NUESTRO PATRIMONIO

"Perdido": la sentencia sin filtros y los videos de una realidad que golpea a Tucumán

La belleza de Tucumán no solo reside en sus paisajes naturales, sino también en la riqueza de su arquitectura. Sin embargo, nuestra ciudad, que estuvo marcada por su gran caudal cultural y su diversidad estilística, en las últimas décadas ha sido víctima de una transformación urbanística que ha dejado cicatrices profundas. | Por Gabriela Neme

06 Ene 2025 - 19:46

Perdido. Fotos: Gabriela Neme.

Cada vez que cerramos un año, inevitablemente surge la necesidad de hacer un balance sobre lo vivido. Es por eso que, al pensar en el camino transitado a través de esta columna durante 2024 en donde fuimos conociendo parte de nuestro patrimonio, nos invadió muchas veces la nostalgia, otras quizás la pena o tal vez el disgusto, al tomar conciencia de todo lo que fuimos perdiendo los tucumanos.

La belleza de Tucumán no solo reside en sus paisajes naturales, sino también en la riqueza de su arquitectura. Sin embargo, nuestra ciudad, que estuvo marcada por su gran caudal cultural y su diversidad estilística, en las últimas décadas ha sido víctima de una transformación urbanística que ha dejado cicatrices profundas en su paisaje. 

Desdichadamente fue desapareciendo gran parte de nuestra memoria y nuestra historia, con los innumerables edificios que han sido derrumbados por la impiadosa picota. La voracidad del progreso y de la especulación inmobiliaria, han condenado a muchos de estos testimonios a ser despojados de su esencia, relegados a la memoria colectiva. Casonas coloniales totalmente extinguidas, casas chorizo transformadas en estacionamientos, exquisitos ejemplares art Nouveau o art deco demolidos para solo ser vacíos urbanos, son solo algunos de los ejemplos que han sido reemplazados por construcciones con planos mediocres, que prometen una vida que se siente vacía y sin sentido. Se han impuesto edificios anodinos, carentes de alma, que no logran capturar la grandeza de sus predecesores. 

Tomando como inspiración el texto de Mujica Laínez, titulado “La casa”, nos lleva a reflexionar que una casa abandonada significa mucho más que un espacio vacío; si lo trasladamos hacia los seres humanos, es como una anciana que, en su soledad, clama por el reconocimiento de un pasado glorioso. Entre sus paredes se esconden historias, risas y lágrimas de generaciones que las habitaron. Las fachadas que caen, envueltas en polvo y escombros, son el símbolo de un patrimonio que se desvanece. “¿Qué soledad, Dios mío?” se preguntaría una antigua casona, mientras sus persianas rotas y vidrios rajados se convierten en una metáfora de una ciudad que olvidó su belleza. Aquellas puertas sin picaportes y el parquet cubierto de mugre son el reflejo de un tiempo que se escapa, un testimonio de una cultura que se apaga.

Este año que está naciendo, puede resultar una buena oportunidad para cuestionarnos: ¿Qué legado queremos dejar a las futuras generaciones? Quizás se trata de unirnos como comunidad para valorar nuestro pasado y abogar por un futuro que respete la identidad de nuestra ciudad. Si no aprendemos a valorar y conservar lo que hemos construido, corremos el riesgo de perder no solo edificios, sino la esencia misma de lo que significa ser tucumanos. Que nuestra ciudad, en vez de ser un catálogo de la banalidad, florezca de nuevo, que nuestras calles no se conviertan en un catálogo de lo desechable, sino en un testimonio vibrante de nuestro amor por lo construido. 










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