Desde la instalación de una maderera, un empresario intendente, hasta la devoción a la santa peruana... el pueblo monterizo cuenta con una sentida vida azucarera: quién fue el hombre cuyo nombre parece desentonar en el criollo paisaje de Tucumán.
Con mirada nostálgica, Mónica mira los vestigios del lugar que pertenecía y a la vez le era totalmente ajeno al pueblo: un lujoso chalet francés, que curiosamente no parecía nada desubicado en medio del campo tucumano: “Ellos eran ricos y vivían con lujos, para la gente con solo mirar desde afuera e imaginarse el adentro era suficiente”.
Los restos del Chalet de los Rougés - Noviembre de 2025.
Bajo la sombra de frondosas tipas, floridos ceibos, prehistóricos helechos, se erige un pueblo que contrasta una historia que mezcla opulencia, derrumbes, esperanza, y fe. Se trata de León Rougés y Santa Rosa. Un pueblo que conectó por solo metros a la clase obrera y a una sociedad rural con las opulentas edificaciones de una familia de ascendencia europea, en fábricas, emprendimientos, parques artificiales y hasta una casa de lujo, abarrotada en muebles franceses. De ese hogar, hace poco más de un mes que solo quedan escombros. Con el derrumbe de la última casa lujosa del pueblo, el ascetismo de su patrona espiritual parece acompañar el estilo de vida sencillo y tranquilo que caracteriza a la mayoría de sus vecinos.
Quien maneja por la Ruta 38 hacia el sur conoce la sensación: el monte que se abre, el olor a caña, el verde que se espesa en los bordes. Y, de pronto, un cartel que desentona en medio de nombres criollos o autóctonos como Lules, San Pablo, Monteros, Acheral, Famaillá: “León Rougés”. Un apellido francés clavado en el corazón tucumano. ¿Cómo llegó un paraje rural a llevar un nombre que sabe a nieve de los Pirineos y a madera?
Para eso, tenemos que cruzar el charco y ubicarnos en Boutx, Francia. Pensemos en un paraje pequeño, un caserío que hoy en día podemos calificar de ensueño, ubicado en los medio-pirineos franceses. La ciudad grande más importante que tiene cerca es Toulouse. Entre helados paisajes de montaña, rodeada de altísimos picos nevados, tenían su vida una decena de familias cuyos apellidos ya son parte de la historia de Tucumán, como los Rougés, y también los Nougués.
En este pequeño poblado donde predominan los techos de tejas negras con pendiente (para que resbale la nieve), Marc Rougés y su esposa Thérése Nogués formaron su estirpe, de donde nació León Rougés. Therese tenía un hermano, Jean, que se había mudado al norte de Argentina, en donde había fundado una fábrica azucarera en un lugar llamado San Pablo. Jean Nougés, instalado en Tucumán y casado con doña Josefa Romero, falleció demasiado joven. No cabía duda: el hombre ideal para ocupar el lugar de Jean en su empresa azucarera era su sobrino León, quien ya tenía 28 años cuando abandonó por siempre su pueblo natal y desembarcó en el puerto de Buenos Aires.
Un dato de color: Villa Nougués es una pequeña réplica de Boutx.
León Rougés. Ilustración en grafito, iglesia de Santa Rosa.
Era el año 1861, y en medio de la humedad tucumana, vivenciando un clima, un lugar y una idiosincrasia totalmente ajena a la que se había acostumbrado, León tuvo la ardua tarea de tratar de conjurar los desastres causados por la falta de agua, las heladas y el fuego en esa temporada. Esto lo resalta Inés Rougés, descendiente directa de León, en su publicación del 2001 “Santa Rosa, un ingenio modesto pero honorable”.
Fueron años de arduo trabajo y crecimiento para el ingenio San Pablo, en medio del cual el francés conoció el amor en una sobrina de su tía política, Mercedes Mañán, con quien se casó en 1878. Con el prestigio y el trabajo de los años, pasó a integrar la primera sociedad constituida por los propietarios de San Pablo, “Nougués hermanos y compañía”.
¿Qué característica del departamento Monteros habrá inspirado, poco tiempo después en don León, la idea de comprarse algunos terrenos allí? ¿Será la frondosidad de su selva? ¿Será su cercanía a los cerros del Aconquija o del Ñuñorco? ¿Será la fertilidad de sus suelos? No se sabe, pero la verdad es que el francés se enamoró de unos campos llamados “de Santa Rosa”, y los compró.
Si usted visita Ibatín, se encontrará con una puerta al pasado, ya que el espacio guarda entre los susurros de sus frondosas tipas el recuerdo del primer San Miguel de Tucumán fundado en 1565. Con la protección estatal y la instalación del MACAI (Museo a Cielo Abierto de Ibatín), el espacio protege de alguna manera el paisaje natural y real que es la yunga tucumana. Este terreno verde y paradisíaco, es el mismo que se presentó ante los ojos del francés en el momento más activo de su vida laboral… ¿Cómo no enamorarse?
Estas tierras habían sido otorgadas en junio de 1785 a don Pedro Gómez, y fueron sus nietos quienes reclamaron los terrenos hacia principios del siglo XIX, para luego venderlas cuando ya eran conocidas como Santa Rosa para esa época, a don José Félix Álvarez, terreno que fue delimitado mediante Agrimensura Gral. de la provincia de Tucumán, dejando en claro que para la época en que las adquirió Rougés, el territorio limita al sur con las tierras conocidas como Amberes, al norte con el río Pueblo Viejo , al oriente con Nacchi (Huasapampa), al poniente con tierras de Los Rojos, y al naciente con las tierras de don José Álvarez. Quien vendió oficialmente las tierras a don Rougés fue Rosario Álvarez de García, descendiente directa de don José Félix, allá por 1881. En estos terrenos estaba incluida la antigua ciudad de Ibatín, primera locación de la capital tucumana. Todavía hoy este sitio fundamental de la historia argentina pertenece a la comuna rural de Santa Rosa.
Cuando León comenzó a proyectar y soñar en Santa Rosa, ya era reconocido en su papel de hombre de la ingeniería y del avance. Había construido mediante contrato con la Municipalidad de San Miguel de Tucumán el Canal del Oeste o acequia del Duraznito, tomando el agua de un afluente del Río Salí que corría al norte de la capital, encausándolo primero hacia el sur y luego hacia el oeste. En el ingenio San Pablo, había dejado boquiabiertos a todos con la incorporación de la energía hidráulica para la producción a gran escala. En Monteros dirigió la construcción de un canal de dos leguas que todavía atraviesa la ruta 38.
Contaba también con un molino harinero, un aserradero que explotaba tipas, nogales, y demás árboles autóctonos. Para esta tarea, contaba con un gran equipo de obreros, la gran mayoría habitantes y peones de las tierras de la zona. Con el desmonte propio que requería el aserradero, las tierras comenzaron rápidamente a ser trabajadas para la plantación de caña de azúcar. Ya Monteros contaba con dos ingenios para 1884, la Providencia, y el Santa Lucía. La caña era el negocio del momento, y poco a poco comenzaban a formarse y a nacer pequeños poblados abarrotados del dulce y crudo aroma de las cañas.
Mónica me acompañó hasta el frente del chalet demolido. Juntas podemos sentir la humedad y los bichos de la siesta tucumana, apreciando a su vez algo que ya es típico de nuestros paisajes: un Ingenio que desde lejos (y un poco desde cerca) es un monstruo de hierro, óxido y metal. Irónicamente, de ese paisaje tan hostil, se producen los más dulces productos, amores, pasiones. Santa Rosa no iba a ser la excepción: desde Francia en barco hasta Argentina y luego en ferrocarril hasta Simoca, se trasladaron las maquinarias necesarias para la instalación de la fábrica azucarera que el francés había comenzado a soñar.
Ingenio de Santa Rosa, hoy.
Mientras la fábrica de azúcar comenzaba a tomar forma en un paraje rural fértil y de paisaje edénico, a una distancia de 60 kilómetros, en el corazón de la capital tucumana, en la esquina de Combate de las Piedras y 9 de Julio, donde hoy se erige el edificio central del Instituto de Previsión Social de la Provincia (o Subsidio de Salud), vivían los Rougés-Mañán. La fertilidad de Santa Rosa los había contagiado y se habían convertido rápidamente en padres de León, Alberto y Marcos.
En esta propiedad céntrica, además de la casa familiar, funcionaba la sociedad “León Rougés y compañía”, integrada por León y sus sobrinos venidos de Francia: Bernardo Medán Rougés y Carlos Rougés. Esta idea nació a partir de la independencia que tomó el francés de la empresa familiar de San Pablo, considerando el crecimiento de su molino y su aserradero personal, y también que sus primos ya eran adultos y podían tomar las riendas de la empresa. Junto a destacados comerciantes e industriales de la época, se empeñó en conformar un Centro Comercial e Industrial con el fin de incrementar el desarrollo de sus negocios. Una suerte de incipiente Federación Económica.
Para 1885, “El Orden” publicaba que estaban ingresando en Tucumán numerosos vagones de tren con maquinaria para fábricas azucareras, anticipando la apertura del ingenio Santa Bárbara y el de Santa Rosa. Ese mismo año “León Rougés y Compañía” ofició una elegante cena en el entonces Hótel de la Paix para don Camilo Bouvier, el representante en Tucumán de la empresa francesa que proveía de la maquinaria para la mayoría de los ingenios tucumanos. Toda la parafernalia necesaria para aceitar una relación basada en confianza y proyección a futuro.
Uno de los principales sucesos que colaboró para que todo sea propicio para el inicio de la empresa azucarera, fue la ampliación del campo de acción del ferrocarril tucumano, con estaciones estables en Simoca y Lamadrid para esa época, beneficiando a decenas de poblaciones, inclusive Monteros y Santa Rosa.
El proyecto Kelton, aprobado en 1885, concretó ramales hacia Concepción, pasando por Santa Rosa como una de sus paradas obligadas. Todo se concretó para 1888, con quienes cedieron terrenos para el trazado de las líneas. León era uno de los que había cedido gustosamente, pero también había luchado por el proyecto. Este ramal permitió que los empresarios tucumanos vivieran en la capital y se desplazaran hacia el sur de la provincia cada mañana, para regresar a sus casas a almorzar. Un logro impresionante para la época.
León construye en Santa Rosa una impresionante casa, ese famoso chalet del que ahora solo hay vestigios, y que Mónica miraba con nostalgia: “Todo era elegante ahí, los muebles eran un lujo”, me aseguró, a pesar de que de esos muebles solo conoce lo que sus abuelos le contaron, o por los que fueron donados a la iglesia principal. Los registros de época relatan que para 1885 llegaban vía ferrocarril paquetes de tejas importadas, muebles franceses y muchos más elementos propicios para construir una cómoda casona para el matrimonio y sus tres hijos. Muchos de esos muebles tienen su vida útil en las habitaciones de la iglesia de Santa Rosa, sobre la avenida principal. Y de ese chalet que representaba admiración para todos los vecinos de la zona, hoy quedan solamente escombros, ya que en el mes de septiembre fue demolido. La epidemia de derrumbar la historia no se detiene.
¿Sabían que las epidemias no son un fenómeno propio de esta era? María Cecilia Garguilo, en su publicación “El cólera: Oportunidades de control y resistencias populares. Tucumán, (1886-1887)” para la Revista de Estudios Sociales del Conicet (Universidad del Litoral), revela que entre 1886 y 1887, el cólera morbus causó alrededor de 3500 muertes en esta provincia. Con la idea de romper o generar distintos cordones de aislamiento social, muchas personas de las ciudades comenzaron a migrar a los campos, llevando contagios a las zonas rurales. Santa Rosa fue uno de esos destinos, y León Rougés vivió la resistencia obrera de presentarse a trabajar, tanto en la incipiente fábrica como en los surcos. Entre la peste, el pánico y el hambre, la actividad productiva se paralizó toda una temporada.
Más o menos en la misma época Rougés comenzó a incursionar a su vez en la política al asumir durante un año la intendencia de Monteros, después de la renuncia de Honorio Alurralde. El cargo era doble: “Presidente del Concejo Municipal e Intendente”. A nivel departamental Monteros contaba con 30 mil habitantes. En el breve período de su mandato, Rougés adquirió una propiedad lindante a la plaza Bernabé Araóz a una familia de apellido Abregú. Se ocupó de contratar a un médico para la ciudad, el doctor Thiriot. Reforzó las defensas de todos los ríos vecinos, luchó por una mejora absoluta en la calidad educativa, ya que de esta Municipalidad dependían la mitad de las escuelas de la provincia a las que proveyó de material de estudio. Se reabrieron establecimientos educativos que se habían cerrado por falta de presupuesto y dejó su puesto en el 88 con las arcas en orden.
Placa en el acceso al recinto municipal, Monteros.
En ese mismo año es reelecto concejal de la ciudad, sin embargo, rechaza el cargo por diferencias políticas con Valentín Toledo, intendente electo que se alineaba a la política del nuevo gobernador Lídoro Quinteros.
La primera cosecha y molienda del ingenio Santa Rosa fue en 1889. La fábrica en sus primeros años contó con dos generadores de la casa Fives –Lille, un trapiche inglés, tres defecadoras y tres clarificadoras, ocho bombas a vapor, tres turbinas centrífugas para blanquear, alumbrado mediante lámparas a petróleo. El primer año se elaboraron trescientos veinte mil kilogramos de azúcar. En 1889 esperando las nuevas máquinas que venían desde Francia, la muerte tocó la puerta de León Rougés. Sus sobrinos Bernardo y Carlos estaban en Rosario esperando recibirlas para trasladarlas, pero su tío nunca las vio. León, Marcos y Alberto tenían 9, 8 y 7 años.
El pueblo continúo con el trabajo del ingenio por muchos años más y los hijos de don León tendrían que esperar hasta 1904 para tomar las riendas del legado de su padre. De la vida de sus hijos hablaremos en otra ocasión, ya que cada uno de ellos tuvo un paso marcado por la historia tucumana.
En 1925 el Ministerio de Obras Públicas de la Nación mediante un decreto renombró estaciones ferroviarias en toda la Argentina, correspondiéndoles nombres en memoria de hombres ilustres que “por su actuación en vida se han hecho acreedores a ese homenaje”. De esa manera, le tocó el turno a la estación de Santa Rosa, de manera que la zona quedó dividida en dos: de Norte a Sur, si uno pasa por la RN 38, hacia la derecha, se encuentra el pueblo de León Rougés. Hacia la izquierda, el pueblo de Santa Rosa… pero todo forma parte de la comuna de Santa Rosa y León, incluyendo zonas como Huasapampa, Ibatín, Yonopóngo, Los Rojos, Los Costillas. Pero no siempre fue así.
El arrebato de identidad
El Operativo Independencia fue un proceso que inició en 1975, como una previa a la dictadura militar que vivió Argentina bajo un gobierno de facto a partir del 76. Comenzó formalmente un 5 de febrero cuando la expresidenta María Estela Martínez de Perón, presionada por el Ejército Argentino, firmó una el Decreto 261/75 en donde se ordenaba “aniquilar el accionar de los elementos subversivos” en la provincia de Tucumán.
En este proceso, a cargo en un primer momento del general Acdel Vilas y desde diciembre de ese año del Gral. Antonio Domingo Bussi, se consolidó una red de centros clandestinos de detención en toda la provincia, caracterizándose algunos por los crímenes de lesa humanidad que sucedieron en su interior, como torturas, vejaciones, abusos sexuales, robo de bebés, asesinatos y desaparición de cuerpos. En función de consolidar en el imaginario popular el accionar del ejército, el Gral. Bussi renombró y fundó algunos poblados (fundamentalmente del departamento Monteros), con el nombre de integrantes de ejército que estuvieron involucrados en dicho operativo. A León Rougés le tocó reemplazar en 1976 el nombre del hombre que tanto había hecho por su población, un nombre que evocaba progreso, trabajo y cultura, por el nombre Independencia, un concepto manchado en dolor, sangre y abusos de poder.
En 1985 el senador don Luis Guerra presentó el proyecto “Restitución del nombre de León Rougés” al pueblo cercano al ingenio Santa Rosa. Fue el hijo de un ex trabajador del ingenio el que llevó los recuerdos a la cámara de Senadores de la importancia del francés para la historia del pueblo, recordando que fundó el ingenio, que había comprado gran parte de las tierras, y que era un buen conocedor del sur de la provincia. El nombre volvió a su lugar. Como me dijo un amigo que vive allí, León “era un hombre que llenó el pueblo de trabajo y que era muy generoso, siempre está en boca de algún abuelo”.
La devoción a Santa Rosa
¿Puede un pueblo salir a flote sin tener fe? Es algo que esta comuna nunca se preguntará. Recorrer las calles de tierra que bordean la avenida, cruzar de una esquina a otra, pasar por sus plazoletas, bordear la iglesia principal, nos entregan imágenes por montones: estampas gigantes, garitas, capillitas, figuras católicas custodian distintas esquinas del pueblo. Entre el aroma a melaza y el sonido de algún caño de escape innecesariamente ruidoso, las familias de Santa Rosa y León siempre tienen un santo qué invocar, pero respetando la historia de su mayor reina espiritual.
Cuando uno transita la avenida principal de Santa Rosa, se encuentra con algunas imágenes muy tucumanas. Las vecinas mateando, el aroma dulzón de la fábrica, las vendedoras de tortillas, bollos y alfajores, y la imagen de la iglesia madre de cualquier barrio. Sara me abre las puertas del lugar, autorizada por el padre Chacho, dejándome conocerla a ella. En su altar, una figura no muy grande en tamaño, pero poderosa en expresión, observa a todos los fieles cada fin de semana. Es la santa peruana, Santa Rosa de Lima.
Isabel Flores de Oliva nació un 20 de abril de 1586 en el centro neurálgico de América toda: Lima. Fue la primera santa canonizada de América. “Rosa” era el cariñoso apodo con el que una criada y su mamá la llamaban desde muy pequeña, por su inigualable belleza, comparable a la de la famosa flor. Antes de ella, Rosa no constituía un nombre. A la edad de 20 años se ordenó como dominica, siguiendo de cerca el modelo de Santa Catalina de Siena para su vida. Se ordenó en su propia casa, ya que no existía en la cercanía un convento para mujeres.
El ascetismo es (de forma sencilla), la negación de los placeres materiales o físicos, como camino de purificación espiritual. Rosa tenía una disciplina increíble para el ascetismo, a pesar de que no estaba oficialmente ordenada. Dormía en una tabla, usaba corona de espinas bajo su velo, y se movilizaba en una ermita de 2x2 construida en su propio hogar paterno. En esta casa fundó una suerte de enfermería para atender a los pobres, ancianos y heridos. Así conoció a figuras como Martín de Porres.
Su figura cobra fuerza desde una ocasión en que la ciudad de Lima estaba amenazada por el corsario holandés Oris Van Spilbergen, y su tripulación de maleantes y saqueadores. El pueblo huyó despavorido de su pronto desembarco, pero Rosa se encerró a rezar con un grupo de mujeres de fe. La tormenta que se desató en las costas limeñas no permitió que el corsario desembarcara. De allí la fama de la tormenta despiadada que se atribuye a Santa Rosa, las famosas lluvias torrenciales de agosto. Por eso mismo, algunas imágenes de la santa son acompañadas de ilustraciones o bordados de anclas.
En el catolicismo, la figura de Santa Rosa está dotada de una creencia muy fuerte, y cada ciudad que se ampara bajo su manto, le rinde un homenaje totalmente fiel. Por eso mismo, don Rougés decidió que la patrona de esas tierras debía cobijar también su empresa: el ingenio iba a llamarse Santa Rosa.
No se sabe si de Perú o si de Europa, León trajo a la ciudad la imagen de esta santa, apenas 2 años después de abrir la fábrica. Bajo la misma, se protege todo el pueblo hace más de un siglo. Hace un año, también, familiares directos de León llevaron a la iglesia del pueblo una lámina de papel de arroz con la imagen de Santa Rosa, que data de una importante antigüedad, otorgándole el valor que merece entre la comunidad. “Los Rougés nos siguen visitando a pesar de que no están en el ingenio hace muchísimos años, cuando llega el día de la procesión ellos vienen y hacen la procesión con el pueblo”, recuerda con el pecho inflado de orgullo y agradecimiento la encargada de la iglesia de Santa Rosa, espacio que protege la imagen de la patrona.
Imagen de Santa Rosa de Lima donada por León Rougés en la iglesia de Santa Rosa.
Cada vez que llega el 30 de agosto, el pueblo sale a las calles y acompaña la imagen con flores, aplausos y lágrimas. En el recorrido, infaltable es la visita a la fábrica azucarera fundada por quien la trajo a este lejano paraje del mundo. Es la patrona del pueblo, que desde su austeridad observa a aquellos vecinos que –en su mayoría- se asentaron alrededor de una gran fuente de trabajo, de pan y de dignidad para sus hijos e hijas. Pueblo que creció con los años, que tiene escuelas, comercios, establecimientos de orden público y privado, barrios, sueños, amores. Lleva en sus establecimientos educativos la historia viva de Tucumán, teniendo por ejemplo, a Diego de Villaroel, el militar que fundó Tucumán en Ibatín, como el nombre de una de sus escuelas principales.
Los tucumanos sabemos que la zafra, sin embargo, representa un oxímoron: donde hay dulce, hay amargura. Pero… ¿Hay lugar para historias de miedo en Santa Rosa? ¿Vale la pena pensar en relatos paranormales o de terror entre los surcos? La de hoy es una breve historia de cómo nacía la historia de un lugar selvático, que se transformó en un sitio de casi diez mil habitantes. Actualmente caminar por sus calles es también cruzarse un poco con la historia, arrebatada de miradas del presente. Mientras jóvenes hacen imprudentes maniobras en sus motociletas, la historia de un sitio cuyo nombre francés parece desentonar en la selvática ruta del sur tucumano, sigue entramándose. El ingenio todavía se erige como un corazón de hierro oxidado pero productivo en el alma del pueblo. Aunque desde 1944 ya no es propiedad de la familia Rougés, el nombre de quien puso los ojos en el lugar que parte al medio la provincia, continúa sobreviviendo como un eco de esa historia tucumana que se todavía se está escribiendo.