Carne es una obra de Eduardo Rovner dirigida por Hugo Galván. Nos conduce por un laberinto de emociones en el que resuena esta pregunta: ¿cuánto de nosotros se refleja en las luchas de los náufragos del amor? Este fin de semana, las últimas funciones en La Veleta. Por qué hay que verla.
Las fotos son de Yudith Pintos.
Carne es una obra de Eduardo Rovner dirigida por Hugo Galván que nos conduce por un laberinto de emociones en el que resuena esta pregunta: ¿Cuánto de nosotros se refleja en las luchas de los náufragos del amor?
Nancy Bella Groy y Germán Gutiérrez Ferronato dan vida a fantasmas que deambulan por La Veleta Cultural en una realidad sin respuesta. Sus almas desnudas imploran una salvación aparentemente imposible.
La obra nos revela los límites del amor en el ámbito de la vida cotidiana, donde reina el silencio y la mentira envejece el alma. Ella y él son muñecos monótonos que se arrastran entre los escombros de su antiguo paraíso perdido.
En una danza macabra del amor, dos almas se funden en un abrazo que puede ser tanto éxtasis como agonía. Carne nos presenta a una pareja en su afán de perderse mutuamente a través de la falta de límites. Esa frontera invisible que define nuestro espacio personal, que tantas veces se difuminan en la vorágine del amor. La necesidad de posesión, el miedo a la soledad y la dependencia emocional se convierten en los colmillos de un monstruo que amenaza con devorar la individualidad. Una obra cruda que nos confronta con la oscuridad que puede habitar en las relaciones de pareja. Un espejo que nos invita a mirarnos de frente y preguntarnos: ¿estamos nutriendo nuestra propia alma con el amor verdadero? ¿o estamos devorando al otro?
Esta pareja se consume en un círculo vicioso de control y manipulación. Cada mordisco, cada palabra hiriente, cada acto de dominación, es un pedazo de identidad que se pierde en el abismo de la relación.
La rutina se convierte en la jaula que aprisiona sus sueños y deseos. Las palabras se convierten en armas. La confianza se marchita, dejando paso a la sospecha y el rencor.
La obra de Eduardo Rovner nos invita a presenciar el sufrimiento de una pareja atrapada en una red de inexistencia. Sin identidad, sin deseo, sólo una sombra de lo que eran.