NUESTRO PATRIMONIO

¡Viva la Patria! ¡Feliz 9 de Julio! Tucumán, capital nacional de la Argentina

Los festejos comenzaron a vivirse desde hace unas horas y la vigilia tuvo como escenario a la Casa Histórica, el lugar que nos une a todos. Un recorrido por el emblemático solar. VIDEO

09 Jul 2023 - 00:14

¡Viva la Patria!

Si hay algo que nos une a todos los tucumanos y nos llena el pecho de orgullo es sentirnos custodios de nuestra querida Casa Histórica de la Independencia porque nos hace protagonistas de la historia de nuestra Argentina, un poco herederos de aquellos antecesores que lucharon por nuestra independencia y nos convierte en anfitriones de los visitantes que llegan a conocer la “Casita de Tucumán”, aquella que estudiaron en su infancia durante la escuela. Sin embargo, “Casita” resulta solo un afectuoso modo de llamarla ya que en realidad se trata de una importante casa virreinal, de grandes patios y múltiples habitaciones perteneciente a la familia Laguna Bazán, una de las más influyentes durante la época colonial. Precisamente por la amplitud de sus espacios fue la elegida para recibir a los 37 congresales que llegaron desde todos los puntos del territorio convocados por un mismo ánimo: el ser libres e independientes. 

Se estima que la vivienda fue construida entre los años 1760 y 1780; ocupa un solar de 29,25 metros de frente por 59,51 metros de fondo. Se implanta con una tipología de casa a patios y un esquema de construcción entre medianeras, fachada sobre línea municipal, zaguán central, patio principal, segundo patio y huerta. Sobre el frente se presume que se ubicaban dos locales comerciales. Las habitaciones de la familia se distribuían longitudinalmente, a ambos lados del patio principal comunicadas entre sí por puertas enfiladas mientras que entre el primer y segundo patio se situaban la Sala y la Antesala. Esta casa el testimonio de la forma de vida del estamento más alto de la sociedad colonial.

En 1816, ante la necesidad de contar con un local para las sesiones del Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, se eligió como punto de encuentro a San Miguel de Tucumán, al situarse en una posición estratégica entre los Virreinatos del Rio de La Plata y del Alto Perú; asimismo se desestimó a la ciudad de Buenos Aires como sede, para descentralizar el poder, pese a su jerarquía de antigua Capital virreinal y asiento permanente de las Autoridades ejecutivas sucesoras del poder administrativo y político de los virreyes. 

Por ese entonces, la población de San Miguel de Tucumán no alcanzaba los seis mil habitantes, y sus edificios públicos no se adaptaban a las necesidades y requerimientos del Congreso. Es así como se optó por elegir como sede a la Casa de Doña Francisca Bazán de Laguna, quien la facilitó para las sesiones, sin embargo, investigaciones posteriores consideran que el Estado Provincial dispuso usarla porque gran parte de la misma estaba alquilada para la Caja General y Aduana de la Provincia. Finalmente se decidió demoler la pared divisoria entre la Sala y la Antesala, obteniendo así un amplio salón apto para albergar a los congresales.

A partir de aquí comienza un desafortunado derrotero que llevó, en 1874 a la demolición del ala derecha del primer patio, así como también la fachada de la Casa, tras ser comprada por el Gobierno Nacional para la instalación del Juzgado Nacional y la oficina de Correo y Telégrafos. La fachada tomó una nueva imagen al estilo italianizante para “modernizarla”, decisión fundamentada probablemente por responder a la cosmovisión de la época: dejar atrás lo colonial que nos vinculaba a la Corona española y reafirmar el nacimiento de una nueva República representativa, republicana y federal. 

Años después, durante la presidencia de Julio Argentino Roca, se decidió demoler el resto de la casa salvaguardando únicamente el Salón de la Jura que fue “protegido” con un templete, en 1904, retirado varios metros de la línea municipal precedido por una especie de atrio en donde se implantaron palmeras y especies vegetales. Es en esta época cuando se revistieron las medianeras de la fachada que da hacia calle 9 de julio con dos bajorrelieves de bronce (12 mts. de largo por 4 mts. de alto) encargados a la destacada artista plástica Lola Mora.

Durante la década de 1910 gracias a un cambio en la cosmovisión, coincidente con el centenario de la Independencia, se instauró la Restauración Nacionalista gestada por un grupo de intelectuales (entre los que se destacaban el tucumano Ricardo Rojas) cuyo espíritu se fundaba en la búsqueda de nuestra identidad nacional en la revalorización de nuestro pasado colonial y nuestras raíces hispanistas. En este contexto, se crea la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos (1938), que felizmente transformó los criterios de conservación del Patrimonio. 

Afortunadamente este ímpetu fue el que llevó a la reconstrucción de la Casa, en el año 1942, llevada a cabo por el prestigioso Arquitecto especialista en patrimonio Mario Buschiazzo. Un elemento fue clave para esta recuperación: la fotografía del año 1870 de Ángel Paganelli sumado a la planimetría de 1875 y la localización de rastros de los cimientos originales mediante excavaciones. 

Tiempo después, en 1976, con el objetivo de jerarquizar la Casa, se expropiaron las propiedades linderas y se demolieron los edificios de la cuadra, entre ellos la casa natal de Benjamín Matienzo. En los 2000 se peatonaliza la calle Congreso como parte del Paseo Histórico de la Independencia. Finalmente, en el año 2016 se establece como Museo Casa Histórica de la Independencia, a cargo del Ministerio de Cultura de la Nación. Recientemente se inauguró una nueva muestra museográfica interactiva, y se incorpora un espacio para las infancias, merecedores de ser visitados. 

Ella es parte del paisaje cotidiano por el que transito cada uno de mis días desde mis primeros pasos. En cada oportunidad que camino por sus veredas no puedo evitar esbozar alguna sonrisa al ver a los turistas y sus alegres rostros por haber logrado tomarse una foto en la “Casita de Tucumán” de la memoria de sus infancias; así como también al detenerme a contemplar a los artistas callejeros que tocan una chacarera o bailan una zamba; a las campeonas que tientan con el aroma que se desprenden de las empanadas más ricas que existen: las tucumanas; o al mirar a los contingentes de niños llevados por sus escuelas que por primera vez podrán pisar el Salón de la Jura que tanto estudiaron en las aulas. 

Por su valor simbólico, testimonial y material, como nuestro principal símbolo patrio por sus rasgos arquitectónicos ligados a la memoria de nuestra independencia y transmitidos a través de las sucesivas generaciones desde la infancia y como documento histórico y testimonial de las circunstancias de nuestra emancipación, la Casa Histórica de la Independencia es nuestro más preciado tesoro. Y cada año se renueva nuestro orgullo, porque como escuché hoy, “el 9 de julio es para los tucumanos como nuestra Navidad”.




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