Todas y cada una de las figuras sagradas del folklore pasaron alguna vez por el festival de Monteros, usando de barrera cultural contra el afuera, ese amor del pueblo tucumano por disfrutar, bailar y cantar durante cuatro noches seguidas.
Foto cortesía de Pedro Guzmán.
Era el año 1965. En cada casa del país, se había improvisado un espacio de radio. Y por cada parlante, sonaba folklore. El boom social y mediático que había tenido el género, estaba en su mayor apogeo. Cosquín llevaba 4 años deleitando a su público con estrellas y figuras nacientes del baile, la poesía, el bombo, la guitarra y la voz.
En medio de la vorágine cultural, un monterizo asistió a esa locura llamada Cosquín, donde la poesía, la payada, el baile y la música se encontraban en medio de los afectos. Volvió enamorado del acervo cultural que había ganado en apenas nueve coscoínas (nueve noches de festival). Y así fue como se plantó y dijo que Tucumán tenía que tener lo mismo. Ese día nació en un corazón el Monteros de la Patria.
Foto cortesía de Pedro Guzmán.
El monterizo visionario y soñador, era el gran poeta Manuel Aldonate. Ese 1965, noviembre iba a pedirle a los grillos por primera vez, el grito del hombre zafrero. Se daba a luz de esa manera, un festival que acompañó desde el momento uno, el movimiento del Nuevo Cancionero que había nacido de la mano de figuras como Armando Tejada Gómez, Rubén Matos y con representantes del porte de Mercedes Sosa.
Foto cortesía de Pedro Guzmán.
El folkore era mucho más que acordes y estrofas. Este nuevo movimiento que la sociedad estaba abrazando, era una expresión rebelde de gritar contra la injusticia, de cantar por y para los campesinos, los obreros, los indígenas… el pueblo, en fin. El nuevo cancionero buscaba representar a las luchas sociales a través del arte folklórica, expresado en todos sus sentidos.
Entre el 17 y el 21 de noviembre, durante la intendencia de Antonio José Acosta (nombre que se repite en el escenario hasta el día de hoy), el Club Atlético Ñuñorco se colmó de músicos. En la primera cartelera, figuran en el programa desde la negra Sosa, hasta los Tucu Tucu, en mayúsculas, el grupo más escuchado de todo el norte. De la misma manera, delegaciones de distintas localidades formaron parte de este convite de gente.
El libreto del primer festival estuvo a cargo del Indio “Gallardou”, amigo de Aldonate, quien eligió renombrarse como Apachaca, que significa “Indio sin tierra”. Fue él quien bautizó este festival como “Monteros de la Patria, Fortaleza del Folklore”. La conducción estuvo a su cargo, junto a una gran figura de la locución argentina, que hasta el 2020 tuvo a cargo la conducción del evento: Julio “El Cacique” Di Palma. Un locutor tan entregado, tan reconocedor de territorio, y tan mártir, que una vez que pasó a la inmortalidad, los monterizos recibieron orgullosos sus cenizas, exparcidas en el predio del Gimnasio Municipal, lugar en donde se raliza el Monteros de la Patria desde su séptima edición.
En 1969, mediante decreto se establecía que era (y sigue siendo) propósito del superior gobierno de la provincia fomentar las actividades culturales en su más alto nivel, resaltando la importancia del folklore como acervo tradicional y como fomento a los valores artísticos del medio.
En 1970, el evento fue auspiciado por el Fondo Nacional de las Artes, la subsecretaría de Cultura de la Nación, la Dirección Nacional de Turismo, además de la Secretaría Técnica de Folclore del CPDC y la Dirección de turismo y Parques Provinciales.
Las delegaciones extranjeras también fueron parte del escenario (ahora bautizado Antonio Acosta). Sin embargo, uno de los valores más importantes del evento, es que cada uno de los artistas del folklore locales, tienen su lugar en el evento de cuatro días. Bailarines, músicos y cantantes. Todos ellos son y siguen siendo el festival.
Monteros, cobijado bajo la sombra del cerro Ñuñorco, lleva el honor de haber inspirados canciones propias, como las zambas A Monteros o La Tempranera, por nombrar las más populares, ya que es común escuchar en el escenario como se transcurre una nueva poesía tras otra en donde se engalana a la ciudad de cuatro siglos.
Foto cortesía de Pedro Guzmán. Revista Folklore.
Monteros es cuna primitiva de la historia del noroeste. En sus tierras se fundó San Miguel de Tucumán, luego trasladado a otra zona, pero dejando una fuerte impronta identitaria. Era el lugar ideal para que se preserve la historia y la cultura. Y así pasó.
Con el tiempo, la afluencia de poetas generó un nuevo espacio, ya consolidado como un gran símbolo de la cultura nacional: el encuentro de Poetas, Cantores y Cantautores Manuel Aldonate. A veces como previa del festival, a veces como un evento separado, pero siempre presente como un pilar de la resistencia cultural mediante la palabra.
No hay ninguna figura del folklore nacional que no haya pisado este escenario mayor. Desde el debut de los Saravia para los Chalchaleros en 1970, hasta León Gieco, innumerables veces Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino, una incipiente Soledad y Abel Pintos en su adolescencia, la Trova Rosarina, los Carabajal, los emblemáticos Tucu-Tucu, Horacio Guarany… en fin. Todos y cada uno de ellos han pasado.
Este 2025, el evento cumple 60 años de existencia. La única vez en que no fue realizado, sucedió en 1977, durante el gobierno de facto. Es decir, que por 59 veces (con este año serán 60), los tucumanos y tucumanas descargan y cargan toda su energía vital de raíz folklórica en un mismo evento. Con la apertura sagrada de su Banda de Música Municipal, banda de más de 150 años, la Rosa de Abolengo se abre más grande que nunca en octubre, despliega sus pétalos como frágil pero vital frontera contra lo foráneo, contra todo aquello que atente al arte nativo. Desde niños hasta adultos muy crecidos, todos aman el festival. Lo enaltecen, lo cuidan y lo protegen. Y desde el jueves 9 de octubre hasta el domingo 12, la apuesta se redoblará.
Cartelera de este año: