Termina la semana, empezamos a querer relajarnos, analizamos planes, contamos cuánto nos queda en el bolsillo, nos damos con el gusto, pero alguien siempre todo lo echa a perder.
A Roberto G. la vida le jugó una mala pasada: como miles y miles de tucumanos y tucumanas, acaba de aflojarse el cinto, sacarse la corbata, revolear los zapatos, o las zapatillas, dejó los apuntes, tiró la mochila, empezó a planificar el fin de semana y quiso darse un gusto en la vida.
Es el autopremio que los Robertos de la vida quieren darse y se merecen: toda la semana a las apuradas, a las corridas, al toallón en la espalda y secado rápido, al bondi que no llega, a correr al que se va, a ahorrarse el gusto de tomarse un taxi, de PedidosYa, de cortar la semana, quizás del fútbol con los amigos y nada más.
Pasó una semana corta, pero intensa. Roberto quiere empezar bien el fin de semana y se lo propone de la mejor manera que un tucumano puede hacerlo: algo tan simple y básico como pedir un sánguche de milanesa.
Roberto vive en el barrio Oeste II, revisa la billetera, da el margen y pide un sánguche de milanesa. Se prepara para comerlo, arma la mesa, pone música, una serie, deja que entre el sol por la ventana, airea el ambiente, y comienzan a pasar los minutos.
El hambre hace ruido, la panza se mueve, Roberto quiere que suene el timbre del monobloc donde vive, pero lo único que suena es el segundero del reloj y el pedido no llega, no llega, no llega y no llega: "Nunca llegó", dice el hombre. Y afirma: "La vez pasada llegó fría. No pido nunca más".
El drama de Roberto G. es pequeño al lado de las cosas que gobiernan al mundo y lo que sucede a nuestro alrededor pero no deja de ser un momento amargo, de esos que alteran el intento de paz mental que uno quiere lograr a esta hora. ¿Y si vos fueras Roberto? ¿Qué harías?
El sueño de Roberto que se convirtió en pesadilla. ¿Vos qué harías?