LITERATURA

Una puerta al pasado: la novela tucumana del 64 que hasta inspiró una película

De cuando los obreros golondrinas llegaban en carreta para buscar la moneda en Tucumán: una sugerencia literaria para trasladarnos en un viaje en el tiempo. Hoy te contamos un poco de "El Inocente" de Julio Ardiles Gray, escritor y periodista monterizo.

23 Feb 2025 - 19:05

Camilo y Mercedes en "Las puertas del cielo", adaptación de "El Inocente".

¡Qué viva el partido agrario!”: los vítores ficticios llenan las páginas de un escritor tucumano, que, con pluma y corazón, pretendió retratar un poco de la historia de nuestra provincia.

Hace más de 100 años nacía en Monteros Julio Ardiles Gray, periodista, escritor y gestor cultural. Su percepción del mundo en el que creció fue altamente sensible, motivo por el cual pudo retratar situaciones y personajes de época de manera magistral. Su padre era gerente del banco Nación, por ello vivió en la zona céntrica de la ciudad, y luego se trasladó a vivir a otros lugares como la capital tucumana, la ciudad de San Juan, y a otros tantos destinos en pos de acompañar a la familia. Sin embargo, el corazón sobrevive en la infancia, y allí se atesoraron personajes del Tucumán de principios del siglo pasado, que fueron retratados en muchas de sus historias.

La novela que recomendaremos leer este fin de semana, se trata de “El Inocente” (1964), un relato que está basado en “mitología y no en historia”, como remarcó el mismo autor en el resumen de su trabajo. Se sitúa en un Tucumán de la década de los años 30, y busca reflejar la atmosfera social de la época. Ardiles Gray creció en la década del 20, en medio de la huelga obrera tucumana más importante de todas.

Lo ficticio y lo real se mezclan en esta historia del monterizo para relatar un cuento que, podría haber sido real. El escenario es el conflictivo campo de luchas sociales del Tucumán del azúcar en la primera mitad del siglo pasado. En esa época de oro (para la patronal), cuando miles de personas se mudaban con sus familias enteras a vivir en nuestra provincia para dejar la sangre en el surco, para trabajar en fincas y para los ingenios (todavía no se había cerrado ninguno).

En este relato, se cuenta cómo llega el joven Camilo a nuestra provincia desde el monte de Santiago del Estero, incentivado por su vecino, Méndez, para trabajar en una finca de Monteros durante la cosecha de la caña. Antes de partir, la madrina de Camilo realiza un ritual esotérico para proteger su alma. En la introducción del libro, el periodista dio un guiño a un cuento popular del NOA muy conocido en el siglo pasado, la leyenda del Medio Pollo, el que se guarda todos los animales y hasta el río en el “culito”, y les pide que se tapen con un palito. De la misma manera, la madrina de Camilo hace una brujería en medio del monte para proteger el alma de su ahijado que venía hasta el lejano Tucumán en una carreta: “Al fin, cuando terminó el largo beso, se acercó al árbol donde había cavado al agujero y fue soplando el humo en el interior, con otro beso plácido y prolongado. Al final, con un movimiento rápido, como si temiera que algo sagrado se le escapase, tapó el agujerito con un tarugo de madera y lo hundió en el tronco con rabia, golpeando con una piedra que había tomado del suelo”.

La huelga de 1923 fue y sigue siendo uno de los reclamos del pueblo obrero más estudiados de la historia del movimiento obrero argentino. La contratación de mano de obra de otras provincias se convirtió en una característica común de la zafra tucumana. Sumado a la heterogeneidad de las relaciones comerciales que se daban con los 29 ingenios de la provincia, considerando que en el círculo del azúcar ingresaban la materia prima perteneciente a los campos que eran propiedad de los ingenios, como así también de los latifundios, de las fincas familiares y de los minifundios. Coexistían decenas de maneras de relacionarse con la industria azucarera.

En el relato de Ardiles Gray, ya sobrepasando los años más conflictivos entre patronal, gobierno y obreros, se sitúa en la historia de la migración golondrina de Camilo y Méndez para trabajar en Monteros. Esta ciudad del interior es el espacio donde sucede gran parte del relato. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que Julio nació y pasó su infancia en esta ciudad, la cual atesoró en su corazón al punto de que, pese a que nunca más regresó a vivir en ella, tras su muerte en el año 2009, sus restos fueron esparcidos en el arroyo El Tejar, corazón de agua que atraviesa Monteros.

En este relato, Camilo y Méndez pasan por Simoca e integran casi por accidente parte del reclamo de los obreros que seguían las pancartas del Partido Agrario, quienes pedían mejoras en el pago de los sueldos a los dueños de las fincas, como así también a los patrones de los ingenios. Más tarde, tras una muerte en manos de la policía en el playón del ingenio de Monteros (hecho que está registrado en la prensa de la época, marcando a Monteros como zona de "tiroteos" de la policía), Camilo y Méndez llegan a la finca donde comenzaría su trabajo. Lo que el adolescente santiagueño nunca se imaginó, fue que en medio del surco encontraría el cuerpo moribundo de Pelayo, malherido tras haber asaltado y asesinado a los pagadores del ingenio Santa Lucía. A ese hombre en su lecho de muerte, Camilo le realizó una promesa: llevar la suma del dinero a la Mecha, Mercedes Paunero, una prostituta de San Miguel de Tucumán que mantenía una relación amorosa con Pelayo.

Entre el asalto de Pelayo y la posterior captura de Camilo y Mecha, aparece la profesión de Julio en medio de la historia: se presenta en el relato Werner. Era periodista, redactor en un diario opositor al gobierno tucumano, y en el asalto y asesinato de los pagadores, vio la oportunidad de sumar este delito a la moda de la época: atribuirlo a un bandido rural devenido en redentor social. Así nació el mito de Santos Pereyra.

Cuando a la primera mujer pobre le llegó el billete de 10 pesos por correo, el efecto dominó se hizo inevitable. La leyenda de Santos Pereyra ya estaba corriendo. De repente mucha gente lo había visto, lo había cruzado. A muchos les llegaba el billetito a sus ranchos, y muchos otros esperaban con ansias ser los próximos en la lista. Lo que no sabían, pero que la policía sospechaba, era que el mismísimo Werner era el encargado de enviar estos billetes, pensando siempre en aumentar su propia tirada mediante la ficción cada vez más gorda de Santos Pereyra.

“Santos Pereyra no es un asesino. Declaraciones exclusivas para nuestro diario. ¡Su lucha es la lucha por la redención social!”: los titulares que planteaba el autor de esta historia para retratar al bandido desconocido, a Pelayo, cuyo crimen no había tenido más beneficiaria que Mercedes, esa prostituta que trabajaba en un bulo de san miguel de Tucumán, en Santiago 1253. Y aquí es donde entra la ficción en el relato, ya que, si tomamos los registros de época, la prensa retrataba a los trabajadores del surco de una manera terriblemente despectiva: “El trabajador es comúnmente analfabeto, las supersticiones religiosas están profundamente arraigadas en esos pobres espíritus, el alcohol hace día a día estragos incalculables” publicaba el editor del periódico anarco comunista tucumano Tierra Libre, J. Viñas Osorio. La Gaceta, por su parte, publicaba un informe sobre el analfabetismo de los obreros con la siguiente cita: “Desconoce (el obrero) los principios de la higiene, viste de harapos a sus hijos cuyo trabajo explota, y analfabeto en su mayor parte, odia la escuela que se los reclama, y que le exige cubrir su desnudez, gastando en ellos una mínima parte de lo que destinan al consumo de alcohol (1923)”.

Los altos niveles de analfabetismo que integraban el sector obrero de Tucumán de las primeras décadas del siglo pasado, no permiten el acceso a registros escritos sobre el pensar o sentir del pueblo trabajador en medio de esta situación. Sin embargo, es aquí donde el arte de narrar y de escribir, de dar vida a un personaje a través de una historia real y no real a la vez, es lo que el autor monterizo consiguió.

Alerta spoiler: la leyenda de Santos Pereyra fue tan lejos, que la policía asesinó a Camilo simplemente para anunciar que se había capturado al famoso (e inexistente) bandido rural. 

El 3 de julio del 2011, el diario La Gaceta retrataba el tumulto de gente que no comprendía qué era lo que estaba sucediendo en la vieja estación de trenes de Simoca. Era un grupo de dobles locales que, con ropa anticuada y pancartas, formaban parte de la filmación de “Las puertas del cielo”, el film que impulsó el productor Carlos Piwowarski, amigo de Ardiles Gray, y que dirigió Jaime Lozano.

En el año 2014 se estrenó este film que fue filmado mayormente en Simoca y en la capital tucumana. Es un pequeño guiño al trabajo de Ardiles Gray, y también a la historia del zafrero tucumano.

Repensar el Tucumán de un siglo atrás, cuando la industria del azúcar comprendía la mayor fuente de ingresos de casi toda la población, es una tarea posible que no solamente tiene como herramienta la consulta de las publicaciones académicas al respecto. La literatura es una poderosa máquina del tiempo, que sin duda alguna despierta en quienes se sumergen en ella una sensibilidad mayor con su entorno. En este caso, con Tucumán. En las primeras décadas del siglo XX no existía una FOTIA que organice exclusivamente al sector obrero. Y al igual que en esta época, la prensa oficial muchas veces culpabilizaba del reclamo a dirigentes gremiales con intereses personales, influenciados por la política exterior y las ideas de izquierda.

Si te interesa leer El Inocente u otras obras del escritor tucumano, podés conseguirlo en www.librostucuman.com.ar. También podés ver la película completa filmada hace 14 años en el interior tucumano (elenco: Ignacio Ramón Giménez, Eduardo Leyrado, Daniela Villalba, Oscar Zamora, Pablo Parolo) haciendo clic aquí, o reproducirla en el siguiente enlace:



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