Historias de amigos, pilotos, pistas, amores y aventuras en el aire. Así se vivía el boom de tocar el cielo un siglo atrás.
La inauguración del aeródromo monterizo.
Benjamín Matienzo fue un tucumano que será recordado siempre como el primer valiente en intentar cruzar la cordillera de los Andes en un avión. En su honor, el aeropuerto de Tucumán lleva su nombre. Tan solo unos pocos meses después de la inauguración de dicho aeropuerto en la localidad de Delfín Gallo, el entusiasmo por los aires llegaba a Monteros con la inauguración del aeródromo “Roberto Conti”.
La pista estaba ubicada a pocos metros de la ruta 38, sobre el camino a Simoca. El día que se inauguró, fue una gran fiesta para la ciudad. Fue un 29 de mayo de 1921. Para inaugurar la ruta Tucumán-Monteros, fue el piloto francés Jorge Sariotte el que voló desde Delfín Gallo hasta esta localidad a través de “El Aguila” junto a un comerciante de la ciudad de apellido Toledo, dueño de un almacén de ramos generales por calle 25 de Mayo.
El vuelo para llevar la primera nave hasta el aeródromo monterizo, fue todo un éxito. Tomó un tren de vuelta a la capital, y regresó con el “Cóndor”, la segunda nave que estaría presente en esta ciudad del interior tucumano.
El artífice del progreso tucumano y el que conectó el interior con la capital, fue sin duda alguna el Ferrocarril Provincial. En ese mismo tren se subió el interventor de la provincia Dr. Rafael Noceti junto a una nutrida comitiva de 150 personas. En el primer coche, venia la Banda de Música del Cuerpo de Bomberos capitalino.
Aquí en Monteros esperaban el intendente de esos años, don Héctor Giargia, junto al jefe de policías y a todo un grupo de personas de la ciudad que querían presenciar ese momento histórico. Llegando a Monteros, el ruido de un motor anunció a los pasajeros que sobrevolaba sobre ellos el Aguila, adentrándose en la ciudad.
El evento fue una verdadera fiesta. El piloto Sariotte ascendió varias veces llevando pasajeros. Luego se sirvió el banquete para 250 comensales, presidido por Noceti y sus ministros interinos, el intendente Héctor Giargia; el jefe de Policía y otras personalidades. Luego de bailes criollos, la inauguración oficial de la pista tuvo lugar a las 3 de la tarde, tras el discurso protocolara del doctor Ignacio S. Toledo, quien entregó el terreno de la pista en nombre de una comisión. Luego tocó el turno de un Araoz, apellido impreso en la sangre tucumana. Fue precisamente don Ernesto Araoz, representante de la institución quien recibió y agradeció el precio.
Después de la inauguración comenzaron los vuelos en el Condor, que debió ser desplazado solamente por el Águila tras el estallido de un neumático durante un aterrizaje. Decenas de monterizos y tucumanos en general probaron las mieles del auge de la aviación esa tarde. Sobrevolaron lo que hoy se conoce como la “Fortaleza del Folklore” una y otra vez. La fiesta concluyó con una concurrida recepción en la Municipalidad, ofrecida por el intendente Giargia.
Luego de la inauguración, el club aéreo de Monteros ofreció diversas experiencias y muchos sueños. Como el caso de dos amigos monterizos cuyas interacciones despertaron una anécdota que inclusive inspiró las creaciones literarias, como la del Dr. Pedro Ottonello, quien escribió el relato de dos amigos de mediados de los años 50 en el centro de la ciudad: “Se trata de una anécdota de mi tío a quien llamé Constantino en mi relato… él era metódico, todos los días hacía lo mismo, tenía un negocio en el centro, un buen pasar económico. A más tardar, a las 22 estaba durmiendo. Él tenía un amigo con el cual siempre competían en el billar. El amigo era todo lo contrario, un sereno de cochería que le encantaba salir, desvelarse, tomar, por ahí pelear. Siempre le decía a mi tío ‘Qué amargado que sos Tuerto ¿ya te vas a dormir?. No salís, no viajas, en cambio yo, así pobre como soy lo único que no hice en la vida es perder el invicto y volar en avión’”. Así era como el vuelo en avión, estaba presente en una charla cotidiana de dos amigos en un pubelito del interior de un Tucumán en pleno desarrollo.
Fue así como una noche el destino hizo lo suyo con Cipriano, y terminó borracho y maltrecho tras una pelea. Constantino fue a visitarlo al hospital Gral. Lamadrid, y en su picaresca manera de ser, aun maltrecho, el amigo calavera le dijo “Bueno Tuerto, ya me falta volar en avión nomás”. Y de esa manera pasó que, vaquita mediante, los amigos y conocidos lograron que el sereno de cochería volara en avión.
De la misma manera, generosidad mediante, cuenta Pedro Guzmán que su madre también voló en Monteros cuando tenía 12 años. “Ella vivía con una familia que la crió, ellos le pagaron el vuelo”.
El aeroclub monterizo funcionó aproximadamente hasta la época en la que Cipriano vio el valle monterizo desde lo alto, a mediados del siglo pasado, cuando se rompió el último avión que quedaba. Pero lo cierto es que la existencia de estos pájaros mecánicos tan cercanos en un lugar donde prácticamente todas las calles eran de tierra, inspiró a decenas de hombres y de mujeres a conocer la sobre aviones. Aunque nunca pudieran subirse a uno, aunque pareciera algo totalmente salido de contexto. El progreso y la apuesta que permitió soñar.