LITERATURA

Radical, el relato ganador del escritor tucumano Juan Carlos Mon

En el marco de la conmemoración de los 40 años de democracia en Argentina, la Dirección de Letras del Ente Cultural de Tucumán llevó a cabo la elección de los ganadores del Concurso de Cuentos 2023 "Relatos sobre la vuelta a la democracia". Aquí compartimos el tercer premio:

09 Ene 2024 - 20:29

Radical. Ilustración: Luz Boix.

Yo no era radical ni lo quería ser, pero a fines del 82 me afilié a la Unión Cívica para votar en la interna del partido por la candidatura de Alfonsín en contra de la de Balbín, que era un viejo carcamán, tal vez un genio, pero su aspecto desagradable. Tenía labios morados que parecían estar llenos de sangre coagulada, además de ser de derecha. Alfonsín tenía el mote de ser de izquierda, aunque hoy no podría precisar qué es ser de izquierda. En ese entonces yo era socialista. Había votado por el socialismo en las elecciones del 73. 

El punto es que me afilié al partido y voté en la interna Radical. Ahí sentí cierta presión de conciencia al acercarme a un local para realizar actividades políticas que consistían básicamente en pintar. Sí, mi militancia consistió en pintar. Hacíamos unas pintadas surrealistas con la leyenda: "Ahora Alfonsín". Yo ponía el auto para ir a hacerlas. Me acompañaba un grandote con cara de perro perezoso, que después fue intendente, de apellido Suárez Lastra. En ese período me di cuenta de que en el radicalismo todos eran hijos de. Eso me empezó a molestar de sobre manera. Ese estaba ahí y también fue presidente del concejo deliberante porque era hijo de Facundo Suárez. 

Todo empezó cuando fuimos en micro a Rosario. Suárez Lastra me dio una bandera. Seiscientas mil personas aglutinadas en el Monumento. El rojo y el blanco flameaban graciosos bajo el cielo celeste, límpido, justo ahí, donde Belgrano se había inspirado para crear la insignia patria. De repente, se acercó una chica y me entregó un panfleto que decía: "Juntos para que Argentina gane". Se llamaba Claudia. Tenía rulos y lucía argollas plateadas en las orejas. Aproveché la oportunidad para hacerme el distraído y alejarme de la delegación que manejaba Suárez Lastra. Después del acto fuimos a El Cairo, un café donde se juntaba la bohemia rosarina. Ahí me presentó a su amigo Roberto Fontanarrosa, el Negro le decían. Se anunció como escritor y caricaturista. Presumió de publicar sus viñetas en el diario Clarín. Un sentimiento irrefrenable de inferioridad me dominó. Para mitigar la situación pedí una cerveza. A Claudia se le encendió la cara y pidió otra para ella. Descubrí que además de ojos marrones hermosos también tenía una sonrisa que brillaba bajo la luz blanca del local. Ahora, con el paso de los años, identifico ese sentimiento. Me había enamorado. Hablamos de política, arte, literatura. Roberto dijo que era autodidacta, que ni siquiera había terminado el secundario. Para él los títulos no tenían importancia. En esa época yo había retomado mis estudios de abogacía. A pesar de mis esfuerzos por mostrarme descontracturado, mis opiniones me hicieron sentir conservador. Claudia propuso un brindis: "Por la democracia", dijo. Tuve que comprar otra cerveza para no brindar con el vaso vacío. Cuando le pedí un pucho a Roberto supe que ya estaba borracho. Eso era algo bueno. Por fin sería yo mismo. También sabía que volvería lastimado a casa. Caminamos los tres por calle Alvear. Ella insistió en que yo hablara. Pero no supe qué decir. 

-Te hace falta coraje, Ramiro. Para ser libres hay que ser valientes.

Me quedé mudo, contemplativo, vi una luz verde que parecía un láser. 

-¿Qué es eso?

-Caramelo, un bar emblemático -dijo Roberto.

-Vamos -dije, con una seguridad hasta entonces desconocida en mí

Apenas entramos, sentí fragancia a libertad en el ambiente. Me recriminé no haber visitado Rosario antes. En la mesa que estaba pegada a la ventana que daba hacia la calle, vi a dos tipos canosos y a un gordo de cachetes brillosos que me miró de pies a cabeza. Cuando ingresamos al salón principal nos dimos con que todas las mesas estaban ocupadas. Entonces decidimos sentarnos en la barra y pedir una cerveza. Roberto se quejó de la música que estaba sonando. Pasó al otro lado de la barra y se sentó frente a la consola. Claudia se sorprendió por las atribuciones que él se tomaba dentro del bar. Roberto se puso los auriculares y empezó a hilvanar, una tras otra, las canciones. Abrió su set con el tema Don’t you want me, de The Human League. Tres hombres que estaban sentados al fondo, bajo un televisor de veintiún pulgadas, se pararon y fueron al baño. Uno era llamativamente alto, vestía como escritor, con piloto azul y borcegos marrones oscuros, otro, un gordo de bigotes, bastante despeinado y, el tercero, un flaco desgarbado con lentes negros de carey de marcos gruesos. No tardaron mucho en volver del baño. Se sentaron, se acomodaron las narices y pidieron tres vodkas con jugo de naranja. Roberto se sacó los auriculares y me dijo que nosotros pronto iríamos al baño también. Asentí sin entender a qué se refería. Cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de Nancy Sinatra, llamó mi atención una chica con ojos delineados, que estaba sentada al fondo con un bigotudo que llevaba puesta una remera de los Ramones. Ella se puso de pie y contoneó su figura al ritmo de la hija de Frank. Luego sonó A Little Respect, de Erasure. Un tipo de barba que estaba solo en una mesa ubicada en el medio del salón inclinó la cabeza hacia el techo y cerró los ojos. Los canosos de la mesa pegada a la ventana también se pusieron de pie. Corearon el estribillo y felicitaron a Roberto por la música. El gordo de cachetes brillosos caminó hacia el fondo. Yo me estaba orinando así que aproveché para ir detrás de él. Cuando llegamos al baño el gordo quiso cerrar la puerta, pero se la trabé con la mano y pasé. 

-Estoy por tomar merca, ¿querés? -preguntó. 

Sin dejar que yo respondiera acercó una tarjeta hacia mi cara. Me dijo que aspirara. En un abrir y cerrar de ojos metí la cocaína hasta el fondo de la nariz. El polvo blanco, igual que un ser dotado de vida, se arrojó sobre mí y me rodeó. Salí del baño y volví a sentarme en la barra. Roberto enganchó una a una las canciones. Los acordes de One way ticket, de Eruption, hicieron que tres chicas con camperas de cuero negro, que estaban sentadas con dos chicos con camperas del ejército alemán, se pararan y desfilaran por el pasillo que se formaba entre los dos grupos de mesas. Con el permiso de Roberto saqué una peluca rubia que estaba atrás del mostrador, me la puse y desfilé junto a ellas. Los hombres de la mesa que estaba abajo del televisor se sumaron al desfile, el del piloto azul empezó a aplaudir. Animé a los de camperas del ejército alemán a que se pararan a bailar. El bar entero enloqueció con Super Freak, de Rick James. Roberto sacó medio cuerpo por sobre la barra y explicó en voz alta que la línea base de sintetizadores de ese tema será la misma que un tal Mc Hammer usará en el año 1990 en una canción que se llamará Can´t touch this. Claudia sonrió alucinada con la videncia de Roberto. Un grupo de ocho personas que habían juntado tres mesas empezaron a mirarme mal. Celebraban el cumpleaños de un productor cinematográfico local que había conseguido trabajo editando videos para el programa Siglo XXI del canal 8 de Rosario. Levantaron la voz para sobreponerse a mis gritos. Roberto me llamó haciéndome señas con las manos para que volviera. Me senté en la barra y pedí una medida de whisky. Miré de nuevo a la chica de ojos delineados. 

-Adolfina, se llama -dijo Roberto. 

Me sonrojé. Hice un trago largo. Los tres hombres que estaban bajo el televisor volvieron a levantarse para ir al baño. Roberto les silbó y me señaló. 

-Andá, te van a convidar. 

Bajé de la banqueta y fui con ellos. Cuando llegué al baño el gordo despeinado me dijo que pasara rápido. Se apoyó sobre la puerta para que no entrara nadie. El del piloto azul descolgó el espejo de la pared y lo sostuvo como si fuera una bandeja. El flaco de anteojos de marco grueso sacó una bolsa del bolsillo del pantalón y armó ocho rayas sobre el espejo. El gordo despeinado insistió con el apuro. Me temblaron las piernas, me transpiraron las manos. Hubiese querido salir, pero ya no tenía oportunidad. El flaco de anteojos y el gordo despeinado armaron dos canutos con billetes de quinientos. Se agacharon sobre el espejo y tomaron dos rayas cada uno. Se empezaron a escuchar voces afuera. El flaco de anteojos me pasó el canuto. Me dijo que tomara rápido. Me incliné hacia la bandeja con el canuto en la nariz y aspiré con fuerza. El del piloto azul le dio al gordo despeinado el espejo para que lo sostuviera y aspiró las dos últimas rayas. 

-Todos queremos tomar -se escuchó desde afuera. 

El del piloto azul volvió a colgar el espejo en la pared y salimos. Cuando volví al salón, el bigotudo que había estado sentado con Adolfina ahora hablaba con el gordo de cachetes brillosos cerca de la puerta de salida. Me paré al lado de la mesa de Adolfina mientras sonaba Stayin alive de The Bee Gees. La tomé del brazo y le dije que la música disco era mi fuerte. Adolfina se paró y comentó que no parecía un gran bailarín. Dije que ella sería mi Estefanía y yo su Tony. Hice unos pasos que intentaron emular a los de Travolta. Adolfina apenas levantó los pies del piso y no permitió que la tomara de las manos. Roberto, atento a la situación, puso September de Earth, Wind&Fire. Bailé chasqueando los dedos. Claudia le habló a Roberto muy cerca del oído. Él no le prestó atención. Puso Psycho Killer de Talking Heads. El barbudo solitario se levantó de la mesa y comenzó a bailar con Adolfina y conmigo. Los punks con camperas del ejército alemán vitorearon el estribillo: "fafafafafafafa". Las chicas y los chicos de la mesa del cumpleaños tiraron serpentinas sobre la cabeza del cumpleañero. La novia metió el dedo índice en el merengue de la torta y mordiéndose el labio inferior se lo colocó en la boca a su novio. Claudia besó a Roberto en la boca y salió del bar. Pensé que no volvería a verla y que estaba yendo lento con Adolfina. Ella se disculpó para ir al baño. Me disculpé del barbudo y volví a sentarme junto a Roberto en la barra. En ese momento Claudia volvió a entrar. Buscó a Roberto con la mirada. Cuando lo encontró, se acercó hacia donde estaba sentado conmigo. 

-Otra vez acá -dijo Claudia, y se llevó la mano al cuello. 

Pasó al otro lado de la barra. Roberto la abrazó y sostuvo fuerte su cintura. Le dio un beso que caló hondo en el corazón de Claudia. Ella tenía ganas de salir de ahí en ese mismo instante. Sacó una tarjeta de su cartera y la guardó en el bolsillo de Roberto. Yo me refregué los ojos. Entendí que mis chances con Claudia se habían resquebrajado como un vidrio. Empezó a sonar One Hundred Years de The Cure. Claudia nos invitó a fumar afuera. Roberto acercó su boca a mi oído y me dijo que Claudia no tendría problemas en hacer un ménage a trois con ellos. Miré los hielos que flotaban en el whisky, traté de no entender. Salimos a fumar a la vereda. Claudia encendió un porro. Me quedé apoyado sobre la pared. El productor cinematográfico y su novia también habían salido a fumar. Se acercaron cuando sintieron el olor a marihuana. 

-Ella es Claudia y él es mi mejor amigo Ramiro -dijo Roberto.

Saludé con un movimiento de cabeza. Claudia saludó a ambos con un beso y se presentó como la dueña de la galería de arte, El Cubo. La novia del productor cinematográfico dijo que estaba muy contenta con el advenimiento de las elecciones y de la democracia. "Por fin podremos expresarnos libremente", dijo. Claudia estuvo de acuerdo y le pasó el porro. El productor cinematográfico se quejó de lo caras que estaban las expensas. Su novia dijo que, a pesar de implicarle un esfuerzo pagarlas, le parecían justas porque estaban destinadas al sueldo de un trabajador. Fumé haciendo pitadas largas. Claudia me advirtió que eran de su cosecha personal. Me moví como un péndulo sobre la vereda sin levantar los pies del suelo. Pensé en lo pequeño que era el mundo y en lo fácil que sería conquistarlo. El cielo se juntó con el piso. Escuché a esa gente hablar acerca de la desigualdad de oportunidades y de la injusticia social. Entendí que yo habitaba otro mundo. Hablé pestes de los corredores inmobiliarios judíos. Dije que no pagaban en tiempo y forma los impuestos y después pedían plan de pago. Abonaban las primeras cuotas para que los beneficiarios, que eran justamente los empleados que tiene el consorcio, no queden sin obra social y luego no pagaban, hasta que los intimaban y volvían a hacer el mismo circuito. Con dos o tres veces que hacían esto sacaban una buena tajada de plata y seguían haciendo mención en los resúmenes mensuales como plan de pago y los consorcistas consideraban que estaba bien porque era legal.

Todos se quedaron callados. La novia del productor cinematográfico me miró con rabia, me largó el humo del cigarrillo a la cara. Roberto dijo que la noche estaba en pañales. Me abrazó y me llevó adentro. En ese momento recordé una tarde en casa de mi madre junto a mis primos. Le habíamos echado sal a la azucarera. Mi mamá tuvo que tirar todo el café y disculparse con las amigas que habían ido a visitarla. Roberto me acompañó al baño. Me convidó cocaína y me besó el cuello. No supe qué hacer ni decir.

-Mejor me voy a hablar con Claudia que quedó sola en la barra -dijo Roberto

Cuando salí me senté en la mesa junto a Adolfina y al Bigotudo con la remera de los Ramones. Comenté que los Ramones se llamaban así porque Paul McCartney cuando se hospedaba en un hotel lo hacía bajo el nombre de Paul Ramone para evitar el acoso de los fans y que como los cuatro integrantes de la banda punk eran seguidores de los Beatles le pusieron Los Ramones en homenaje a Paul. 

-Eso lo sabe toda persona que alguna vez haya escuchado punk -dijo el bigotudo.

Me levanté de la mesa sin decir nada y fui de nuevo hasta la barra. Roberto besó a Claudia. Le metió la lengua hasta el fondo de su boca. La saliva le corrió hasta la quijada. Cuando terminaron de besarse Roberto acercó su cara hacia la mía y me dijo que Claudia quería ir a su departamento con los dos. Me di la vuelta y volví al baño. Me miré al espejo. Una gota de sudor amenazó con caer de mi frente. Mis ojos angustiados parecían pedir protección. Cuando volví a la barra Roberto y Claudia se habían ido. Caminé solo por la calle sintiendo contracciones rítmicas en todo mi cuerpo.


En el marco de la conmemoración de los 40 años de Democracia en Argentina, la Dirección de Letras del Ente Cultural de Tucumán llevó a cabo la elección de los ganadores del Concurso de Cuentos 2023 «Relatos sobre la vuelta a la democracia».

Los premiados son:

Primer Premio ($150.000):

El hombre verde, de Silvia Camuña

Segundo Premio ($100.000):

El Juego, de Felipe Quiroga

Tercer Premio ($50.000):

Radical, de Juan Carlos Mon

El hombre verde, de Silvia Camuña, cuenta la atrapante historia de una adolescente de colegio, que al visitar la casa de su compañera Andrea junto a sus amigas, descubrirán un lugar prohibido que cambiará sus vidas para siempre.

El Juego, de Felipe Quiroga, relata la historia de un grupo de niños que inventan un juego tan divertido como peligroso y que, lamentablemente, a pesar de su ingenuidad, tendrá rasgos oscuros del contexto de finales de los años 70.

Radical, de Juan Carlos Mon, es una historia de excesos, donde la política, el under y la bohemia se entremezclan para describir el precio de la libertad y el valor del amor.

El jurado estuvo compuesto por Adriana Lucero, Horacio Elsinger y Miguel Calvo.

La entrega de premios se llevará a cabo en un acto oficial en las instalaciones del Ente Cultural de Tucumán (San Martín 251) durante la segunda quincena de enero de 2024.

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