Desde que asesinaron a su hijo con apenas 27 años, Porota Jiménez de Bulacio se ha propuesto mantener vivo el legado artístico de La Rodo. El ejemplo de tenacidad y cariño que la ha convertido en una madre del corazón para toda la comunidad LGTB: “Donde hay amor podés soportar cualquier cosa”. Por Exequiel Svetliza.
Porota Bulacio, mamá de Rodo.
La noche del domingo 9 de marzo de 1997, horas antes de que asesinaran a su hijo, Porota Jiménez de Bulacio estaba terminando de preparar alrededor de 200 empanadas que llevaría al día siguiente desde Monteros hasta San Miguel de Tucumán. Las empanadas, repulgadas con delicadeza maternal, eran parte del agasajo con que su primogénito, el artista plástico Rodolfo Bulacio, pensaba despedir a dos jóvenes españolas que se encontraban de visita en la provincia. Ese gesto, como tantos otros -los mates cebados mientras pintaba en el galpón del Taller C de la Facultad de Artes, el pastel de bodas que preparó cuando La Rodo se casó con El Arte, la defensa acérrima de ese hijo siempre acechado por la mirada ajena-, era la muestra de un pacto de complicidad y cariño entre ambos. Porota no sabía, no tenía como saberlo, que esas empanadas se comerían entre lágrimas el día del velatorio de ese hijo que había criado y cuidado con esmero. No podía imaginarse entonces todo lo que vendría después: el abismo del desconsuelo, la llaga de la ausencia, la lucha por juzgar a los culpables y la necesidad de transformar ese dolor en un amor expansivo que le permitiera mantenerse de pie. Lo que siempre supo es que ese pacto era tan férreo, tan forjado de eternidad, que no lo iba a romper ni la muerte.
El 10 de marzo de 1997 la vida de Porota y de toda su familia se quebró. Alrededor de las 7:30, mientras alistaba para ir a la escuela donde trabajaba como docente, unos oficiales tocaron el timbre de su casa en Monteros. “Llegó la policía y me dijo que tenía que ir a San Miguel (de Tucumán) porque se había incendiado el departamento de mi hijo y a él no lo encontraban. Andaban todos sus compañeros y todo el mundo buscándolo. Me fui con Gabriel (su hijo menor), que era chico en ese entonces, y ahí me dicen que adentro había una persona fallecida, pero que no sabían quién era. Yo quería entrar a reconocerlo, pero no me han dejado… fue mi esposo… no quería que vaya él porque sabía que yo iba a ser más fuerte para afrontar la situación. Me acuerdo cuando salió, esa es una imagen que no se me ha ido nunca…A mi marido lo ha sacado la policía, medio rameándolo, porque se había desvanecido. Siempre he tenido esa necesidad de ver cómo estaba mi hijo. Eso es algo sobre lo que mi marido nunca habló, fue muy duro para él… estuvo muchos años callado”, recuerda.
Con tan sólo 27 años, Rodolfo Bulacio, un referente para toda una generación de artistas plásticos tucumanos, había sido asesinado y luego incinerado junto con parte importante de su obra en el departamento donde vivía: “En el incendio se deben haber perdido entre 70 y 90 obras. Ya estaba trabajando en otro estilo, eran pinturas más coloridas, con muchas flores, con otra temática… Había estado unos días antes con él y me había dicho ‘mirá mamá todo lo que estoy haciendo’ y me acuerdo que yo le contesté que esas obras le hubiesen gustado a su abuela, porque mi mamá le decía que ella no entendía todos esos firuletes que él hacía”. Aunque luego se descubrió que le habían robado algunas pertenencias, el fuego daba cuenta de un mensaje aleccionador. A Rodo lo mataron porque era gay y porque era artista, dos formas de desacato a las normas en aquel Tucumán conservador que tenía al genocida Antonio Domingo Bussi como gobernador en democracia. En perspectiva, el asesinato de Rodo hoy puede ser considerado como un crimen de odio, pero a fines de los noventa esa categoría jurídica aún no existía. Recién en el año 2012 -a partir de la ley Nº 26791 que modificó el artículo 80 del Código Penal- se comenzó a considerar como un agravante en los casos de homicidio el odio por la orientación sexual, la identidad o la expresión de género de la víctima.
Como si la pérdida de un hijo no fuera ya suficiente calvario para una madre, en los meses que siguieron Porota tuvo que afrontar el juicio y conocer los rostros de las cuatro personas que habían participado del crimen: “A nadie le deseo que pase por lo que yo tuve que pasar, la situación de tener al frente a las personas que habían matado a mi hijo… Los tenía ahí nomás… Juro que tenía ganas de pegarles con la cartera, pero después dije que no, que esa bronca era algo que me tenía que dejar para mí”.
¿Cuál era el vínculo de Rodo con las personas que lo asesinaron? ¿Cómo los había conocido? ¿Qué había hecho para que lo maten? En aquel entonces, el tratamiento mediático y parte de la discusión social acerca del asesinato del artista cumplían a rajatabla con esos antiguos preceptos aún no perimidos cuando se trata de un femicidio: la mirada inquisidora suele posarse en la víctima -en su vida personal, sus hábitos y su intimidad- antes que en el victimario. A la pérdida, a la ausencia y la desolación del duelo, se sumó un coro de comentarios hirientes, chimentos y juicios de valor sobre Rodo. “Una vez que pasó el juicio, por mucho tiempo no quise saber más del tema. Fue algo muy fuerte, muy duro… Fue algo que me ha costado mucho tiempo procesar, como pienso que también les ha costado a mis hijos olvidarse de todo eso. Es algo muy feo porque, al final, la víctima se vuelve culpable y no quienes han hecho esto… poco más y era la víctima la que le pedía al otro que lo mate ¿entendés?”, reflexiona Porota.
Una vez que los responsables del crimen estuvieron tras las rejas, Porota se dedicó a reunir el legado artístico de su hijo; las obras que se habían salvado del fuego y muchas otras que estaban disgregadas por la Facultad de Artes, en atelieres de amigos y en algunas colecciones privadas. “Lo que me ha llevado a mí a trabajar tantos años es que yo tengo una promesa que cumplir. Antes de que me lo lleven, yo a Rodo le prometí que iba hacer lo imposible para que él sea famoso… Yo le prometí que a su obra la iba a conocer mucha gente, en muchos lugares del mundo”, revela esa promesa que la alienta cada día a seguir trabajando en la divulgación de la obra de su hijo.
Fruto de ese esfuerzo, en 2018 se inauguró la Fundación Las Margaritas de Rodo Bulacio que la tiene como presidenta y principal mentora: “Con lo de la fundación hemos ido despacito. Al principio, se nos habría una puerta y se nos cerraban cinco. Hasta que llegó el intendente de Monteros en ese entonces Pancho Serra y me ha dicho: ‘¿Usted quiere mostrar la obra de su hijo? ¿Hacer una fundación? Yo la voy a apoyar’. Y le contesté que le aceptaba esa ayuda, pero con una condición. Si él aceptaba esa condición, muy bien, seguíamos adelante con el proyecto y sino quedábamos como amigos. Lo que le dije era que yo no iba a levantar ninguna bandera política ni con la obra de Rodo ni con la fundación. Y él lo entendió y aceptó. Lo mismo le plantee después también a Regino Amado que nos ha ayudado mucho para que podamos sacar adelante la fundación”.
Según explicó, hace unos meses que vienen trabajando para que la fundación cuente con su propio espacio en el Mercado Cultural de Monteros. Ahí no sólo funcionará la oficina de la fundación, sino que el lugar contará también con dos salas de exposiciones, una biblioteca y un café literario. Actualmente, la municipalidad está terminando las obras de infraestructura y espera que antes de fin de año el espacio pueda ser inaugurado de forma oficial.
“Gracias a Dios mucha gente me ha acompañado todos estos años desde que mi hijo ha fallecido y hemos logrado armar la fundación que para mí ha sido un milagro porque mi objetivo era cumplirle a él con eso que él quería ser. A nosotros nos ha quedado un viaje trunco porque él siempre me decía: ‘Cuando yo sea famosa las dos vamos a ir a recorrer el mundo’ Por suerte, en los últimos años lo han conocido a él y a su obra en Berlín, en España y en muchos otros lugares… Esa es mi mayor satisfacción, pero todavía no está terminada mi promesa. Esa se va a cumplir el último día de mi vida”, revela Porota emocionada los términos de ese pacto que la une a la memoria de su hijo. En Porota y gracias a ella, Rodo continúa por siempre vivo.
Porota: la mamá de Rodo, la mamá de todxs
Desde muy pequeño, Rodo fue definiendo una personalidad de niño inquieto. Ya en la escuela comenzó a representar sketchs para sus compañeros, a organizar los desfiles y la ornamentación de los actos escolares. Con su experiencia como maestra, Porota lo incentivó a cultivar esas inquietudes artísticas que manifestó desde muy temprano y Rodo empezó a participar en talleres y concursos de poesía y pintura. Rodolfito era una luz en la escuela, tanto que optaron por adelantarlo de curso: “Un día me llama la maestra del jardín y me dice que no lo aguantaba a Rodolfito, que no la dejaba dar las clases porque ya sabía los contenidos, que estaba perdiendo el tiempo porque se aburría y ahí decidimos anotarlo en la primaria”.
Al ingresar a la secundaria, esa condición de niño histriónico y proactivo pronto se tradujo en rebeldía. Fue también en ese momento, aproximadamente a los 14 años, donde comenzó a definir su identidad de género. Ese gusto por los zapatos de plataforma, la ropa estridente y las lentejuelas lo volvieron un blanco fácil de la maledicencia en esa ciudad con alma de pueblo chico que es Monteros: “Una vez tuve una desilusión muy grande con una compañera de la escuela donde trabajaba por unos comentarios que hizo sobre mi hijo. Ese día, cuando llegué a casa, le dije: ‘Mirá Rodolfito, tratá de no ser tan exagerado en tu vestimenta’. Y él me contestó: ‘¿Por qué, mamá? ¿Te han dicho que yo soy puto?’. Juro que me han corrido las lágrimas y, al verme así, él me dijo muy seguro: ‘Mirá mamá, yo soy yo, no soy otro. A mí no me importa lo que digan, todo me resbala…’. Y era verdad, a él nunca le ha importado absolutamente nada de lo que digan de él. Siempre se imponía y estaba firme en lo que quería. A veces, cuando salía de la casa, yo me quedaba mirándolo desde la puerta y me daba la impresión de que él caminaba a paso fuerte, firme, como diciendo ‘nadie me va a contradecir en lo que hago’. Y eso que mucha gente lo criticaba por cómo se vestía o porque se pintaba las uñas”.
“Desde ese momento yo me aferré más a él porque la gente es bastante mala y, cuando hay prejuicios, dice cosas que son muy duras. Como madre vos siempre tenés que defender a los tuyos. Yo nunca me avergoncé con él. Una vez hemos tenido una conversación de madre e hijo y nos hemos entendido a la perfección. Me acuerdo que le dije: ‘Yo te acepto como sos porque sos mi hijo y en lo que necesites te voy a ayudar’. Y él me contestó: ‘Yo desde este momento siempre cuento con vos’”, relata Porota.
Como una madre que teje pulóveres, ella fue tejiendo esa coraza de cariño y contención en torno a su hijo. Sin embargo, el odio en su expresión más virulenta y asesina terminaría arrebatándoselo. La respuesta de Porota podría haber sido el rencor, la bronca y la antipatía por los demás y por ese mundo que le había quitado lo que más quería, es decir, más odio. Pero decidió transformar esos sentimientos en amor. No fue fácil, tuvo que aprender a amar en la ausencia y a que todo ese amor que tenía para dar no se agotara en ese hijo que ya no estaba: “Pasaron como cinco años después de muerto Rodolfito y todo era Rodolfo, Rodolfo, Rodolfo… todo era para él, prácticamente vivía para él. Un día vino Gabriel, mi hijo más chico, y me dice ‘Mamá has vivido toda tu vida para Rodolfo, pero él ya no está y lo tenés que dejar ir porque no podés seguir viviendo la vida de Rodolfo y olvidarte de todos los que seguimos acá’. Eso fue algo que me ha llegado mucho, no es que me estuviera reclamando que descuidaba a los demás, pero tenía razón y, si ellos no me hubiesen hablado como hijos, quizás nunca me hubiese dado cuenta. Una madre que pierde a su hijo muere con ese dolor, pero una no puede encerrarse en el dolor. Este dolor no se va a terminar, pero tengo que aprender a vivir con él y darle amor a mis hijos y a mis nietos y, en especial, a las personas que son parte del colectivo de la diversidad sexual… Hay muchas personas que necesitan un consejo, una palabra de aliento”.
Porota junto a su familia
Quienes han tenido el privilegio de conocer a Porota Bulacio pueden dar fe del aura de profunda ternura que la rodea. En la amabilidad y en la paz que transmiten sus palabras, en el cariño puesto en el trato, en el cuidado hacia el otro está cifrado ese lenguaje del amor que conmueve. A sus 85 años y con algunos achaques propios de la edad, Porota hace de tripa corazón para escuchar y aconsejar a los demás: “Siento que lo que he sembrado todo este tiempo tiene mucho valor. Recibo muchos mensajitos y llamadas de padres que no saben cómo actuar cuando sus hijos les revelan su condición sexual. Hoy los tiempos han cambiado y son cosas que, si bien no se hablan mucho, sí se hablan. Hay padres a los que se les abre el corazón y gente que reacciona bien y comprende, pero hay muchas otras personas que no, que son muy cerradas. Con Rodolfo tanto era lo que sufría él como sufría yo cuando veía a mis compañeras que susurraban a mis espaldas, hablaban cosas que no eran y eso duele…a veces la gente es mala. Por eso a las madres siempre les he dicho: una madre no puede dejar abandonado a un hijo en ninguna condición. Hay que estar a la par de ellos, acompañarlos, darles buenos consejos y que ese consejo que vos das que sea con mucho amor porque, donde hay amor, podés soportar cualquier cosa. Nunca los dejen solos a sus hijos… hay chicos que se han suicidado porque sus padres no los entendían”.
Así como La Rodo se ha convertido en un emblema y en una bandera en la lucha por los derechos de las diversidades sexuales, Porota oficia de madre putativa para los miembros de la comunidad LGTB: “Yo pienso que Rodo desde donde está bendice y protege a todas las personas de la comunidad porque él ha sufrido mucho en su momento. Pienso que la gente lo va a seguir recordando cuando yo no esté, sé que hay personas del colectivo que enseñan sobre la vida de él y lo hacen conocer. A mí hay mucha gente de la comunidad que me ha adoptado como una madre y yo también los quiero muchísimo porque lo hacen de corazón, con mucho amor, y porque lo han querido mucho a mi hijo”.
“Creo que todos los días son el Día de la madre. Siempre una madre tiene algo para luchar por sus hijos, debe ser muy rara la madre que no tenga un día que velar por sus hijos. Me gustaría saludar a todas las madres con un gran abrazo imaginario y decirles que no dejen de brindarles amor a sus hijos, que no los descuiden y sigan adelante porque es lo más bello que tenemos y todos los hijos son iguales; todos tienen un corazón en el cual su mamá es lo más grande existe”, comenta esta madre que en junio pasado fue declarada como mujer destacada de la cultura de Monteros por el municipio.
¿Cómo convive esa profecía de amor con la tiranía de estos tiempos donde el odio se ha apoderado del lenguaje político en las más altas esferas del poder ejecutivo nacional? ¿Cómo puede el amor contrarrestar la avanzada de ese odio que se expande como un virus entre distintos sectores de la sociedad? ¿Cómo hacer que el amor, finalmente, logre vencer? Porota arriesga una respuesta: “Se tiene que acabar el odio para que la gente sea mejor. Pienso que los distintos grupos de la comunidad tienen que unirse a conversar con intensidad para tratar de sacar lo mejor y así se va a lograr algo más grande. Hay que terminar con el odio porque el odio es muy mal consejero, hay que buscar siempre la amistad, el amor, el cariño de las personas…Hay personas que tienen más actitud para atraer a otras personas, hay que buscar a esas personas para sumar y que la unión sea la base”.
En Porota el amor vence al odio. Su vida y su obra, su palabra y su ejemplo revitalizan ese antiguo slogan que hace ya tanto suena a una consigna naif, cansada y derrotada. Esa vieja canción, malograda como axioma y plan de acción porque el odio parece haberse llevado puesto al amor para imponer los tonos de esta era cruel, en Porota vuelve a sonar y recupera su potencialidad política. En Porota el amor siempre triunfa y esa es una necesaria pulsión de futuro; una invitación irresistible a querer y a creer.