Después de la Noche de Brujas, te contamos sobre la mujer tucumana que fue quemada en una hoguera, acusada de haber encantado a sus patrones.
Yo no creo en las brujas, pero que las hay, las hay. Para hablar de esta historia que marcó durante una época a Tucumán, es necesario contar primero qué significó la inquisición. Ampliamente hablando, se trató de un tribunal que investigaba y juzgaza a personas acusadas de hechicería, herejía, o prácticas contrarias o que afectaran a la fe cristiana.
Este proceso fue una norma social entre los siglos XVII y XIX, y se cobró muchísimos juicios y muchos castigos. Algunos con evidencias fuertes, y otros, totalmente infundados. Las penas para los declarados culpables podían variar desde castigos humillantes, hasta castigos más severos como la flagelación, multas económicas, confiscación de bienes, prisión y, en algunos casos, la muerte.
La historia de este fin de semana marcado por la ritualidad esotérica en el mundo, (algo que sucede entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre), es más que acorde a la fecha. Hoy te vamos a contar la historia de Inés negra, una afrodescendiente tucumana que fue juzgada, condenada y quemada en la hoguera por hechicería. Juan Bubello, director del Centro de Estudios sobre el Esoterismo Occidental de la UNASUR (CEEO)-organización académica independiente afiliada a la European Society for the Study of Western Esotericism, en entrevista con National Geographic, remarcó que “El juicio de Inés se caracterizó por la brutalidad excepcional de la pena impuesta (la hoguera) y sería el primer caso documentado de pena de muerte por hechicería en las tierras que luego serían la Argentina”.
Y es que esta historia sucedía cuando Argentina todavía formaba parte del Virreynato del Río de la Plata. El de Inés es el primer relato que la autora de “Con poco temor de Dios”, Milagro García Marengo, utilizó para abrir dicha publicación del 2024. En este libro que forma parte de la colección “Historia Cultural de Tucumán” perteneciente al Archivo Histórico de la provincia, se relata de primera mano y con una interpretación literaria de los hechos, cuatro casos en donde la justicia actuó contra mujeres acusadas de criminales, entre los siglos XVIII y XIX. Aquí se detalla el proceso judicial contra Inés, la negra Inés, o Inés Negra, como figura en las actas del proceso.
Nos trasladamos hasta el año 1703, cuando don Francisco de Luna y Cárdenas, dueño de la Estancia de Bartolomé de Barrio Nuevo (actual capital tucumana), acusa a su propia esclava de “hechicería y encantamiento”. De hecho, bajo esta materia está caratulada la causa en los estantes del Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán.
Una mañana, don Francisco se levantó muy afiebrado. Recientemente habían muerto dos de sus hermanas, y también sus padres, todos con una fiebre que nunca pudieron apaciguar. A su vez, su esposa Isabel también compartía estos síntomas. No cabía duda: estaban siendo víctimas de hechicería.
En sus tierras, el estanciero tenía a cargo a la esclava con mayor fama de hechicera de la zona: Inés. Las habilidades mágicas de esta mujer negra de unos 53 años de vida, eran de público conocimiento. Solo hablaba su lengua africana y quechua, el idioma extendido para indígenas y mestizos en esa época. Necesitó de un traductor para declarar que había sido una mestiza llamada Reyna la que la acusaba de hechicería, la misma mestiza que le había matado un hijo a Inés, según declaró.
Entre los testigos de las habilidades de la esclava, hubo vecinas que no dudaron ni un segundo en incriminarla, y en culparla de otros casos de hechicería, como la muerte de la mujer de Simón de Ybarra, un vecino. Inclusive un médico contratado por Luna y Cárdenas declaró que lo que vio en casa del estanciero, no podía ser explicado por la ciencia: pidiendo una cuarta de jabón y cocinándolo en una paila con agua, al enfriarse se convirtió en un tipo de leche cuajada, algo extraño. Por otro lado, hizo una prueba con la orina de su esposa, que tras depositarla en una bacinica de barro, le rompió un huevo crudo adentro, el cual se fue hasta el fondo.
Otros testigos que sirvieron para reforzar la sentencia de la negra Inés fueron Bartolomé y Cristóbal, dos indios de la encomienda de Francisco, quienes declararon que lo acompañaron durante una deposición fecal, para acercarse a la bacinilla y comprobar que lo que había expulsado su amo eran huesitos de sapo, palos de yerba, y botones de azahar.
La acusada tuvo una defensa: Antonio de Alurralde. Era un vecino cristiano, compasivo e inteligente. Más no sirvió de nada cuando todas las pruebas señalaban a la mujer como culpable. Ni siquiera sirvió al tribunal la apelación de Alurralde al declarar que Inés había criado a Francisco y a sus hermanos, representando una figura casi materna para ellos.
En el alegato final de don Francisco, en donde acusa tajantemente a su esclava, declaró que el doctor don Juan de Vargas Manchuca apoyaba su teoría de que la enfermedad que él y su esposa padecían y que les hacía expulsar “inmundicias” del cuerpo, no era producto sino del arte diabólico.
Con el fetiche que caracterizaba a los procesos inquisitorios, Inés fue llevaba al potro, un elemento clásico y cruel de castigo en estos casos. Fue azotada y torturada para lograr una confesión, algo que habitualmente se conseguía cuando el sufrimiento se hacía insoportable. La tucumana confesó haber matado con hechicería a la mujer de Simón de Ybarra, como así también contó que el demonio se le había presentado vestido como español y que le había intercambiado el arte de la hechicería por su alma. Confesó a su vez, que el demonio le hablaba las veces que quería, y que este intercambio había tenido lugar en Santiago del Estero.
A su vez, inculpó a –por lo menos- dos indias: una en la muerte del padre de don Francisco, y a otra en el encanto a su señora esposa. En cuanto al trabajo que mantenía a sus amos enfermos, Inés desenterró un sapo, para señalar su vientre y decir que adentro del animal estaba el maleficio. La solución era dejar al sapo en la cabecera de la cama del matrimonio, dentro de un cántaro. Y así se hizo.
Las actas confirman que del animal salieron expulsadas sustancias como tabaco, una flor, y tres cabellos iguales a los del enfermo. Esta fue la sentencia de muerte para la esclava. El castigo: ser paseada por las calles públicas de la ciudad de Tucumán acompañada del grito del pregonero en cada esquina “Quien tal hace, que tal pague”, como una manera de aleccionar al pueblo. Luego del humillante paseo, debía ser llevada a un espacio lejano en donde había que darle con un garrote hasta la muerte, o hasta un estado de inanición. Luego, la hoguera. Y así sucedió, pues el cuerpo de Inés Negra fue consumido por las llamas.
El caso de esta bruja autóctona, fue el primero de sentencia de muerte por hechicería en lo que es la actual Argentina. Un caso que poco después y hasta la actualidad fue catalogado como excesivo y cruel.
Las mujeres hechiceras existieron en un pasado, a pesar de lo crudos castigos en su contra, a pesar de la cacería. Y persisten en el presente. En la actualidad, quienes practican este tipo de encantamientos o hechizos, (para bien o para mal) encuentran un amparo en la justicia, ya que la Libertad de Culto es protegida por el Artículo 14 de la Constitución Nacional, y por la Ley 21.745. En estos tiempos, Inés no habría sido golpeada con un garrote, ni tampoco quemada en la hoguera. Sin embargo, la mirada juiciosa y los modos aleccionadores todavía se ejercen sobre el cuerpo de las mujeres, inclusive en las mágicas tierras del Tucumán.