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Un tesoro escondido en plena Ciudadela: conocemos la Fundación Miguel Lillo

En La Tucumana de Mañana, repasamos la historia del ilustre académico tucumano y el lugar que lleva su nombre: el museo con objetos personales, fotografías, mobiliario y dos maquetas, y un jardín botánico 5000 m². Por Gabriela Neme. FOTOS Y VIDEO.

26 Ago 2025 - 11:19

Desde las entrañas de La Ciudadela tucumana brota un espacio sorprendente, un oasis urbano en medio de la trama de la ciudad. En la manzana delimitada por las calles Miguel Lillo, San Lorenzo, Próspero Mena y Las Piedras se halla el sitio que vio nacer a nuestro ilustre Miguel Ignacio Lillo (1862–1931): la casa quinta donde pasó su infancia y nació su amor por la naturaleza.

Al transitar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Tucumán fue develando su personalidad extraordinaria influenciado por prestigiosos maestros, que lo acompañaron en su camino hacia la ciencia. En su derrotero resultó clave Federico Schickendantz, profesor de química y director de la Quinta Normal de Agricultura, quien descubrió en Lillo su carácter metódico y sus condiciones únicas de observador y estudioso. Fue quien lo impulsó a viajar por Europa y tras regresar en 1888 confirmó: "mi resolución está tomada. Mi vocación son las Ciencias Naturales y, entre ellas, la Botánica" (Torres, 1958). 

Desde entonces su predilección por el estudio ­en particular la botánica, pero también le atraían la química, la zoología, la física, la cartografía, la meteorología, la arqueología, la numismática, la fotografía y las lenguas indígenas­ lo llevó a convertirse en uno de los principales naturalistas de Argentina de condiciones inusuales gracias a su admirable autodidactismo, ya que no cursó estudios oficiales. Sus apasionantes investigaciones lo condujeron a viajar con frecuencia para explorar las diferentes regiones del país, pero principalmente dentro de la provincia de Tucumán para tareas de recolección y reconocimiento de la vegetación. Fue plasmando estos hallazgos en un sinfín de publicaciones a los fines de enriquecer su biblioteca, hacer colecciones, cultivar especies críticas y comunicarse con colegas locales y extranjeros.

Alternó su extraordinaria vocación científica con la docencia y la dirección de instituciones públicas: fue profesor de Ciencias Físicas y Naturales de la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi, profesor de Química y Decano del Instituto de Química y Ciencias Naturales de la UNT, miembro de la Comisión Nacional de la Flora Argentina, de la Academia Internacional de Botánica de Le Mans y de la Sociedad Astronómica de Francia.


Su extraordinaria trayectoria fue reconocida ampliamente ya que recibió múltiples reconocimientos y honores de instituciones científicas nacionales e internacionales. Asimismo fue referente de la Generación del Centenario de la independencia en la que estuvo inmerso por ser un erudito en diversas temáticas, alimentado por su amor a la Lingüística y la Literatura clásica.

Tal fue su valía como hombre y como profesional que proyectó hasta su legado ya que tiempo antes de partir, en el año 1930, donó todos sus bienes a la Universidad Nacional de Tucumán conformando las bases para la Fundación que lleva su nombre, inaugurada poco después de su fallecimiento. Allí se atesora su legado y se conservan ejemplares de árboles plantados por el mismo Lillo, más de 10 mil libros de su biblioteca personal y sus invaluables colecciones resguardadas en sus herbarios como patrimonio cultural. 

Así es como este pulmón de la Ciudadela se transformó en un remanso de paz, sabiduría y belleza, abierto a la comunidad que puede transitar libremente por su Jardín botánico de 5.000 m2 de extensión. Entrar allí es sumergirse en un microclima sorprendente, transitar un breve viaje por la exuberante vegetación nuestra selva pedemontana, entre la que se encuentran inmersas obras de arte esculpidas por prestigiosos artistas como los escultores J. Fioravanti, L. Domínguez y R. Fernández Larrinaga que le agregan un valor patrimonial cultural excepcional al sitio. Allí también descansan los restos de Lillo, cercanos a los vestigios de su casa natal, construida en adobe. 

Como si fuera poco en el predio están la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT y el Museo en donde se exhiben objetos personales, fotografías, mobiliario y dos maquetas del sabio y que, a la vez, ofrece un viaje multisensorial e interactivo por la flora y la fauna del NOA. Su rotundo éxito se demuestra en los números: recibe anualmente más de 40.000 visitas por ser un puente entre la ciencia y la comunidad.

Esta breve síntesis de la inimitable figura de Miguel Lillo y de su lugar natal, intenta interpelar a la toma de conciencia del invaluable tesoro que recibimos los tucumanos de manera gratuita. Se trata del pulmón verde y del refugio de saber de la Ciudadela, que encarna la memoria viva de una ciudad que es capaz de aprender de su historia natural y científica. El jardín botánico, el Museo, la Facultad, y el resto de los elementos insertos allí no solo constituyen un paseo, sino se instituyeron como un laboratorio al aire libre, un archivo de árboles, libros y colecciones que invita permanentemente a la comunidad a conocer, valorar y cuidar su biodiversidad. Por eso, resulta preponderante que esta manzana y su contenido sean declarados parte de nuestro patrimonio nacional. Preservarlo es preservar nuestra identidad y un futuro sostenible para Tucumán.

Repasá la columna de la arquitecta Gabriela Neme acá:


Tumba de Miguel Lillo (Foto de Gabriela Neme).


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