Maradona eterno

“Quiero que lo sigan recordando”: Diego vive en el corazón de Martín y en su santuario maradoniano

Aunque a simple vista parece un maxikioco, en Barrio El Bosque funciona un templo de la devoción maradoniana que guarda algunos tesoros incunables. Martín Rotger es un fanático bien manija, un loco enamorado, un profeta del Diego en Tucumán y esta es su historia de amor eterno. Por Exequiel Svetliza.

30 Oct 2025 - 13:35

Martín y Diego, un amor para siempre.

En los techos y en las paredes está El Diego. En las pizarras que ofrecen fiambres y café al paso está El Diego. En el freezer de los helados está El Diego. En los tachos que hacen de mesas en la vereda y en las macetas sobre los tachos que hacen de mesas está El Diego. Entre los estantes de bebidas y sobre las heladeras exhibidoras está El Diego. En el televisor siempre prendido está El Diego. En las remeras que Martín usa cada día, en las ojotas que calza, en las toallas con las que se seca, en el desodorante que se pone para las celebraciones importantes está El Diego. En los recortes de diarios y revistas que atesora, en sus alegrías más alegres y en sus tristezas más tristes, en su infancia, en su presente y en la descendencia que continuará con su apellido está El Diego. El Diego de rulos frondosos de Los Cebollitas. El Diego épico de México 86. El Diego del tobillo hinchado en Italia 90. El Diego de barba entrecana que dirigió la Selección. El Diego del último regreso con la camiseta de Boca. El Diego con la copa del mundo. El Diego con un pocillo de café. El Diego transpirado en el carnaval brasilero. El Diego niño. El Diego joven. El Diego ya maduro. El Diego esbelto. El Diego gordo. El Diego rubio. El Diego en blanco y negro. El Diego a colores. El Diego llorando. El Diego riendo. Todos los Diegos posibles acá, allá y en cada rincón de este templo de Barrio El Bosque disfrazado de drugstore. Acá y en el corazón de Martín Rotger donde siempre estuvo y donde seguirá por siempre en la vitalidad perpetua de un amor forjado de eternidad. 

Los dioses mundanos, los dioses del pueblo, no necesitan de tanta pompa ni ornamentos ni mayores oropeles. No precisan abrigarse bajo los techos de oro del Vaticano porque ellos se dan maña y se acomodan en cualquier rincón donde la gente les dé cabida. Una pila de diarios y revistas o un viejo cajón de cerveza Norte puede ser el más sentido de los altares. Cualquier lugar, cualquier camino, que tenga corazón. Para los herejes de toda fe popular, el Maxikiosco El Diego de Marcos Paz 1918 no es más que un almacén polirubro. Para aquellos que han hecho de Diego Armando Maradona el más nuestro de los héroes y el más humano de los dioses no es otra cosa que una mezquita maradoniana. El futbolero lo entiende, hermano. Quien quiera creer que crea. Y quien quiera querer que quiera. 

Ahí funciona el templo que Martín levantó hace ocho años. Aquí, en el corazón de barrio El Bosque, nació y se crio este hombre que ahora tiene 51 años, un tatuaje del Diego en cada brazo, y toda una vida alentando a Central Norte. Martín no es un monje, pero lleva siempre su hábito: una remera, una campera o un buzo de Maradona. Esta tarde lleva puesta una remera blanca con la imagen icónica del Diez y una consigna que reza “Justicia por D10S”, pero podrían ser muchas otras de entre las más de veinte que luego me mostrará con orgullo en el comedor de su casa. “Tengo remeras para tirar para arriba… tengo medias, calzoncillos, desodorante, ojotas, tres toallones… Yo uso todo del Diego, cuando salgo a bailar o cuando voy a algún lado, voy con la ropa del Diego. Para los 25 de diciembre y los primeros de enero no hay una vez que no estrene una remera del Diego”, confiesa.

Martín no es ningún profeta, pero habla siempre con fervor del Diego. Los ojos le brillan con un fulgor de fiebre y las palabras se le atropellan cada vez que lo nombra. Para cualquier abuela o anciana sabia esa es una señal inequívoca de que se trata de un hombre enamorado. Y no le erraría. Cuando Martín habla del Diego entra en una especie de trance donde cada palabra carga con el peso específico que le imprime una pasión desbordada y autoevidente: “Me encanta hablar del Diego, me encanta conversar sobre él… que me digan cuántos goles ha hecho, las cosas que ha hecho… porque capaz que así te enterás de cosas que vos no sabías sobre él si es que no leíste un libro o viste algún video. A mí me gusta juntarme con gente que hable ese mismo idioma. A mí no me gusta que lo critiquen, a mí que no me hablen mal de Maradona… Yo, en esos casos, para no pelear, me doy la vuelta y me voy… porque has visto que no faltan los que te quieren hacer la contra, que te quieren hacer enfermar… Ya he vivido todo eso cuando era chico y me quería pelear con todo el mundo, ahora ya no. Lo que hago es preguntarle la edad y, si no lo ha visto ni lo ha vivido al Diego… ¿Para qué? Con esa gente no puedo hablar ni conversar”. 

A los 18 años ese amor por el ídolo se volvió una forma de obsesión por coleccionar todo lo referido a Maradona. “Buscaba en todos lados y lo que encontraba del Diego me lo compraba”, revela y una caja repleta de recortes de diarios y revistas con el futbolista como protagonista da fe de esa acumulación maradoniana. Posters, cuadros, revistas, ropa, libros, videos en VHS, muñecos, monedas, medallas y relojes, entre otros objetos, integran ese prolífico tesoro personal que permanecía guardado en una de las habitaciones de su casa. Como para un maradoniano no hay nada mejor que otro maradoniano, sintió la necesidad de compartir ese tesoro con otros fieles del credo y fue haciendo de su negocio un museo con aura de santuario: “Tenía todo en una piecita, pero yo quería que todos lo vean para que lo sigan recordando y lo sigan viendo al Diego presente ¿me entendés? Que él siga estando y que lo sigan comparando, si lo quieren comparar, pero que lo sigan viendo y que vean todo lo que hace uno por alguien que quiere, como hago yo con Maradona”. 

Las paredes y el techo del drugstore de Martín están empapelados con posters y páginas de diarios y revistas con distintos momentos de la carrera deportiva del astro. También hay fotos antiguas –algunas en blanco y negro y otras a color- con las formaciones de distintas selecciones que integró Maradona, entre la que se destaca una de Diego junto al jugador tucumano Juan José Meza cuando ambos integraban el seleccionado juvenil que se consagró campeón mundial en Japón en 1979. También hay una silueta en tamaño real que los visitantes suelen elegir para sacarse fotos y hasta una fotocopia original de un parte médico de la Clínica Suizo Argentina donde Diego estuvo internado en abril de 2004. A lo largo de los años, el kiosco-templo-museo se ha ido enriqueciendo con los aportes de visitantes ocasionales que le dejan sus ofrendas: “La gente pasa por acá y me regala cosas del Diego… tengo cuadros, dibujitos que me dejan los chicos… Muchos vienen y se sacan fotos con el Diego que tengo ahí afuera y se quedan un rato a charlar de Maradona conmigo”. 

Arriba de una heladera exhibidora de bebidas descansa una especie de pecera que protege una serie de objetos maradonianos entre los que hay varios muñecos, un reloj y un desodorante con la marca del Diez. Pero hay uno que se destaca del resto y que constituye el máximo tesoro de Martín: un ejemplar del libro autobiográfico de Maradona “Yo soy el Diego de la gente” con la firma del ídolo; una especie de viejo testamento para la liturgia maradoniana. “Muchos de los que entran acá se emocionan, otros dicen ‘eh mirá tal o cuál foto… mirá todo lo que tiene’. Como será que la mayoría ni se da cuenta que el libro está autografiado por Maradona. Creo que a la gente le gusta porque yo no he visto otro lugar así como este… Y si tuviera más plata, haría muchas más cosas”, comenta con orgullo evidente. 

“Maradona venía a Tucumán con el showbol a jugar en San Martín y salgo temprano del trabajo, voy a mi casa, lo busco a mi hijo, a Dieguito, le pongo una remera de Argentina con la cara de Maradona y yo voy con una camiseta de Argentinos Juniors… ahí cargo el libro, la remera de la despedida de Diego y un felpón y me voy el Gran Hotel de Tucumán”, comienza a relatar cómo fue aquella jornada en la que logró la firma del Diez. Al llegar al hotel se dio con una multitud que esperaba detrás de las vallas y, cuando parecía imposible llegar hasta el ídolo, un amigo que trabajaba como camarógrafo de Canal 10 logró hacerlo pasar hasta el lobby. 

“Me acuerdo que había un chico con un cartel que decía ‘Lo único que quiero antes de morir es una foto con el Diego’ y Maradona cuando lo vio hizo una seña para que lo dejaran pasar. Y cuando entré al hotel lo primero que hice fue buscar al chico ese que estaba ahí con la bandera para agarrarlo cuando se sacara la foto con él. Han empezado a bajar los jugadores, estaban Almeyda, El Turu Flores, Lalo Maradona… pasaba el tiempo y yo creía que ya no me lo iba a firmar al libro y justó bajó el ascensor y salió Diego… ahí lo alza a mi hijo, lo besa, me lo da de nuevo y ahí logro darle el libro para que me lo firme. Esa fue una suerte… no me olvido más porque un segundo después entró un montón de gente y se armó un lío bárbaro”, remata la anécdota. 

El dramaturgo español Jacinto Benavente dijo alguna vez que en asuntos del amor son los locos los que tienen más experiencia y Martín es un maradoniano enfermo. Un fanático bien manija. Un loco profundamente enamorado. Como tal, hizo lo que todo buen maradoniano haría para transmitir su legado de amor a las futuras generaciones: bautizar a su hijo con el nombre del ídolo. Así recuerda el episodio en que logró cumplir ese gran anhelo sin que su esposa se entere: “Mi hijo se llama Diego Armando. Cuando él nace estuvo un tiempo en neonatología y vino la enfermera con la carpetita a ponerle el nombre, entonces me pregunta cómo se iba a llamar. Y la verdad es que él se iba a llamar Diego Martín. Diego, por Maradona, porque ya estaba charlado que iba a ser así, y Martín por mí. Pero ahí le digo a la chica que venga hasta la puerta un segundito porque justo mi señora estaba conversando con el padre, entonces le digo ponele Diego Armando y andá nomás, no digas nada… Mi señora se enteró como a la semana cuando venía a ver a mi hijo. Ahí me pregunta: ‘¿cómo le has puesto?’ Y Diego Armando ¿cómo más le iba a poner? Ha sido toda una discusión después, pero ya estaba el nombre puesto”. 

Para mí el 30 de octubre es una fecha sagrada. Yo hice hacer un banner especialmente para el cumpleaños de Diego que lo saco siempre para esta fecha y que dice ‘Te voy a extrañar toda la vida’. Diego significa mucho, es todo para mí”, sintetiza cómo vive esta fecha en la cual los fieles de todo el mundo conmemoran el cumpleaños de Maradona; una festividad conocida entre los fieles como la navidad maradoniana. Un ritual que todos los fanáticos del Diez repiten año a amo y que, tras la partida de Maradona, se ha convertido en una forma de homenajearlo y de mantener siempre viva su memoria: “Nunca lloré tanto como cuando se fue Diego… Ahora me pasa que por ahí te vuelve esa nostalgia de que ya no lo ves más, por eso yo trato de estar todo el tiempo en el grupo de WhatsApp que tenemos con otros maradonianos, veo videos, veo esto, veo lo otro y, cuando llego al negocio, pongo sus goles para no olvidarlo nunca… Eso ni a palos, olvidate, lo tengo siempre presente”.  

Como un rescoldo que se mantiene por siempre encendido, tras la partida de Diego, su llama vital continuó en los corazones de la grey maradoniana y tomó la forma de una doctrina –filosófica, política, espiritual y existencial- que lo trasciende: el maradonismo. Legado de amor colectivo, expresión genuina del subsuelo sublevado de la patria, cifra exacta de nuestras penurias y esperanzas, el gran relato de un país y sus sueños de grandeza. El maradonismo es una rebelión patriótica y humana; una forma de sentir y construir lo nuestro: “Ser maradoniano es para mí como un sello porque nosotros tenemos ese sello de haber conocido a Maradona, de entender que Maradona es de acá, de Argentina. Hay muchas cosas que nadie sabe de Maradona... que hacía partidos a beneficio, que venía uno y le pedía plata y él le daba, que venía el otro y lo hacía operar... Maradona representa al argentino, representa eso de jugar en cualquier cancha, bajo la lluvia y en el barro… eso que no hay ahora… representa el que te dice las cosas, el que no se calla, el que no le tiene miedo a nadie. Esas son cosas que no las hace nadie y eso era Maradona, por eso nunca habrá nadie como él”. 

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