SEMBLANZA

Nina: La enamorada del viento

Mito, cultura, memoria de un pueblo y de mi ciudad llamada Tafí Viejo, la más linda del mundo. | Por José Luis Mazza

25 May 2026 - 19:57

La Nina, por Atilio Roberto. Foto: X

Cuando yo era chico, ella bajaba de las yungas montada en su caballo. Llegaba hasta la despensa de la vuelta de mi casa, cálida, predispuesta y siempre charlando de todo lo que pasaba allá arriba, en el cerro. No sabía leer ni escribir en el sentido formal; ella manejaba otra sabiduría. Lo suyo era una poesía ancestral de las yungas, un idioma propio que la acercaba a los pinos, a los nogales y al grito de la selva que solo ella entendía para comunicarnos su alegría y su lamento.

Con las riendas firmes y la mirada limpia de quien se pasa los meses conversando con la bruma, Petrona Lucinda Velárdez bajaba al llano por la calle Uttinger. El ruido de los herrajes de las herraduras sobre el asfalto era el primer aviso para los vecinos. No venía del bullicio metalúrgico de los talleres ferroviarios, sino de más arriba, de donde el mapa taficeño se deforma y se vuelve monte puro. Su destino final era la despensa y verdulería de Pepe Burgos, donde compraba sus provisiones un par de veces por semana. Ahí se quedaba a charlar con cualquiera que se acercara a conocerla; te daba una caricia con esas manos curtidas por el trabajo, el frío y la soledad del cerro, todo entre el olor a tierra húmeda de las papas recién sacadas y el crujido de los cajones de madera.

En ese mostrador de barrio, ante la mirada atenta de Pepe y de los vecinos que sostenían las bolsas de los mandados para escucharla, la Nina no traía chismes de la política del pueblo. Lo suyo eran crónicas vivas de las yungas, el nacimiento de un ternero bajo un aliso, la advertencia del viento en las altas cumbres del Puesto de los Velárdez, o el secreto curativo de una raíz de alpamato que venía desenterrando con sus propias manos. No tenía títulos, pero leía el cerro con una precisión tremenda. En la verdulería de Burgos, sus relatos no eran para hacer turismo folclórico; eran la última frontera de nuestra identidad.

La Nina, que alguna vez confesó con picardía que había dejado pasar a los hombres para "enamorarse del viento", entendía el lenguaje de lo invisible. Sabía escuchar el pulso de la naturaleza y sabía que ese sonido era su refugio, el mismo que le ofrecía a los caminantes, poetas y científicos en su puesto con un yerbeao.

Viendo las cosas a la distancia, da para pensar cómo el circuito académico tucumano la "redescubrió" en sus últimas décadas. Biólogos y universitarios subían a pie por la senda de la Primera Toma, cargando anotadores para consultar al mito viviente. Qué paradoja: la mujer que no sabía firmar con lapicera terminaba guiando a los científicos a través de la flora y fauna local. Hay una sutil condescendencia urbana cuando la ciudad la nombraba la "Pachamama viviente", como si la sociedad quisiera momificarla para calmar la culpa de estar destruyendo el paisaje.

Cuando los caminantes sacaban la cámara, ella les esquivaba el lente. Tenía esa vieja sospecha de que las fotos te atrapaban el alma. Hoy, en estos tiempos de pantallas donde si no te mostrás parece que no existís, el rechazo de la Nina a los flashes se lee como un acto de rebeldía. Su mística no se armó con píxeles ni tiktoks, sino con el boca en boca de la gente.

El verdadero drama comenzó cuando el cuerpo le empezó a pasar factura por los años, el frío y la altura. Sus allegados y las instituciones del pueblo, entre la preocupación real y el apuro de la ciudad, la convencieron de bajar. Le armaron un techo cerca de la Hostería Atahualpa Yupanqui, justo ahí donde Tafí intenta domesticar al cerro y donde el fin de semana próxima otra Nina, de Siberia, intentará domesticar el viento a través de sus beats electrónicos.

El que sufrió Nina Velárdez fue un exilio piadoso, pero exilio al fin. Aceptar los ladrillos no significó colgar el poncho. Quienes la cruzaron en esos tiempos se acuerdan de que la Nina, aunque ya no tenía su caballo, seguía subiendo a pata todos los días hacia el monte. Necesitaba respirar su aire y comprobar si el viento todavía la seguía llamando por su nombre entre las ramas de los pinos.

La Nina se nos fue el 28 de septiembre de 2013, a los 91 años. Hoy una escuela lleva su nombre y los políticos la nombran en los discursos oficiales. Pero su verdadero monumento no está en los papeles; está en el sendero, donde el escultor Atilio Roberto le sacó el rostro directamente a la piedra del cerro. Allá abajo, en la Uttinger, la despensa de Pepe Burgos ya es un recuerdo borroso de la infancia. Sin embargo, cuando el viento del oeste baja limpio y helado desde las altas cumbres, todavía parece arrastrar el eco de unos cascos sobre el pavimento y el murmullo de la mujer que bajaba de las nubes para recordarnos de dónde venimos.

Aunque vaya ironía la de estos tiempos modernos hoy su nombre es la cara del "Nina Bot", el asistente de WhatsApp que armó la Municipalidad para que los vecinos reclamen por los baches y los focos quemados. Un homenaje tecnológico a su memoria y a su mística, dicen. Cosas de la modernidad; pasamos de escucharla hablar con el viento en el mostrador de Pepe Burgos, a mandarle un mensaje de texto para que nos arreglen la luz de la esquina. Su espíritu, por suerte, sigue inalcanzable allá arriba en los cerros.

La Nina. Foto: gentileza de Ricardo Yance.

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