Reseña

Una herida común: el amor duele y es hermoso

Para alegría del cine, Dios y los gays, Pillion es la primera película del director inglés Harry Lighton. Una película poscloset, posdrama, posorgullo y pos-pose activista. Por Patricio Dezalot.

19 Abr 2026 - 11:36

Las rosas son rojas las violetas azules
a tus pies me siento más cerca de tí
tu puño acelerando el cuero apretado
ansío tus órdenes todo el día
tu agarre es mi promesa
tu mirada me incinera
a tu lado no soy nada
pero soy tuyo
me das placer me das dolor
mi cuerpo tu reino mi Ray

 

Una moto acelerando y la voz de una cantante italiana de los 60 que nos invita a subir a las nubes y nos promete la luna. Colin -Harry Melling, quien de adolescente encarnó al primo malo de Harry Potter-, va mirando la ruta de noche desde un auto viejo. 

Llegamos a un bar/pub tranquilo y común de pueblo. Nuestro protagonista es parte de un cuarteto de cantores a capella liderado por su papá. Entre los espectadores hay un grupo de motoqueros, y entre ellos está Ray, el amague de coprotagonista: un rubio de dos metros en un body de cuero blanco. Toda una fantasía de nopor comenzando.

A Colin, que es extrañamente introvertido, su madre le ha arreglado una cita esa noche. Está en la mesa junto a un osito calentón que lleva en su remera una estampa de “Alexa, Free Britney!”. Es alegre. Se da cuenta que Colin está miroteando al motoquero… Pero realmente no le importa, le tira igual una indirecta sexual. En el mundo gay, ningún desinterés es lo suficientemente humillante como para que un urgido agarre su orgullo y se retire.

En el bar se dan los primeros contactos entre Colin y Ray. Colin pasa la gorra después del musical y es enfáticamente ignorado por Ray cuando le pide la propina. Después, Ray se acerca a la barra, lo obliga a pagar su cuenta y le deja una tarjeta con su contacto.

Así comienza Pillion, una película que nos toma como antropólogos voyeurs: observamos un pueblo de provincia con un “bar queer” y una comunidad leather-BDSM-motoquera establecida, una familia que más que friendly es compinche, remeras brillosas con demandas ordinarias, citas gays regulares… ¿Alberdi será así en unos años?

Tanto la gráfica como los tráilers juegan a mostrarnos una magical-gay-love-story entusiasta, pero con muchas sutilezas que sólo llegamos a entender luego. La belleza de Ray (Alexander Skarsgård, hermano del nuevo Pennywise e hijo de Stellan Skarsgård, la musa macho de Lars Von Trier) es el señuelo: “¿Cómo hiciste para conseguir un hombre así?”, “Es muy alto”, “Es demasiado guapo para ser un prófugo… llamaría demasiado la atención y lo atraparían rápido”. 

Colin es visiblemente menos agraciado y, a pesar de ser el protagonista, en el póster aparece debajo de Ray -en su ingle- casi como excluido de la portada, sometido a la desestelarización. Este contraste estético en el cast parece ser consciente y adrede: “Ustedes dos hacen una linda pareja. Él es increíblemente guapo y vos… vos hacés que él resalte más, por contraste”.

 

Ronda nocturna

El amo y el esclavo son roles sociales poco visibles pero omnipresentes. El BDSM (Bondage, Dominación, Disciplina, Sumisión, Sadismo y Masoquismo) no trata sobre el dolor -tampoco sobre el amor- sino sobre la intensidad del placer. “El dolor es como la música clásica: no se puede disfrutar sin aprender”, o al menos así lo explica un filósofo francés.

En la primera “cita”, sin mediar palabra, Ray hace que Colin lo siga a un pasillo. “¿Qué voy a hacer con vos?”, “Lo que quieras… literalmente”. Ray se saca la campera cacheteándonos con su físico, lo hace chuparle la bota, se baja la bragueta y comienzan las arcadas hasta que le queda toda la carita brillosa. Salen del pasillo y Colin le pide disculpa por ahogar-sem, “Supongo que es cuestión de práctica, ¿podría practicar con vos?”. 

Al llegar a casa, Colin está visiblemente más entusiasmado que con su cita anterior. Su papá le dice que el frío le destrozó la garganta.


Acuerdos nuestros

La película va a profundizar en esta dinámica de relación con aires de “juego sexual”. “No es mi novio… tenemos un arreglo”, dice, cuando le preguntan cómo hizo para conseguir un chico tan perfecto. Y es que sí, Ray manda, Colin obedece: duerme en el piso, hace la comida, se encarga de las compras, atiende a sus amigos en las fiestas de su casa (en donde los sumisos siempre están con la cola al aire). Sin ser agresivo, lo trata con cariñoso desdén. A lo largo de la película Colin nunca deja de pedir perdón y disculparse.

Mientras hay una honestidad brutal en Colin, en la que sabe que es un “principiante”, que no es percibido “bello” (“tu mejor atributo… es el pelo”), que es y se reconoce inocente, que tiene un trabajo en el que es insultado, a su madre en quimioterapia… La historia nos alienta a que traslademos opuestos, entonces Ray debería ser un sádico, irascible, cercano a la perversión. Pero Ray es ordenado, silencioso, forzadamente inexpresivo. Ni la crueldad ni el grito que esperamos terminan de llegar.

 

Unos amorosos

La familia de Colin es pequeña. Él tiene un mellizo que ya está casado y con una hija; es un buen hermano que se preocupa por la seguridad de sus citas. Su papá (Douglas Hodge) es un profesor de música muy poco confrontativo y con comentarios inoportunamente cómicos, pero siempre compañero, incluyéndolo en sus actividades. Y su mamá está en las últimas y desea verlo con un novio que lo ame.

Sus papás ejercen una crianza bastante respetuosa y no sólo de su orientación sexual. Acuerdan implícitamente no reclamar cosas, ni entre ellos ni hacia sus hijos. Siempre preguntan cómo está, cómo se siente, cómo le fue. Intentan conseguirle citas, que se sienta “normal”, que vuelva seguro a casa. A su vez todos cuidan a la madre que está en una situación sensible. 

El guion juega con lo que esperaríamos de una familia en un “drama gay”. Nos tienta permanentemente a estar cómodos y que pisemos el palito de la mamá sobreprotectora, del papá débil, del hermano cabeza, de una dinámica familiar controladora y asfixiante… pero no. Es una familia comprensiva, abrazadora, le da apoyo, apertura para equivocarse. La familia de Colin es realmente amorosa.

 

Yo entre todas

Desde la primera vez que vemos a Ray, lo vemos en manada. Está junto a los motoqueros gays en el bar. En la segunda noche con Colin, Ray los tiene cenando en su casa. Son una “familia”, la única que conocemos de Ray, lo cuál de alguna manera entusiasma a Colin. Ray lo incluye en su tribu: lo presenta como “su pillion” (en una moto es el asiento del acompañante; en la jerga, es quien ocupa el lugar del esclavo, del que “es llevado”), le regala un traje, aros, hace que se rape, lo inicia. Juegan a los escupitajos grupales (escena que recuerda mucho a Poison de Todd Haynes, que, a su vez, está inspirada en Nuestra Señora de las Flores, novela de Jean Genet. Todos trolos.).

“¿No estarás esperando que te dé un regalo?”, le dice Ray a Colin en el día de su cumpleaños, quien después de eso se va a dormir en el piso. Pero durante la madrugada lo despierta una serenata de motoqueros que llega cantando y encuentra una magdalena con una vela en la ventana. Ray le regala un día en el campo “en familia” y un collar de sumiso (una cadena alrededor del cuello con un candado). En ese momento Colin parece sentirse realmente aceptado. 

 

De espalda al lago

Colin conversa con Kevin, otro esclavo, interpretado por el amado Jake Shears (uno de los vocalistas de Scissors Sisters). Su función va a ser ponzoñosa, de provocarlo a Colin (y no sólo mostrando su escultural cola a sus casi cincuenta). “Yo sin besos me volvería loca”, le dice.

Ray va a intentar dejarle en claro a Colin que no son un “algo” (y mucho menos monógamos) usando a Kevin, a quien “pide prestado” a su amo. Después, durante una ronda sexual, va a darle pito gordo primero a Kevin mientras Colin mira... lo cual visiblemente lo hiere. Esto Ray inmediatamente lo detecta, se arrepiente y le cede el pito a Colin.

Mientras que Colin está aprendiendo, sintiendo y disfrutando honestamente, a Ray no lo erotiza ni le divierte el dolor físico o emocional de Colin. No lo enciende cuando el “jugar a la violadita” incluye lastimar el ano, o que Colin sufra por celos. Siempre hay a regañadientes una mirada de deseo, comprensiva, empática. Se siente como si Ray intentara no salirse de un papel.

 

Qué desfachatez

Su madre le pregunta por qué se ha rapado, “A Ray le gusta así”. La familia percibe sus cambios como empeoramientos. Se preocupan, aunque intenten disimularlo. Sus papás quieren conocer más profundamente al “novio”, le insisten. Colin invita a Ray a almorzar con su familia… a lo que este se niega (y tal vez aquí todos acordamos con Ray que es una pésima idea). A pesar de la apertura de la familia de Colin, Ray evita la proximidad. Pero Colin insiste diciéndole que su madre está por morir y que quiere conocerlo… y Ray cede. 

Creo que la familia de Colin muestra algo común, que es un esfuerzo por no escalar ninguna confrontación, porque en el cáncer el cuidado emocional de quien lo está viviendo es importante. Ninguna estupidez que pueda llegar a decir el ser amado en tratamiento va a ser nunca más importante que ese cuidado. Cualquier familia que ha pasado por esto sabe de lo que se trata. 

Pero a nuestro adonis no le importa eso (o finge que no). Tira comentarios sobre Colin que claramente van a ser leídos de manera negativa por una familia amorosa. Además, se ocupa de responderle mal a la madre ante algo que es obvio que ella no va a entender. Es como si Ray, “el intelectual”, pensara que no debe “tratarla con pena porque tiene cáncer” y que debe “ponerle los puntos por controladora”. Una mirada chata, estúpida, descuidada, desarticulada, egoísta (Sí, sé hace odiar mucho Ray en esa escena). 

Mientras que Colin se ha integrado completamente a la “familia” de Ray, Ray provoca adrede una ruptura de vínculos con la familia de Colin.

 

Más fuerte, por favor 

Madres particulares muriendo en las películas y series con protagonistas gays son como las flores en primavera, y de esa línea argumental Pillion no se salva (me recuerda a la australiana Please Like Me, un protagonista gay no agraciado, con una madre…). Siempre desencadenan lo mismo: una completa reconfiguración pasiva. La muerte de Peggy (Lesley Sharp) no es distinta en ese sentido. Aunque no esté tratado con centralidad, es un momento de inflexión.

La rutina sigue. Colin va a casa de Ray quien le pregunta “¿Cómo estuvo [el velorio]?”, y le ordena cocinar. Colin se quema adrede la mano con una sartén, posiblemente intentando sentir un dolor más intenso que el de haber perdido a su mamá. Ray pausa la dinámica. Se encarga de la comida pidiendo pizza, le “ordena” dormir en la cama, lo abraza. 

Aunque pareciera que es aquí donde la perfo de Ray comienza a desmoronarse, en realidad a lo largo de toda la película tuvo fisuras. La primera cita fue en la noche de Navidad, porque estaba solo. En la misma cita lleva a su perrita para que no pierda su paseo nocturno. Cede a los mensajes amables de Colin de volver a verse. Pasa a buscarlo en moto por pedido de los padres. Cede al almuerzo con la madre, aunque ahí se comporte como un idiota. Se ablanda ante los celos y le saca el pito a Kevin… No sostiene su perfo de indiferencia ante la muerte de la madre. La fragilidad es un rasgo del dominado… y a la vez una herramienta de dominación.

 

La insumisión 

Colin ve, siente, entiende a Ray, y utiliza eso para negociar. Le propone tener a la semana un día libre en el que poder dormir en la cama, tomar el desayuno, “cantar al piano”. Es decir, tener una relación como la de sus papás. Pero eso es a lo que Ray se niega… se ha construido a sí mismo al vértice de una relación tradicional. Una impostura. Esto despierta un berrinche en Colin quien intenta acostarse de prepo en su cama, hacerle un pete, se pone su remera, le dice caradeviejo, prende las luces, golpea el piano, arranca en su moto… Tiene un brote.

Colin desobedece, Ray vuelve a ceder. Al día siguiente Ray le prepara el desayuno, lo lleva al cine, cantan, tienen una escena linda en el parque… se besan. En la cara de Ray se ve que está conmovido con lo que está pasando, pero no cómodo.

Y desaparece. 

 

Una historia de fantasmas

El tono del teléfono es persistente. Colin va acompañado por su papá a buscarlo. Se repite la escena en todos lados y la esperanza persiste unos minutos. Ray no vuelve a aparecer en la película. Quizás algún que otro gay haya olido el ghosteo a la distancia, pero podemos apostar que muchos nos hemos aferrado hasta último momento a la esperanza de que ese no sea el final. Y tal vez… por nuestros propios finales. Un vínculo sucio y amoroso, tierno y excitante, que se acaba sin mucha explicación. La crudeza y simpleza en la vida diaria es común, mientras que, como final de una película gay, parece extraordinario. 

Hay una escena breve, los dos en la cama, Colin le dice a Ray que lo ama. Ray le responde que “no se trata de eso”. Colin habla de su vínculo real, Ray habla de su dinámica de juego. Pero Colin está seguro, “todo se trata de amor”. Y esa es, quizás, la voz del director… la voz del otro chico gay en la película. 

Hay algo más detrás de Ray que mera hijaputez. Él no desaparece en cualquier momento, sino cuando se ve a sí mismo enamorado. Incluso habiendo elegido a alguien de quien estaba seguro no podría enamorarse. La ternura de Colin dejó expuesta su vulnerabilidad, que a su vez rompió la dinámica de sometimiento. Durante toda la película Ray disfrazó de dominación el terror de volverse a enamorar. Lo que no nos cuentan de Ray es, tal vez, la historia de un corazón roto. Y un corazón roto, siempre rompe otro.

 

¡Sonríe!

La película vuelve a comenzar: ruido de moto, una canción de amor, la llegada al bar/pub. Aunque lleve el mismo traje de cantor (y una barba muy desprolija), Colin parece distinto. Está en una mesa, completando lo que parece el perfil del Grindr de su universo fílmico. Tipea que le han dicho que tiene “cualidades para la devoción”, que disfruta de que le den órdenes, que tiene buena tolerancia al dolor, “No me corto el pelo por nadie” (línea que entona un poco herido) y que necesita un día libre a la semana. 

Lo que escribe sobre él es, en realidad, una actualización de sí mismo: lo que ha aprendido a través de la mirada de los demás (su madre, su ex) y lo que ha aprendido en su primera relación. Lo que le gusta y lo que no. Sus límites, sus necesidades. Colin atraviesa una experiencia en la que se conoce a sí mismo, y vuelve a empezar. “¡Sonríe! Que la vida sigue”, dice la canción que entona ahora el cuarteto. La historia concluye con Colin conociendo brevemente a su nuevo amo, un negro celíaco con sus propias dinámicas. 

 

Estirpe culmine

Oriunda de las tierras de la Caravaggio de Derek Jarman (1996), también de nuestra amada Queer As Folk (1999) y The Line of Beauty (2006), y de la más reciente y emocionante It’s a Sin (2021), esta producción inglesa llega para alcanzar el cielo narrativo de nuevo. Pillion es, paradójicamente, una película poscloset, posdrama, posorgullo… pos-pose activista: no hay víctimas, no hay pancartas, no hay lecciones. No hay sobreexplotación del sexo o la identidad. 

Según el director de Pillion, la adaptación de la novela Box Hill de Adam Mars-Jones (publicada en español por Grupo Planeta), fue hecha con total libertad. “Se trata de tomar rápido lo que te resuena, y correrte igual de rápido de lo que no”: mientras que el libro está ambientado en los 70, la película es contemporánea; en uno hay cruising, en la otra, dominación. Que elementos puedan ser “trasladados” de una a la otra, también los hace algo atemporales, o propios de la “sociabilidad gay”.

Como toda película de A24 –un poco infaltables en nuestras proyecciones de Incomodidad CineClub- no parece algo prefabricado para el público general. No hay un guion limpio, tampoco un desarrollo predecible… o al menos no para el público más heterosexual. En Pillion hay un desplazamiento. Ray no vuelve y no hay explicación. No hay catarsis, ni revancha, ni venganza. La ausencia de Ray es una herida para Colin. No es una herida curada, es una herida común y compartida, llevable y llevada, conocida por todos nosotros. Colin no supera su historia con Ray, la hace carne. Una tercera pierna sobre la que caminar rengo.

Aceptar la ausencia de quien pudo mirar algo singular en nosotros y amarnos; o señalarte cuándo estás brillando fuerte, decirte cuando hacés algo muy bien… aunque eso sea lamer una bota. El final es algo nostálgico, es el de una película que ha jugado en todo momento con lo que uno espera de ella y del amor. No trata sobre el abandono, sino sobre el miedo a volver a enamorarse. Y es cálida alrededor de eso: la vida sigue. Sigue, a pesar de que lo que tuviste con alguien haya sido único y especial.

 

Incomodidad Cineclub en Rusia galería

Incomodidad CineClub vuelve en su tercera temporada, esta vez habitando el espacio de Rusia/Galería (Buenos Aires 729) invitados por la Fundación para el Arte Contemporáneo de Tucumán (FACT) de la mano de Gustavo Nieto. Esta es una reseña de la película de su primera proyección, realizada el pasado viernes a sala llena. 

El espacio nació como una propuesta del escritor Patricio Dezalot para Biblioteca Ayelén en el año 2024. Por sus ¡ya 47 proyecciones! Pasaron artistas y activistas de manera más o menos regular, explorando qué lxs pone incómodxs de ver y qué los atrae de otras formas de contar historias. Esta tercera temporada se renueva, acompañado oficialmente por el diseñador tucumano Pablo Correa Senestrari como parte de su comité ejecutivo y encargado de la nueva propuesta gráfica.

Las proyecciones se llevarán adelante todos los viernes de este año. El próximo viernes 24 de abril con Crónicas de una Santa Errante (Tomás Bustillo, 2023), película argentina protagonizada por Mónica Villa, presentada por Pablo Correa Senestrari y con trasnoche musical de la mano de San Sebastián DJ.

La entrada es gratuita con reserva, aunque la capacidad del espacio es limitada. Se hacen por mensaje a través del Instagram de La Cascotiada.

seguí leyendo