La pasaron a buscar a las 22.30, encontraron una mesa, pidieron un trago y de repente lo inexplicable: sangre, comisaría, hospital y una gran pregunta. ¿Qué le hicieron?
Noches de terror en Tucumán.
“Mirá, amiga, mirá esta nota que publicó el tucumano”, le dijeron, entró al link, leyó el caso de un grupo de chicas internadas en el Hospital Padilla después de ir a bailar a un boliche y se animó a contar su propia historia.
Esta es una historia que empieza a través de dos personas que se conocieron por una red social en Tucumán, quedaron en salir y, luego de un terrible momento vivido en el lugar elegido para la cita, todo terminó de la peor manera.
“Entré en shock cuando leí lo que les pasó a las chicas en el boliche. Y por eso ahora me animo a hablar y a contar en detalle las partes que puedo contar. Quiero seguir con mi vida, con mi trabajo, pero no quiero que se normalice todo lo que nos está pasando a las mujeres cada vez que salimos y no sabemos si vamos a volver vivas”.
Quien habla con eltucumano es la mujer que había quedado en salir a bailar con el hombre que conoció a través de las redes sociales. “Todo pasó un sábado. Sí, yo había conocido a esta persona por una red social. Pero no soy una nena, soy una mujer y tomé recaudos. Ese sábado fue la segunda salida con él. Yo no tenía ganas de salir. Pero desde temprano él me escribió, le dije que no tenía ganas, insistió, le dije que tenía frío. Me dijo: ‘Dale, ponete las pilas’, y finalmente me convenció: salimos”.
Esta historia, tal como revela la mujer que habla con este diario, continuó ese sábado a las 22.30. “Algo mío, sinceramente, me decía: ‘No salgas’. Pero decido salir y le digo: ‘Salgamos temprano así vuelvo temprano’. Me pasó a buscar, fuimos a dos lugares donde no había lugar y sí encontramos mesa en otro lugar. Yo estaba completamente sobria. Llegamos, pedimos dos fernets, y el mozo nos pregunta: ‘¿Se los preparamos o se los preparan ustedes?’. Los trajeron preparados”.
Después de charlar sentados a la mesa del lugar adonde ya habían ido la primera vez, llega la primera sospecha: “Él me dijo: ‘¿Te acordás de que la primera vez que vinimos te quedaste dormida en ese sillón?’. Yo le respondí: ‘¿Yo? Imposible’. Y siguió la charla hasta que a las 00.43 fui al baño de mujeres. Sé con precisión la hora porque les mandé unas selfies a mis amigas. Desde ese momento que salí del baño, donde no había nadie, pasaron diez minutos más. Desde entonces, desde ese momento, cerca de la 1 de la madrugada, no me acuerdo de más nada. Fue como si me hubieran dado un sedante”.
“No me preguntés cómo salí del lugar donde estuve. Solo habíamos tomado dos vasos de fernet. Pero desde la 1, se me apagó la tele: solo tengo flashes. No sé qué fue lo que pasó. No sé si esta persona con la que había salido estaba al lado mío o no. Solo sé que el siguiente recuerdo que tengo es en la comisaría esposada, bañada en sangre, con las piernas dobladas. Esto pasó hace dos semanas y todavía tengo morado el párpado derecho. En la comisaría tenía mi cara llena de sangre, mi ropa llena de sangre. Que se entienda: hay dos horas que no tengo noción de lo que me hicieron. No sé por qué estaba en la comisaría, cómo llegué a la policía. No sé si me golpeó el flaco, la policía, no sé”.
En la reconstrucción de los hechos que realiza la víctima, dice: “Tengo el flash de estar en la comisaría, sentada en el piso, con las manos esposadas, con las piernas flexionadas y la sangre que me chorreaba en la cara. Miraba para los costados, había un cuartito y por donde miraba había sangre. Calculo que era mía. Tengo flashes de preguntarle a la mujer policía: ‘¿Por qué estoy acá?’. La mina me miraba y no me contestaba. Le ruego: ‘¿No tenés una hermana o alguien a quien le pueda haber pasado algo así?’. Ayudame’. Pero la policía me responde: ‘Quedate quietita porque si no la vas a pasar peor’”.
“Eran las 3.30, seguía tirada en la comisaría, hacía frío, empiezo a tiritar y tenía una chalina. Esta mujer policía se apiada y trata de cubrirme las piernas. De la comisaría no me contestaban por qué estaba yo ahí. Llegó la ambulancia para trasladarme al Hospital Padilla, me subieron a la ambulancia, el enfermero le dijo a la policía: ‘Sacale las esposas’. Y me preguntó: ‘¿Quién te hizo esto? ¿La policía?’. Y le dije la verdad: ‘No tengo recuerdos’”.
¿Qué pasó durante el lapso de dos horas y media en blanco? “Lo que tengo en el ojo no es una caída: es una trompada. Tengo dedos marcados en el brazo derecho, golpes en la pierna, en los brazos, tengo arañazos en la espalda. Después, cuando me comuniqué con el 144, me preguntaron si habían abusado de mí, y no, no sentí que habían abusado sexualmente de mí. Tenía el pantalón bien puesto, la campera bien puesta, lo único eran los suecos que se me salían y los dedos lastimados. Antes de que me llevaran al Hospital, en la comisaría me había agarrado un ataque de histeria: ‘¡Soltame! ¡Sueltenme!’, les gritaba”.
Golpeada, la mujer es trasladada al hospital: “Me ingresaron al Padilla, pero no me acuerdo cómo me pasaron a una silla de ruedas. Ahí descubrí que la cartera que tenía, muy chiquita, donde solo entraban el celular, las llaves y la plata, en realidad, ya no tenía plata. Por suerte, gracias a Dios, al celular me lo habían devuelto en la comisaría, pero a la plata no la tenía más. Me robaron. No sé si fue el flaco o quién”.
Ya en el Padilla, las sospechas se instalaron en el accionar del personal del hospital, tal cual había sucedido en el caso de las chicas que fueron a bailar el fin de semana pasado: “Me llamaron la atención muchas del hospital. Nunca me cosieron el ojo, nunca me hicieron un dosaje, o un examen toxicológico. Cuando llegué al hospital, solo me hicieron una tomografía computada, me pusieron suero, y me dijeron: ‘Ahora venimos’. Pero pasó una hora y media y me dejaron sola en un cuarto. Ahí logré llamar para que me fueran a buscar. Me saqué el suero y dije: ‘Me voy a mi casa’. Eran las 5.30. Ya estaba reaccionando, ya estaba lúcida”.
Ya en su casa, todavía en estado de shock, la mujer vuelve a intentar comunicarse con su cita: “Intenté comunicarme con la persona con la que había salido, pero ya me había bloqueado de todos lados: lo llamé cuatro veces, le mandé mensajes por Instagram, por Facebook. Le dije: ‘Por lo menos decime qué pasó’. No sé si me metieron alguna droga en la bebida, burundanga, o qué. Pero nunca paré de pensar en este tiempo qué era. Trataba de reproducir cada momento. Hice millones de hipótesis. Por ejemplo: me pusieron algo en la bebida, salí del lugar donde estaba, alguien me quiso hacer algo”.
“Cuando volví del baño, no me crucé con nadie. No era la primera vez que iba a este lugar. Cuando vuelvo a la mesa, a los 15 minutos se me apaga la tele, es un recuerdo completamente en negro que tengo. Más allá de la fortaleza que me caracteriza, de que tengo mi laburo, todo esto que estoy viviendo es una mierda. Me da terror hasta preguntar por qué carajo me ingresaron (se quiebra en llanto). ¿Por qué no me contestaron nada en la comisaría? Me siento una pelotuda, ¿cómo me puede pasar esto? ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué me pasó? Verte al otro día, levantarte así, no reconocerte la cara reventada, todo mezclado con la culpa, el dolor, sentir vergüenza por lo que me pasó, sentir esta angustia que me supera, meterle garra al laburo pero que vuelva una y otra vez lo vivido es horrible”, relata, con la voz entrecortada, con sollozos, en el pasaje más doloroso de la charla.
“El domingo después de lo que me pasó, no pude dormir. Tenía pesadillas. Esa ausencia, ese vacío de memoria, todo era terrible. Lo único que me queda es agradecerle a Dios de que estoy viva. Pienso que me tendría que haber quedado en la casa, pero por qué tengo que pensar eso. ¿Por qué tengo que pensar que va a venir un hijo de puta y me va a poner algo en la bebida? ¿Qué hay detrás de todo esto que nos está pasando? ¿Violarte? ¿Trata? ¿Hay una red que droga a las minas? ¿Quiso drogarme, me pegó mal, se levantó y se fue?”, se pregunta.
Mientras toma aire y decide los pasos a seguir, si irá acompañada por un amigo hombre a la comisaría, si volverá al Hospital Padilla a la búsqueda de los culpables, sentencia: “Lea comenté a dos amigas que iba a dar mi testimonio porque no quiero que me vuelve a pasar, no quiero que le vuelva a pasar a nadie más. No tengo ganas de salir, de conocer a nadie, de nada. Tengo miedo, tengo miedo de que vuelva a pasar lo mismo, de no salir viva. Todavía tengo el codo derecho destrozado".
"¿Qué me hicieron? Lo único que sé es que a las 22.30 me buscó, a la 1 de la mañana se me apaga la tele y a las 3 de la mañana aparezco en la comisaría. No quiero que pase más esto. Es tristísimo que esté pasando todo esto, que se normalice, que no se pueda salir a compartir y no saber si vas a volver viva. Ya no me puedo quedar callada. Veo coincidencias con lo que les pasó a las chicas de la otra nota. ¿Qué pasa en la noche? ¿Por qué siempre te derivan al Padilla? Y la pregunta que más me duele hacerme: ¿quién va a ser la próxima? ¿A quién le va a tocar?”.