Mariana y Mariano eran más que un juego de palabras y quisieron confirmarlo la noche del primer aniversario. No pudieron. Cuándo comienza el amor y cuándo termina.
Cuando suenan las llaves en la mano.
La noche del aniversario entre Mariana y Mariano empezó con la imagen de Mariano, ya fuera de escena, sentado sobre el primer escalón del kiosco, casi a ras del piso, rodeado de bolsas, como una mujer abandonada, con los codos apoyados sobre las rodillas y las palmas de la mano sujetándole toda la cara por la quijada, una cara iluminada bajo la única luz de la cuadra, la del kiosco, una cara seria, con evidentes signos de molestia por culpa de Mariana, siempre Mariana, ayer el silencio, hoy este mensaje directo a esa quijada de Mariano, palabras escondidas bajo la impuntualidad de Mariana, justo hoy, Mariana, la noche del aniversario con Mariano, ¿y mañana?
Por lo pronto hoy Mariana y Mariano disponían de crédito en sus celulares. Así habían acordado el encuentro a las nueve de la noche en la casa de Mariana. Cuando Mariana y Mariano todavía no pasaban de un juego de palabras, jamás había faltado el llamado o el mensaje de texto. Si el crédito se agotaba, lo mismo aparecían envíos desde números desconocidos con la firma aclaratoria del mensajero: (Mariana) o (Mariano). Con el tiempo, Mariana y Mariano se quitaron los paréntesis. Nadie más podía ser el autor de esas declaraciones: frases cortas, caracteres a veces abreviados, otras mal escritos, pero con la rigurosa misión de iluminar la cara del otro.
La forma elegida para la comunicación había tocado los límites aceptados por Mariana y Mariano. Ambos estudiaban y trabajaban. No se veían, pero siempre habían tenido tiempo para escribirse o llamarse al fin de cada jornada. Hasta que una noche Mariana no atendió. Llamado tras llamado, Mariano fumaba. Cuatro llamadas perdidas habían registrado el celular de Mariana. Entonces Mariano tomó aire, tosió, se puso los pantalones y fue a buscarla. Le golpeó la puerta una, dos, tres, cuatro veces. Mariana salió a atenderlo, sorprendida, con una toalla alrededor de la cabeza y otra sujeta por debajo de las axilas.
Mariano iba a explicarle por qué había ido, pero Mariana lo interrumpió para decirle que en la esquina estaba abierto el kiosco. Y aquella noche, por primera vez, durmieron juntos.
Mariano recordaba la escena ahora sentado en el primer escalón del mismo kiosco, mientras la luz del foco también temblaba.
Ahora Mariano, siempre puntual, volvía a golpear la puerta de Mariana. Una, dos, tres, cuatro veces. Nadie atendía. No había ruido de ducha ni luces encendidas. Mariano tenía miedo porque el resto de la cuadra estaba apagada. Entonces fue a sentarse al primer escalón del kiosco. Llamó a Mariana. Mariana le dijo que estaba en un taxi, que en cinco minutos llegaría. Mariano registró la voz agitada de Mariana, bastante agitada para viajar cómodamente sentada en el asiento trasero de un taxi. La sospecha de Mariano se confirmó cuando Mariana apareció, a media cuadra, con el paso apurado, el manojo de llaves en la mano, tan desencantada con la imagen de Mariano, sentado y rodeado de bolsas, sobre el escalón.
Se saludaron con un beso en la boca. Sin gusto ni ruido. Mariana y Mariano caminaron hasta la puerta de la casa de Mariana. Eran apenas unos diez metros a pie, pero la incomodidad del silencio extiende el tiempo y las distancias. Mariana tenía llaves. Mariano cargaba las bolsas. Adentro de la casa, Mariano dejó todo sobre la mesa. Mariana le pidió disculpas. Mariano las aceptó. Mariana encendió la lámpara de pie. Mariano la apagó. Quedaron solos en la oscuridad. Si bien la persiana americana estaba cerrada, por algunas tablas de madera se filtraba la única luz de la calle, la del kiosco. Como ciegos, se palparon los rostros. Se abrazaron un instante. Se olieron el pelo. Mariano iba a hablar. Pero Mariana se apartó para volver a encender la lámpara de pie. Y en lugar de ir a la habitación fueron a la cocina.
Mariano llevó ahora las bolsas hasta la mesada de mármol. El mensaje de Mariano mencionaba una cena especial. Mariana sabía que Mariano, siempre tan dispuesto, se ocuparía de todo. Pero Mariana no sabía para qué necesitaba tantas bolsas. Mariano le pidió que, ahora bajo la luz encendida de la cocina, cerrara los ojos. Mariana los cerró. Mariano realizó una ceremonia con cada producto que sacaba de las bolsas. Mariana lanzó un suspiro de impaciencia pero Mariano le pidió que no abriera los ojos, que por ninguna razón del mundo los abriera. Mariana cumplió hasta que de una bolsa Mariano sacó medio kilo de salmón, con todo el olor del Mercado del Norte, pasándolo por debajo de la nariz de Mariana. Mariana estornudó sobre el salmón y abrió los ojos. Ahora Mariano le pidió disculpas. Mariana las aceptó. Lavaron todo y cocinaron.
Mariana le preguntó a Mariano qué pensaban tomar. Con esas palabras: qué pensaban tomar. Mariano, siempre tan distraído, le respondió que abriera la última bolsa. Ahí había una botella de vino blanco, etiqueta elegante, cosecha tardía. Mariano, alentado por su incursión al Mercado, hacía gala de sus habilidades masculinas, quitándole el corcho al vino, sirviendo las copas.
Mariana lo miraba, sentada y descalza, jugando con el manojo de llaves en la mano. Mariano escuchaba el ruido metálico de las llaves y hubiese jurado que Mariana las usaría en cualquier momento. Pero Mariana dejó las llaves, se paró y brindaron mientras el salmón crujía en la sartén. Mariana probó el vino y el primer trago le resultó tan intenso que le salió una lágrima de la boca.
Por su lado Mariano degustaba el vino como lo hacían en la televisión. Desde la base movía la copa en círculos para que el vino se aireara. Mariana miraba el movimiento y esperaba comentarios de Mariano. Pero Mariano metió la nariz en la copa y aspiró como si le faltara el aire. Mariano metió tanto la nariz que el borde de la copa le dejó una marca en la frente. Mariana seguía mirándolo.
Mariano inhaló dos veces más, agitó el vino otro tanto y realizó un breve sorbo.
Mariana tomó la segunda copa de un solo trago y le preguntó a Mariano si el vino le parecía bueno. Pero Mariano no pudo responderle: aún tenía el sorbo tibio, bajo la lengua.
Mientras comían, Mariano emitía gemidos a cada bocado: um, ah. Mariana se acomodaba el pelo y miraba a través de la persiana americana, como si alguien pudiera sacarla de ahí. Mariano notó la incomodidad. Pero llenó el silencio con la historia del salmón. Cómo se le había ocurrido comprarlo y demás impresiones sobre el Mercado del Norte. Cuando Mariano inició el relato, Mariana masticaba sin sonido. Mariano lo interpretó como un profundo respeto ante la anécdota, apenas interrumpida por un sorbo más de vino. Porque entonces Mariano venía por la Maipú y no, Mariana no sabía, no podía saber, el olor que salía de ese lugar. Mariano pensó en voz alta cómo algo que olía tan mal podía resultar tal exquisitez. No lo sabía Mariana, tampoco Mariana lo sabía.
Entonces Mariana iba a continuar con el bocado al salmón cuando se atragantó. Porque Mariano de repente gritaba orgulloso que se había metido en las entrañas del Mercado. Es más: anduvo solo y sin miedo por la callecita de las pescaderías, llena de muchachos con barbijos, machos bajo los carteles de neón celeste y azul, como el mar de los pececitos que ahora flotaban sobre los mostradores de hielo picado, con las cabecitas ahí, Mariana, con los ojos fríos y abiertos, mirando a la nada.
Cuando por fin se quedaron sin bocados de salmón ni verdura para ocupar la boca, Mariano tomó la botella como un médico y leyó en silencio la información de la etiqueta. El concepto de cosecha tardía se refería a la elaboración del vino, producido hace un año, como la relación entre ellos dos. Mariano, siempre tan melancólico, recordó aquel día durante todo un minuto de silencio.
Cuando Mariana rompió el silencio, le preguntó en qué pensaba. Mariano le habló de la duración de las cosas, del estado natural de todo, de las cosas y de las relaciones: bastaba con quitarles el polvo para que esas cosas, una vez destapadas, fueran alteradas de su reposo natural, dejándose tocar por el aire del que habían sido preservadas, de a poco, despacio, y recién entonces respiren, y vivan, y mueran.
A la mañana siguiente, Mariana lavaba la sartén, los platos y las copas. La botella había quedado con vino blanco por la mitad y el corcho puesto, parada sobre el techo de la heladera, mirando desde arriba la mesa de la cocina donde había cenado con Mariano. Durante el día no hubo noticias de él. Tampoco se reportó ella. La falta de crédito, de repente, se había convertido en un argumento para el silencio ya no tan incómodo. Y a la noche, porque hubo noche, Mariana salió sin celular. Al regreso no había llamadas perdidas. Tampoco mensajes en el contestador.
La botella, en cambio, permanecía sobre el techo de la heladera.
Cada vez que la veía, Mariana se preguntaba si debía abrirla, si se conservaría el gusto de la última noche con Mariano, si volvería a ser lo mismo, o si ya era tarde para probarlo, intentarlo una vez más.
Finalmente hizo un trago del pico y escupió: tenía sabor a uva vieja, la fruta alguna vez fresca, ahora rancia, vencida.
Una madrugada, el calor despertó a Mariana. A tientas, fue a la cocina, abrió la heladera y no encontró agua. La luz y el frío de la heladera se posaron sobre ella, desnuda. Miró al techo para tomar aire y encontró la botella de vino arriba. Cerró la heladera. Prendió la luz de la cocina. Destapó el corcho, recordó a Mariano y a su ridícula ceremonia de vino. Tomó la botella por la base y de un ademán tiró todo el vino por el desagüe de la pileta. Algunas gotas se resistían a la caída, aferrándose a las paredes de aluminio, pero el agua de la canilla corrió, llevándoselas. Luego Mariana mojó la etiqueta elegante, la quitó con el dorso del cuchillo, llenó la botella de agua, usó el mismo corcho y la dejó en el freezer. Cuando volvió a la cama, se durmió bajo las vueltas del ventilador.
Al despertar Mariana recordó la botella. Pero no corrió a la cocina. El frío y la noche habían hecho lo suyo y la botella se reventó, con trozos de vidrio en punta, como armas talladas durante el silencioso invierno de la heladera. Uno a uno Mariana retiró los trozos de vidrio y cuando éstos empezaron a derretirse recordó la integridad de los empleados de la basura. Entonces envolvió los trozos en papel de diario, metió todo en una bolsa negra y la colgó de las ramas secas del árbol de la vereda. Pero esa noche llovió. Y el camión de la basura no pasó. La bolsa negra quedó ahí, colgada del árbol, todo un día más, como agonía de la sentencia.
El día después la bolsa negra todavía flotaba ahí, encima de gatos abandonados que planeaban abrirla, que iban a hacerlo, pero ahora huían, al fin, espantados por las luces del camión de la basura, asustados por los gritos de los empleados de la basura, hombres dotados con la suficiente fuerza para levantar todas las bolsas negras de la ciudad, con todas las botellas, tirarlas al camión de la basura, y llevárselas a un lugar tan lejano como desconocido, toda una ceremonia entre más gritos al chofer para que acelerara, para que todo esto se terminara de una vez, para que todo el pasado se aplastara entre más bolsas negras, algunas con más botellas de vidrio, y muchas, o casi la mayoría, con las vacías de plástico.