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Y así es que parto a Quito, con el sueño inalcanzable

Hoy, a 19 años de aquél primer viaje siguiendo a Atlético, armo mi valija y la cargo con las mismas ilusiones de aquél viernes de 1998. Miro mis camisetas y me vienen a la memoria los viajes a Jujuy, Salta, Catamarca, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Cada una de esas camisetas encierra una historia de victoria y de derrota. Cada una tiene una anécdota junto a amigos y desconocidos. Cada una tiene un lugar para conocer.

03 Feb 2017 - 17:24

La primera vez que viajé para ver a Atlético fuera de la provincia, no armé una valija. Tampoco un bolso.
Era un viernes de 1998 y estaba en lo de mis viejos cuando sonó el teléfono. Eran cerca de las 15 y la que atendió fue mi mamá. "Tu papá quiere hablar con vos", me dijo. "¿Qué pasa, viejo?", le pregunté sin decirle un "hola". "Vení ya para la cancha. Conseguí dos lugares en una traffic. Nos vamos a ver al Deca a Salta", me dijo entusiasmado. "Apurate que los estoy reteniendo", fue lo que soltó antes de colgar.
Entre mis cosas alcancé a ubicar una camiseta del `95 marca Puma: me la puse y salí vestido del barrio Ferroviario con una bermuda y unas zapatillas Topper blancas, un paquete de Phillip Morris de 10 cigarros, y unos 5 pesos que me sobraron de toda la semana.
En la parada de la esquina de Mendoza y Lucio Mansilla me mordía las uñas al ver pasar los minutos y que el bondi de la línea 5 no aparecía. No había forma de que le diga a mi papá que retenga esa traffic, no existían los mensajes de texto ni el Whatsapp.
Para cuando apareció el colectivo -seguramente demoró menos de lo que yo creía- me invadió una tranquilidad que solo sentía cuando sabía que iba a desaprobar una prueba en la secundaria y aparecía un 6 salvador.
Todo el camino hasta el Monumental me fui imaginando cómo sería ver a Atlético fuera de Tucumán. El equipo de ese entonces, conducido por Humberto Zuccarelli, era sensación del Nacional B 98/99, con un Pirata Czornomaz que hacía goles casi todos los partidos, apoyado en jugadores de un gran nivel como el Negro Ibáñez, Nilton Pardal, Fernando Clementz, el boliviano Rimba y Peinado, entre otros. El rival de esa noche era un enorme Gimnasia y Tiro que tenía al Loco Cervera como su figura.
Cuando me bajé del bondi en la esquina de Chile y Muñecas, empecé a correr con toda mi ansiedad a cuestas la cuadra que me separaba de 25 de Mayo y Chile. Casi llegando a la esquina escuché gritar a dos desconocidos "¡ahí viene! ¿Es ese el que falta?". "¡Ese es mi hijo!", gritó mi papá. "Bien, culiao!", festejó otro por ahí.
La expectativa por el partido era enorme y por eso todo aquel que tenía un vehículo apto para transportar 15 personas, se presentó en el José Fierro para hacer unos pesitos.
Cuando llegué subí a la traffic que tenía un banco de madera largo en el que, amontonados, entraban cinco personas. El resto íbamos sentados en el piso hasta Villa Mariano Moreno para conseguir otros bancos en el pudiésemos sentarnos los 10 que faltábamos.
No sé si fue buena idea buscar esos bancos porque cuando arrancamos viaje a Salta parecía que en cualquier momento se iban a desarmar.
Recuerdo que viajábamos tipos de 18 a 50 y pico de años. Casi nadie se conocía, por lo que el diálogo era obligado con el que cada uno tenía a la par - mi caso con mi papá-.
Hasta que un señor, medio cuarentón, flaco, de estatura media, algunas canas y una piel curtida por el sol, tomó la palabra: "bueno, muchachos. Veo que aquí somos casi todos desconocidos así que voy a romper el hielo contando chistes". 
No recuerdo el nombre de ese señor. Pero sí tengo fresco en la memoria las risas y los aplausos que generaba cada cuento. 
Luego del quinto o sexto chiste, el tipo se presentó nuevamente y contó que laburaba entregando sodas con un camión repartidor, y que consiguió que su compañero -el chofer- le haga el aguante y se encargue de repartir solito las sodas para que él pueda viajar. Concluida su presentación fue preguntando a uno por uno los nombres y a qué se dedicaba: un joven vestido de camisa, pantalón de vestir y zapatos confesó que laburaba en una casa de electrodomésticos, y que como su jefe no le dio permiso para viajar decidió pegar el faltazo, y que lo más probable era que a su regreso se iba a comer una puteada de su familia y de su jefe. "Pero ver al Deca lo vale", se justificó.
Había unos changos que laburaban en una distribuidora y descargaban camiones. Otro que le había prometido a su novia ir ese fin de semana a ver las tarjetas de invitación para su casamiento, pero que en vez de eso aceptó la propuesta de su amigo, que iba sentado a su lado, que lo pasó a buscar de su casa con una conservadora llena de latas de cerveza que decidió convidar durante el viaje.
Concluida la presentación de todos los viajeros, el tema central fueron anécdotas referidas a Atelético -como pronunciaban algunos-.
El viaje continuó con paradas en Metán, y otra localidad más, para mear y hacerse de más cervezas.
En la entrada de Salta nos recibieron con algunas pedradas, a pesar de que la trafficc no tenía ninguna identificación con Atlético (ni siquiera vidrios a los costados tenía). 
Pasado ese sofocón nos bajamos cerca de la Terminal de Ómnibus que estaba ahí nomás de la cancha de Gimnasia.
La fila de autos y motos en la ruta hacían presagiar la invasión de decanos en Salta. Las crónicas de aquella noche hablaban de 6000 hinchas que coparon una de las populares y el sector de plateas visitante.
Como la popular asignada esa noche para los hinchas de Atlético era bajita, desde afuera llovían los piedrazos que se contestaban desde adentro.
Para cuando arrancó el partido, el local quiso llevarse por delante a Atlético, pero aquél equipo de Zucarelli era bravo y tenía mucha personalidad. Y por eso fue que luego de un centro sobre el área Marcelino Galoppo apareció a la carrera para marcar el 1 a 0 de un frentazo que conectó de lleno. 
No sé por qué yo estaba en lo más alto de la tribuna y mi papá casi pegado al alambrado. Allí me abracé con un grupo de desconocidos que no sé de dónde aparecieron, y que armaron una avalancha y me arrastraron unos cuantos escalones. 
Como pude logré ubicarlo a mi viejo, que también me buscaba con la vista entre la multitud. Para cuando nos vimos los dos agitábamos nuestros puños derechos cerrados a modo de celebración.
Atlético aguantó el resultado apoyado en la enorme figura de Pardal que descolgó cuanto centro caía al área. 
Terminado el partido logré abrirme paso entre todos esos decanos eufóricos para abrazar a mi papá con tanta fuerza, que ni él ni yo queríamos soltarnos.
Hoy, a 19 años de aquél primer viaje siguiendo a Atlético, armo mi valija y la cargo con las mismas ilusiones de aquél viernes de 1998. Miro mis camisetas y me vienen a la memoria los viajes a Jujuy, Salta, Catamarca, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Cada una de esas camisetas encierra una historia de victoria y de derrota. Cada una tiene una anécdota junto a amigos y desconocidos. Cada una tiene un lugar para conocer. 
Y así es que parto a Quito, con el sueño inalcanzable (aún en los peores momentos) que hoy es realidad. Con la alegría de saber que habrá nuevas historias junto a amigos. Con la certeza de que el fútbol no es la vida ni la muerte, pero que con poquito podés ser feliz. Con la esperanza de que nunca está nada dicho, y con la seguridad de que si hay un gol que valga un triunfo, mi papá y yo nos vamos a buscar en nuestra imaginación con un puño bien cerrado y alto para celebrarlo como aquella noche de Salta.

La primera vez que viajé para ver a Atlético fuera de la provincia, no armé una valija. Tampoco un bolso.

Era un viernes de 1998 y estaba en lo de mis viejos cuando sonó el teléfono. Eran cerca de las 15 y la que atendió fue mi mamá. "Tu papá quiere hablar con vos", me dijo. "¿Qué pasa, viejo?", le pregunté sin decirle un "hola". "Vení ya para la cancha. Conseguí dos lugares en una traffic. Nos vamos a ver al Deca a Salta", me dijo entusiasmado. "Apurate que los estoy reteniendo", fue lo que soltó antes de colgar.

Entre mis cosas alcancé a ubicar una camiseta del `95 marca Puma: me la puse y salí vestido del barrio Ferroviario con una bermuda y unas zapatillas Topper blancas, un paquete de Phillip Morris de 10 cigarros, y unos 5 pesos que me sobraron de toda la semana.



En la parada de la esquina de Mendoza y Lucio Mansilla me mordía las uñas al ver pasar los minutos y que el bondi de la línea 5 no aparecía. No había forma de que le diga a mi papá que retenga esa traffic, no existían los mensajes de texto ni el Whatsapp.

Para cuando apareció el colectivo -seguramente demoró menos de lo que yo creía- me invadió una tranquilidad que solo sentía cuando sabía que iba a desaprobar una prueba en la secundaria y aparecía un 6 salvador.

Todo el camino hasta el Monumental me fui imaginando cómo sería ver a Atlético fuera de Tucumán. El equipo de ese entonces, conducido por Humberto Zuccarelli, era sensación del Nacional B 98/99, con un Pirata Czornomaz que hacía goles casi todos los partidos, apoyado en jugadores de un gran nivel como el Negro Ibáñez, Nilton Pardal, Fernando Clementz, el boliviano Rimba y Peinado, entre otros. El rival de esa noche era un enorme Gimnasia y Tiro que tenía al Loco Cervera como su figura.

Cuando me bajé del bondi en la esquina de Chile y Muñecas, empecé a correr con toda mi ansiedad a cuestas la cuadra que me separaba de 25 de Mayo y Chile. Casi llegando a la esquina escuché gritar a dos desconocidos "¡ahí viene! ¿Es ese el que falta?". "¡Ese es mi hijo!", gritó mi papá. "Bien, culiao!", festejó otro por ahí.



La expectativa por el partido era enorme y por eso todo aquel que tenía un vehículo apto para transportar 15 personas, se presentó en el José Fierro para hacer unos pesitos.

Cuando llegué subí a la traffic que tenía un banco de madera largo en el que, amontonados, entraban cinco personas. El resto íbamos sentados en el piso hasta Villa Mariano Moreno para conseguir otros bancos en el pudiésemos sentarnos los 10 que faltábamos. No sé si fue buena idea buscar esos bancos porque cuando arrancamos viaje a Salta parecía que en cualquier momento se iban a desarmar.

Recuerdo que viajábamos tipos de 18 a 50 y pico de años. Casi nadie se conocía, por lo que el diálogo era obligado con el que cada uno tenía a la par - mi caso con mi papá-.

Hasta que un señor, medio cuarentón, flaco, de estatura media, algunas canas y una piel curtida por el sol, tomó la palabra: "bueno, muchachos. Veo que aquí somos casi todos desconocidos así que voy a romper el hielo contando chistes". 

No recuerdo el nombre de ese señor. Pero sí tengo fresco en la memoria las risas y los aplausos que generaba cada cuento. 

Luego del quinto o sexto chiste, el tipo se presentó nuevamente y contó que laburaba entregando sodas con un camión repartidor, y que consiguió que su compañero -el chofer- le haga el aguante y se encargue de repartir solito las sodas para que él pueda viajar. Concluida su presentación fue preguntando a uno por uno los nombres y a qué se dedicaba: un joven vestido de camisa, pantalón de vestir y zapatos confesó que laburaba en una casa de electrodomésticos, y que como su jefe no le dio permiso para viajar decidió pegar el faltazo, y que lo más probable era que a su regreso se iba a comer una puteada de su familia y de su jefe. "Pero ver al Deca lo vale", se justificó. Había unos changos que laburaban en una distribuidora y descargaban camiones. Otro que le había prometido a su novia ir ese fin de semana a ver las tarjetas de invitación para su casamiento, pero que en vez de eso aceptó la propuesta de su amigo, que iba sentado a su lado, que lo pasó a buscar de su casa con una conservadora llena de latas de cerveza que decidió convidar durante el viaje.

Concluida la presentación de todos los viajeros, el tema central fueron anécdotas referidas a Atelético -como pronunciaban algunos-.El viaje continuó con paradas en Metán, y otra localidad más, para mear y hacerse de más cervezas.

En la entrada de Salta nos recibieron con algunas pedradas, a pesar de que la trafficc no tenía ninguna identificación con Atlético (ni siquiera vidrios a los costados tenía). 

Pasado ese sofocón nos bajamos cerca de la Terminal de Ómnibus que estaba ahí nomás de la cancha de Gimnasia.

La fila de autos y motos en la ruta hacían presagiar la invasión de decanos en Salta. Las crónicas de aquella noche hablaban de 6000 hinchas que coparon una de las populares y el sector de plateas visitante.

Como la popular asignada esa noche para los hinchas de Atlético era bajita, desde afuera llovían los piedrazos que se contestaban desde adentro.

Para cuando arrancó el partido, el local quiso llevarse por delante a Atlético, pero aquél equipo de Zucarelli era bravo y tenía mucha personalidad. Y por eso fue que luego de un centro sobre el área Marcelino Galoppo apareció a la carrera para marcar el 1 a 0 de un frentazo que conectó de lleno. No sé por qué yo estaba en lo más alto de la tribuna y mi papá casi pegado al alambrado. Allí me abracé con un grupo de desconocidos que no sé de dónde aparecieron, y que armaron una avalancha y me arrastraron unos cuantos escalones. 

Como pude logré ubicarlo a mi viejo, que también me buscaba con la vista entre la multitud. Para cuando nos vimos los dos agitábamos nuestros puños derechos cerrados a modo de celebración. Atlético aguantó el resultado apoyado en la enorme figura de Pardal que descolgó cuanto centro caía al área. 

Terminado el partido logré abrirme paso entre todos esos decanos eufóricos para abrazar a mi papá con tanta fuerza, que ni él ni yo queríamos soltarnos.



Hoy, a 19 años de aquél primer viaje siguiendo a Atlético, armo mi valija y la cargo con las mismas ilusiones de aquél viernes de 1998. Miro mis camisetas y me vienen a la memoria los viajes a Jujuy, Salta, Catamarca, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Cada una de esas camisetas encierra una historia de victoria y de derrota. Cada una tiene una anécdota junto a amigos y desconocidos. Cada una tiene un lugar para conocer. 

Y así es que parto a Quito, con el sueño inalcanzable (aún en los peores momentos) que hoy es realidad. Con la alegría de saber que habrá nuevas historias junto a amigos. Con la certeza de que el fútbol no es la vida ni la muerte, pero que con poquito podés ser feliz. Con la esperanza de que nunca está nada dicho, y con la seguridad de que si hay un gol que valga un triunfo, mi papá y yo nos vamos a buscar en nuestra imaginación con un puño bien cerrado y alto para celebrarlo como aquella noche de Salta.

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