La cantante Soledad Pastorutti rememoró su historia con la tucumana Mercedes Sosa, marcada por tensiones, distancias y una reconciliación sanadora antes del adiós.
En una reciente entrevista en la señal de streaming Olga que realizó un especial dedicado a Mercedes Sosa, Soledad Pastorutti abrió su corazón para hablar de uno de los vínculos más potentes y complejos de su carrera: el que tuvo con Mercedes Sosa. La tucumana, emblema indiscutible del folclore argentino y voz del continente, fue al principio una figura lejana y crítica para la joven artista que, en los años noventa, irrumpía con fuerza en los escenarios.
“Fue una rivalidad increíble”, admitió Soledad, recordando aquellos años donde su estilo, energía y presencia mediática parecían chocar con la tradición y la seriedad que Sosa representaba. Durante mucho tiempo, la distancia entre ambas se mantuvo. Mercedes nunca ocultó su desconfianza hacia ese nuevo fenómeno popular que arrasaba con festivales, ratings y ventas.
La memoria se volvió un territorio fértil al invocar sus comienzos: “Cuando yo nací artísticamente, Mercedes ya era Mercedes, la ídola de todos, y para mí era muy importante algún día conseguir su bendición. Como todos los que amamos lo que hacemos y empezamos mirando y admirando a alguien”, recordó La Sole. El público respiraba al ritmo de ese recuerdo. De pronto, surgió una confidencia rara, fuerte: la historia de la rivalidad.
“Fue el 25 de mayo, del año 2007, creo. Teníamos que cantar el himno en Plaza de Mayo. Cada una cantaba su parte y yo me fui, porque tenía otro concierto. Pero cuando yo salgo, entra el auto de Mercedes y un grupo de fans míos la putean”. El silencio en la sala se hizo notorio. “Había una rivalidad muy grande. Ustedes a lo mejor no lo saben, son muy chicos, pero Mercedes Sosa y Soledad era como River-Boca y salvando las distancias, lo digo con todo respeto, porque entiendo que estamos hablando de alguien muy groso de verdad, y yo todavía tengo que hacer mucho, tengo mucho camino por delante, pero en aquel momento era eso, era la aparición de esta pibita en contraposición a lo que ya existía”.
La vergüenza, la incomodidad, le ganaron el pulso y ella decidió volver: “Entonces yo le digo a mi manager, a Gonzalo, que volvamos a pedir disculpas porque me sentía mal”. El reencuentro fue íntimo. “Fabián nos atiende en el camarín”, el hijo de Mercedes abrió la puerta a la conciliación. “Tenemos que terminar con esto. Tenemos que cantar juntas”, le propuso la voz inmortal. La leyenda se selló pronto, en el escenario del Teatro Gran Rex: entre acordes, nació un idilio. “Hicimos una versión hermosísima de ‘Canción del jangadero’”, contó La Sole, y el público del Colón sintió ese eco.
¿Cómo nacen las rivalidades? ¿Quién las alimenta? La cantante de Arequito no dudó: “Creo que los medios y la atmósfera social política que se vivía en ese momento en el folclore. Aunque ustedes no lo crean, también tiene su grieta, lamentablemente. Y la verdad es que yo era muy niña. Yo tenía cuando empecé 16 años y recorrí este país y lo sigo haciendo con mucho cariño. Pero bueno, mi presencia al principio fue muy resistida por los más puristas”, relató, al dejar caer la verdad de toda generación emergente.
Sin embargo, el tiempo y la madurez hicieron lo suyo. "Antes de que ella partiera, nos reconciliamos", contó La Sole con emoción. Esa reconciliación no fue solo un gesto entre dos artistas: fue un símbolo de respeto entre generaciones, de entendimiento profundo sobre lo que el arte representa más allá de los estilos y épocas.
Un emotivo posteo en redes sociales de la propia Soledad dio cuenta de esta etapa de su vida. Allí compartió imágenes y reflexiones sobre el valor de haber podido limar asperezas con Mercedes. “Me enseñó con su sola presencia, con sus silencios y con ese modo único de cantar verdades”, escribió.
Para Tucumán, cuna de Mercedes Sosa, este recuerdo no pasa inadvertido. La voz de América Latina dejó una huella imborrable en la historia de la música popular y en la vida de quienes, como Soledad, crecieron escuchándola. Que hoy esa rivalidad se haya transformado en gratitud y aprendizaje, es también una forma de mantener vivo su legado.