OPINIÓN

Esa maldita costumbre de levantar el dedo

03 Abr 2017 - 20:22

Bart, el niño "Yo no fui"

Esa maldita costumbre de levantar el dedo
Si la selección pierde, es culpa de Messi. O de Bauza, o del Kun, o de Higuain. Del chivo expiatorio de turno. Si a mi hijo le va mal en el colegio, la culpa es de la maestra. Si estoy enojada, la culpa es del otro. 
Fácil en esta vida es levantar el dedo, bardear, encabronarse. Difícil en la vida es preguntarse: “¿qué hago yo para que esto cambie?” o, más difícil aún, “¿qué hice yo para terminar así?”.
Culpa de Cristina. No, de Macri. No, de Alperovich. No, de Manzur. ¿Culpa de todos los políticos que no invierten en evitar las inundaciones? Sí. ¿Solo de ellos? No.
Difícil es asumir las culpas o abrir la cabeza y entender que estas situaciones están compuestas de cosas mucho más complejas que simples decisiones políticas.
Según el INTA, un monte nativo absorbe 300 milímetros por hora. Un campo con pasturas, 100. Un campo con soja, 30. Un country, seguramente, mucho menos. 
La realidad es que los principales culpables del cambio climático y de las inundaciones somos nosotros, los hombres. En realidad ni yo, ni el campesino de La Madrid, ni la maestra de Graneros. Los culpables no son identificables y, bajo el pretexto de alimentarnos, alimentar al ganado y ganar dinero (mucho dinero) con las exportaciones, han talado cuanto árbol había en cuanta tierra fértil había.
Y así estamos. El clima no da tregua y el cambio climático se debe entre otras cosas a la contaminación, también de nuestra mano. Los que saben dicen, también, que los ríos tienen memoria y que cuando crecen retoman sus viejos cauces, sin importar si en el medio hay muros, casas, personas o escuelas. La naturaleza, dicho mal y pronto, “pecha”.
En este contexto de calamidades, de gente que lo ha perdido todo, TODO, mucho más desesperada y angustiada de lo que quienes tenemos la “suerte” (en este contexto) de vivir en edificio alguna vez estaremos, en este contexto de inclemencias y de oportunismos políticos, hay dos cosas que no vienen mal.
La primera es ayudar, y en eso estamos bien. En menos de veinticuatro horas, los tucumanos han prestado sus negocios, sus instituciones y hasta sus casas para recibir alimentos, ropa, agua y dinero para donar a los damnificados del sur de la provincia. La solidaridad que se vive es enorme, y es nuestra. Y eso hay que reconocer(nos).
La segunda es revisar qué estamos haciendo por el mundo. Soy una convencida de que de a granitos de arena la cosa cambia. Soy consciente, también, de que ni yo, ni el campesino ni la maestra podemos hacer que dejen de talar árboles, que los ingenios dejen de tirar hollín, que se deje de contaminar el agua, que la ciudad deje de oler a podrido. 
Pero lo que sí podemos hacer es revisar nuestro día a día. Qué comemos, qué vestimos, en qué nos movemos, cómo vivimos, qué quemamos y, sobre todo, qué hacemos para, además de levantar dedos y echar culpas a personas que sí tienen (claro que sí) la culpa, ser capaces de dar vuelta ese mismo dedo y preguntarnos a nosotros mismos, con todo lo difícil que eso puede ser, “¿qué podemos hacer para que la cosa cambie?”.

Si la selección pierde, es culpa de Messi. O de Bauza, o del Kun, o de Higuaín. Del chivo expiatorio de turno. Si a mi hijo le va mal en el colegio, la culpa es de la maestra. Si estoy enojada, la culpa es del otro. Si me quemé con la comida, la culpa es de la comida.

Fácil en esta vida es levantar el dedo, bardear, encabronarse. Difícil en la vida es preguntarse: “¿qué hago yo para que esto cambie?” o, más difícil aún, “¿qué hice yo para terminar así?”.

Culpa de Cristina. No, de Macri. No, de Alperovich. No, de Manzur. ¿Culpa de todos los políticos que no invierten a largo plazo en evitar las inundaciones? Sí. ¿Solo de ellos? No.

Difícil es asumir las culpas o abrir la cabeza y entender que estas situaciones están compuestas de cosas mucho más complejas que nos involucran a todos.

Un monte nativo absorbe 300 milímetros por hora. Un campo con pasturas, 100. Un campo con soja, 30. Un country, seguramente, mucho menos. 

La realidad es que los principales culpables del cambio climático y de las inundaciones somos nosotros, los hombres. En realidad ni yo, ni el campesino de La Madrid, ni la maestra de Graneros. Los culpables no son identificables y, bajo el pretexto de alimentarnos, alimentar al ganado y ganar dinero (mucho dinero) con las exportaciones, han talado cuanto árbol había en cuanta tierra fértil había.

Y así estamos. El clima no da tregua y el cambio climático se debe entre otras cosas a la contaminación, también de nuestra mano. Los que saben dicen, también, que los ríos tienen memoria y que cuando crecen retoman sus viejos cauces, sin importar si en el medio hay muros, casas, personas o escuelas. La naturaleza, dicho mal y pronto, “pecha”.

En este contexto de calamidades, de gente que lo ha perdido todo, TODO, mucho más desesperada y angustiada de lo que quienes tenemos la “suerte” (en este contexto) de vivir en edificio alguna vez estaremos, en este contexto de inclemencias y de oportunismos políticos, hay dos cosas que no vienen mal.

La primera es ayudar, y en eso estamos bien. En menos de veinticuatro horas, los tucumanos han prestado sus negocios, sus instituciones y hasta sus casas para recibir alimentos, ropa, agua y dinero para donar a los damnificados del sur de la provincia. La solidaridad que se vive es enorme, y es nuestra. Y eso hay que reconocer(nos).

La segunda es revisar qué estamos haciendo por el mundo. Soy una convencida de que de a granitos de arena la cosa cambia. Soy consciente, también, de que ni yo, ni el campesino ni la maestra podemos hacer que dejen de talar árboles, que los ingenios dejen de tirar hollín, que se deje de contaminar el agua, que la ciudad deje de oler a podrido. 

Pero lo que sí podemos hacer es revisar nuestro día a día. Qué comemos, qué vestimos, en qué nos movemos, cómo vivimos, qué quemamos y, sobre todo, qué hacemos para, además de levantar dedos y echar culpas a personas que sí tienen (claro que sí) la culpa y exigirles que hagan lo que tienen que hacer, ser capaces de dar vuelta ese mismo dedo y preguntarnos a nosotros mismos, con todo lo difícil que eso puede ser, “¿qué podemos hacer para que la cosa cambie?”.

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