José Ramón, Toribia, Mercedes, Julio y Silvano vivían un poco más arriba de la comuna rural que hoy conocemos como Capitán Cáceres. Eran parte de una familia conformada los padres y once hijos. Trabajaban cortando y pelando caña. Desde 1976 faltan de su casa.
José Ramón tenía 53 años, estaba casado con Toribia Romero y juntos concibieron 13 hijos: 11 vivos y dos que nacieron muertos. Eran peones rurales de una zona alejada de la urbanización, un poco más arriba de lo que actualmente es la comuna de Capitán Cáseres, a 8 kilómetros de la ciudad de Monteros, la urbe más cercana.
Ese paraje maravilloso, abre las puertas de lugares que seguramente apodaron a Tucumán como el mismísimo Jardín del Universo, por ejemplo, la reserva provincial La Florida, o el inicio de ese mítico Camino del Portugués. En ese lugar, la familia Morales Romero vivía y subsistía durante los años 70 en una pequeña finca cedida por los dueños de una gran plantación de caña de azúcar de la zona. En medio de esas tierras, José Ramón construyó la pequeña casa en donde habitaban 9 de sus once hijos además de él y su esposa, la madrugada del 5 de mayo de 1976, cuando los militares irrumpieron disparando contra la casa ante los gritos vivos de los niños y el pánico de sus padres.
El 15 de diciembre de 1983 se publicaba el “Informe Sábato”, tan solo cinco días después del retorno a la democracia de la mano del radicalismo, con Raúl Alfonsín a la cabeza de la presidencia de la Nación.
Habían transcurrido 7 años de un gobierno de facto en el país dejaba un saldo que todavía duele. Miles de familias estaban sufriendo la incertidumbre de no saber el paradero de sus familiares, y los crímenes de lesa humanidad recién comenzaban a ponerse sobre la mesa. En todos los rincones del país, los integrantes de esas familias comenzaban a transitar y a acomodarse –incómodamente- en una nueva normalidad, totalmente dolorosa.
El número final de personas desaparecidas siempre es un tema de discusión, ya que, entre los muertos, los desaparecidos, los ya encontrados, los bebés expropiados y los no denunciados, la cifra se vuelve un número imposible de cerrar, motivo por el cual desde el “Informe Sábato” que se renombró en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas el número 30.000 se construye partir de estimaciones de la cantidad de los CCD y los números o letras que les ponían a personas secuestradas. Sin embargo, más allá de los 30.000 o los 8753, número se puso de moda en los últimos meses para repensar a los desaparecidos de nuestro país, detrás de cada número hay una historia que sigue como una herida abierta en muchas historias personales.
María Morales tiene 50 años recién cumplidos. El sábado 14 de octubre decidió celebrar su vida en una gran fiesta con toda su familia y sus amigos. Si algo la caracteriza, es su gran capacidad de trabajar, como así también su deseo de celebrar, algo que cree haber heredado de sus padres, Toribia y José Ramón. Pero esto es algo que deduce a partir de historias ajenas, porque la suya propia fue borrada.
“Yo tenía tres años cuando se llevaron a mis padres. No me acuerdo de nada, todo lo que se es porque me contó la hermana de mi mamá, y lo que me han relatado mis hermanos mayores. Yo me preguntaba porque mis hermanos le decían tía a mi mamá, para mí ella era mi mamá. Cuando tenía ocho años me enteré de que ella era mi tía en un templo evangelista donde nos contaron a través de psicólogos nuestra historia” cuenta Mary Morales a eltucumano.
El día que se llevaron a los padres de Mary de casa, estaban presentes 8 de sus hermanos, entre los cuales también se encontraban su hermana de 2 años, y un hermano de 4. Fueron criados por una tía que, tan solo 5 años después, fallecía, dejándolos huérfanos otra vez.
“El día del secuestro fue unos días antes del cumpleaños de mi papá. Él había carneado animales, y mi mamá había hecho pan para festejar el cumple con su familia. Pero lo que me explicaron mis hermanos es que mi mamá siempre hacía mucho pan casero porque éramos once hermanos y éramos pobres. Siempre tenía que haber eso para comer. Me contaron que esa noche los militares le preguntaban que porque tenía tanta carne y tanto pan a mi mamá, que les señale para qué parte del monte estaban los extremistas escondidos, y como ella no sabía nada le pegaban. Mi papá la defendió y le pegaron, lo cargaron en la misma camioneta que a ella. Se los llevaron en ropa de dormir y a todos nosotros nos dejaron encerrados en una pieza. Quedó un tiro en la heladera y otro en la cama” nos cuenta.
En una pensión de Monteros, cercana a la zona conocida como La Orqueta, hubo una redada poco días después en donde varios monterizos fueron secuestrados. Entre ellos, se llevaron a Mercedes Morales, hermana de Mary e hija de Toribia y José. Mercedes tenía un bebé de 9 meses, Juan José, al cual arrojó bajo una cama, y que fue ocultado por su cuñada para que no sea llevado de esa pensión.
Pero la historia trágica no terminaba todavía para esta familia.
Tras el secuestro de los padres, todos los hermanos decidieron abandonar su casa del campo y distribuirse en distintos familiares y amigos de Monteros. Los que querían recibirlos, claro. El bebé de Mercedes, fue llevado de inmediato por su padre a San Miguel de Tucumán, en donde quedó oculto y en donde los Morales le perdieron el rastro: “Creo que el padre de mi sobrino tenía miedo y no quería que él tenga nada que ver con nosotros” dijo Mary.
Un día, Julio Morales tomó un colectivo de camino a Capitán Cáceres para ver el estado de la casa, de los animales, para sacar huevos y leche, para cosechar las verduras: “Ellos pensaban en cuánto se iba a enojar mi papá al volver y ver que los animales y el campo estaban todos descuidados”. Sin embargo, ese día cerca del mediodía fue obligado a descender del colectivo en un control policial, frente a todos los pasajeros. Nunca más se supo de él.
Pocos días más adelante, se encontraban en el domicilio del campo Silvano Morales y su hermanito Juan, cuando los militares llegaron y detuvieron a Silvano. Le dijeron a Juan (tenía 9 años en ese momento) que corriera a casa de algún vecino, que Silvano volvería pronto.
Lo próximo que supieron de Silvano fue a través del diario La Gaceta, en donde se publicó una falacia días después, en una noticia que decía que el líder extremista Silvano Morales apodado “El Tigre” había sido batido en un enfrentamiento en la zona de León Rougés. Nunca pudieron recuperar su cuerpo.
En el año 2003, Mercedes Morales fue encontrada: estaba enterrada como NN en una fosa común en el cementerio del Norte de San Miguel de Tucumán. “Tuvimos que identificar un esqueleto sobre un mantel negro. Fue un día espantoso, horrible. Es algo muy dañino. Estaba entero el esqueleto, solo le faltaban dos falanges de un dedo”. Juan José, el hijo de Mercedes, también había acudido a Abuelas de Plaza de Mayo por ayuda cuando su papá falleció y escuchó un insulto de algún familiar que le decía “Tu verdadera madre era una montonera”. Cuando estuvieron los resultados del ADN hace un año, se confirmó lo que ya se sospechaba: era un Morales. Fue tomado como el nieto recuperado 132.
Mercedes Morales.
“Mi familia nunca entendió el secuestro de tantas personas dentro de nuestro núcleo. Muchos dicen que quizás alguien le tenía bronca a alguno de nosotros y nos acusó de extremistas. Vivíamos en el monte, quizás pensaban que alimentábamos a los grupos que se ocultaban en el campo. Si me preguntan qué hacían mis padres, simplemente les cuento que él era un trabajador muy pobre de la tierra. Cortaba caña y lo demás del tiempo lo usaba para producir nuestro alimento, nuestra carne, nuestras verduras, nuestra leche. Éramos muchísimos hermanos. Mi mamá trabajaba lado a lado con mi padre, era su compañera, hasta perdió un embarazo gemelar de 6 meses por andar cortando caña. ¿Qué tiempo iban a tener para hacer política? Si a Monteros venían con suerte una vez al mes a buscar algo de mercadería para la casa” nos explica María.
De todos los desaparecidos de la familia Morales, el único cuerpo encontrado fue el de Mercedes “Guardábamos tanta esperanza de que aparezcan en el pozo de Vargas. De Arsenales no esperamos nada porque quemaron todo. Solo queremos saber dónde están, qué hicieron con ellos. Es tan injusto todo”.
Hablar del dolor de la desaparición, aceptar que un familiar no regresará jamás y que tampoco tendrá santa sepultura, es un sentimiento que a muchos les queda grande, y que no saben cómo asimilar. Mary comenzó a expresar lo que le había pasado, a comprender de qué tragedia mayor habían sido víctima sus padres recién cuando ya era una mujer adulta y era madre: “Empecé a ir a encuentros de familiares de otras víctimas y me enteré de que además de mi historia en donde perdí tres hermanos y a mis padres, también se perdieron hijos, se perdieron maridos, esposas, abuelos, es decir, me di cuenta que no era la única que sufría ese dolor y que el daño había sido mucho peor”.
Hoy en día, lo que María sabe de sus padres, es a partir de construcciones de otros: “Sobre mi mamá yo sé que era una mujer muy trabajadora, que era grandota y fuerzuda. Mi tío me contaba que era muy guapa y trabajadora, que mi hermana Mercedes trabajaba al lado de mi papá, que ella llevaba una cantidad impresionante de caña en el hombro y que los hombres que estaban en el carro se arrodillaban para levantar esa cantidad, que no podían creerlo. Me dicen que mi papá era fiestero, que mi mamá era divertida. Sé que uno de mis hermanos es parecido a mi padre”.
Sin embargo, a pesar de la gran reivindicación que se da hace algunos años en cuanto a la historia de este país, parece ser que cada tanto es necesario reflotar relatos como los que hoy nos trae Mary: “Yo no tuve una mamá que me acompañe, así como acompaño yo a mis hijos y nietos y les cuento las cosas, mis chicos saben bien las atrocidades que pasaron y que seguimos sufriendo mucho. A veces escucho tantas faltas de respeto y burlas a nuestro dolor de parte de los adolescentes o jóvenes, que me pregunto si los padres no hablan con sus hijos o no les enseñan la historia. Yo tengo tanto pánico que alguna vez vuelva a haber un golpe de estado. Muchos me dicen que ya debería haberlo superado, que fueron años, pero… ¿cómo superar algo así? Mis padres me hicieron muchísimas falta, mucha. Me crie entre mis hermanos varones, muy brutos conmigo a veces. No tenía un padre o una madre. Ni siquiera los psicólogos que nos pusieron por años siento que me hayan ayudado. Esto es algo imposible de superar” finalizó.
Los Morales forman parte de la inmensa lista de personas cuya desaparición continúa siendo una incógnita. Los datos de los secuestros formalmente denunciados se encuentran en los sitios oficiales de la CONADEP.