HISTORIAS DE ACÁ

De La Madrid al mundo: la historieta siniestra del tucumano César Carrizo que conmueve a los franceses

En la novela gráfica “Noir Mondial 78” el historietista tucumano retrata el lado más terrorífico del primer mundial obtenido por la selección argentina en plena dictadura. Del changuito de La Madrid al que le encantaba dibujar al creador de una obra celebrada por la crítica y el público internacional: “Quiero que llegue a las escuelas”. Por Exequiel Svetliza.

24 Mar 2026 - 12:23

El lado más oscuro del mundial 78 en los trazos del historietista tucumano.

En los trazos con que César Carrizo retrata el mundial 1978 hay sangre, pasión, violencia, dolor, algunas luces y muchas sombras. Hay fútbol, claro, pero también hay historia y política, héroes y villanos, fieras hambrientas y presas inocentes, narración documental y thriller policial. La novela gráfica “Noir Mondial 78” publicada este año en Francia cumple con los preceptos de lo siniestro, tal como fue concebido en las primeras décadas del siglo XX por el padre del psicoanálisis Sigmund Freud: esa sensación de terror experimentada en esos momentos en que lo familiar se vuelve extraño; cuando la realidad cotidiana encubre un doblez perturbador de miedo y oscuridad. Y también es una trompada en la jeta; en términos artísticos tiene aquel efecto que Roberto Arlt ponderaba en todo buen relato: el impacto del cross en la mandíbula.  Los dibujos del tucumano y el guion del francés Camille Pouzol traducen en viñetas fascinantes esa fiesta lúgubre que fue la Copa del Mundo orquestada por la última dictadura cívico-militar argentina. Por eso no es extraño que hoy, tanto la crítica especializada como el público, celebren esta obra. Lo que suena a un auténtico prodigio es el largo camino recorrido por ese changuito de La Madrid al que le encantaba dibujar y soñaba con darle vida a la historia con un lápiz. 

Es una tarde de martes y el histórico bar ABC es una especie de vergel en la intensa cotidianeidad de César Carrizo. El historietista, dibujante, muralista, guionista y docente de 51 años acaba de participar del primer Congreso Internacional sobre Diego Armando Maradona en la UBA y en unas semanas se embarcará rumbo a Napoli, la meca maradoniana, para seguir moldeando un proyecto que tiene al ídolo como principal protagonista. César no para. De dibujar, de contar y de planificar. Acá, cortado en jarrita mediante, ha llegado con sus carpetas y su flamante obra; “Noir Mondial 78” (Negro Mundial 78) es un libro pesado, contundente, tanto en su forma como en su contenido: tapas duras y 152 páginas repletas de dibujos, en su mayoría, en tonos sórdidos que relatan una parte de la historia argentina que muchos prefieren ocultar bajo la alfombra de la memoria colectiva. El historietista, que lleva una gorra de Mafalda y tiene los dedos manchados de pintura roja, parece ahora en pausa. Pero sólo en apariencia. Cuando comienza a desandar el camino que lo trajo hasta aquí, en sus palabras se traducen un entusiasmo y una vitalidad infantil, como si no hubiese perdido nunca la capacidad de asombro ante el mundo que lo rodea. 

Para asomarse a la historia de César hay que trasladarse a La Madrid, la localidad del departamento Graneros en el límite con Santiago del Estero que suele ser noticia cada tanto por alguna inundación. Ahí, cuando era apenas un niño que cursaba el primer grado en la Escuela 71, volviendo un día de jugar a la pelota, se cruzó con una pared donde se lucía un mural del prócer Manuel Belgrano arriba de un caballo. En perspectiva, ese encuentro hoy puede ser interpretado como una epifanía. “Me quedaba mirando un buen rato el mural y decía ‘esto quiero hacer yo’…”, relata ese primer recuerdo. 

En el fomento de esa vocación germinal por el dibujo mucho tuvo que ver la influencia de su madre, Elena Salazar, docente de grado y profesora de artes plásticas. Fue ella una de las primeras en motivarlo a que siguiera el camino que le trazaba ese deseo: “Yo tenía la fortuna de tener a mi madre que siempre valoró el arte. Me apoyó en el sentido de que ella decía que vayan otros a comprar el vino y la soda que César está dibujando, no lo molesten…Y me compraba lapicitos, cuadernos… de esas cosas uno se acuerda siempre porque son motivacionales”. 

Y la escuela como espacio de formación: “Siempre me gustó dibujar y ya en la escuela hacía laminas para los actos que me pedían las maestras. Y ahí me empezaron a dar unos pesos, ya en la primera empecé a ganar algo con los dibujos. Tampoco era algo que hacía, digamos, de forma regular, yo creo que era algo también que las maestras hacían para motivarme”. Actualmente, desde su trabajo en el Ministerio de Educación de Tucumán, reivindica el rol del arte en las escuelas: “Nosotros vamos escuela por escuela enseñando historieta y desarrollando el muralismo. Las escuelas son los lugares donde más duran los murales. Los murales en la calle están expuestos a la intemperie y, con el tiempo, se van perdiendo. Pero, en las escuelas, los murales se mantienen por distintas generaciones de alumnos… También la gente, las familias, se acuerdan de los murales cuando van a los actos. La escuela es el mejor lugar para los murales”. 

Esa misma escuela, la número 71 de La Madrid, fue el escenario de su primer logro y de la primera decepción como dibujante incipiente: “En primer grado gané mi primer concurso, era un concurso sobre Manuel Belgrano y la creación de la bandera. Hice un dibujo de Belgrano a la par del río Paraná. Muchos maestros creían que no lo había hecho yo al dibujo porque había hecho a Belgrano en un caballo de perfil y a esa edad no se dibuja de perfil, se dibuja sólo de frente, entonces creían como que lo había hecho mi mamá… Lo que sí, el dibujo tenía algunos errores geográficos porque Belgrano estaba a la orilla del Paraná y yo le mandé unas montañas de fondo, nada que ver. Si era por geografía, estaba desaprobado”, cuenta riéndose y evidenciando una de las cuestiones que luego iría desarrollando a lo largo de su carrera como historietista: la preocupación por el verosímil y la fidelidad histórica. 

El premio de ese concurso era una bolsa con libros que le entregaron durante un acto escolar. Como en su hogar le habían enseñado a abrir los regalos de cumpleaños sólo una vez que se fueran los invitados, el niño tuvo que contener la ansiedad de ver el contenido de la bolsa a lo largo de todo el acto. Con la curiosidad infantil haciéndole cosquillas en todo el cuerpo, corrió las pocas cuadras que separaban la escuela de su casa y, una vez allí, descubrió el enigma que tanto lo agitaba. La sorpresa y la desilusión fueron una: “Yo tenía la bolsa ahí y no veía la hora de abrirla… Me imaginaba que eran libros de cuento o algo así…Rompí la bolsa con tal entusiasmo, me acuerdo muy bien de la escena porque, cuando vi que eran unos libros de matemáticas… fue una cosa muy fea... Tenía un rechazo muy grande por las matemáticas, desde entonces que no las puedo ni ver, me da repulsión. Y esa ha sido una desilusión tan grande que estuve un tiempo sin volver a dibujar”.   

“En mi casa no había historietas ni libros de ilustraciones. Mi abuelo Tito, que era ferroviario, le había comprado a sus hijos y sus nietos una enciclopedia Espasa Calpe, que eran 16 tomos de unos libros azules… Claro, en esa época no había televisión ni nada, aprendíamos con eso. Yo me acuerdo que me ponía a leer la enciclopedia porque tenía ilustraciones… Entonces veía los dibujos de la Espasa Calpe y los relacionaba con los dibujos de los billetes porque tenían como la misma línea de dibujo, el calado de las líneas era similar porque era el mismo sistema de grabado”, rememora. 

Las primeras historietas que conoció llegaron a sus manos cuando tenía once años gracias a la generosidad de un vecino de La Madrid apodado como El Puma: “Me dijo: ‘a vos que te gusta tanto dibujar, tengo algo para regalarte’ y me dio una pila de revistas de la editorial Columba”. Con el recordado Robin Wood como uno de sus principales guionistas y títulos populares como El Tony, Nippur de Lagash, Savarese, Gilgamesh y Pepe Sánchez, entre muchos otros, la editorial Columba tuvo su edad dorada en la década del setenta y, un par de décadas después, sus historietas seguían circulando entre los lectores, muchas veces, acompañando la edición dominical de distintos diarios. “Ahí empecé a leer y aprender de historia también porque había muchas historietas históricas muy bien documentadas. Y así fue que aprendí que el dibujo sirve para narrar y contar historias. Ahí me enganché”, destaca. 

Una de las viñetas de Noir Mondial 78. 

En aquellos años su formación como dibujante fue autodidacta. Aprendiendo con cualquier historieta o libro que llegara a sus manos, pero también a través de un curso de dibujo por correspondencia al que se había suscripto un amigo. Eran tiempos en que lejos estaba de vislumbrarse aún el mundo digital y la oferta pedagógica virtual que hoy parece al alcance de todos (de todo aquel que pueda pagarla, claro); tiempos en que el correo postal servía tanto para achicar las distancias entre una pareja de enamorados como para introducir en el arte del dibujo y la caricatura a un grupo de changuitos entusiastas del Tucumán más profundo. Así, cuando cursaba el quinto grado de la primaria, César formó parte de su primer grupo de dibujantes: “Éramos como cinco y armamos un grupo de dibujantes porque uno de los muchachos, Enrique, se había suscripto a un curso de la Continental School y le llegaban mensualmente las clases. Eran unos cursos de dibujo que se promocionaban en las revistas como la Patoruzú, vos pagabas y te mandaban por correo un material inicial con dibujos y tareas por correo. Vos mandabas tus dibujos y después volvían con las correcciones que te hacían los profesores. De esos cinco que nos juntábamos a dibujar, quedé yo solamente. El talento y las ganas de dibujar estaban, nada más que los otros o se dedicaron más al fútbol o no tuvieron el apoyo de sus padres… ese tipo de cosas. Y esos otros artistas se perdieron o siguieron haciendo otras cosas muy valiosas, pero ya no dibujan y dibujaban muy bien”. 

Mares de tinta separan a aquel niño entusiasta de este niño grande con los dedos todos pintados. Miles de kilómetros de un trazo que se ha ido perfeccionando con los años y de un arte plasmado en viñetas, páginas, cuadros y paredes hasta llegar a este primer libro que está dando qué hablar en Europa. Miles de kilómetros también son los que separan a César Carrizo y Camille Pouzol; los artífices de esa historia. 

César Carrizo y Camille Pouzol en Lyon, Francia.

Fútbol y política en la siniestra trama de un Mundial Negro 

Todo comenzó en una isla lejana, tanto de Tucumán como de Francia. En 1999 César Carrizo viajó a Cuba para someterse a un trasplante de córnea en el ojo izquierdo, “el de la mirada socialista”, acota el dibujante en forma jocosa. En ese viaje, conoció al General Enrique Acevedo, uno de los cubanos que compartieron armas con Ernesto Che Guevara y miles de anécdotas sobre el revolucionario argentino. Al volver de la isla, el tucumano se propuso hacer una historieta documental sobre el Che, un proyecto que nunca llegó a materializar, pero cuyos avances fue compartiendo a través de su blog “Descamisado”. Fue a partir de ese material que Camille Pouzol se puso en contacto con él. El joven francés estaba finalizando sus estudios en la Universidad de la Sorbona y tenía como objeto de estudio a la figura del Che Guevara y la forma en que había sido retratado a través de la historieta. Ahí empezó un vínculo que se transformaría en una sociedad artística con la novela gráfica “Noir Mondial 78”. 

“En 2014 Camille me vuelve a escribir y me dice que tenía un guion para una historieta y que quería que yo lo lea porque era acerca del mundial 78. Me dijo ‘me gustaría que vos lo dibujes. Si te animás, yo me comprometo a buscar alguien que lo edite’. ¿Qué significaba eso? Ponerme a trabajar sin ver un peso, como una propuesta, un proyecto… Le dije que sí porque siempre fue una historia que me interesó”, comenta como se inició ese proyecto artístico que terminó concretándose años después, pandemia de Covid de por medio, y con el apoyo como editor de Raúl Mora, director de Otium, una pequeña editorial francesa preocupada por las luchas populares en todo el mundo. 

La portada del libro del historietista tucumano. 


El libro Negro Mundial 78 cuenta la historia de dos periodistas franceses que llegan a la Argentina para hacer una cobertura del mundial de fútbol, pero, una vez en el país, aprovechan para mandar informes sobre la realidad política y la puesta en marcha de un plan represivo que incluye detenciones, secuestros, torturas y desapariciones forzadas. Con el ritmo cautivante y violento de una novela negra, la historieta narra la consagración de la selección argentina en un contexto signado por el terrorismo de Estado. La narración del suceso deportivo se va entrelazando con las acciones de boicot internacional al mundial, la resistencia en el país de quienes denunciaban los crímenes cometidos por la dictadura, la lucha de los organismos de Derechos Humanos, la bestialidad de los genocidas y el arrojo de los valientes que buscan dar a conocer esa realidad siniestra que permanece velada. Todo el relato está basado en diversas fuentes documentales que registran los sucesos de aquellos días donde los gritos de gol en el estadio Monumental tapaban los alaridos suplicantes de los torturados en la Esma. 

Como hace Art Spiegelman para retratar los horrores del nazismo en las viñetas de Maus, César Carrizo también recurre a personajes antropomórficos en su obra donde los protagonistas tienen rostros de animales. “Desde un comienzo le tiré a Camille la idea de hacer los personajes con cabeza de animales con el objeto de que genere atención y fomente la lectura. Como soy docente, me interesaba que los alumnos vean un libro así y les guste, entonces vos abrís el libro y ves todos los personajes con cabezas de animales y es algo que te atrapa… El objetivo también era hacer algo distinto. Me pasa muchas veces que tengo una idea y como que todo el universo conspira para que eso suceda. Al poco tiempo de tomar esa decisión, me doy cuenta de que tenía al Pato Fillol, el Conejo Tarantini, el Tigre Acosta… todos personajes que estaban en el libro”, explica. 

El proceso de desarrollo de las más de 150 páginas del libro fue bastante arduo. César primero realizó los dibujos con lápiz en hojas tamaño A3, les colocó los globos de diálogo y todo el letreado y, recién ahí, los escaneaba y se los mandaba al guionista. Una vez que esa versión del trabajo era aprobada, imprimía las láminas y comenzaba a trabajar en la coloración de las viñetas, proceso que se terminaba de forma digital y con la colaboración de un equipo de trabajo de los que participaron Fátima Leal, Patricia Villarreal, Joy Carrizo y Néstor Martín: “Una cosa que me interesa destacar es que está hecho completamente en Tucumán. Toda la parte gráfica se ha hecho acá para el mundo. Este es un libro que está contando cosas del propio país hacia el mundo. Para mí es un gran orgullo ser de Tucumán y haber puesto cosas de Tucumán también en el libro, como La Escuelita de Famaillá porque admiro mucho el trabajo que hizo María Coronel y su equipo en ese espacio de memoria”. 

“Dentro del mercado europeo de la historieta siempre los franceses han sido los más exigentes, por eso ha sido un desafío muy grande este proyecto porque es el primer libro que hago como autor integral y es muy gratificante ver que están saliendo muchas críticas muy buenas, tanto del mundo de la historieta como de otros ámbitos. Creo que está bueno decir que ha valido el esfuerzo de documentarse tanto y de trabajar a lo largo de tantos años en esto”, comenta el dibujante con emoción. Entre aquellos que recibieron el libro con mucha satisfacción se encuentra el ex jugador de la selección francesa Dominique Rocheteau. El ex delantero fue parte del plantel galo en el mundial de Argentina 1978. 


En las viñetas del libro el horror de la Esma se cruza con el infierno de Dante, los militares genocidas se apoderan de la Copa del Mundo para hacer un uso político de esa imagen, aparecen también los nombres de periodistas y artistas desaparecidos como Rodolfo Walsh y Héctor Germán Oesterheld; datos y escenas verídicas que se entrelazadas con la trama de ficción. Al final de la obra, a manera de epílogo, se produce el dialogo en el cielo entre Diego Maradona y César Luis Menoti que arrojan su mirada sobre este presente de avance global de las ultraderechas. La ficción y la realidad, el pasado y el presente, los héroes y villanos de una historia ante la cual muchos prefieren hacer oídos sordos. 

Mientras espera que la obra se traduzca al español para que el libro comience a circular también por Argentina, César confiesa cuál es su mayor anhelo respecto al destino del libro: “Me gustaría que llegue a las escuelas. Eso es lo que más me interesa, sería la meta final para mí. Me gustaría que lo editen y que circule porque es un material de estudio, es un material didáctico que puede servir para contar la historia porque está bien documentado y es una historia entretenida, durísima eso sí, pero es una parte de nuestra historia que pocas veces se ha contado a través de la historieta. Creo que sirve para resumir un poco lo que pasó en toda Latinoamérica, con distintos matices en los distintos países, pero el Plan Cóndor era eso básicamente. También sirve para explicar la utilización política del fútbol”. 

Aunque el libro ha recibido el apoyo de instituciones educativas y de la legislatura en Tucumán, también entiende que es una obra que contrasta con el relato negacionista del actual gobierno nacional: “Desde la política, este gobierno está reduciendo el presupuesto de la educación para el año que viene, es un gobierno de derecha que quiere un pueblo completamente ignorante. No hay financiación para la educación, no se crean más universidades ni escuelas, por eso pensar que este libro va a tener un apoyo gubernamental es imposible, no se va a dar… justamente porque hace un revisionismo histórico que no podés negar. Esto es historia pura y hay muchos documentos que comprueban todo… Y de estas cosas ellos no hablan porque esta gente está liberando a los genocidas”. 

César Carrizo ya se tiene que ir. El tiempo lo apremia. César no para. Siempre está buscando otra página, otra pared donde dibujar una nueva historia. Hay mucho de aquel changuito de La Madrid que se gastaba las hojas de los cuadernos en esa vitalidad inagotable.  

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