El Pueblo Ciruja copó Córdoba y el fánatico Pituto Bellomío escribió sobre esta nueva muestra de pasión, locura y lealtad: “San Martin es la desmesura”, afirma el autor.
Hablar de “pasión en la ruta”, de “pueblo en movimiento”; de "previa eterna"; de "invasión roja y blanca"; de "localía ampliada" o de "Ciudadela trasladada por un rato" es redundar, es repetir lo que ya sabemos propios y extraños.
Gracias al cielo, le doy gracias al cielo por haber sido parte de este 19 de julio de 2023, que desde hace unos cuantos años ya es el día del amigo, gracias a la última excursión del Negro Fontanarrrosa y sus geniales lápices a su Gigante de Arroyito del cielo.
Una vez más, pudimos confirmar lo que nos enseñaba el filósofo José Humberto Noriega en la madrugada de algún festejo (cuándo no) por un nuevo cumpleaños: “San Martin es la desmesura”, con la primera ese bien marcada y santiagueña.
Muchos tuvimos la dicha de volver a vivir horas de viaje con estos colores. Hoy, más grandes y más “cómodos”, nos seguimos emocionando y hasta sorprendiendo con la procesión interminable, el orgullo estallando en el pecho de la cabecera del Kempes, que pasó a ser la más caliente del país desde esa noche helada que nos recibía solo con tres caballos en la puerta de nuestra tribuna, como si no quisieran aceptar nuestra grandeza.
Bello bautismo de fuego para tanto piberío que nunca falta a la quincenal Misa Ciruja y que ya vive esa fe que mueve estadios y que cumple devoto con los rituales que esta religión incurable que les fuera contagiada alguna tarde y de la que nadie quiere curarse y a la que no queremos cambiarle ni una coma.
Es la misma vivencia que no se puede transferir, que se siente con las entrañas y no se puede explicar la que nos hace más Únicos todavía que el fernet que nos recibía esa tarde y regaba nuestro amor sin condiciones, en su propia tierra.
La emoción no tiene fin, más allá de la máxima tanguera que la realidad de este barrio nos recuerda a cada paso, a cada fecha: primero hay que saber sufrir.
La íntima dicha y la certeza de saber que nuestros hijos y sobrinos (propios y de amigos, que es lo mismo) comparten el altanero rasgo de mostrar los colores en cualquier rincón donde se pueda; de darnos ese eterno abrazo con llanto que nos hermana, el del gol añorado en rodeo ajeno, ese que nos da el mínimo aire que nuestras gargantas necesitan para soñar, siempre soñar.
Si fue hace más de 35 años cuando, por las mismos caminos, en algún improvisado merendero de Santiago, mi viejo prendía el primer fuego en aquel viaje iniciático de esta pasión infinita que nos lleva al cielo de nuestros Santos.
Otra vez Córdoba como bautismo con fuego, otra vez el mismo escenario, y ese Renault 12 blanco que lo dice todo, que nos traslada a nunca olvidar la esencia, que nos hace ir y volver de esos años al hoy. Ese auto que llevaba adentro a los que nos llevaron a nuestra primera procesión. Ese auto que nos cuenta que se puede, siempre, con estos colores, que son simples de entender y a la vez nada fáciles de llevar en el pecho.
Todo es posible con este rojo y blanco si los de adentro nos entienden, si respetan este sentimiento que no necesita más pruebas y que, sin embargo, las sigue entregando. Si se dan cuenta un poco y a tiempo, festejaremos en la próxima estación.
¡Salud! por todos los que salieron a la ruta por vez primera, porque dieron su testimonio de fe en otros pagos, porque pudieron sentir en movimiento este viento que nos empuja hacia un camino que tiene solamente marcada la flecha de ida.
Brindo porque juntos festejamos el 19 de julio, nuestro Día del Amigo Ciruja.
Mi Santo querido, vos que sos mi buen amigo, sabés que siempre volveremos a estar contigo.
¡Salud!