Viaje íntimo y diálogo a corazón abierto con el músico y productor más importante del momento: cómo entró, cómo lo trató, y cómo salió. Las múltiples facetas de un hombre de 40 años que milita en las calles y en su casita cultural para estar limpio y vivir mejor. | Por Cecilia Córdoba
Julio Cesar Rasuk, el Turko.
Pasó por muchas cosas, y le cuesta saber dónde situar qué, pero sí le preguntamos cuándo dejó de sumergirse en el infierno, él, con toda certeza, te responderá, “un 12 de julio, el día de mi cumpleaños”. Aquella noche, el Turko se pegó el “último tiro” y, al contrario de un muerto viviente, el vago volvió a renacer.
El Turko, o Cabeza, como también le suelen decir en Bella Vista, solo se llama Julio César y únicamente se apellida Rasuk. Tiene 40 años y es la doble cara de una moneda. También es la complejidad de su pasado, el pisado fuerte de su presente y esa visión tan atrevida de su futuro. Él es todo esto. Un delirio.
La primera vez que lo escuché y, que muchos lo habrán escuchado, andaba como un loco detrás de un micrófono animando las noches de Santos. Para aquel que lea y no ubique, Santos Discépolo también tiene una doble cara. Por la mañana es un comedor benéfico que a la gorra alimenta a las personas más vulnerables que se acerquen, pero a partir de la medianoche, la cuadra se musicaliza con un ambiente de fiesta y carnaval que no se detiene hasta las 5 de la mañana.
Reclutado en un personaje que todos conocen como Selecthor, el Turko es un ilustre de la movida artística, de la noche y un empedernido militante social. “Soy productor musical, cantante, y además, tengo una banda llamada Vampiro Indio que funciona hace 15 años”. Por otro lado, “también tengo un comedor popular (ubicado sobre calle La Rioja 219), un albergue, donde se alojan más de 25 personas en situación de calle y dos bares a mi cargo”.
La banda y los primeros pasos
Al hablar de cómo fue hilando su vida, reconoció que todo comenzó a través de ‘Vampiro Indio’, la banda que lo subió a los escenarios durante 15 años, permitiéndole grabar tres discos, tocar con grandes artistas como Gaspar Benegas, hacer giras por el país y cruzar fronteras. Sin embargo, siempre tuvo una clara visión de lo que quería hacer el resto de sus días. “Comencé a producir y forjar mi camino por ese lado. Toda mi vida laburé en trabajos que, para mí, eran pasajeros. No quería afianzarme en ninguna empresa, ni nada por el estilo, o en laburos rurales, que prácticamente los hice a todos. Siempre me iba o me hacía echar porque mi mentalidad es otra”.
El tema, -para el Turko- siempre fue ese: “Ser quien querés ser y vivir de lo que más te guste”. Así hizo él. Se metió en la cabeza que podía llegar a grandes cosas porque su fuerza de voluntad no titubeó. “De pronto, comencé a traer a la provincia diferentes bandas musicales como La Delio Valdés, Wos, y muchos otros artistas que realmente en su momento lo focalicé en mi mente y se dio”.
Al profundizar en la historia de Santos Discépolo, aparece su adicción a la cocaína (merca) y su radical decisión que lo sacó de ese “infierno”, el Turko aseguró que estrechó la mano con la vida cuando descubrió La Rioja 219. “Santos era lo que sigue siendo hoy: una casa vieja, pero con muchas más onda, que sirve como un espacio donde se realizan diferentes eventos de connotación cultural. Hace más o menos 8 años atrás, llegue y lo conocí al que hoy es mi socio (Benjamín Ramayo Hernández) y ahí le dije: ‘Che, mirá, creo que puedo traer a mi banda aquí y llenarte el lugar’, le dije, entonces se empezó a mover más y más hasta el punto que le tiré la idea de ser socios”.
Fue en Santos “que nació mi personaje musicalizador, ‘Selecthor’. No digo que sea DJ, pero medio que empecé a meter la idea de pasar de un género a otro y hacer mezclas que hoy en día se escuchan en todos lados. La casita creció y se expandió en dimensiones, y hacia otros puntos de la provincia. Por ejemplo, sobre la avenida Aconquija, en Yerba Buena”.
“La noche no es para el re manija”
De pensamientos y actitudes de díscolos, el Turko tiene varios recuerdos que son sólidos como una piedra, aunque en ciertos momentos lograron resultarle vaporosos. “La noche me dio mucho. Me dio lo bueno y lo malo. He pasado y he visto varias cosas y por eso, no se la recomiendo a alguien que sea re manija”. Al profundizar, explicó: “Cuando Santos empezó a posicionarse, fue el momento en que me dije a mí mismo que había cosas que no me gustaban y que tenían que cambiar. Era como hacer una limpieza y para que eso funcione tenía que comenzar por mí”.
Con sabor amargo y sincero, explicó: “Yo consumía cocaína, y comenzó por una intriga. Al principio, te divertís y te sentís muy bien, pero luego pasa y ya no se siente lo mismo y te querés pegar un corchazo. También sucedió que perdí un hermano hace más de diez años. Lo vi morir en mis brazos cuando tuvimos un accidente de auto. Cosas del destino porque estabamos en la misma camioneta, nos choco un camiòn por detrás, con dos acomplados de cemento y nada, quizás, sin darme cuenta, también vino por ese lado”.
En medio de un silencio corto, pero notorio, el Turko se mostró muy seguro al mencionar que comenzó a superarse por sí solo y que inició terapia tiempo después, aunque ni dudó en incentivar y recomendar la ayuda psicológica para tratar de salir de las adicciones. Fiel a su propio testimonio de vida, también reconoció que hubo profesionales que, en vez de protegerlo, lo expusieron a daños mayores.
“Yo siempre voy a decir que prefiero mil veces salas de ensayo, lugares para hacer música y arte, que escucharlo a Miroli o esos doctores que hacen dinero con las personas vulnerables. A mí me pasó una situación muy fea donde fui a que me ayuden y el tipo terminó desnudándome e intentando abusar de mí. Habrá pensado que por ser un pendejo, changuito del interior y drogadicto no me iba a dar cuenta y nada. No volví más”, confesó.
Para él, la droga está al alcance de todos. No existe una grieta que diferencie a uno del otro. “Está normalizado. Uno se siente el mejor del mundo hasta que empieza a pegar de otra manera y ya no es lo mismo, no se siente igual y pasa en todos lados”, advierte para luego ejemplificar: “Así como puede consumir alguien que vive en una villa y no estudia, lo puede hacer un profesor de grado, un profesional, etc. Sucede que es más fácil culpar a un sector que hacerse cargo de lo que pasa”.
Como un sediento desertor, habló sobre la militancia social y lo que significa para él. “Yo milito que la gente lo pueda dejar, que diga ‘che, boludo, ya está, lo hice hasta los 35 años y ahora qué quiero para mi futuro’. Tengo una hija, una familia, la quiero disfrutar. Me dije a mí mismo: ‘Ya no quiero más esto, yo quiero crecer, quiero llevarla de viaje a mi vieja, quiero vivir”.
En síntesis, “los mejores años llegaron después de que dejé de consumir y lo hice por voluntad propia, por una decisión. No me siento ni un Miroli, ni nada de eso. Yo milito desde la calle, porque nadie deja la merca por una publicidad en la televisión. Yo creo que no ayuda esas cosas, creo que hay que ir más a lo personal. Para mí, la militancia es poder hablar con alguien y sin miedo decirle ‘el Turko fue merquero, pero ya no está en esa, la pudo dejar’. Es decirle a esos pibes que vienen tomando hace tiempo: ‘Ya está culiau, dejá de hinchar el pingo y ponete la pilas’”.
No hay recetas ni fórmulas mágicas
Para darle lugar a algo transcendental y con mayúsculas, primero hay que apagar ese fuego. ¿Cómo lo hizo el Turko? No hubo recetas ni fórmulas mágicas, solo un tono incuestionable en su cabeza que atropelló sus ganas de consumir. El paso siguiente fue “probarse” a sí mismo.
“Aunque suene tonto o raro, yo necesitaba poner a prueba mi fuerza de voluntad y lo hice dejando la carne. Era un tipo que todos los días estaba a las 10 de la mañana en el Mercado del Norte para meterse dos kaftas con Coca Cola. Una locura. Entonces, me di cuenta de que volverme vegetariano y mantener esa postura iba a forjar mi decisión de no consumir más. Así fue. El día de mi cumpleaños, 12 de julio, me pegué el último tiro y me comí el último asado. Cumplía 35 años”.
Según el Turko, para poder salir es necesario saber los desafíos que vienen a partir de la decisión y tener conciencia de lo que podés llegar a perder para no perderte a vos mismo. “Creo que es importante reconocer que, al principio, cuesta y mucho, pero es la perseverancia y la firmeza lo que te permiten continuar. Yo me decía que no podía tirar abajo todo el esfuerzo que había hecho durante un largo tiempo por volver a caer en la tentación. Y, por otro lado, es necesario alejarse de aquellas cosas que te inciten a consumir. Comprendí que tenía que alejarme de ciertas amistades y lugares. Lo hice, y cuando regresé, volví mucho más fuerte. Ya no me interesaba”, recalcó con una sonrisa en su rostro.
“Llevo cinco años limpio y fue la mejor decisión que pude tomar. Como bien dije antes, empecé por mí y necesitaba que Santos sea un lugar donde no se vea personas metiéndose merca en los pasillos, no quería eso para la casita. Me puse la gorra por así decirlo. Puse seguridad y procuré que haya control en eso”.
Ponerle el pecho a la bala
Para terminar, aconsejó: “Yo no sé la causa que puede ser un factor determinante que te lleve a consumir. Pueden ser muchas cosas, pero sí sé que pedir consejo a gente que ya la pasó, que ya la vivió, es bueno. Que hacer terapia, también sirve, pero hay que fijarse con qué profesional. Y por último, creo que es fundamental alejarse de todo lo que te lleve a eso. Si querés dejar de ser un adicto, tienes que tomar decisiones que te van a doler. Hay que ponerle el pecho a la bala y continuar”.