Figura central del rock en los últimos años, el jueves 14 de agosto se prepara para llenar el Teatro Rosita Ávila. El adiós a Arrabal, las noches de Cuervo, por qué hay que escuchar al Indio y mucho más en un mano a mano hasta la madrugada. | Por Alfredo Aráoz
Pato Herrero in concert. El jueves 14 de agosto en el Rosita Ávila. Esta noche, un adelanto en Storni.
Todo el rocanrol entra por la puerta de este diario desde que Pato Herrero saluda y ya está aquí. Sentado en una de las sillas del estudio donde se transmite latucumana de mañana, rodeado de los mismos cables y micrófonos que se prenden a primera hora, todo cambia frente a este muchacho de 43 años que se acomoda la melena antes de empezar. Aquí, donde la mañana vive, todo se hace noche con Patricio, el rey. Aquí, donde ahora la noche brilla, todo se ilumina con Patricio, la estrella. Aquí, donde un vaso de soda se termina de un sorbo y acomoda el vozarrón, aquí comienza a escribirse el prólogo de una noche que marcará un antes y un después en la carrera de Pato, la de su recital en el Teatro Rosita Ávila el próximo jueves 14 de agosto, justo Pato Herrero toca un jueves a la noche, justo en El Abasto. Suena Pato Herrero un jueves a la noche. ¿Te suena?
-¿Cómo llevás la adrenalina de la previa, del ensayo, de la venta?
-Te mete nervios, pero es lindo. Y no te queda otra que salir a vender vos. Además de las redes, del Instagram, del Facebook, también ofrezco las entradas por WhatsApp. Es difícil, como todo. Salen 20 mil pesos que no es una fortuna como las de una banda de afuera. Pero son 20 lucas que no todos tienen.
-Contame cómo decidiste dar este paso en tu carrera y hacer un teatro, ya sin Arrabal, todo Pato Herrero.
-Me he tardado muchísimo en dar este paso, por empezar. Me escudaba muchísimo en Arrabal. Sabía que si nos iba mal, nos iba mal a todos. Ya me venían diciendo que dejara Arrabal y pase a ser solamente Pato Herrero. Los chicos ahora me conocen como Pato Herrero. Y los que me conocen de Arrabal ya están grandes. Cuando lo empecé a pensar, todo tuvo sentido.
-Al estar solo, sin ese escudo Arrabal, ¿quedás más expuesto? ¿Esta nueva etapa qué demanda?
-Está el cagazo de que si sale mal, estoy yo solo. Pero hace tiempo que vengo tocando solo. Y ya tengo un cascarón que me protege.
-En estos 20 años, ¿sentís que ha cambiado mucho el rock, Tucumán, la Argentina?
-Sí, todo es súper distinto. Aquel era un Tucumán totalmente distinto al de ahora. Otro mundo. El contexto del país era distinto. La conjetura del manejo del rock era distinta. No estaba la música que está ahora (que no me cae mal) pero a fines de los 90 y principios de los 2000 era todo rock. En aquel momento empecé a ver recitales, a viajar. Los mediados de los 2000 me agarran ya con la banda y empecé a compartir con otros músicos y a vivir ese apogeo a morir. Si tenías una fecha, salías a panfletear súper cagado de frío a la noche. No había celulares como ahora. Mandabas mensajes de texto o mails, pero era todo panfleto en mano. Tenías que mover el culo.
-Te juntabas con un amigo, te hacía el flyer, el dibujo de papel lo fotocopiabas, todo más artesanal.
-Tal cual. Al dibujo original lo hacías fotocopia. Lo hacías en el Paint, le ponías una fecha, la fotocopiabas, la cortabas a mano, o ibas a una imprenta. Súper viejo todo, qué loco.
-Y ese motor de panfletear, de creer tanto en lo que hacés, ¿de dónde salió?
-La música siempre ha sido un vehículo para decir algo. La música era mi manera. Y he visto la reacción en la gente. Hay chabones que tocan mucho y nadie les da bola. A nosotros nos seguía cada vez más gente. Con Arrabal armamos un quilombo lindo. Y cuando empezás a mover algo, ahí te enchufás, ahí te enganchás. Por eso le metés como le metés. Decís: ‘Esta es la mía’.
-Alguna vez leí que somos como somos porque habitamos entre la tristeza o melancolía del tango y la euforia y la locura del fútbol y del rock. ¿Conviven esas cosas en vos?
-Sí, sobre todo el lado más tanguero, el de la melancolía, no el de la tristeza. No son lo mismo la melancolía y la tristeza. Una es añoranza pura y la otra es un estado de ánimo. La melancolía del tango me encanta. Tengo los recuerdos de ir los domingos a la casa de mi abuelo y el chabón escuchando tangos. Me ha quedado esa nostalgia y me gusta. Y por ende llegó el rocanrol a mi vida, que es mi época, y que también me gusta. Pero el tango y el rock son sinónimos: en jergas callejeras son sinónimos. La época de Troilo tenía más mística en las calles. Y en el apogeo del rocanrol en los 2000 era muy parecido: el movimiento en las calles, lo que generaba, solo que en lugar de tanguerías, aquí había pogos con todos saltando. Andá a saber cómo será mañana.
-¿Te agarra seguido esa nostalgia?
-Extraño el pasado. Me quejo de algunas cosas para serte sincero.
-¿Qué cosas te empingan?
-Antes tenías que pelar más para ganarte las cosas, tenías que ser más guasón. Ahora hay pibitos guasos que se hacen los guasos con otras cosas, como con una computadora. Pero en la calle son otra cosa. La calle para mí es la manera más verídica de saber si estaba todo bien con vos. La calle es la única que no miente, la calle se da cuenta quién sos. No me peleo, pero sí hago berrinches. Me sorprenden cosas de ahora que veo fructíferas, pero no me acostumbro.
-Esta decisión de hacer un Rosita Ávila con banda, pero ya en modo solista, ¿coincide en un resurgimiento del rock con los mismos protagonistas? ¿Lo sentís así?
-Sí, totalmente. No está muerto el rock. Mirá La Renga cómo te clava 3 estadios de Huracán y 5 estadios de Racing como si nada. Y decí que el Indio no está, pero tocan Los Fundamentalistas y te llenan el Único de La Plata. No. No está muerto el rock. Hay pibitos que hacen otra música, pero yo fogoneo el rock y en lugares rockeros como Storni (toca esta noche) y en Cuervo. En Cuervo hace 13 años que todo. Es mucho tiempo, mucha identidad, mucho jueves armado. Han surgido muchas cosas de mi vida ahí. Entrás a Cuervo y sabés que es la bandera del rock y de esos años que vivimos en la Argentina.
-¿Sentís que al rock se le piden muchas explicaciones, que se le exige una renovación constante?
-Sí. A mí me pasa muchísimo. Me dicen: ‘Siempre tocás lo mismo’. Uno tiende a ser egoísta por naturaleza. ‘Siempre tocás lo mismo en Cuervo’, me dicen. Y les respondo: ‘Siempre voy a tocar lo mismo’. La Renga, Callejeros, Los Redonditos, Los Piojos, todo lo que abarcó 15 ó 20 años del rock. A Cuervo la gente va a escuchar eso. Por eso se llena tanto todos los jueves. Porque son clásicos. Como decís vos: te tienen de los huevos porque te dicen ‘Tocate otra cosa’. Y capaz que le tocás algo más adelantado, como Babasónicos, y los pibes no quieren saber un pingo en Cuervo. Sí, siento que se lo jode mucho al rock. No dejan que el rock mantenga lo clásico del género. Quieren que mute todo el tiempo. Si no lo hacés, estás quedado en el tiempo.
-En ese repertorio clásico, ¿seguís encontrando cosas que te siguen sorprendiendo, letras que te siguen asombrando?
-Sí, sobre todo a Los Redondos. No puedo entender lo que han hecho. Sigue siendo actual. Hasta en los sonidos. “Nuestro amo juega al esclavo”, decía el Indio con Menem. Y con Macri y con Milei ni hablar. Está bien: Charly le cantaba a la dictadura, pero el Indio fue un visionario total, culturalmente un adelantado.
-¿Cómo no vas a seguir escuchando a Solari si la historia argentina es cíclica, si se repiten los amos y los esclavos?
-Exacto. Antes era reggae y ahora es trap. Estoy seguro de que el rock va a volver fuerte. Me juego los dos huevos. El espíritu real del rock no está en ningún otro lado. Quizás hace 10 años está sufriendo una metamorfosis, pero hay que aguantar.
-Nos cruzamos en los recitales. Hace unas semanas te vi en Turf, en el Palacio de los Deportes, entre el público. ¿Qué te pasa cuando estás de ese lado y no en el escenario?
-Flasheo. Me dan ganas de subirme con bandas copadas como la de Levinton, que me parece uno de los tipos más libres. Me encanta la libertad que otorga el rocanrol. Yo decidí hacer esto desde la primera vez que vi a Las Pelotas en Hurlingham, en el 98. Estaba con un primo, Nico Herrero. Ese día lo vi a Sokol todo rapado, tocando, bailando, y ahí me dije por primera vez: ‘Yo quiero hacer eso’. Al único que lo tengo tatuado es a Solari, pero Sokol es mi trampolín, el que me impulsó a ser lo que soy: un tipo simple, la no estrella de rock. Eso me encantó. Y en eso ando.
-Jueves 14 de agosto, teatro Rosita Ávila. ¿Cuando estés arriba del escenario, cómo lo imaginás?
-Cuando uno se pone sueños muy altos, a veces corrés el riesgo de amargarte si no los concretás. Yo tengo dos sueños: el primero es volarte la cabeza en toda la Argentina, tocar en Obras, y en la cancha de River; y el segundo es vivir de la música, tocar en Tucumán, una provincia que medianamente me respete. Y al segundo lo estoy haciendo. Sí lo he imaginado al otro, al primer sueño. Pero tengo 43 años. Tampoco soy tan grande. Tengo 20 años más de margen. La cosa ya está sobre rieles. Hay que ver cuando llega a la estación nada más. Ya estoy en el andén.
-¿Con qué nos vamos a encontrar en el teatro? ¿Está todo preparado?
-Está todo preparado. No vamos a adelantar todo. Va a haber una parte tranquila y una parte rockera, bien fuerte. Eso te puedo decir. Está todo totalmente pensado a medida del teatro, bien planeado. Estamos ensayando en ese plan con Charly Medina (batería), Martín Landers (guitarra), El Gonza (bajo), el Negro Farías (saxo) y yo, en guitarra y voz.
-La última. ¿Ese jueves en el Rosita Ávila cierra una etapa? ¿Marca una nueva?
-La verdad que no lo sé. Sí sé que Arrabal ya fue, que no vuelvo nunca más. Y sí sé que seré Pato Herrero, con banda solista. Pato Herrero solo, como siempre.
Esta noche, un adelanto en Storni: