerdo en las conversaciones sexuales con amigas que, la mayoría, aún con años de experiencias sexuales, no había experimentado jamás un orgasmo. Yendo más lejos: desconocían qué es el clítoris y cómo estimularlo. La culpa de este desconocimiento es ni más ni menos que del patriarcado. El clítoris es el único órgano destinado exclusivamente al placer, y en algunas culturas, donde el placer es castigado, este (maravilloso) órgano es mutilado. En otras culturas, como la nuestra, es silenciado y oprimido: tenelo, pero no lo uses. De hecho, la masturbación de las vulvas es todavía un tema tabú o se lo relaciona directamente con, otra vez, la penetración con un dildo.
En esas siestas de charlas en los pasillos fríos del colegio, todas sabíamos cómo y con qué frecuencia se masturbaban los varones, pero de la masturbación de las vulvas no se hablaba. Lo que no nos animábamos a decir es que el placer estaba en frotarnos con la almohada, con los jeans, con la moto, con la silla, con la mano. No nos animábamos a admitir, ni siquiera entre nosotras, el placer que sentimos la primera vez que accidentalmente un objeto frotó nuestro clítoris, por ejemplo, el famoso chorrito del bidet.
En realidad, en ese silencio sobre el placer y los modos de masturbación estaba implícito el no querer (o no poder) admitir que, en realidad, para llegar a un orgasmo la penetración no es necesaria y que, de hecho, con la sola penetración no basta. Sobre esta base, podemos entender todo el debate en torno a los “orgasmos fingidos”.
Tuve un orgasmo por primera vez la noche en que me impuse, en la que pude decir cómo me gusta, sin vergüenza. Hablar, sin embargo, sólo pudo venir después de mucha reflexión individual y colectiva sobre, volvemos a la pregunta inicial, qué es el sexo. Desprenderme de tabúes e imposiciones sociales, pero, sobre todo, disputar las representaciones sociales hegemónicas sobre el sexo y conocer representaciones contrahegemónicas fue crucial en este proceso.
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En los 70 no solo se produjo “Garganta Profunda” y empezó la proliferación de la industria pornográfica mencionada, sino que también se dio la revolución (liberación) sexual que puso en jaque la concepción de la moral y las relaciones sexuales solo para la reproducción. En este contexto la sexóloga Virginia Johnson y el ginecólogo Williams Masters estudiaron el clítoris y le dieron base científica a la noción del placer sexual. Esta etapa histórica es muy rica en cuanto a la proliferación de sentidos que empezó a tener la sexualidad. Sin embargo, hasta nuestros días los mitos y tabúes persisten en nuestra sociedad.
Particularmente, de esta época me interesan las llamadas “Guerras feministas del sexo” en Estados Unidos, por cuanto, permitieron poner en discusión las representaciones del sexo que producía el porno mainstreim y proponer alternativas. Frente a un feminismo “anti sexo” que proponía censurar el porno bajo el lema “el porno es la teoría, la violación es la práctica”, un feminismo “Pro–sex” proponía disputar estas representaciones produciendo un contenido propio, donde sean las mujeres y las disidencias sexuales las encargadas de la producción. En este movimiento aparece una figura, para mí, fascinante: Annie Sprinkle. Ex actriz porno y precursora de lo que sería el posporno, se pone al hombro la producción cinematográfica y cultural y empieza con una performance que será la base del movimiento pospornográfico: “Public cervix announcement”, en esta performance Annie abre las piernas al público y con un especulo medico invita a los espectadores a ver el interior del cuello uterino. Lejos de la pretensión de una excitación y su consiguiente eyaculación, Sprinkle propone extrañamiento, juego, desprejuicio, diálogo. Desde ahí el movimiento fue imparable y hoy cuenta con un sinfín de producciones, eventos y sub movimientos dentro del mismo.
Annie Sprinkle en la performance“Public cervix announcement". Foto: derrocandoaroca.wordpress.com.
Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿Qué es el sexo? Con la proliferación de sentidos la respuesta deja de ser univoca, no es simple coito ni propiedad de unos pocos: el sexo es patrimonio de todos los cuerpos deseantes: mujeres, trans, gays, lesbianas, cuerpos no blancos, no hegemónicos, gordos, peludos, mutilados, con discapacidad motriz, tercera edad, etc.
Desde el momento que conocí el vocablo “Posporno”, una oda al sexo como juego, como algo lúdico, experimental, que rompe con estereotipos y con normas pre fijadas se presentó ante mis ojos. A Dios gracia, nunca más volví a tener sexo de la misma manera. Las prácticas sexuales, para mí, se presentaban ahora como algo divertido, desprejuiciado y sin límites. Los prejuicios se me cayeron no solo en cuánto a prácticas sexuales, sino también, en cuanto a mi cuerpo y al del otrx. La relación con mi cuerpo y con todo lo que implica empezó a cambiar.
Una de las premisas de este movimiento es que las narraciones y representaciones del sexo que produce y reproduce el porno mainstream no contemplan las corporalidades ni las prácticas sexuales que escapan a la normativa heterosexual. Es, por tanto, falogocentrista, coitocentrista y pregona un discurso de dominación y poder de lo masculino sobre lo femenino. Las representaciones del sexo se amplían y, para el posporno, sexo no es equivalente a coito.
La respuesta que el discurso pospornográfico brinda al porno mainstream no es desde un lugar censurador o prohibicionista, sino a partir de la producción artística donde se visibiliza los cuerpos disidentes y las múltiples formas de placer existentes. En otras palabras, el posporno a través de sus manifestaciones habilita otras representaciones de la sexualidad donde se pone el eje en los cuerpos no normalizados, en esos cuerpos parlantes a los que se les ha negado históricamente el derecho a pensarse como cuerpos deseantes y sexuados. Por una sexualidad para todes y el derecho al goce, la pospornografía nos brinda nuevas representaciones del sexo y nos invita al juego desprejuiciado, sin tabúes, libre y siempre abierto para seguir experimentando y expandiendo fuera de lo normativo.
Las vivencias de la sexualidad son tan amplías y diversas que pueden ser infinitas. Proponer y consensuar que lo erógeno excede a la genitalidad, que está en cualquier parte del cuerpo siempre que queramos, me abrieron las puertas de un placer sin límites. Entender que no está mal pedir y que lo sucio, lo sado y lo romántico pueden coexistir en el mismo espacio y con los mismos cuerpos, descubrir qué y cómo me gusta y preguntar a mi pareja qué y cómo le gusta, sin miedos, sin tapujos, sin prejuicios hacen de mi vida sexual actual, placentera. Colectivizar estos descubrimientos y vivencias, de la misma manera que colectivizamos los mitos, es parte del deseo que tenemos de tener una vida sexual plena, incluso cuando sentimos que no tenemos ganas, que no nos gusta o que no queremos, porque eso también está bien.