HISTORIAS DE ACÁ

"Son especiales": Maxi, el churro de Candy y el secreto del bar que cumplió 73 años en Tucumán

Un sábado a la mañana como hoy, Álvaro Maximiliano Domínguez salió de su casa en Lastenia en bicicleta. Pedaleó hasta el centro de San Miguel de Tucumán y llegó a la calle Córdoba 513 donde consiguió el trabajo que mantiene desde hace 13 años: Candy. Bienvenidos a la historia de un templo dorado y crocante, relleno de sabor, icónicos en la boca de miles y miles de tucumanos desde 1953. Cómo los hace y cuál es el secreto. VIDEO

30 May 2026 - 13:57

Maxi, de Candy. Mirá esa foto.

Esta historia empieza como tenía que ser: un sábado a la mañana. Como hoy, pero hace 13 años, Álvaro Maximiliano Domínguez se subió a su bicicleta y empezó a pedalear desde su casa en Lastenia. Surcó por el Hospital del Este Eva Perón, saludó a los gordos de Cardenales, gambeteó al lago San Miguel del Parque 9 de Julio, contempló una caña de azúcar del Obispo Colombres y subió por la Cuba cinco cuadras más hasta llegar a la puerta de Córdoba 513. Así consiguió su trabajo en el templo dorado y crocante del churro con chocolate de Tucumán: Candy.

“Llegué por una recomendación. Había renunciado el muchacho que estaba trabajando anteriormente. Soy cafetero, pero me dijeron que había una vacante y me presenté. El señor que estaba de encargado me dijo: ‘Bueno, probate y y vemos’. Fue un día sábado que fui, me probaron y quedé. Así empecé a trabajar en Candy”, le cuenta Maxi a Ana Pedraza y a Alfredo Aráoz en el segmento Oficios de latucumana de mañana.

Al igual que miles de tucumanos y tucumanas alguna vez, Maxi empujó la puerta de vidrio pintada a mano con letras naranjas y bordes amarillos como el sol y una taza con la C de Candy, una orejita perfecta para que el dedo índice la tome mientras en un platito asoman ellos, dos o cuatro, media porción o una, siempre dorados y crujientes, largos y de grasa, rellenos o simples, cubiertos como un cerro por una nieve de azúcar.  

“Dime amor lo que se siente”, canta el Puma Rodríguez, esta mañana de Tucumán mientras Maxi ya prepara los churros de Candy para disfrutar de uno de los momentos más felices de la vida que podemos vivir en nuestra provincia: churros con chocolate, churros con submarino, churros con café con leche, churros con churros. Todos los churros, el churro.

“Claro que yo ya conocía Candy antes de empezar a trabajar aquí. Iba de chico con mi mamá. Después empecé a ir con con quien es mi señora ahora. Siempre fui, siempre íbamos. Antes trabajaba una chica que era amiga mía ahí. Entonces, claro, iba a conversar con ella, y bueno, de paso consumía un churro”.

Con nuestra madre, con nuestro padre, con nuestra pareja, con nuestros amigos o solo, siempre es buen momento para ir a Candy y más con mañanas así como las de ahora, frescas para despedir a todo el sol de mayo patrio colmada de chocolate y churro en los puestos y en las plazas, pero ninguno como los que prepara Maxi y los muchachos: “Son especiales los churros que hacemos. Hay mucha dedicación. No es fácil prepararlos. Lleva un tiempo para aprender los tiempos de cocción, el tiempo de amasado. Hay que saber cuándo se pasa, cuándo no, la cantidad de sal que lleva, la cantidad de aceite que hay que tener para fritarlo”.

Mientras los churros que trajo Maxi esperan ahí, calentitos, enormes y llenos de azúcar, Ana y Alfredo los miran de reojo. Detrás de cámaras, a Joaquín y Franco casi se les cae un celular ante la tentación: “Son irresistibles. No hay con qué darle”, comentan desde el fondo, listos para romper el ayuno intermitente tan de moda por estos tiempos de desayunos con paltas, huevo, nueces, yogurt griego, tocino, caramel machiatto, flat white y la mar en coche. 

Hay modas que pasan y hay tradiciones que se mantienen: Candy cumplió la semana pasada 73 años en Tucumán con una fórmula que no falla y solo se altera en la elección del cliente conforme a la edad: cuando somos chicos, chocolate; ya más grandes, café con leche; después, café doble cargado para estar despiertos en los tiempos que corren.

Así como se traza una línea temporal desde que somos chicos hasta convertirnos grandes, desde que fuimos de la mano a Candy hasta que estudiamos, trabajamos y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, aparece el cartel de Anses, Candy tampoco distingue de edad ni de climas: “Un día de frío podés ir y comer un churro, en el verano podés tomarte un licuado con churros. A mí me gusta en verano, por ejemplo, comerme dos churros con una Coca-Cola. El churro puede estar en cualquier momento del año, lo que cambia es con qué lo acompañas. Eso sí: el submarino sale más en invierno”.

¿Quién para hundir una barra de chocolate Águila y derretirla en el calor de un mar de leche? “El submarino es un clásico con el vasito típico y el chocolate Águila. El submarino es el estandarte del invierno. Va mucha gente mayor. Mucha gente que va a Candy desde hace muchos años vuelve el día de cobro a recordar. En Candy uno recuerda cuando la madre lo llevaba y ahora ve a esa madre ya abuela llevando a los nietos. Entonces, todo el mundo pasa por Candy. Pero también van chicos jóvenes a estudiar o que vienen de estudiar. Pasan por ahí porque somos rápidos al atender. Entonces a los chicos les conviene ir, llegar, desayunar rápido y pasar”.

Alcanza con empujar esa puerta de vidrio que abrieron sus dueños en 1953 para apurar esta historia, como hacen Brenda, Omar y quienes trabajan con Maxi en Candy: “Se hace la masa, se prepara la masa en la masadora y eso se lleva va a una máquina de la máquina de hacer churro. Nosotros tenemos un sartén grande. Entonces para no estar no como los chicos de la calle que van largando de a uno en el sartén, nosotros directamente vamos con una masa, con una rosca espiral entonces se cocciona más rápido”.

Se hace agua la boca y entonces probamos un churro: Ana prueba uno mientras Alfredo habla y Ana habla mientras Alfredo prueba otro. "Crack", cruje el churro al primer mordisco y el resto es historia. La boca humecta el primer bocado y el corazón del churro ahora toca los cristales del azúcar de Tucumán y en ese simple acto, acaso, se resuma la historia de una provincia marcada a fuego por el trabajo y el disfrute, por el sudor y por la recompensa. 

Franco Carletto mete bocado y pregunta mientras la conductora tiene la boca llena: “¿Se sopa el churro en el chocolate? ¿Vale o no vale? Una vez que fuimos a Candy y mi esposa me dijo: ‘Por favor, Franco, controlate’. ¿Se puede?”. Maxi da el visto bueno y aparece en escena otra versión: mate cocido con churro y azúcar. Una vez que se maridan, se terminan las palabras: “La tucumanidad, señores. No busquen más. Esto es sublime. El churro de Candy es sublime”

Con precios súperpopulares, Ana Pedraza toma la carta original de Candy y así se explica también la masividad del bar de Córdoba casi 25 de Mayo rodeado de otros lugares icónicos: frente al Correo Argentino, al lado del Postino, en la misma cuadra de Tevelín, de Castillo, de la farmacia Namuncurá, de la perfumería Maryon, de clásicos de clásicos del comercio tucumano que todas las mañanas, de lunes a sábado, abren sus persianas, pero antes, durante o después, también tienen una cita impostergable. Sépanlo: aquí está uno de los artífices de Candy, el churro de los churros, aquel chango de Lastenia que todavía viene en bici o en moto, sale a la mañana, vuelve al mediodía, regresa a la tarde y vuelve a la casa a la noche. 

“Café con leche con churro 6.000 pesos, café con leche con dos tortillas o dos media lunas 5.000 pesos, café doble con churros 7.000 pesos, café doble con dos tortillas o dos medialunas 6.000 pesos, café cortado 3.000 pesos, jarrita 3.500 pesos, capuchino grande con churros 7.000 pesos, capuchino grande con dos tortillas o dos medialunas 6.000 pesos, leche chocolatada con churro 6.000 pesos, leche chocolatada con dos tortillas dos medalunas 5.000 pesos, submarino con churros 8.000 pesos, submarino con dos tortillas 7.000 pesos, café con leche completo 7.000 pesos, chocolatada con churro 9.500 pesos, leemos al aire sin pausa y sin respiro hasta que Maxi revela otro secreto: por qué el color del chocolate es tan oscuro y espeso.

 “Es un chocolate que se conoce como el español porque así lo preparan en España y es así porque se derriten dos barras de chocolate, se le agrega cacao amargo y queda superespeso”, nos cierra la boca Álvaro Maximiliano Domínguez y cierra este homenaje a Candy que realizamos en eltucumano.

“Gracias a mi familia que me hace el aguante siempre, a mis compañeros de trabajo que permiten que esté aquí contando mi historia y la de Candy y gracias a ustedes. Esta nota le hace muy bien al bar en estos tiempos que vivimos. Gracias de verdad”, se despide Maxi, y vuela a Candy.

Los churros lo esperan, el chocolate lo extraña, el submarino lo quiere, el café con leche lo añora, todo un mundo revuelto por una cuchara, por unas cucharadas de azúcar, bien dulce. Y adentro.

                                                             

Pasión de grandes y chicos, Franco y Sol también disfrutaron de Candy para TikTok:



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