Nacido y criado en la esquina de Entre Ríos y Florida, Villa Alem, Eduardo Benito Albornoz habla, baila y toca el bombo en latucumana de mañana para recibir este 25 de Mayo. Revolución y semblanza del hombre más conocido de la Casa Histórica. | Por Alfredo Aráoz
Queremos mucho a Lalo.
“Lleva en el alma una zamba / Duerme un malambo con él / Y con una chacarera / Se besa en el alba / No tiene mujer”.
La letra y la música de Horacio Guarany retumba esta mañana. Del Chúcaro es el tema que le pide El Gaucho Lalo al operador técnico de radio latucumana Joaquín Rostán para entrar en clima. Es un clima fervoroso el que se vive en nuestros estudios, es una sonrisa patria la que trae el invitado del día: Eduardo Benito Albornoz, El Gaucho Lalo, el bailarín de Tucumán.
“Me daban un billetito después de bailar y ahí nomás yo me iba a la panadería Rodríguez, en Villa Alem. Con ese billetito me compraba rosquetes con anís. En la misma panadería había una ventana donde me sentaba a comerlos y quedaba con toda la boca blanca, feliz”, narra Lalo, el hombre de 75 años que achina los ojos y vuelve a aquella escena del niño que fue.
Nacido y criado en la esquina de Entre Ríos y florida, Villa Alem, hijo de Gaspar Albornoz y de Julia Inés Bounar, la historia del Gaucho Lalo no se puede entender sin primero revisar el pasaporte de sus abuelos, no se puede explicar sin las vías de tren que construyó su padre, no se puede sentir sin acariciar por última vez las manos de su madre.
“Teníamos un solo sueldo que era el de Gaspar, mi padre ferroviario. Fue una infancia pobre, pero hermosa. Mi madre Julia Inés lavaba ropa. Y mis abuelos nos ayudaban: Don Segundo Bounar era francés y había llegado a Tucumán escapando de la guerra, mientras que doña Filomena Suárez Echeverría había venido a nuestra provincia también dejando España a principios del siglo pasado”.
El corte de pelo clásico que acompañó a Lalito hasta convertirse en Lalo fue siempre el mismo y nació en las tijeras del abuelo Segundo, el peluquero francés de Tucumán: “Era hermosa la peluquería de mi abuelo. Primero tenía un local y luego iba a domicilio. Yo a veces lo acompañaba. Y mientras íbamos ya aparecía la música por las casas tucumanas: tangos, valses, pasodobles y folklore, mucho folklore”.
Esa pasión por la pasión música popular le creció como los pies mientras aprendía el repique, el papito papá, punta atrás y quebrada, las primeras figuras del baile nacional argentino.
“Yo aprendí a bailar por mi papá, quien además de ferroviario era tanguero. Sabía bailar. Hasta que conoció a Ramón Espeche, un tucumano al que también nombra Horacio Guarany, como hace con Don Santiago Ayala, en los fraseos de Del Chúcaro. Entonces ese tucumano llamado Ramón Espeche le enseñó a mi papá y mi papá me enseñó a mí. En bautismos, cumpleaños, actos escolares y donde hubiera una reunión yo bailaba. ‘¡Bailá, Lalito!’, me pedían. Y yo con ese billetito volvía a la panadería a buscar los rosquetes de anís”.
“Despunta la madrugada / Se va la vida con él / El bailarín de la noche / Don Santiago Ayala / El gran bailarín / El bailarín de la noche / Don Santiago Ayala / El gran bailarín / Será que el Chúcaro siempre / Fue siempre chúcaro y gris / Que no le duran mujeres / Las gasta en el baile / Hasta hacerlas morir / Que no le duran mujeres / Las gasta en el baile / El gran bailarín”, canta Guarany, a quien por supuesto conoció Lalo, este bailarín que se empilcha todas las mañanas de Tucumán para calzarse el sombrero, la camisa simple, el pañuelo blanco, el traje bordó con el poncho y bombacha al tono, y unas botas marrones de cuero recién lustradas que brillan bajo el sol de Mayo para completar la imagen junto al blanco de las paredes y las puertas azules de la Casa que Lalo visita todos los días.
Aquí, sobre calle Congreso al 100, donde se erige la Casa Histórica que parió a la Patria, aquí brilla Lalo junto a un pequeño parlante conectado al celular. Él mismo cambia las pistas musicales con el dedo en la pantalla táctil. Los turistas pasan y lo filman. Algunos le dejan un billete en el sombrero que alimenta los días de Lalo. Con ese dinero irá a los bares que no le cobran: “Voy a Gastón, voy a La Pizzada, voy a Mostacho, voy a Bernasconi. Siempre me convidan algo. Mucha gente me quiere”, cuenta Lalo durante la entrevista con León Torrente y Alfredo Aráoz en el piso de latucumana de mañana.
Antes del zapateo de cierre, un pedazo de historia grande contada y cantada en primera persona: nada más y nada menos que Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa y Los Chalchaleros, a quienes Lalo conoció desde que no tenían nombre: “Atahualpa Yupanqui se escuchaba mucho en mi casa. ¿Yupanqui Chavero? Claaaaaaaaaro”, dice Lalo, quien remata así a los grandes que marcaron su vida. “¿Mercedes Sosa? Claaaaaaaaaro. ¿Los Chalchaleros? Claaaaaaaaaro”.
Empezamos por Los Chalchaleros: “Son mi debilidad Los Chalchaleros. Los escuché toda mi vida. Inclusive sé la historia de ellos. Contanos. Si querés te la voy a contar: ellos eran estudiantes de 18 años y para presumir a las chicas se juntaron cuatro y cantaban. Ellos no tenían profesor ni nada. Cantaban pues tenían oído, les gustaba. Y bueno, un día, una vez, iban a un certamen intercolegial, y han participado. El que dirigía el grupo era Juan Carlos Sarabia. El animador del baile les dice: ‘Me encantó su música. ¿Cómo se llaman ustedes?’. Sarabia se mira con sus amigos y le responde: ‘Y nosotros somos cantores chalchaleros”.
Seguimos por Yupanqui: “Claaaaaaaaaaaaro. La Raqueña, Luna Tucumana, Nostalgia Tucumana, Adiós Tucumán. Atahualpa le cantaba tanto a Tucumán que hay una confusión. Muchos creían que Atahualpa era tucumano, pero no: era de Pergamino, porteño. Nada más que él vivía mucho tiempo en Raco, por eso hizo La Raqueña. ¿Y sabés por qué se fue de Tucumán y escribió Adiós Tucumán? Porque lo corrieron de Raco porque lo tildaron de comunista cuando él cantó por primera: ‘Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas’. Qué mala será mi pena que solo sabe penar / Como me duele esta pena De irme tan lejos De mi Tucumán”, tararea Lalo.
Y cerramos con Mercedes, claro: “¿Mercedes Sosa? Claaaaaaaaaaaro. Me encantaba. ¡Y cuando cantaba Balderrama! ‘A orillitas del canal / Cuando llega la mañana / Sale cantando la noche / Desde lo de Balderrama’. Ella le inmortalizó a la zamba y yo conozco la peña”.
Antes de irnos a la pausa en este placer de entrevista con sabor a anís y yerba que nos dimos en latucumana, El Gaucho Lalo se acomoda una vez más los auriculares para escuchar como si fuera la primera vez uno de los himnos que se cantarán este 25 de Mayo en alguna peña, en algún fogón, entre locros y vino, entre mates y quebrantos, una más:
Yo no le canto a la Luna
Porque alumbra, nada más
Le canto porque ella sabe
De mi largo caminar
Le canto porque ella sabe
De mi largo caminar
Ay, Lunita tucumana
Tamborcito, Calchaquí
Compañera de los gauchos
Por las sendas del Tafí
Compañera de los gauchos
Por las sendas del Tafí
Perdida en las cerrazones
Quién sabe, vidita, y por dónde andaré
Mas cuando salga la Luna
Cantaré, cantaré
A mi Tucumán querido
Cantaré, cantaré
Con esperanza o con pena
En los campos de Acheral
Yo he visto a la Luna buena
Besando el cañaveral
Yo he visto a la Luna buena
Besando el cañaveral
En algo nos parecemos
Luna de la soledad
Yo voy andando y cantando
Que es mi modo de alumbrar
Yo voy andando y cantando
Que es mi modo de alumbrar
Perdida en las cerrazones
Quién sabe, vidita, y por donde andaré
Mas cuando salga la Luna
Cantaré, cantaré
A mi Tucumán querido
Cantaré, cantaré, cantaré