La poeta tucumana Denise León presentará el jueves el libro que reúne su obra poética. Un viaje al universo íntimo de la autora y sus palabras: “La poesía me ofrecía ráfagas de emoción, de sentimientos, de palabras raras”.
La de Denise León es una vida cimentada de palabras; una deriva poética y vital donde las palabras se han vuelto cuerpo, historia, poema. Tras un minucioso proceso de edición, el jueves 24 de agosto a las 19 en el auditorio de la Federación Económica (San Martín 427) será presentado en sociedad el libro que condensa esa trayectoria: “Nostalgias del Imbat”. El evento (libre y gratuito) contará con la presencia de Adriana Kanzepolsky, Salvador Biedma y Soledad Martínez Zuccardi (Directora de Edunt). Además, habrá un espectacúlo de música sefaradí, a cargo de Pablo Santi, y una degustación de comida sefaradí.
“Nostalgias del Imbat” fue editado por Edunt y forma parte de la colección Metáforas donde ya se han reunido las obras de los poetas tucumanos Inés Aráoz y Arturo Álvarez Sosa. El libro reúne los siete volúmenes de poesía publicados hasta hoy por León y además incluye el inédito “De muerte ke no manke” y una serie de textos críticos de Adriana Kanzepolsky, Santiago Sylvester, Enique Foffani, Luciana A. Mellado, Carlos Hernán Sosa, Marisa Negri, Silvina López Medin y Anahí Mallol. También ofrece una sección con materiales dispersos en la que, por ejemplo, podemos ver los cambios del proceso de escritura sobre un borrador.
La familia, el trabajo del duelo, los recuerdos de la niñez, la pareja y la inmigración son algunos de los temas que vuelven de modo casi obsesivo y con una belleza que conmueve en la escritura de la autora. “Hay un poema de Marie Howe que me gusta mucho que se llama ‘Lo que hacen los vivos’. Pienso que me gustaría que los lectores encuentren algo de eso en mis textos, algo de lo que hacen los vivos: desear que pase la primavera y llegue el invierno, que alguien llame o que no llame, un beso, que una madre enferma se sane, que pase el dolor…”, cuenta Denise León acerca de cómo espera que esta nueva obra sea recibida por el público.
- ¿Cómo fue el proceso de edición del libro?
- A veces pienso que en la sociedad en general pero sobre todo en el ámbito de la lectura y la escritura da muchas vueltas esta idea del llanero solitario. Digo una idea individualista de los autores y también de los lectores que me parece totalmente falsa: nunca leemos ni escribimos solos. Y eso siempre complica las cosas, claro. Pero las complica bien. Los libros tienen cuerpo, tienen historia y mucha gente trabaja para que sean posibles. Antes de la pandemia, la gente de Edunt se comunicó conmigo porque querían juntar mis poemas y a mí me conmovió porque, desde que comencé a estudiar, la Universidad de Tucumán ha sido mi casa. Una casa como todas las casas donde las posibilidades reales le van dando forma a los deseos. En el proceso, que duró varios años, trabajamos muchísimo con el equipo de edición, que se puso al hombro la tarea, con los diseñadores. La familia hizo el aguante, leyó los ochocientos mil borradores, un amigo sacó quinientas fotos hasta encontrar alguna que me gustara para la tapa y así. Cuando encontramos para el libro un nombre de viento pensé que estaba bien porque yo creo que las palabras tocan los cuerpos y producen efectos que están más allá del control de los y las lectoras.
- ¿Cómo empezó tu relación con la poesía?
- Bueno, ya sabemos que no existe un sólo comienzo o un sentido prefijado. Hay que inventar uno y creérselo ¿no? Me parece que aprendí eso mirando televisión o leyendo, como casi todas las cosas que sé. Porque había cosas que no se podían decir y que no se podían mirar (ni en la escuela ni en mi casa), pero eran un susurro constante y clandestino que no me dejaba cerrar los ojos. Entonces la mayor parte del tiempo, leía. Mejor que dormir, leer. Leer para no tener cuerpo, para entender cómo se abren las palabras, leer para atar un hilo y después saltar. A veces no nos salvamos. Otras veces, sí. De los muertos no se puede hablar. Entonces, leo. Leo todo lo que puedo. Como con cualquier otra adicción, me parece. Digo, la poesía me ofrecía como ráfagas de emoción, de sentimientos, de palabras raras pero que se sentían bien cuando me las metía en la boca. Y como le pasa a cualquier adicto, quería más y más de lo mismo: más poemas para leer, más lágrimas, más estremecimientos. Bueno, yo creo que leer y escribir son trabajos corporales. Quiero decir que comprometen a los cuerpos de alguna manera. Y para mí ahí ya hay un comienzo.
- ¿Considerás esta obra una instancia consagratoria de tu trayectoria como poeta?
- No sé si me interesa mucho pensar las cosas en términos de instancias o consagraciones. Digo, hacemos lo que podemos y los tiempos de la poesía son raros, son lentos, son repetidos. Pero sí fue impactante ver de repente todos los libros que fui escribiendo hasta ahora juntos, apilados de alguna manera. Como cuando éramos chicos y jugábamos al cuarto oscuro o algo así. Meterte en un espacio impredecible, a tientas, donde hay muchas palabras y muchas respiraciones juntas. No sé sabe bien qué puede pasar. Ya nos dirán los lectores ¿no?
- Tu poesía trabaja con el judeoespañol ¿Qué encontrás en esa lengua? ¿A qué universos te remite?
- Mirá, cuando yo era chica, alguien nos regaló un libro de Constancio Vigil que se llamaba “La moneda volvedora” y que tenía en la tapa un chico con una pluma azul en el sombrero. Yo creo que mi poesía es así: volvedora, como la moneda. Vuelve sobre ciertos temas, sobre ciertas personas, y también sobre los modos de decir y, claro, sobre la lengua que era la lengua con la que mi familia decía el mundo, deseaba que se terminen los veranos interminables o que se vayan las visitas indeseables, como cualquier familia. Muchas veces me encuentro revolviendo entre esas expresiones cuando quiero hablar de cosas que me importan. O escuchando detrás de la pared las voces de todos los que me hicieron. Y esas voces hablan en ladino o en judezmo, claro, pero hablan de lejos o yo estoy un poco sorda, entonces, un poco escucho, un poco invento. Digo, me pasa con el judeoespañol eso que te pasa con los primos segundos porque son familiares o cercanos si vos querés, pero al mismo tiempo son inquietantes, lejanos, un poco perturbadores.