Renzo Cirnigliaro acaba de publicar una novela biográfica con la historia de su padre en la Primera Guerra Mundial y habló de todo: su libro, la actualidad política, los bonos y su encuentro con Perón: "Yo he ganado dos elecciones y han puesto a otros".
Renzo y su libro en el que relata la increíble historia de su padre en la guerra.
Todavía lo pide alguna pared ajada de años y nostalgias en Barrio Sur. Hubo un tiempo en que fueron muchas más: Renzo volvé, reza el anhelo inclaudicable con trazo de utopía. Renzo, el que supo hacer campaña montado a caballo con porte de caudillo. Renzo, el que asegura haber ganado dos elecciones para ser gobernador de la provincia, pero pusieron a otros en su lugar. Renzo, el pilar del seleccionado tucumano de rugby que cayó por goleada contra el equipo de Sudáfrica en su primer duelo internacional. Renzo, el mentor del Bono de Cancelación de Deuda. Renzo, el que charló con Juan Domingo Perón en su casa de Puerta de Hierro y compartió un café con Sócrates (mediocampista elegante, ideólogo de la revolucionaria Democracia Corinthiana y médico) en un bar paulista de la zona del Hospital de Clínicas. Una vez más, Renzo Cirnigliaro vuelve a la carga para tomar la pluma y escribir la increíble historia de su padre, Francisco “Ciccio” Cirnigliaro, quien participó con 16 años de la Primera Guerra Mundial y fue el prisionero 522 del campo de concentración de Langensalza. Renzo, aunque nunca se fue, vuelve ahora en forma de un libro que cuenta esa historia de supervivencia y de amor en medio del horror bélico. Y vuelve para hablar de todo: la política, la vida, cómo ideó el bono y qué le dijo Perón aquella vez. Renzo vuelve.
A los 74 años, Renzo Cirnigliaro todavía conserva el aplomo del rugbier que fue en sus años mozos; un garbo que lo vuelve muy fácil de identificar por los transeúntes menos bisoños que se lo cruzan en la vereda de este bar de Barrio Norte. La charla transcurre meses atrás, antes de que se produzca la invasión de Rusia a Ucrania, aunque la guerra, cualquier guerra, siempre es la novedad más vieja del mundo. Mientras conversamos, algún misil cae en Medio Oriente, algunos edificios caen, algunas personas mueren. Desde muy niño, Renzo solía escuchar las historias de la Primera Guerra Mundial que le contaba su padre. Don Ciccio apartaba la mesa donde confeccionaba algunos de los trajes más distinguidos que portaban entonces los tucumanos y con una tiza trazaba mapas, posiciones, trincheras, ejércitos y armamentos. Esa es la principal materia prima de “522. Prisionero de guerra”, la biografía novelada que le venía rondando por la cabeza desde hace décadas y que escribió en las noches de insomnio de la pandemia.
El primer vehículo al que se subió en su vida Francisco Cirnigliaro fue el tren que lo condujo a la guerra en 1917 cuando se alistó como voluntario del ejército italiano con apenas 16 años. Había nacido en 1901 en la comuna siciliana de Ragusa y sintió que aquel episodio histórico era un llamado a la aventura. Para Renzo, hubo mucho más de inocencia infantil que de heroísmo en ese gesto de su padre: “Empiezo contando cómo era la vida de él en Ragusa, que era un pendejito rebelde, quilombero. Para que la gente no se equivoque hay que decir lo que era un pibe de 16 hace cien años atrás en un pueblo atrasado de Sicilia. Él entonces no sabía distinguir a un carabinero de un soldado, pero la idea que tenían los chicos sicilianos sobre la vida era una idea épica. ¿Por qué? Porque al no haber cine, ni teatros ni nada, sólo había obras de marionetas y las marionetas representaban la obra de Orlando El Furioso y las historias de grandes caballeros. Los chicos miraban eso en la plaza del pueblo porque era lo más desarrollado que tenían. Creían que iban a ser héroes, que iban a derrotar a los demás y que iban a volver y ser aplaudidos por todos. Mi viejo no fue la excepción, pero no es que tenía un ideal de patriotismo, no… No sabía dónde estaba parado”.
“Mi viejo siempre me contaba cuando iba marchando en una columna con el resto de los soldados y mira que había una piedra grande y un soldado que parecía que estaba durmiendo. Entonces, mi viejo ha dicho en voz alta: ‘Este hijo de puta durmiendo y nosotros estamos yendo a pelear’. Ahí se da vuelta un soldado veterano y le dice: ‘¿No ves que está muerto?’. El tipo tenía un hilo de sangre que le choreaba de la boca y ese fue su primer shock en la guerra. Mi viejo me dijo que tres noches no pudo dormir pensando en ese soldado muerto. Ahí él se encuentra con la muerte y la iba a seguir encontrando después. Esa guerra ha sido una cosa horrorosa. El comandante del ejército italiano tenía la estrategia de mandar oleadas de combatientes y los agarraban y los hacían mierda a todos”, relata Renzo la crudeza de la violencia bélica tal como él la conoció en boca de su padre.
Durante la cruel batalla de Caporetto (donde actualmente se ubica la localidad eslovena de Kobarid) que dejó un saldo de más de 10.000 soldados italianos muertos, Ciccio es tomado prisionero por el ejército alemán y enviado al campo de concentración de Langensalza. Ahí se convirtió en el prisionero número 522 y una foto suya apareció en la tapa de una publicación como parte de la propaganda de guerra alemana. “Estos son los niños que manda Italia a la guerra”, era el título y la fotografía es la misma que ahora puede apreciarse en la portada del libro. Mientras explica esto, Renzo toma una servilleta y dibuja el escenario de la batalla emulando en ese gesto a su padre en aquellas jornadas plagadas de historias; relatos que ahora son revividos en las páginas en las páginas del libro.
En la historia de Ciccio no todo es muerte y destrucción bélica, sino que también la narración ofrece una maravillosa historia de amor. En su tiempo como prisionero de guerra, Cirnigliaro logró salir del campo de concentración para ocuparse como ayudante de un sastre, oficio que había aprendido de muy pequeño, en la ciudad alemana de Erfurt. Ahí conoció a Rose (por estas latitudes, Rosa), la joven y bella hija del sastre con quien inició un romance signado por las penurias del momento histórico que les tocó vivir: “Él tenía 17 y ella 16 años y eran dos personas cuyos países estaban en guerra, eran enemigos. Pero ellos se enamoran y apuestan al amor a pesar del enfrentamiento entre sus países. Sufren una pasión realmente importante y deciden casarse. Mi viejo se casaba un día jueves de noviembre de 1918 y el miércoles anterior, en Francia, se había firmado el armisticio con la rendición de Alemania. Eso se vuelve un problema grande para ellos porque los alemanes volvían calientes por haber perdido la guerra y con ganas de vengarse. Llegaban a verlo a mi viejo con el uniforme de prisionero y lo iban a masacrar. Unos días antes de la fecha del casamiento, un oficial le da la libertad, un salvoconducto del ejército alemán y un pasaje de tren para Francia. Los alemanes le dicen ‘si usted no se va, a las doce de la noche del jueves tiene un pedido de captura por ser un inmigrante ilegal’. Ahí ha quedado entre la espada y la pared. Él va y le dice a Rose que, si se casaba con ella, podía sacar la ciudadanía alemana. Pero ella le dice ‘mirá, andate, nosotros tenemos tiempo para resolver lo nuestro’. Tiene una actitud muy madura”.
Rose ese jueves fue vestida de novia al altar mientras Ciccio escapaba en tren con su traje de casamiento. La historia de amor queda trunca hasta que, diez años después, él recibe una carta de ella. ¿Qué le dice? ¿Cómo sigue ese romance forjado en la crueldad de la guerra? Las respuestas a esas preguntas están en las páginas del libro que elegimos, por lo pronto, no spoilear acá.
Según explica Renzo, para poder reconstruir la historia que cuenta en el libro, se valió no sólo de todo el acervo de relatos escuchados en boca de su padre, sino también de distintos documentos como postales enviadas durante la guerra y hasta aquella carta que recibió de Rose. Además, pudo visitar el lugar donde estuvo el campo de concentración de Langensalza y la casa de Erfurt donde vivió Ciccio y se enamoró de Rose. El relato histórico, los datos biográficos y la ficción se combinan en distintas proporciones en “522. Prisionero de guerra”. No hay una receta, por momentos, el libro es 80% una biografía y 20% ficción y, en otro tramo, esa ecuación se invierte: “Había situaciones de las batallas sobre las que no tenía muchos datos precisos, por eso he decidido cambiar de la biografía que había pensado inicialmente a una novela basada en la vida real. En esas partes de novela voy creando algunos personajes, diálogos y situaciones que, de alguna manera, se ajustan a la realidad de lo que pasó. De ese trabajo salió el libro”. La obra fue editada por Bruno Cirnigliaro, hijo de Renzo, y cuenta con un prólogo de Sebastiano D’Angelo.
La vida de Francisco Cirnigliaro continuó después de la guerra. En 1925 llegó a Buenos Aires y al poco tiempo comenzó a trabajar en la sastrería de Anselmo Spinelli, uno de los sastres más prestigiosos de la época. Ciccio era el primer cortador y su sueldo de entonces equivalía al doble de lo que ganaba un senador nacional. Sus manos confeccionaron prendas para el tenor Beniamino Gigli y para el famoso actor Clark Gable. Además de vestir a algunos de los apellidos más renombrados de la aristocracia porteña. En 1938 se instaló en Tucumán y montó su sastrería en Laprida al 700. Fue en esas calles del actual Barrio Norte donde conoció a Carmen, la modista con la que se casó y formó una familia. Pero esa es otra historia de la que Renzo no sólo fue testigo, también protagonista.
La política actual, Perón, Cristina, los bonos y ¿vuelve?
No importa cuánto despunte sus aficiones literarias, Renzo Cirnigliaro se sigue pensando como un animal político, aun cuando la última elección de la que participó fue la de 2015. Su trayectoria indica que fue Secretario General de la Gobernación entre 1983 y 1985, Ministro de Economía de la provincia durante el gobierno de José Pedro Fernando Riera (entre 1985 y 1987). También fue legislador en dos períodos (de 1999 a 2003 y de 2007 a 2011). “Soy el único legislador que salió elegido dos veces como opositor con un partido unipersonal y el único en esta provincia que le ganó a (Domingo Antonio) Bussi”, refrenda algunos de sus logros quien estuvo cerca de ser gobernador de Tucumán en dos ocasiones: “Vamos a decir la verdad, yo he ganado dos elecciones de gobernadores y han puesto a otros. La última en el 2003 cuando nos han robado a mí y a Esteban Jerez. En 1987 le gano la interna a José Domato y se demora veinte días el recuento hecho por la junta electoral del partido. Yo había sacado un total de 4000 votos y termino perdiendo por 2500. Ahí dije ‘está bien, he perdido. Si yo no tengo fiscal no es culpa del otro’. Esas son las reglas del juego, yo sabía que era así”.
- ¿Extraña la vida política?
- No, no… porque yo entro en la política por una cuestión de responsabilidad. Yo era Director de Control de Gestión en la Secretaría de Planeamiento de la provincia. Tenía muchos años como empleado público y me he ido a Brasil para hacer una maestría en economía con licencia con goce de sueldo, eso quiere decir que a mis estudios los han pagado los tucumanos. Después, en 1978 me fui a hacer el doctorado también con el mismo sistema. Entonces yo he sentido la necesidad de ejercer la función pública para volcar eso que había aprendido y he cumplido con mi responsabilidad. Está bien, después se han juntado todos y me han hecho cagar… los radicales, los peronistas, especialmente los peronistas. Pero eso a mí no me afecta ni me duele porque los que me han hecho cagar son los delincuentes, no los peronistas. A mí el pueblo me trata con cariño y respeto, pero, cuando llega la hora de votar, vota a esos. Además, el pueblo no me puede pedir que gane cuando estoy jugando contra Maradona, Mbappé, Messi y Neymar. Siempre hice política con plata de mi bolsillo, no puedo competir con ellos.
- ¿Y cómo ve el panorama político actual?
- Yo tengo una visión que va más allá de las peleas entre los dirigentes. Creo que Cristina Kirchner es una mujer muy inteligente, por lo menos en el juego corto de la mesa. Yo he aprendido eso de (Fernando) Riera porque, cuando era gobernador, había un montón de pelotudos que me decían ‘el viejo se está meando, se está cagado…’ Y les respondía ‘escuchá una cosa: vos decís que es un pelotudo, que no sabe hablar, que se mea, que esto, que lo otro ¿sabés quién es el gobernador? Él y vos, que no te meas y que sos tan inteligente, no. Entonces no debe estar tan mal ¿no?’ Cristina es la que maneja el poder en Argentina, tan boluda no es. Si es tan fácil por qué no lo maneja Espert, Milei y todos esos que inundan la televisión hablando cagadas, que no saben de economía, que no saben de nada… Están puestos para hablar pelotudeces. Ahora, es cierto que ella tiene un buen elenco de deplorables a la vuelta. A Alberto Fernández lo pone para que haga el papelón y pare los quilombos, sino le caen a ella. Entonces no hay que menoscabar. La peor cosa que se puede hacer con tu enemigo es pensar que es un pelotudo.
Hoy quedan muy pocos referentes políticos que pueden jactarse de ser auténticos "peronistas de Perón" y Renzo pertenece a esa rara especie en extinción. Uno de los hitos de su vida política fue el encuentro que mantuvo con el líder del movimiento. En 1969 el tucumano fue junto a comitiva de jóvenes militantes hasta Puerta de Hierro, la residencia de Perón durante su exilio en Madrid. La charla se extendió por más de cuatro horas. Ante cada pregunta que le hacían, el ex presidente se extendía en precisiones y sofismas. Una vez en patio, antes de despedirse, Renzo lo encaró. ¿Qué le preguntó a Perón?: “Yo tenía 21 años y era como un papel secante, absorbía todo. Aproveché y le dije que le quería hacer una pregunta: ‘Por qué usted en 1946, cuando Alemania estaba destruida después de la guerra, Inglaterra y Francia estaban peor… Toda Europa estaba destruida. Por qué usted no ha ido y ha tomado la isla Malvinas. ¿Quién iba a venir de allá a combatirlo a usted?’ El tipo me miró y me dijo ‘es una buena pregunta, yo le voy a contestar y usted lo va a entender’: En ese momento, los ferrocarriles eran ingleses, los bancos eran ingleses, las empresas agroforestales eran inglesas, los frigoríficos y las compañías de seguros eran ingleses…No había ni una piedra en este país que no sea inglesa. ¿Y yo me iba a tener que preocupar por unos peñascos y a meterme en un conflicto internacional? Ni loco. Entonces, me dediqué a quitarles los bancos, a quitarles las empresas, los frigoríficos… A nacionalizar. Perón era un tipo práctico, no tenía esa idea del falso nacionalismo que tienen muchos ahora”.
Otro de los hitos de su trayectoria como funcionario fue la creación del Bono de Cancelación de Deuda (Bocade), la moneda provincial que empezó a gestarse en 1985 y salió de circulación en 2003: “Cuando era ministro de Economía tuve el mismo problema que tiene la Argentina ahora con el FMI y lo he resuelto. Cuando he asumido se les debía tres meses a los empleados públicos. ¿Te imaginás hoy que no les pagues a todos los que viven del Estado? Te la ponen de sombrero a la Casa de Gobierno. ¿Cómo iba a pagar tres meses de sueldo si la provincia no tenía un mango? Fui a Buenos Aires, hablé con (Raúl) Alfonsín y le dije: Presidente, usted tiene que salvarlo a Riera”.
A pesar de las gestiones, la única manera de obtener el dinero era accediendo a un préstamo: “En ese momento, la tasa libre era del 13% mensual y eso significaba fundirla a Tucumán, metiéndola en un endeudamiento. Yo no iba a firmar un préstamo porque eso es pan para hoy y hambre para mañana. Así que le traje a Riera mi renuncia a los dos días de asumir. Él me dice que descanse, que me vaya a dormir y que vuelva al otro día, que no tenía dudas de que iba a encontrar la solución. Eso hice, me decía: necesito alguien que me preste plata a tasa cero ¿A dónde lo busco? ¿Quién es dueño del Estado? el pueblo. Entonces el que me va a prestar a tasa cero es el pueblo y ahí fue que hice el bono. Esto, contado así, parece elemental, simple, pero después había que hacerlo, instrumentarlo, todo. A los seis meses tenía pagado los tres que debía y los otros tres. Después, los que se fueron implementando en las provincias no tenían la filosofía del mío”.
El bono tucumano se fue extendiendo y propagando en su uso por las provincias vecinas que también empezaron a implementar los suyos. En su momento, se llegó a proyectar un bono común para toda la región. Para Renzo esa era una oportunidad histórica para romper la dependencia con Buenos Aires y que la economía del norte del país crezca exponencialmente: “Íbamos a sacar una moneda regional y creo que ese era el paso previo a constituir un país distinto, pero algunos lo vieron como una actitud separatista. Yo fui a hablar con Alfonsín y le dije que no era sedicioso ni un caprichoso. A mí los indicadores de la economía y finanzas de la provincia me decían que, con el bono, en dos o tres años no necesitábamos más de la coparticipación”.
- Todavía se leen en las calles algunas pintadas que dicen “Renzo volvé” ¿Volvería?
- Mirá, el que es político de raza no se jubila nunca. Si vos me preguntás a mí qué querés hacer hoy, yo estaría saliendo a pintar de nuevo ‘Renzo volvé’. Ahora, lo que pasa es que eso que yo quiero hacer hoy no tiene razón de ser. No es que la gente no se lo merezca, pero, como están las cosas, no puedo.