"En estos tiempos en que el movimiento de mujeres está tomando una gran visibilidad e imponiendo su agenda, considero necesario repensar nuestro rol en esa lucha, en tanto varones, a partir de la observación (amplificada por las redes sociales) de ciertos comportamientos nuestros".
8M. Fotografía de Paulie Delic.
En estos tiempos en que el movimiento de mujeres está tomando una gran visibilidad e imponiendo su agenda, considero necesario repensar nuestro rol en esa lucha, en tanto varones, a partir de la observación (amplificada por las redes sociales) de ciertos comportamientos nuestros.
Adhiero al feminismo por varias razones, pero sobre todo porque me interpela como sujeto social, independientemente de mi identidad. Digo “feminismo”, en singular, a los fines prácticos de este espacio, sin dejar de hacer la salvedad que no es técnicamente correcto, ya que ese nombre engloba una multiplicidad de miradas que convergen tanto como confrontan, algo que, contrario al sentido común de muchos, es una virtud, porque habla de algo en permanente movimiento.
La construcción del feminismo occidental parte de dos premisas, dos frases hechas a esta altura, que por tales no dejan de ser significativas, y sobre las que no se terminan de reflexionar adecuadamente. Una tiene autora, “mujer no se nace, se llega a serlo”, de Simone Beauvoir en el libro “El segundo sexo” de 1949. La otra es una consigna, que dice “lo personal es político”.
Ambas interpelan -o deberían hacerlo- a cualquiera. La primera porque es aplicable a cualquier criterio de clasificación identitario de los sujetos, donde las relaciones de poder desiguales juegan un rol fundamental en la naturalización de las mismas. Y se trata de un aporte invaluable a la totalidad de los estudios sociales, al poner evidencia que las desigualdades y opresiones tienen una matriz “cultural”. Respecto a la segunda, es la que atraviesa estas palabras que ubican a la toma de conciencia de mi voz en primera persona, como la de un sujeto situado, y que debería, como varones pretendidamente feministas, ser omnipresentes cada vez que intentamos intervenir como tales.
Sin embargo, veo muchos varones hablando, cuestionando, debatiendo, alentando de formas que a veces rozan la reproducción de lo que se está queriendo combatir. Bienintencionados, incluso asumidos feministas. Y pienso, entonces, que por hablar tanto no estaríamos escuchando. Y entonces no estaríamos entendiendo nada.
En ingles existe un término reciente, “mansplaining”, algo así como la compulsión masculina de explicar algo, sobre todo a una mujer, de forma condescendiente o paternalista.
Nuestra participación no debería tratarse simplemente de dirigirnos a las compañeras. De “celebrarlas” (¿hay algo más paternalista que esa actitud?). Y con celebrarlas no me refiero al cuestionamiento tradicional de un 8 de marzo consumista y reproductor de los estereotipos más básicos, sino también de “quererlas lindas, libres y locas”, o de que si luchan son más bonitas. No necesitan eso de nosotros. Como si hiciera falta nuestra palabra para legitimarlas. Como si necesitaran de nuestros mandatos imperativos, nuestros ruegos, nuestros alientos. No tienen que salir a la calle porque yo se lo pida.“Celebrar” su lucha, puede quedar bien, no lo niego, pero no por eso nos convertimos en varones feministas.
Porque por mas feministas que nos asumamos, no dejamos de ser varones. En una sociedad patriarcal. Todos los días.
Ningún sistema de “dominación”, de poder, en este caso el patriarcado, puede funcionar o imponerse meramente por la fuerza directa. Necesita de la complicidad y el consenso. Eso que suele denominarse “hegemonía”. En este caso está claro que para la inmensa mayoría de mujeres, la opresión directa sobre todos los aspectos de su vida y sus cuerpos es una amenaza constante y una realidad cotidiana. Ni hablar si además se atraviesan otras opresiones como la clase, el color de piel, la identidad de género, etc. Algo que pone de manifiesto la cuestión del aborto, por ejemplo.
Y está claro, también, que muchos varones no nos sentimos contenidos e identificados en el rol opresor que el patriarcado nos asigna. Nos incomoda y lo manifestamos. Lo que no es tan evidente es que reneguemos de nuestro rol hegemónico. Algo que atraviesa nuestra cotidianeidad y en la que es más cómodo no reparar, asumiendo que de lo que se trata es de que ellas luchen para “alcanzarnos” (aunque si siguen nuestros consejos mejor). Esa hegemonía, por ejemplo, es la que establece que la palabra masculina sea más legitima, la autorizada. Para nosotros es "natural" tomar la voz.
Observo, entonces, que no cuestionamos nuestros privilegios. Que están tan internalizados en nuestro cuerpo como la violencia en los cuerpos de las mujeres cis, las trans, y toda identidad que no se adecue a la norma. Y ahí está uno de los nudos centrales que como varones no vamos a lograr comprender nunca. Porque puede parecernos lógico (aunque no es tan obvio aparentemente) el derecho al voto en su momento, el igual salario o la mayor participación en espacios de toma de decisiones. Demandas por las que todavía queda mucho camino por recorrer. Pero la materialidad del cuerpo expuesto y expropiado por el simple hecho de existir, es algo que no terminamos de dimensionar. Porque está fuera del discurso. Es ese territorio invadido permanentemente con la mirada, la palabra, la fuerza. Ultrajado permanentemente, aún después de muerto. Y allí un tema como el aborto resulta uno de los símbolos de esa expropiación. Ni mujer ni hombre son esencias, sino experiencia y devenir en una sociedad patriarcal.
Lo que se nos otorga como varones son privilegios, queramos o no. Entonces, ser varón y apoyar la lucha de las mujeres (o más aun, identificarse como feminista), es, por sobre todas las cosas, cuestionar nuestros privilegios. Esa una de las partes más importantes y más difíciles que nos toca. Porque nadie está dispuesto a renunciar a ellos.
Tenemos demasiada tarea para intervenir en nuestros espacios y mirarnos a nosotros mismos, antes que andar opinando sobre lo que hacen o dejan de hacer las compañeras, que además no buscan representar una única y exclusiva voz. Dejar de cuestionar tanto sobre lo "estratégico” de tal acción, los “sí, pero” o “"yo las apoyo pero me parece que esto no ayuda", etc. O mucho peor, asumir sus voces y hablar en su nombre.
El titulo contiene una pregunta, mucho más importante que mi respuesta, que solo es tentativa y abierta. No es un llamado al silencio, sino a la escucha. Una escucha activa que nos ayude a reflexionar y debatir. Y sobre todo actuar en la parte que nos toca.