Gonzalo quedó postrado por un accidente y el pronóstico de los médicos era que no volvería a caminar. Hoy encontró en la natación una forma de vida y busca superarse nadando por una causa solidaria. Cómo colaborar.
Del accidente automovilístico que le cambió la vida el 20 de noviembre de 2009, Gonzalo Robles guarda una imagen que vuelve siempre nítida en sus recuerdos: su cuerpo tirado al costado de la ruta al que observa desde arriba como en una especie de paneo cinematográfico. Entonces tenía 25 años, una familia, un buen trabajo y el hábito de practicar deportes como fútbol, handball y rugby. Cuando se despertó del coma inducido en la cama del hospital, no podía moverse producto de las múltiples fracturas y, principalmente, a causa de una lesión medular en la columna. El pronóstico clínico no era para nada alentador: “Estaba cuadripléjico, me daban de comer en la boca porque no tenía fuerza ni para sostener el cuello. Los médicos me dijeron que no iba a caminar nunca más, por eso digo que lo mío fue un milagro”. Entonces era inimaginable que quince años después se estaría preparando para nadar seis kilómetros en las aguas del dique El Cadillal por una causa solidaria.
Al despertarse, lo primero que vio Gonzalo en su convalecencia fue a su madre rezando al borde de la cama donde se encontraba. “Ella me dijo ‘tenemos que rezar para que ocurra un milagro’, pero yo intentaba rezar y no podía, me daba vergüenza pedirle a Dios ayuda porque en esos años yo no le había agradecido por todo lo que tenía”, recuerda hoy el hombre de 39 años. Lo que siguió fue orarle a la virgen y una visión epifánica en la cual la virgen lo conducía al lado de Jesús. Entonces tuvo la certeza de que el camino sería arduo, pero había esperanzas para seguir: “Siempre sentí ese amor y esas ganas de vivir, nunca me deprimí”.
“En esos tiempos tuve que aguantar un montón de dolor, hasta hoy sigo aguantando dolor todos los días”, relata Gonzalo como fueron las primeras etapas de esa recuperación que le demandaría muchos años y esfuerzo: “Empecé a entrenar cuando estaba en la cama, me daban un ejercicio y yo lo repetía todo el día, aunque no lograba que el músculo se mueva. Nunca dejé de entrenarme ni de buscar las formas de rehabilitarme”.
Gonzalo logró torcer el vaticinio de los médicos gracias a su esfuerzo y constancia. Además de las dos o tres sesiones de rehabilitación semanales que por entonces su familia podía pagarle, él continuaba con los ejercicios en su casa mañana, tarde y noche, todos los días. Hasta que logró lo que parecía imposible: dar los primeros pasos.
Según explica, en ese proceso de recuperación conoció la hidroterapia, aunque, como los ejercicios que le daban en la rehabilitación no eran suficientes, se entrenada también por su cuenta: “Iba a la pileta y entrenaba ahí todos los movimientos. Empecé desde la bronca y el enojo que tenía, largaba toda la bronca ahí en el agua. El mundo me limitaba, pero también era yo sólo el que se limitaba”.
Por una invitación que le hizo la profesora Débora Ramírez, hace diez años empezó natación y encontró en esa actividad una forma de practicar deporte como lo hacía habitualmente antes del accidente: “Lo mío es la constancia, la natación me permite ser constante y darlo todo, es algo que disfruto y me hace bien. Iba tres veces por semana a la pileta hasta que vino la pandemia y tuvimos que suspender. Cuando pudimos volver, extrañaba tanto nadar que iba siempre. Ahí fue que mi amiga ‘La Pulga’ me invita a nadar aguas abiertas y a mí me ha volado la cabeza porque no sabía que existía esa actividad”.
Después de insistirle al profesor Maxi Rodríguez, se creó el equipo de nado en aguas abiertas Orcas del cualGonzalo forma parte. Claro que su incursión en la actividad no fue nada fácil dadas sus limitaciones físicas: “Al principio no nadaba ni cien metros, tenía frío y miedo… Tuve que empezar de muy abajo. No es solo una cuestión de aptitud física, sino también emocional”.
Cuando empezaba a desanimarse por las dificultades que se le presentaban en el nado a aguas abiertas y comenzaba a creer que eso no era para él, hubo una imagen que le permitió vencer esos miedos y límites que, de alguna manera, se había impuesto: vio al triatleta paraolímpico Facundo Palacio salir del agua para subirse a su silla de ruedas. También a Guillermo Chávez, que nadaba valiéndose de su único brazo. Ellos fueron su ejemplo y su motor para superarse.
Gonzalo empezó a competir como nadador de aguas abiertas en la categoría de 2,5 kilómetros adaptada que no existía hasta entonces ni en Tucumán ni en otras provincias de la región. Al año siguiente ya estaba nadando en la categoría 5 kilómetros adaptado. El próximo sábado 23 de marzo en el dique El Cadillal, en el marco de la travesía solidaria “Nadando por los niños con cáncer” será la primera vez que nade 6 kilómetros para demostrarse a sí mismo que los limites no existen: “La natación es algo que me permite conectarme conmigo y con mis pensamientos y, sobre todo, con cada parte de mi cuerpo. Me siento conectado como en nigún otro lado. Mi intención es mostrar a los demás lo que he logrado a través el deporte, que se puede porque yo pude”.
Nadando por los niños con cáncer
La travesía solidaria que se llevará a cabo el próximo sábado es una iniciativa que llevan adelante el Proyecto S.O.I junto a la Fundación Padre Martín Martín Martín. El objetivo es recaudar 12 millones de pesos para remodelar al Servicio de Oncología Infantil del Hospital de Niños. La forma en que los interesados pueden colaborar es adquiriendo metros simbólicos o bien como sponsors del evento.
El Proyecto S.O.I surgió por iniciativa de Dani y Martín quienes, a manera de homenaje a su pequeño hijo Lucas quien falleció víctima del cáncer, decidieron llevar adelante esta movida solidaria para conseguir insumos y mejoras al Servicio de Oncología Infantil del Hospital de Niños.
Los interesados en colaborar pueden conocer más de esta iniciativa a través de sus redes sociales: Proyecto S.O.I.