Hijo de un soldado griego que se afincó en La Ciudadela, Esteban Koukas tuvo un periplo que lo llevó por Atenas, donde cumplió con el servicio militar y desarrolló su arte performático, y de vuelta a Tucumán donde se convirtió en un referente de la comunidad LGBT: “Él era la obra”. El homenaje.
Koukas inmerso en su arte. Fotos de Gabriel Lemme.
Salió de Tucumán después de haberse graduado de las tres licenciaturas que ofrecía la carrera de Artes: pintura, grabado y escultura. En Grecia, donde le tocó cumplir con el servicio militar obligatorio, fue soldado y desarrolló su arte basado en las instalaciones y en lo performático. Tuvo un gran amor que se murió en sus brazos y volvió a la provincia para convertirse en un artista de referencia para la comunidad LGBT. El periplo vital y artístico de Esteban Koukas fue tan intenso y fulgurante que deja, tras su partida, una huella indeleble de colores y de brillos. El fotógrafo Gabriel Lemme, uno de los guardianes de su legado, lo sabe y busca las palabras precisas para intentar una síntesis que le haga justicia. Sabe, también, que es una empresa predestinada al fracaso. Las palabras se quedan cortas; no alcanzan, ciñen y limitan las ondas expansivas de una intensidad que las trasciende. Tal vez por eso, elije conjugar en tiempo presente; siempre en presente: “Es un artista con una cultura de la puta madre. Excéntrico, extravagante, decía lo que pensaba sin ningún tipo de respeto por ninguna autoridad. Él se sentía el más rico, el más importante de todos, el más culto… Se sentía un rey; un rey gay, tucumano y de sangre griega”.
Después de combatir en la Guerra de Corea a comienzos de la década del cincuenta como parte de la Fuerza Aérea Griega aliada a las tropas estadunidenses, Esteban Koukas, el padre del artista, tomó todo el dinero que recibió por las misiones cumplidas y, junto a un grupo de amigos, fue hasta una empresa de turismo. El pedido fue claro: querían viajar al destino más alejado posible de Grecia. El vendedor hizo girar el globo terráqueo que descansaba sobre su escritorio y apunto con el dedo la silueta de Chile. Hasta ahí fueron. En su paso por Buenos Aires, les habían comentado que en Tucumán vivía una nutrida comunidad de griegos. A Esteban le pareció un lugar tentador para continuar el azaroso trayecto de su aventura. Lo que entonces no sospechó es que acá lo esperaban un trabajo estable y un amor definitivo que lo obligaron a echar raíces en la provincia.
Esteban se instaló en el barrio de Ciudadela y, valiéndose de sus conocimientos aeronáuticos, trabajó en el área de mantenimiento del aeropuerto Benjamín Matienzo y como docente de mecánica de aviones. Al poco tiempo de su llegada, conoció a Lidia Margarita Cortéz, una profesora de piano que lo cautivó. Se terminaron casando y tuvieron dos hijos: Myriam y Gustavo Esteban Koukas. “Mi papá era griego. Él vino a pasear, consiguió trabajo, se enamoró de mi mamá y se quedó. Toda nuestra familia está en Atenas, pero él amaba la Argentina, siempre decía que este es un país muy generoso”, comenta Myriam.
Gustavo Esteban creció influenciado por ese doble linaje: el universo militar y fierrero de su padre y la impronta artística de su madre. Desde muy niño, ya tuvo en claro por cuál camino seguir en esa encrucijada vocacional de la familia. Lo suyo siempre fue el arte, así lo recuerda su hermana mayor: “Desde chiquito ya se le veía ese don para el arte. Él hacía las cartulinas que le pedían para la escuela y la maestra creía que se la hacían los padres. Era loquito… Los aristas son personas extremadamente sensibles que siempre están pensado diferente. A mí me parecía medio exagerado a veces. Tenía mucho glamour y una personalidad de carácter medio fuerte, pero era su forma de ser”.
Desoyendo el mandato paterno, Gustavo Esteban se inscribió en la Facultad de Artes donde completó las tres licenciaturas que ofrecía la carrera: en pintura, en grabado y en escultura. Fue parte de una generación que tuvo entre sus grandes exponentes a Rodolfo Bulacio y al resto de los artistas nucleados en torno al grupo Tenor Grasso. Fue junto a ellos que empezó a incursionar en el arte performático. “Lo de Tenor Grasso fue algo que nos tocó a todos los artistas de aquel tiempo, él colaboraba mucho con el grupo. Gustavo era una persona bien extraña, por ahí la gente hablaba de sus delirios grandeza, pero él vivía en ese mundo y se lo creía. Siempre fue muy buena persona. Para mí siempre va a ser mi amado Gustavo Koukas. Fue lo más importante que me pasó en la vida en ese momento”, confiesa la fotógrafa y docente Margarita Fuentes quien mantuvo un intenso y fugaz romance con el artista en aquellos tiempos juveniles. En esos primeros años de formación artística, todos lo conocían como Gustavo, el nombre de Esteban vendría después, a su regreso de Grecia.
“Él terminó la facultad y tuvo que ir a Grecia a hacer el servicio militar. Estuvo como diez años allá, cumplió con el servicio militar obligatorio, que son dos años y medio, y después ya se quedó a trabajar. Trabajó con una curadora de arte griega que hacía instalaciones cuando, por ejemplo, inauguraba un boliche. Me acuerdo que hizo una escultura grande de las piernas de una mujer, con medias de red y tacos. Estuvo trabajando en arte en Grecia, se había desvinculado de los artistas tucumanos y, cuando volvió al país, volvió a vincularse. Me dijo que extrañaba y se quiso volver. Volvió en 2016 y ya se quedó acá”, cuenta Myriam.
Es poco lo que sus allegados conocen de aquella etapa griega. En el plano artístico, continúo desarrollando su veta performática y montando instalaciones en Atenas. También recuerdan algunas incursiones en el arte erótico. “Siempre lo he sentido muy griego. Él se reconocía tanto allá como acá. Se había ido a conocer a su familia y a hacer el servicio militar. Me contó que, al principio, había tenido distintos trabajos con los que se solventaba los gastos y trabajaba como artista donde podía”, cuenta Lemme. En el plano personal, hubo un amor y el drama de un adiós prematuro, ya que su pareja falleció en sus brazos. “Se llamaba Taso y fue el gran amor de su vida”, revela su hermana.
Cuando volvió a Tucumán, el país ya no era el mismo que él había dejado. En Argentina se habían legislado las leyes de Matrimonio igualitario y la de Identidad de género (sancionadas en 2010 y 2012 respectivamente) que representan una justa y postergada reivindicación de los derechos de la comunidad LGTB +. Tampoco él era el mismo, abandonó el primer nombre con que todos lo habían conocido hasta el momento de su partida y adoptó el de Esteban, acaso como homenaje póstumo a su padre fallecido. “Es un gran personaje. Imaginate un dandi gay, zarpado, incomodador, cuestionador de las sexualidades… Era peligroso para el sistema, un tipo que decía verdades incomodas en la mesa familiar del domingo. Imaginate a alguien que, en la mama de La Ciudadela, salía por el barrio con unas calcitas blancas en la puerta del culo así los morochos le digan de todo. Y, si le decían algo, él les debe haber contestado, no tengo duda de eso”, rememora Lemme.
Esteban Koukas y su arte emergieron en el horizonte de la cultura tucumana con la fuerza y la impertinencia propia de un arcoíris; un fenómeno artístico surgido en una etapa de plena ebullición para la militancia de las diversidades y disidencias sexuales. No tardó en abrazar la causa como propia y de aportarle sus colores y sus brillos. “Creo que él había reprimido durante mucho tiempo su ser, su naturaleza y, cuando volvió, ya no lo hizo. Ha llevado sus tiras de colores, los de la bandera LGTB, a todos lados, hasta la Plaza Independencia. Eso es lo que ahora todos recuerdan de su obra. Colaboró activamente con el movimiento LGTB y ayudó a visibilizarlo en la provincia”, destaca Margarita Fuentes.
“Era muy vital, era como un niño que no paraba de hablar y de decir lo que pensaba… Conceptualizaba todo el tiempo. Era un excéntrico con el que estábamos siempre haciendo alguna travesura. El arte era lo más importante para él, era un guerrero del arte. Hay mucho trabajo conceptual en su obra. Siempre apela a la profundidad de una palabra, de un color o de una textura precisa. Su obra era una explosión para mí”, describe Gabriel Lemme quien fue testigo directo del desarrollo de la obra de Koukas a su regreso a Tucumán, ya que era el encargado de registrarla a través de la fotografía. Hoy no duda en hablar de Koukas como un mentor y un gran maestro artístico: “Él me ha enseñado todo lo que sé de arte, me ha brindado mucho conocimiento. Yo no sólo registraba, sino que montaba la obra con él, lo he acompañado mucho tiempo. Era muy irónico, casi surreal, tanto que era difícil seguirle la locura. Era muy divertido estar con él”.
En las marchas, en las movilizaciones, en las plazas, en los edificios públicos y en las calles; las intervenciones artísticas de Koukas se disfrutaron fuera de los museos y al margen de los circuitos académicos del arte. Aunque algunos espacios le estuvieron vedados, eso no fue un obstáculo para la expansión de su arte; una expresión que no parecía pedir permiso a nadie para tomar al público por asalto. “Como sucede con muchos artistas independientes en Tucumán, creo que su trabajo no estaba siendo reconocido. Acá determinados espacios del arte pertenecen a las castas culturales que no dejan entrar a nadie. Al no abrírsele ninguna de esas puertas, en los últimos tiempos su trabajo ha sido salir a las calles, ocupar los edificios y los símbolos”, remarca Lemme.
“Creo que él se generaba una coraza y no dejaba que nadie entre. En el ambiente artístico son muy celosos y quizás eso ha hecho por ahí que no valoren lo que él producía. Pero tampoco él esperaba que lo valoraran. No hacía nada para que los otros le den loas, sino que lo hacía porque se sentía feliz haciéndolo. No estaba buscando premios, no le interesaban esas cosas. Sabía que en los salones nunca le iban a recibir sus obras porque no entraban dentro de los cánones del arte legitimado”, reflexiona Fuentes para quien el arte de Koukas tenía como fundamento el propio goce y el de aquellos que oficiaran como receptores de la obra: “Le encantaba producir y que la gente sea feliz al entrar en contacto con la obra. Le encargaban un trabajo y era como si lo fuera a exponer en el museo Guggenheim. Quería que todo salga tal como él lo planificaba, controlaba todo lo que hacía”.
“Muchos por ahí no lo entendían. Ha sido alguien que en su ambiente ha trabajado con gente muy importante y que era valorado por muchos artistas. Él amaba lo que hacía, no le importaba ganar o perder plata, lo hacía por vocación. No cualquiera puede ser artista. El arte es difícil porque o tenés el don o tenés que estudiar para otra cosa. Es algo que uno lo lleva adentro. No podés expresar lo que no sentís, lo que no sos”, remarca Myriam.
El 20 de mayo pasado, la noticia del fallecimiento de Esteban Koukas a los 57 años sacudió a la comunidad artística de la provincia. A muchos todavía les cuesta creer su partida. “Ha sido un golpe tremendo. Siempre lo he admirado y no esperaba que se vaya, esperaba que sigamos laburando juntos. Nos han quedado muchas cosas por hacer, pero hay muchas cosas hechas, ha dejado un montón de obras”, comenta todavía apesadumbrado Gabriel Lemme. “Para mí es como que no se fue, aún no puedo creerlo. Me agarró una locura cuando me enteré… Fue fuerte, muy doloroso para todos los que lo hemos querido”, comenta Margarita.
A la hora de recordarlo, todos coinciden en la dificultad de pensar al artista por fuera de su obra. Esteban se proyectaba en sus expresiones artísticas, se fragmentaba, se expandía y se compartía como la luz que atraviesa un prisma. Aún lo sigue haciendo. A su manera, continúa iluminando y volcando sobre los demás su incandescencia. “Yo lo voy a llevar siempre conmigo. Creo que él entendía todas las formas de ser artista. No es solo su obra, es su obra y él porque era alguien que se hacía cargo de ser artista y de gritarle las cosas en la cara a quien tuviera que gritárselas”, confiesa Lemme. Para Margarita Fuentes no hay separación posible entre Esteban Koukas y su legado artístico porque ambos están hechos de la misma materia prima: “Creo que él era la obra. Era alguien muy obsesivo con su trabajo y tenía una visión muy romántica… Con los tules, las flores, los colores… Él necesitaba tocarse con su obra y que su obra lo tocara. Eso también habla de él y de su naturaleza como artista”.
El homenaje de la comunidad artística
“Acá en Tucumán pasan los artistas y no tienen ningún tipo de reconocimiento de ninguna institución, por eso la voluntad colectiva es reconocer lo que Esteban nos ha dado y lo que nos ha dejado”, explica Gabriel Lemme cuál será la impronta del homenaje que varios artistas están organizando para rendirle tributo a la vida y a la obra de Koukas. El evento se realizará el domingo 19 de junio a las 18 en Citá (Lamadrid 1457).
Una muestra de fotos con los distintos registros de sus obras, poesía y una performance artística colectiva son algunas de las actividades previstas para el homenaje del que participarán Gabriel Lemme, Marx Bauzá, Lulú Torrens, Juan Grande y Vicky Herrán, entre muchos otros. El fotógrafo invita a todos los que quieran sumarse al tributo: “Esteban flasheaba siempre que tenía que confundirse a la obra con el artista, eso era parte de su obra y eso hacía que la gente se mimetice con él. Por eso, recordar su obra es una forma de recordarlo”.
Mirá su obra registrada por el lente de Gabriel Lemme: